A Ana y Raquel, por ser las únicas a las que no les ha gustado.
El éxito de Avatar está siendo increible, tan desmesurado como el dinero que ha empleado Cameron para amamantar a su criatura durante tantos años. El capricho acabará pasando a la historia, algo que corroboraron unos Globos de Oro un tanto desatinados. Pero hay algo más increible: aceptar las directrices de un relato que, revestido de falso espíritu ecologista y antiyanki, nos devuelve la historia de siempre, siguiendo el consabido esquema del melodrama grandilocuente, artefacto de lágrimas, algas saltarinas y luces de neón. Ello es, de por sí, una paradoja que nos lleva a considerar Avatar como una película vitaminada en exceso, un parque de atracciones vil, largo y derrochador que nunca se nos muestra interesante, más o menos creíble. ¿Cómo conectar con una historia que mezcla sin pudor ni piedad 2001: Odisea en el espacio, Parque Jurásico, Pocahontas, El nuevo mundo, Terminator y Titanic? Mal interpretada, previsible, totalmente prepotente y con algunas de las líneas de guión más blandas del año, es incomprensible que Avatar juegue por el Oscar junto a, por ejemplo, The hurt locker, cuyo mensaje es diametralmente opuesto al de este. Casi tres horas de sandeces, palomitas rancias y vigorexia narrativa. Salimos de Pandora totalmente exhaustos, con ganas de no volver nunca y sabiendo que, si esto es el cine del futuro, será bien cierto el dicho de 'apaga y vámonos'.

Menudo mareo. Apunten: medusas que vuelan sin ton ni son, árboles enormes, colores imposibles y borrachera de efectos y efectillos especiales. Y qué me dicen del nuevo romance utópico cameroniano: ¿la penetración se realiza vía trenza de pelo, no? Con estas características, Cameron se come el mundo y se corona rey de las masas, pero no de la cinefilia con memoria cinematográfica y mínima sensatez. Aunque estamos siempre en terrenos de ciencia ficción, hay algunas lagunas que el relato no solventa: los dos mundos que retrata la película no llegan a casar nunca, la historia de amor es manida y anodina, y la sensación de que a la atracción le sobran tres cuartos de hora largos de saltos y piruetas no admite perdón. Hay dinero, pero no emoción. Tampoco buenas actuaciones: ver la cara azul de Weaver da risa, Worthington solo se salva por su cara bonita, y la buena de Michelle Rodriguez interpreta una Ana Lucía galáctica tan machorra como innecesaria. Todo indica que Avatar es el bluf de estos Oscar, el Benjamin Button del nuevo año. Veremos dónde acaba la broma, pero a nosotros que no nos engañen. Lo siento: infumable de cabo a rabo.
