miércoles, 16 de diciembre de 2009

GIGANTE 5 / 10

El Gran premio del jurado del Festival de Berlín auguraba un relato mejor, más grande, gigante en el mejor de los casos. Lo que explica esta ópera prima es tan evidente, a ratos simple, que no se entienden tantos silencios, idas y venidas, momentos cargados de trascendencia que al final acaban en la sátira más burlona. Este 2009 está lleno de pringados cinematográficos y el protagonista de Gigante merece un lugar de honor en el ranking. Hablamos de un hombre sin motivaciones, hosco en apariencia, un armatoste con corazón y puños que vigila a las limpiadoras de un gran supermercado. Nuestro ingenuo héroe se queda prendado por una de sus compañeras de trabajo, a la que seguirá sin descanso. Al final, el voyeur, siempre bonachón, acabará entendiendo que desea tanto compañía como su musa, como casi todo el mundo que le rodea. La película prefiere ahondar en la obsesión naif del protagonista y cae casi siempre en lo insustancial: no hay realidad ni credibilidad, hay expectativas que no se cumplen y empieza a hartar que ciertos directores noveles opten por personajes imposibles para reivindicar su originalidad y, de paso, ocultar su falta de sustancia.



Con relatos de este tipo debería reivindicarse el formato cortometraje, el cine mudo y los discursos rápidos, vivos. La anécdota que basa este castillo de papel la hemos visto en mejores contextos (el ejemplo paradigmático y aún no superado de Amélie), en tramas más vivarachas (cómo olvidar el Pagafantas patrio) o verdaderamente trágicas (la vigilante nocturna de la gran Red Road). A Gigante le mata la autocontemplación, cierto narcisismo y una colección de momentos unidos con calzador (desde el momento del cine hasta la escena de la planta). ¿Alguien se cree que la chica en cuestión no se percate de tanta persecución y casualidad? La etiqueta de realismo mágico no sirve porque ni hay verismo ni hay magia. Una pena para una película simpática, pero insuficiente. Gigantes expectativas. Resultado bastante pobre, ya sea a ritmo de heavy metal o con acordes romanticones.