jueves, 10 de diciembre de 2009

SIN NOMBRE 7 / 10

Sin nombre, uno de los títulos clave de la temporada festivalera presente y pasada, vuelve a recordarnos que el cine mexicano sigue en plena forma más allá de Del Toro, Iñárritu y Cuarón. Sin nombre sabe sus referencias y atesora lo mejor de cada casa: la pesadumbrez del mejor Iñárritu, la acción del mejor Padilha, la crítica social del mejor cine hispano. Esta es una historia sencilla, pero con múltiples caminos (en este caso vías). Aquí hay orden, aunque por este tren de miseria desfilen el thriller, la denuncia social, el cuento amoroso y el retrato de una adolescencia adormecida, símbolo de una generación pobre y podrida, sin esperanzas ni oportunidades. No se trataba tanto y tan bien el mundo juvenil desde Ciudad de diós (los delincuentes son niños sin cabeza que juegan a ser mayores, son víctimas y a la vez verdugos), aunque me atrevo a afirmar que las artes de Cary Fukunaga, por sutiles y experimentales, superan el pastiche de Meirelles. Sin nombre da asco y pena, remite a nuestra ternura y nos deja desnudos con un final rotundo, lógico, dilapidario. Porque Sin nombre es una oda a la figura del emigrante, un intento por incluir tintes de cine negro a una historia real (y, por ello, triste). Un viaje que destaca por sus pasajeros y sus vistas, una experiencia singular, irregular, con vaches y cuchillazos sin anestesia.



Aplaudo sobremanera la elección del título. Quien no tiene nombre es un proscrito, un marginado, un olvidado y una víctima del sistema. Los protagonistas del film no tienen nombre: sus vicisitudes no coparán ningún telediario porque sus gestas son arriesgadas, pero cotidianas; y, tras ellos, otros tantos siguen con la utópica empresa. Lo extraordinario se convierte en normal, y lo amoral se convierte en el pan nuestro de cada día: una gran tristeza, el gran tema de la película. He aquí la segunda acepción del título: lo que ocurre, la matanza física y metafórica de la cinta, es intolerable, no tiene nombre. Fukunaga mezcla realidad y ficción, algo que no adultera su mensaje ni merma la potencia de sus fotogramas. Sin nombre, en resumen, respira verdad y coherencia, fuerza y buen cine. Después de esta deslumbrante ópera prima, Fukunaga allana el camino para convertirse en un narrador de suma importancia en el cine hispano del futuro. Tal alegría no se compara con nada. Si me lo permiten: no tiene nombre.