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jueves, 4 de julio de 2013

CINOSCAR SUMMER FESTIVAL: REALITY, de Matteo Garrone

REALITY, de Matteo Garrone (Italia, 2012)
Cinoscar Summer Festival: Sección oficial a concurso
Elección y presentación de Andrés Buesa: ''Reality es una película sobre todos nosotros, un dardo envenenado contra la sociedad del siglo XXI. Muestra la degradación de los valores humanos a través de la historia de un hombre que desea entrar en Grande Fratello. La naturalidad del reparto, las influencias del neorrealismo italiano y la mezcla de lo trágico y lo cómico hacen de éste un film que no deja indiferente a nadie. No pueden perdérsela''.
¿De qué va?: Luciano es un humilde vendedor de pescado napolitano muy apegado a su familia, esposa e hijos. Tras coincidir en una boda con Enzo, la estrella del último Gran Hermano italiano, Luciano decide presentarse al reality show con el que espera cambiar su vida.
Palmarés: Gran premio del jurado del Festival de Cannes 2012. Premio especial del jurado del Festival de Sevilla 2012. 11 nominaciones a los David di Donatello italianos: ganó en los apartados de fotografía, maquillaje y peluquería. Premio al mejor actor para Aniello Arena en el Festival Internacional de RiverRun.


Reseña: Garrone se confirma con Reality ya no solo como uno de los grandes directores europeos de la actualidad sino como el gran cronista de la Italia tocada y casi hundida tras tantos años de dominio berlusconiano. El film es la crónica de un pobre perdedor con desparpajo, la historia de un hombre que muere de éxito antes incluso de conseguir el estrellato. Garrone opta por colores saturados, un plantel delirante de personajes secundarios y una estética entre neorrealista y kitch para ofrecer una gran parábola tragicómica del hombre contemporáneo en un mundo donde es difícil saber dónde está la verdad de la mentira, la realidad física de la virtual. Reality no es un drama descarnado, tampoco una sátira sainetesca, y aunque juega a unir y a separar extremos no resulta una obra barroca o extremada. Estamos, por lo tanto, ante una película que se va reinventando minuto a minuto, que nos permite transitar espacios y vidas ordinarias a la par que extraordinarias. Reality requiere de un espectador activo capaz de dejarse llevar y de unir todo lo que media entre los dos planos generales con los que se abre y cierra la trama. Garrone ha sabido ser crítico y amable al mismo tiempo, colorista y oscuro, clásico y moderno. Y en las profundidades de su discurso sobre el espectáculo y la superficialidad habita la comedia italiana de toda la vida y el consabido drama de soledades y desigualdades sociales. La picaresca es un género propio del Mediterráneo y Reality consigue renovarlo y humanizarlo. Parábola imprescindible que dice mucho, o según se mire muy poco, de nuestro mundo mediático.


VALORACIÓN DE LA CRÍTICA 

No acierta a definirse. Excesivamente ruidosa, en exceso folclórica. Luis Martínez, El Mundo.

Una oscura comedia alegórica sobre la naturaleza de la fama, sobre la obsesión y la maldad. Steven Rea, Philadelphia Inquirer.

Compleja puesta al día de los postulados del neorrealismo para los tiempos de la devastación espiritual tras el fracaso de la videocracia berlusconiana. Jordi Costa, El País.


VALORACIÓN DE LA CRÍTICA DEL FESTIVAL

Curiosa sátira sobre el adoctrinamiento del hombre contemporáneo por la ‘caja tonta’. Uggo Kollado

Gran mezcla entre comedia y drama. Un gran guión que salvo alguna situación al final no decae su intensidad. Gran personaje que recuerda en su forma de actuar, sus gestos y su físico a Alberto Sordi. Guillermo Navarro

Reality se queda en un punto intermedio, y aunque agradable, a ratos no termina de solidificar. Mayra Meza

Ruidosa, estridente y empalagosa. Notoria decepción. José Barriga

Interesante y extravagante propuesta italiana. Una radiografía aberrante y distorsionada de la percepción y la realidad. Le cuesta empezar y falla en la introducción y el tratamiento de sus personajes, pero su desarrollo posterior se vuelve inquietante y desconcertante. Jose Zambrano


PUNTUACIÓN DEL JURADO


sábado, 22 de junio de 2013

Gángsters rompetechos: Crítica de LUCES PARPADEANTES (BLINKENDE LYGTER, FLICKERING LIGHTS)

Luces parpadeantes fue la película más taquillera en Dinamarca el año 2000. Ese año la película española más taquillera fue La comunidad. Prueba de que 'dime qué cine ves y te diré quién eres, cómo eres y de dónde eres': no podríamos estar ante dos formas más diferentes de concebir la comedia. Ya han pasado 12 años, en España ni sabemos de su existencia y la película ha dado paso a otras tantas comedias dirigidas o escritas por Anders Thomas Jensen (y reseñadas por este blog). Luces parpadeantes se estrenó un año después de que Jensen ganase el Oscar por el cortometraje Noche de elecciones. Los americanos no ficharon a Jensen, pero Luces parpadeantes podría ser perfectamente la típica producción europea de la que a posteriori los americanos realizan sus casi siempre infumables remakes. La película es la historia de unos gánsgteres un tanto cortos que escapan de su jefe. La huida les llevará a un bosque perdido donde se les ocurrirá montar un restaurante. Personajes estúpidos y atontados interpretados por algunos de los mejores actores del país: Nikolaj Lie Kaas, Ulrich Thomsen, Sophie Grabol o Mads Mikkelsen entre otros. Una película blanca, más curiosa que entrañable, quizás la peor película de Anders Thomas Jensen. Bastante previsible, típica y tópica, poco interesante, de humor poco trabajado salvo pequeños gags. Eso sí: ver a su reparto haciendo burradas tuvo su gracia para los daneses, y para los fieles del cine danés el experimento tiene cierto atractivo. Solo para fans de pro, obsesivos como servidor que no están contentos hasta que no ven toda la filmografía del actor o intérprete raruno 'equis'.


Nota: 5'5

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miércoles, 12 de junio de 2013

Un cómico genial: Crítica de DIRCH (A FUNNY MAN), de Martin Zandvliet

El cómico danés Dirch Hartvig Passer murió el 3 de setiembre de 1980 a los 54 años sobre el escenario en mitad de una actuación víctima de un ataque cardíaco. Atrás dejó una de las vidas y de las carreras más apasionantes del cine y el teatro escandinavo. Dirch, la película danesa más taquillera del 2011, repasa los episodios más importantes de su vida. La historia de un hombre que quería ser marinero hasta que descubrió que se mareaba en alta mar. La crónica de una amistad con el actor Kjeld Petersen, pareja artística de Dirch durante muchísimos años. El devenir de alguien que vivía la noche mientras su vida privada llenaba los periódicos locales. Los achaques de un hombre que siempre añoró triunfar como actor dramático. Una película que a priori solo tiene un interés local por hacer referencia a una figura muy concreta: por hacer un paralelismo, sería como si intentásemos exportar una película sobre Gila o Martes y 13 a los países nórdicos. Pero Dirch tiene muchos atractivos. Cuenta con una recreación histórica impecable. Nikolaj Lie Kaas, encargado de encarnar al mito, está impecable, grande, enorme, en la que sin duda es su mejor interpretación. La película es fiel al humor de Dirch y nos lleva a las entrañas del teatro ABC, de forma que el espectador asiste a recreaciones de sketches reales que Dirch ideó a lo largo de su dilatada carrera: puede corroborarse la fidelidad y la calidad de los números cómicos de la película revisando en Youtube actuaciones del verdadero Dirch. Y prueba de la emoción que emana Dirch en su pletórica escena final son los 4 premios Bodil y 6 premios Robert en el año que Melancolía se llevó todos los galardones en Dinamarca y alrededores. Nos separan muchos kilómetros, una tradición cómica y un sentido del humor muy diferentes, y aún así Dirch llega, impacta. Mientras aquí hacemos telefilms horroros de Raphael o la floklórica de turno, los daneses han tomado una de sus figuras artísticas más importantes para hacer un ejercicio de teatro dentro del cine, y de paso una historia muy rica que va más allá de cualquier regionalismo: explica lo difícil que supone conciliar el éxito público con la vida privada, nos acerca la rivalidad de una pareja cómica cuando los aplausos solo van dirigidos a uno de sus miembros (algo parecido pero a lo bestia nos trajo Álex de la Iglesia en Muertos de risa), reivindica la comedia como género mayor siempre relegado a un segundo plano (impresiona la escena en la que Dirch aparece en su primera obra dramática y el público no puede contener la carcajada), y nos trae las complejidades de un hombre que dedicó su corta pero intensa vida al noble oficio de hacer reir (atentos al sutil diálogo inicial). Una gozada para todo el que le guste el teatro, el humor y el cine (no necesariamente biográfico). Lástima que no se estrene en España porque Nikolaj Lie Kaas realiza la interpretación del año. Una obra mayor que no debe pasar en estas latitudes por una simple rareza.


Nota: 8

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viernes, 7 de junio de 2013

Terroristas del ruido: Crítica de SOUND OF NOISE, de Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson

Imagínense que el profesor de La ola hubiese sido maestro de música. Que Los edukadores fueran un grupo de metaleros rebeldes. O que el 'caratapada' de V de Vendetta hubiese tomado la música y no las bombas como arma arrojadiza para sembrar el caos. Sound of Noise está protagonizada por terroristas del ruido. Músicos que han compuesto una sonata cuyo objetivo es desatar el asombro de propios y ajenos. Piezas artísticas que son manifestaciones públicas críticas sin aparente eslogan, causa o consigna. Una forma amena de sacudir a la masa adormecida. Todo empieza con varios panfletos que decoran las paredes de la ciudad anunciando un concierto sin firma del autor ni lugar ni fecha de la función. Un auditorio, un quirófano y un banco entre otros espacios son los lugares donde estos vagabundos del arte callejero, yonkis de la música no académica, acuden con instrumentos nada corrientes, sincronizando máquinas, ruidos, silbidos, palmadas y golpes en canciones urbanas. Un caso que trae de cabeza a Amadeus Warnebring, un policía hijo y hermano de músicos, que, ironías del destino, detesta la música. Sound of Noise tiene su génesis en el cortometraje Music for One Apartment and Six Drummers. El cortometraje presentaba una idea genial: unos músicos esculpiendo sonidos con los utensilios de una cocina, el mobiliario de un baño o los objetos propios de un dormitorio, todo encuadrado en un ejercicio de arte conceptual y vandalismo 'simpático'. Una premisa argumental tan original y tan simple que uno se pone las manos a la cabeza al pensar que a nadie se le ocurrió antes. A todo esto, Sound of Noise añade unas gotas subversivas a las acciones de sus 'delincuentes' y una subtrama propia del thriller policial que acaba de rematar el tono de parodia de trasfondo sociopolítico del conjunto. Del corto al largo la música ha ganado cuerpo y ha perdido cierta espontaneidad. Sound of Noise habla de las posibilidades lúdicas de los mecanismos de protesta, de un primer mundo carente de inventiva, energía y espíritu crítico; y ni que sea por oposición a la música llamada 'clásica' dilapida las encorsetados, amanerados, tradicionales, caducos mecanismos de producir arte, entendiendo que las expresiones artísticas deben ser antes un grito de rabia que una pieza acorde con la corriente principal de pensamiento y acción. Un mensaje hondo vestido de comedia juvenil, con final apoteósico: las luces de Malmö parpadeando como los leads de una discoteca. Los cineastas Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson, a base de strings y metrónomos, han creado una película única en su especie, género musical y cinematográfico en sí mismo. Vendría a ser la Kick Ass sueca con baterías de por medio y coro de monedas y excavadoras. Ni rastro de ese cine sueco trascendente y triste como un crepúsculo en el ártico. Ni ABBA ni electropop ochentero ni hits eurovisivos: rock 'trallero' y alternativa ambiental. Así que si ven a un encapuchado en medio de la calle tocando tambores y platillos no están ante alguien fuera de sus cabales sino ante un friki de Sound of Noise, título de culto sin partitura pero con gancho. Los críticos la tacharán de poco consistente... y con razón. Los nerds amantes de lo nórdico lamentarán que el concierto sea tan corto... y con razón. Una película que entiende que la mejor manera de tocar corazones y conciencias es no tomarse demasiado en serio a sí misma. Si creen que los porrazos de un martillo pueden resultar tan poéticos como una caricia a las cuerdas de una arpa, esta es su película. Ni que sea en forma de música descargada, hará mucho 'ruido'.


Nota: 6'5

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domingo, 21 de abril de 2013

Crítica de EVELYN, de Isabel de Ocampo

Con Miente, cortometraje ganador del premio Goya, la cineasta Isabel de Ocampo nos acercaba el mundo del tráfico ilegal de mujeres. La investigación que De Ocampo realizó para esa historia ahora queda ampliada en Evelyn, su primer largometraje, que ha vuelto a contar con el beneplácito de los académicos al recibir la nominación al Goya a la mejor dirección novel. La premisa de Miente se mantiene intacta, aunque en esta ocasión la protagonista es una peruana que llega a España engañada y que es encerrada en un prostíbulo cerca de la frontera con Portugal. De Ocampo se pone del lado de la víctima, como no podía ser de otra manera, y nos hace partícipes del sufrimiento de su criatura. La película es una crónica angustiante de alguien a quien le han usurpado su identidad, representada simbólicamente en un cambio de nombre (de Evelyn a Jazmín, su mote como chica de compañía), y por encima de todo su integridad (De Ocampo consigue que sintamos en nuestra piel el sufrimiento de la chica al dejarnos ver únicamente lo que Evelyn puede otear desde su cuarto). Una película potente básicamente por el tema que trata: en este sentido, puede decirse que filma la bajada a los infiernos de la protagonista con certeza pero también con cierta recreación en lo feísta, casi a imagen y semejanza de un Lars von Trier local, aunque menos diestro que el danés. Logra su objetivo: ficcionando una realidad más cercana y cruda de lo que creemos consigue que los ecos de la injusticia reverberen en el espectador. Pero como película no puede evitar desvelar la pobreza de estilo y lenguaje propia de una ópera prima: De Ocampo monta el relato con demasiados subrayados en forma de fundidos a negro o imágenes del letrero exterior del prostíbulo, mientras que un cineasta curtido sabría hacernos llegar la gravedad de su mensaje de una forma más depurada. Evelyn rebosa coraje y verdad, pero le falta cine. Es, eso sí, la presentación de una autora singular que entiende el arte como un proceso de creación pero también de compromiso, investigación y conciencia del mundo donde vivimos. El cine español necesitará a De Ocampo para ampliar los límites de un cine social cañí con tendencia a lo manido: le deseamos mucha suerte.


Para saber el triste estado de las cosas.
Lo mejor: Sabe mover conciencias.
Lo peor: Le falta empaque.

Nota: 6

sábado, 20 de abril de 2013

TELEFILMS 3: Crítica de CINEMA VERITE

En los años 70 la cadena de televisión PBS produjo An American Family, un programa en el que se seguía el día a día de una familia americana normal y corriente. El espacio generó miles de horas de grabación y un total de doce capítulos que se emitieron en horario de máxima audiencia y cambiaron para siempre la percepción del mundo de la pequeña pantalla, dando pie al género de los reality shows explotados en los 90 y popularizados en la década pasada y en la actualidad. Cinema Verite, telefilm de la HBO nominado a 3 Globos de oro, recuerda la polémica que causó el 'primer' reality show de la historia y destapa los entresijos de su rodaje. An American Family sacudió las bases de todo un país al televisar casi en vivo y en directo la ruptura de un matrimonio y al exponer públicamente la homosexualidad de uno de los hijos, novedades que levantaron ampollas entre los sectores más conservadores y que abrieron el debate sobre los límites de la exposición televisiva, la privacidad y la ética de los medios de comunicación. Esta Cinema Verite no entra en discusiones y reproduce fielmente la vida de quienes fueron los protagonistas de ese éxito televisivo. La película, pues, se centra más en los sentimientos de los 'actores': la ama de casa que interpreta Diane Lane, sobrepasada al ver que ciertas parcelas íntimas pueden verse expuestas en público, es la verdadera protagonista de una historia más preocupada en ser una sólida recreación histórica que un punzante documento sobre las bambalinas de la televisión. En este sentido, películas recientes como El desafío: Frost contra Nixon o series como Mad Men proponen una visión más completa y lúcida sobre la manipulación sin por ello renunciar a ser el retrato de una época. Prueba de ello es la evolución que sufre el personaje que interpreta con soltura Diane Lane: en un inicio se siente avergonzada de que la cámara la filme viendo un espectáculo de travestis con su hijo gay, y luego quiere que se filme el momento en que invita a su marido a hacer las maletas y a abandonar la casa familiar. Datos que demuestran que Cinema Verite, en el fondo, también aplica la no lógica del 'grábalo todo', a cualquier hora, a cualquier precio. En definitiva, un telefilm bien armado, técnicamente irreprochable, con unos actores de nivel. Dejará un tanto fríos a los que esperen una trama más compleja (a la HBO se le puede pedir de todo), pero como drama familiar es innegable que Cinema Verite da suficiente carnaza para ser un buen cotilleo de sábado por la tarde.


Nota: 6

miércoles, 17 de abril de 2013

Crítica de SEIS PUNTOS SOBRE EMMA, de Roberto Pérez Toledo

El mundo de las discapacidades ha sido llevado al cine desde múltiples perspectivas. La de Seis puntos sobre Emma es bastante original. A partir de seis partes o puntos, los mismos con los que se escriben todas las letras en el alfabeto braile, somos testigos de la evolución emocional del personaje y su tenacidad por cumplir el deseo de tener un hijo. Lo mejor de la propuesta está en su actriz, una Verónica Echegui que parece ciega de nacimiento y con la que todo resulta natural, creíble, cercano. La intérprete lidia con un personaje incómodo que el guion retrata en sus luces y en sus sombras, tan tierno como en el fondo antipático, al fin y al cabo complejo, como cualquier ser de carne y hueso. A la innegable verdad que respira la historia se le añade una curiosa terapia, la misma que visita la Emma del título, y en la que el público es partícipe de otras historias, todas plausibles y cálidas: una tetraplégica que pide los servicios de un gigoló, una muda lesbiana que chatea con una amante, un disminuido psíquico muy amigo de la broma y una chica con tres dedos amputados cuentan sus carencias y querencias mientras Emma y el terapeuta escuchan y se identifican. La intención de dar luz a esas pequeñas historias cotidianas que casi nunca tienen su espacio en la gran pantalla es del todo loable y el guion deja entrever tanto un estudio previo del caso como un absoluto cariño y respeto por el tema tratado. Desgraciadamente, a Seis puntos sobre Emma le pasa factura su condición de historia mínima, de cortometraje mínimamente desarrollado. El film roza el ridículo y se hunde al querer acercarnos la red de lazos que se crea en torno a la protagonista: la ficción, por lo tanto, entra de lleno en la trama para robarle cualquier atisbo de credibilidad y oxígeno. Al final Seis puntos sobre Emma es demasiado pequeña, está enquilosada en el terreno de la mera anécdota, y de la obviedad del conjunto se resiente un tramo final tan mal cerrado como obvio. Film que respira e inspira amor por todos sus poros, filmado y escrito con cierta mano curtida, pero que desaprovecha el colosal trabajo de Verónica Echegui. Decíamos que el mundo de las discapacidades ha sido llevado al cine desde múltiples perspectivas: Seis puntos sobre Emma es pulcra, amable y sin estridencias, pero ante todo un mero apunte a pie de página, y de ahí a caer en la nube del olvido, incluso en el conjunto de la débil pero consistente vida del cine español, hay solo un paso.



Para ver el mundo desde otros ojos.
Lo mejor: Verónica Echegui puede con todo.
Lo peor: El personaje de Fernando Tielve.

Nota: 5

martes, 9 de abril de 2013

La calumnia: Crítica de THE GREEN, de Steven Williford

The Green habla de esa homofobia que permacene latente y que solo necesita una pequeña chispa para salir a la superficie en forma de llama. Michael es un profesor de instituto respetado por todos, al menos en apariencia. Está preparando la que será su primera novela, es bastante popular entre los alumnos y el claustro de profesores, y su relación con Daniel no hace más que afianzarse con el paso de los años. Todo se romperá cuando una calumnia atente contra la imagen pública y la vida privada de Michael. De la noche a la mañana todo se lee en clave perspicaz, y esa zona rural que debía ser un remanso de paz tras huir de la ciudad pasa a ser territorio de hostilidades y desconfianzas. The Green contiene una poética muy sutil al contarnos la lucha de alguien que creía que ya no tenía que luchar por nada. No es una película combatiente, si acaso un melodrama que, con independencia de la subtrama queer, nos explica aquello que ya sabíamos por otras obras: una acusación puede ser tomada como un hecho, y un rumor acaba por tener más repercusiones que aquello que se sabe de primera mano. Una película que funciona por la endereza de sus actores al dar vida a un guión claustrofóbico que una vez estalla el conflicto persigue a su protagonista hasta el fin del martirio. Lástima que The Green quede un tanto afeada por un final rocambolesco, increíble por poco verosímil pero también por gratuito. Parece que al final el debutante Steven Williford no quiere ir al meollo de la cuestión y hace un leve rodeo o paseo por el jardín del título: hubiera sido interesante ver un desarrollo fiel al cine de juicios que tanto gusta a los estadounidenses. Aún con todo, es una película notable que sorprendente se ha estrenado directamente en Itunes, Amazon y otras plataformas digitales pese a contar con un público potencial en aumento y una posible carrera en cines. The Green no acaba de ser una radiografía completa y compleja del odio, pero al menos tiene la fuerza de esos casos pequeños cuya dureza se presta a interesantes generalizaciones y reflexiones.



Nota: 6

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miércoles, 3 de abril de 2013

Amores que matan: Crítica de BEAST, de Christoffer Boe

Quienes hayan visto Reconstruction, Offscreen, Allegro o Everything will be fine, toda la filmografía anterior de Christoffer Boe, sabrán que estamos ante uno de los autores más singulares del actual cine europeo. Boe toma puntos de partida bastante transitados (una falta de creatividad, una relación amorosa del pasado) y los lleva a otra dimensión, creando artefactos narrativos que son un reto a la inteligencia al negarse a discurrir en línea recta y un complejo muestrario visual a medio camino entre el Dogma 95 y los delirios oníricos del Lynch más surrealista. Obviamente forma y fondo se conjugan unidos en el cine de Boe, con la posibilidad de que cierta parte del público no conecte con su historia (y por lo tanto no acceda a las alas más fascinantes del laberinto) o con su forma (con lo que se pierde de vista la historia no tan bizarra de base). Por desgracia Beast no funciona, y no lo hace por su trama pero también por su estilo. Beast es lo más parecido que ha hecho Boe a rodar una producto teatral, con solo tres actores que, intuimos, en la vida real son amigos. Al principio asistimos al entusiasmo de una pareja de enamorados al ver la que será su casa, y tras los títulos de crédito todo degenera al centrarse en la paranoia de él (Nicolas Bro) con respecto las infidelidades de ella (Marijana Jankovic). Una historia simple y corta, más bien la sinopsis de una historia. Boe intenta adornar su película con momentos cercanos al gore o suspense pero nunca consigue despertar el interés por el manido triángulo amoroso de toda la vida. Vaya, que a Boe esta vez le ha faltado inventiva, tal vez porque por primera vez se ha propuesto contarnos algo de forma lineal, sin saltos ni sobresaltos en el espacio y en el tiempo. En Beast queda la intuición del mejor Boe (este blog se queda con Allegro), y puestos a preferir un Bro en versión paranoica resultaba más estimulante Offscreen. Si no saben nada del cine de Boe Beast puede ser una buena introducción a sus obras mayores. Si ya tienen cierto bagaje en cine danés outsider, la película es totalmente prescindible.


Nota: 4'5

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viernes, 29 de marzo de 2013

Crítica de LOOPER, de Rian Johnson

Looper es una película irreprochable (con matices). Cuenta con todo lo que hay que tener para saciar al fan del género fantástico. Presenta un mundo personal, con su propio mecanismo, su lógica interna y un juego de personajes y tiempos muy atinado. Es un thriller bien armado, estéticamente lucido y narrativamente originalísimo. Entretiene bastante, que no es poco. Y tiene el empaque, el imaginario y la riqueza suficiente para ser motivo de piezas de merchandising, obra de culto instantáneo e incluso futuro clásico de la ciencia ficción con inventiva. Porque está a años luz de propuestas similares y porque pocas películas pueden presentarse como 'la Matrix del siglo XXI' sin despeinarse. Como ya hiciese en Brick, otro título reverenciado por muchos, el cineasta Rian Johnson ofrece un fantastique inteligente que pese a sus innegables referencias tiene personalidad propia. Pese a esto, aun reconociendo las virtudes de Looper y el oficio de Johnson, hay algo en el film que me mantiene fuera de la historia durante gran parte del metraje. No tanto por defecto de la obra sino por una cuestión de simpatía o empatía, quién sabe, con el propio género de la cinta. La cuestión es que la película no me emociona. Tal vez porque al ser tan libre y singular toma para sí demasiadas licencias, y para no iniciados o poco forofos de la ciencia ficción el rompecabezas une sus piezas de forma tan extrema y surrealista que, con perdón, cae en el absurdo. No lo tengan en cuenta: este blog no le baila el agua a Christopher Nolan y similares. Pero si lo fantástico no es lo verosímil según lo conocido sino según lo plausible dentro del propio cosmos ficcional (sonó un poco alambicado), a Looper, opinión personal con un margen de error enorme, le sobran varios hervores: imposible no fruncir el ceño con el episodio final que concierne al hijo de Emily Blunt (no diremos más por peligro de spoiler). Looper es inteligente pero demasiado autoconsciente de su potencial. Hay algo en ella impostado, más paródico que otra cosa (influye, para qué engañarnos, el maquillaje de Gordon-Levitt y la chulería innata del señor Willis). Si me lo preguntan en la estricta intimidad, les diré que Looper flojea, hace aguas y la olvido a los dos minutos. Si la cuestión es en público, me acojo a lo objetivo: es una película imponente sin ser excelente. Y si hablamos en contextos blogueros y fanáticos, callo para no fastidiarla. Con la boca pequeña, muy pequeña: Looper, a pesar de todo, es una cinta prescindible.


Para los que llevan la ciencia ficción en las venas.
Lo mejor: Su premisa es, como mínimo, diferente.
Lo peor: Algunos momentos son del todo risibles.

Nota: 5'5

miércoles, 27 de marzo de 2013

El otro cine argentino: Crítica de AUSENTE, de Marco Berger

En España conocemos el cine argentino por sus comedias agradables, por Ricardo Darín y por algún título muy concreto que de vez en cuando se cuela entre las más taquilleras y que suele hacer las delicias de los que van a la sala en busca de un cine con corazón. Por desgracia ese otro cine ché, más silencioso, más reflexivo, más influido por el cine clásico europeo, el que discurre más a los márgenes, el que juega con el espectador y experimenta con los géneros, casi nunca ve la luz entre nosotros. Hay que recurrir a la descarga para disfrutar de obras como Por tu culpa o La mirada invisible ya que tan solo el cine de Lucrecia Martel y la excelente El hombre de al lado han tenido una distribución más o menos decente. Ausente, de nuevo, hay que verla desde los inframundos de la red. Solo por eso sería fácil catalogarla como una película menor, pero no es así. Ausente tiene la valentía de montar una historia a partir de la anécdota más ínfima: vemos lo que sucede cuando un alumno se queda con su profesor toda una noche después de que el primero tuviese que ir al médico tras la clase vespertina de natación. Marco Berger no necesita más que pocos espacios, contados actores y una dirección de fotografía de planos cerrados para dar una sensación de desasosiego e interrogación constante. Desconocemos las motivaciones de los personajes y eso confiere a Ausente cierta atmósfera que, pese a todo, no está libre de subrayados formales: véase los momentos que Berger, con tal de destacar la tensión del relato (intuímos que el alumno siente deseos carnales por su maestro), inserta una música que roza el ruido ambiental y cuya función es avisar a la audiencia de que 'algo está sucediendo' o de que 'algo puede suceder' (una táctica nada sutil que la citada Por tu culpa, por ejemplo, esquivaba acertadamente con un guión más trabajado). En parte esa brusquedad se demuestra en el más desafortunado segundo tramo de metraje: la cinta pasa de situarse desde el punto de vista del alumno, el joven Martín, para ocuparse de Sebastián, el profesor de gimnasia, y Berger fuerza al máximo la maquinaria de su historia para dar prioridad al factor thriller. Todo ello lleva a Ausente a una resolución totalmente fuera de tono que en parte viene a restar entidad a los primeros minutos de película, cuando parecía que el misterio ganaría enteros justamente por no tener una respuesta nítida o única. Aún así, me interesa que Ausente sea la crónica 'de algo que se espera y que no sucede' y 'de la influencia que tiene el recuerdo de ese momento en los dos implicados'. Berger nos intriga pero no convence en su dibujo de las motivaciones (sentimentales, sexuales, homosexuales...) de los personajes (¿o la motivación solo viene por parte del alumno Martín? si había alguna duda el final la aclara... ¿o no? cada uno opinará lo suyo). Vaya, que al final la ausencia del título no se sabe muy bien si es porque Berger intenta 'contar por omisión' (y si es así, la última escena resulta más descabellada si cabe) o si directamente ya es un aviso de la nada que rodea una película como mínimo sugerente. Vamos a dar un voto de confianza a Ausente y prefiero pensar que la película es algo más que un ejercicio de estilo. De esas cintas que con muy pocos ingredientes sobre la mesa logran generar un debate y una ristra de teorías e interpretaciones más que interesante.


Nota: 6

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jueves, 21 de marzo de 2013

Crítica de LA FRÍA LUZ DEL DÍA, de Mabrouk El Mechri

Hay actores, directores y otros miembros del artisteo que no saben cómo justificar unas vacaciones en Europa. La fría luz del día ha sido rodada parcialmente en Madrid, pero más allá de alguna escena en el Parque del Retiro o la famosa Gran Vía de la capital nada hace indicar que estemos ante un paisaje español acogiendo la locura de un thriller 'tipical yanki'. El film, eso sí, aunque indirectamente, tiene un toque zarzuelero y chapurrero muy del gusto de una parte rancia de nuestro cine. Cuesta tomar en serio a La fría luz del día cuando ni ella misma parece creerse sus trolas. La historia avanza a trompicones, concatenando carreras, persecuciones y giros imposibles que en lugar de dar consistencia al misterio causan una peligrosa hilaridad. Y como el espectador está obligado a ver el film 'desde fuera', sin ser partícipe del embrollo conspiratorio que encarnan las viejas glorias Weaver y Willis, la película acaba por encontrar su gran punto a favor. De nuevo no por méritos propios. ¿Por qué lo decimos? Porque La fría luz del día está tan pasada de rosca, en tan inversemblante y en definitiva es tan mala que cumple las funciones de chiste contagioso. Vaya, que uno no puede parar de reir. Tampoco de ver la película. Y al final los escasos 80 minutos de metraje son casi una fiesta 'a la inversa', un delirio que hará las delicias de los que se diviertan buscando gazapos y masacrando las interpretaciones de sus actores (la aportación de Óscar Jaenada es directamente un sketch barriobajero y autoparódico). Si son cinéfilos de bien, ni se acerquen. Si son de aquellos que se cachondean de todo, ya tardan en calentar las palomitas en el microondas. Cine malo, sí, pero tan churrero que encuentra sin buscarlo un lugar de honor en la estantería de frikadas con gracia. Aunque su estilo sea precisamente un 'no-estilo' y solo sirva como cara B de los éxitos ochenteros y noventeros de sus cabezas de cartel. Al menos tanto ir y venir por un Madrid postizo le ha servido a Cavill para cincelar su cuerpo en vistas del nuevo Supermán. Sin olvidar que se habrá zampado junto al equipo del film alguna tapita, gazpacho o bocadillo de calamares en la ciudad del oso y el madroño. '¡Qué listos, estos del cine!', que dirían los malpensantes...


Para cinéfilos de videoclub que rezan a Seagal y compañía.
Lo mejor: Sus defectos son paradójicamente sus virtudes.
Lo peor: Verónica Echegui merecía un salto a Hollywood por la puerta grande.

Nota: 4'5

jueves, 14 de marzo de 2013

Crítica de EN LA MENTE DE UN ASESINO (ALEX CROSS), de Rob Cohen

Al director de Dragonheart, xXx, A todo gas o Stealth: La amenaza invisible no pueden pedírsele muchas sutilezas. Sí cierta soltura en el cine palomitero de acción y mamporros. Eso es justamente lo que es Alex Cross. Y nos quedamos con su título original, heredado de la novela de base, porque la fórmula española En la mente de un asesino hace pensar en una exploración de la psique del malo que la historia no propone. El film es parco en palabras y recursos, pero también de lo más transparente. No pretende engañar a nadie: es justamente la historia básica y descacharrante que dejan intuir sus afiches y tráilers promocionales. Con todo, el tipo de cine de acción que propone Alex Cross ya no tiene sentido en el siglo XXI. Estaba de plena vigencia hace veinte o treinta años, con el auge del VHS y la aparición de un público de videoclub ávido de cutreces y cine de directrices de lo más primarias protagonizado por Lee, Chan, Seagal, Van-Damme y otras moles. Ahora, con las posibilidades que ofrece internet y con la robustez de las series televisivas, de productos enteramente policiacos como CSI a complejos retratos de la maldad humana como Dexter o la venidera Hannibal, intentar que alguien pague una media de siete euros por ver en pantalla grande un folletín tan ramplón de disparos y persecuciones es tan temerario como inconsciente. Alex Cross es el vacío hecho carne de celuloide, la no lógica fotografiada a modo de espasmos, montada con rapidez y sazonada con frases que esconden un patriotismo de cuidado. Un cine que no obedece a más lógica que la de adormecer a un público en su mayoría masculino. Consigue su objetivo: entretiene bastante. Pero el público moderno debería pedir garantías. Al igual que debió hacer el ahora más perdido que nunca señor Matthew Fox, que ha fibrado su cuerpo en el gimnasio sin pedir a cambio un guion igual de musculado. Quedan cien minutos de evasión sin aspavientos. También el olor a testosterona de un modelo de thriller trasnochado.


 Para consumidores del cine 'fast food'
Lo mejor: La escena final en el teatro destartalado.
Lo peor: Los personajes, más instintivos que complejos.

Nota: 5

miércoles, 13 de marzo de 2013

Bier viaja y se edulcora: Crítica de AMOR ES TODO LO QUE NECESITAS, de Susanne Bier

Tal vez por efecto del Oscar recibido por En un mundo mejor, Susanne Bier ha abandonado la gravedad y la conciencia social que siempre ha caracterizado su cine en favor de una comedia romántica pretendidamente ligera, con el añadido de tener a Pierce Brosnan como dandi entrado en años gracias, eso sí, al prestigio que da contar con la estatuilla en la estantería. Escrita por esa personalidad tan importante para el cine danés de los últimos veinticinco años que es Anders Thomas Jensen, este estreno de título beatliano apenas conserva de la Bier de toda la vida un extraño interés por mostrar las debilidades de unos personajes que a su manera se hacen querer pese a sus rarezas y circunstancias, y que huyen de sus rutinas con tal de reordenar su existencia. Por muy bien que estén Trine Dyrholm y Paprika Steen, siempre excelentes, este viaje a Italia no deja de saber a poco teniendo en cuenta quién está detrás de la película. Todo resulta demasiado fácil, el final feliz se intuye desde el primer momento, hay poco margen para la imaginación del espectador y la historia de principio a fin obedece al manual de los títulos menores que caen no ya en la ligereza propia de la comedia sino en la autocomplacencia de quien cree ser original siguiendo punto por punto las reglas del viejo romancero. Gustará a un público femenino de entre cuarenta y sesenta años que busque en la gran pantalla la proyección de una segunda oportunidad que casi nunca se presenta en la realidad. Un cine tan de sábado por la tarde, tan dejado a la mano de mentes huecas y tan poco innovador que acabará en tierra de nadie: carece de atractivos para los seguidores de Bier y no cuenta con un elenco con suficiente gancho para el público de esta parte de Europa. Precisamente por su calidad de film que no parece dirigido a nadie, a ningún sitio y con ningún fin marcado, da la sensación de que Bier no ha firmado el film con la intención de abrirse a otras narrativas y mercados sino por una necesidad personal, no tanto por lo que respecta a su filmografía como a su propia persona. De ser así, puede darse por satisfecha: ya ha firmado su particular Mamma Mia! sin canciones y con líos de faldas a tutiplén. Para la próxima, que vuelva a la senda que le ha dado prestigio: el cine donde lo cotidiano, lo ameno y lo alegre solo era un pórtico hacia espacios más ricos, también más duros, que en Hermanos llegaba a cotas de absoluta carnalidad, brutalidad y perversión. Una fuerza, en este caso cómica, o tragicómica, que no se produce y que a ratos roza la chorrada sin paliativos.


Para cuarentones que buscan un cambio en sus vidas
Lo mejor: El fan agradecerá ver a las grandes Dyrholm y Steen en la pantalla grande del cine, aunque el doblaje destruye la naturaleza bilingüe de la trama.
Lo peor: Entronca directamente con el telefilm de Antena 3 más soso.

Nota: 5 

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lunes, 4 de marzo de 2013

La vida sin mi: Crítica de OSLO, 31. AUGUST, de Joachim Trier

Aunque el calendario indique lo contrario, el verano termina con la llega de septiembre. Septiembre marca de hecho el inicio del año y no enero: entraña el comienzo de un nuevo curso, la vuelta al trabajo, el regreso a la gran ciudad. La verdadera ruptura se produce el treinta y uno de agosto, porque aunque no se celebre ni quede marcado oficialmente septiembre siempre es sinónimo de algo que está por venir, de nuevos planes, de una vida totalmente diferente. Anders, el protagonista de la película, debe decidir qué hacer con su vida, y no es casualidad que su recorrido sea la historia de una ciudad (Oslo) y la crónica de un día (coincidiendo con las últimas horas del estío). 'Mi cumpleaños en verdad es mañana', dice una antigua amiga del protagonista, como si todos los seres de la película y el propio director se confabulasen para convertir el 30 de agosto en el último día del mes. Y una vez amanece, Anders deja nadando en una piscina a todos aquellos con los que había compartido alguna cosa alguna vez. Así, en términos vagos. 'Hoy es el último día antes de que la vacíen', piensa Anders en referencia a la simbólica piscina, y de nuevo el factor temporal se impone como clave de la segunda película de Joachim Trier. Por ser una historia en orden cronológico, y al mismo tiempo llena de fugas y partes, con un inicio dialogado y un segundo tramo musicalizado, con la evocación de un pasado que no volverá a modo de prólogo y el viaje posterior, marcado por dos intentos de suicidio que indican que Anders quiere hundirse y no salir a la superficie de su piscina emocional.


'Creerán que es una sobredosis', dice convencido refiriéndose a sus años de adicción a las drogas, y la película acaba por devenir profética, porque Anders sabía qué quería hacer, con quién quería hablar. Su meticulosidad va en paralelo al oficio del director, que filma a Anders siguiéndole en su premeditada y meditada estancia final en los infiernos. De ahí la belleza elegíaca, el halo de misterio e incluso cierto romanticismo que desprenden las imágenes de Oslo, 31 August. En el arranque de la película Anders intenta acabar con su existencia tirándose a un estanque lleno de piedras y Trier filma el zambullido de forma brusca, en un largo plano fijo interrogante. La segunda estampa de muerte es totalmente diferente: Trier opta por el travelling lento, de forma que vemos a lo lejos cómo el cuerpo de Anders va apagándose, como si el director, arrebatado y enamorado de su personaje, le concediese tras una hora y media de persecución fílmica un último momento de intimidad, unos minutos de calma. Esa escena es clave para entender la película: Joachim Trier ni quiere ni compadece a su personaje, no busca entenderlo ni justificarlo, sino más bien enseñar la silueta de un cuerpo, la sombra de una figura, aceptando que las verdades y las motivaciones internas del personaje solo le pertenecen al propio Anders. De alguna forma, Oslo, 31 August es no solo el relato objetivo de lo acontecido durante 24 horas sino una evocación de lo que fue y de lo que pudo haber sido. En el cine es más interesante dejar la historia patas arriba, porque la respuesta no debe emanar de las imágenes sino de la imaginación y la sensibilidad de quien mira. Es aquí donde Oslo, 31 August se convierte en un boceto, en una pátina de colores difusos a partir de los cuales podrían surgir mil y un relatos. Hay otro momento decisivo para entender la película. En una escena Anders se encuentra en una cafetería llena de gente. Está rodeado de seres y al mismo tiempo solo, y así lo estará durante todo el metraje. Oye las conversaciones de los demás, y curiosamente las vidas que discurren a su alrededor le son ajenas, y aún así guardan cierta relación con lo que el personaje siente o podría sentir, con lo que piensa o podría pensar. En ese instante la película viene a decirnos que una vida sin Anders es posible: forma parte del plano y al mismo tiempo parece invisible. Oslo, 31 August es eso: el cuento de alguien que se difumina hasta desaparecer mientras el espectador obtiene las armas suficientes para interpretar, que no enjuiciar, lo que está viendo, a quien está viendo. Al final Anders podría ser cualquiera, y ese 31 de agosto un día cualquiera. No solo la vida de Anders parece vacía sino todas aquellas con las que Anders tenía cuentas pendientes que saldar. Nadie es imprescindible. Nosotros somos Anders. Y Joachim Trier nos lleva a un agosto frío que en el último minuto acaba por congelarse. Cine poético e incómodo, triste y valiente, para gente despierta y atenta. Una película de muerte que paradójicamente está muy viva. Especial y casi mística. Un personaje, una jornada y un film que ya están entre las mejores experiencias cinematográficas del año.



Nota: 8

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domingo, 3 de marzo de 2013

Crítica de ELLAS (ELLES), de Malgorzata Szumowska

Ante una película como Elles el interés no se centra tanto en descifrar las imágenes como en intentar averiguar qué subyace en los fotogramas, al fin y al cabo conocer qué quería contarnos su directora Malgoska Szumowska. A simple vista podría parecer un estudio de la prostitución, pero el film nunca quiere ser un acercamiento realista al tema. Dándole la vuelta al planteamiento, la película podría ser la historia de una burguesía bienestante, encarnada en el personaje de Juliette Binoche, que acaba tocada y hundida al conocer la vida que subyace en un París desglamourizado, pero el hecho de que la evolución del personaje sea más simbólica que real pone en duda esta nueva vía de interpretación. En un intento por hacer confluir las dos posibilidades, Elles se resolvería como una exposición sobre las dificultades de la mujer en el primer mundo de Occidente, aunque su muestrario pase simplemente por acercarnos el devenir de dos estudiantes sin recursos y una periodista ya madura acuciada por las obligaciones laborales y familiares. En vistas del embrollo, por lo tanto, debe tomarse Elles como lo que es, sin buscarle tres pies al gato y desechando de antemano cualquier metáfora o doble lectura pretendida por su directora. En su sentido estricto, analizando la película de la forma más objetiva posible, puede decirse que es un film que pese a su sencillez argumental esconde un mundo oscuro más intrincado al que el espectador o bien no puede entrar o directamente no se le deja acceder. Trata cuestiones espinosas, pero ni se enfanga en el cine social expositivo ni termina de acoger el aliento lírico de lo alegórico. Su medianía, su inconcreción, forma parte también de su encanto: en Elles se valora positivamente el rechazo de un cine de fórmulas y corsés, y ni que sea a base de provocar incertidumbre en la platea consigue que al salir de la sala uno siga pensando en sus retales de vida difusas. El espectador poco avezado a un cine difícil se sentirá y con razón excluído de la narración. Para los demás, además de una nube espesa de interrogantes sin respuesta, queda un nuevo recital interpretativo de Juliette Binoche, una de esas actrices cuya presencia encierra una forma de ver el mundo y un género cinematográfico en sí mismo. Michael Haneke dice que el arte supera a la religión porque el primero propone preguntas y la segunda ofrece respuestas. Acogémonos a esa idea para poner punto y final a tanta divagación: pese a sus imperfecciones, Elles contiene temas, texturas y lecturas bastante interesantes. Que cada uno decida si eso es suficiente para reivindicar una película difícil de defender.


Para buscadores de películas circunspectas.
Lo mejor: Binoche nunca decepciona.
Lo peor: Depende demasiado de la voluntad del espectador.

Nota: 6

jueves, 21 de febrero de 2013

Crítica de TED, de Seth MacFarlane

Cuando el hambre aprieta hay que ingeniárselas para seguir al pie del cañón. Y si hablamos de la comedia romántica estadounidense, no ha habido mayor estrategia rejuvenecedora para paliar la pérdida de espectadores que traspasar las formas narrativas de la comedia gamberra televisiva a la gran pantalla. El modelo 'chico conoce chic' ha quedado obsoleto. Sandra Bullock poco tiene que hacer en esta nueva coyuntura. Por eso ver que Seth MacFarlane, responsable de irreverentes cartoons como El show de Cleveland, aparece en la ficha técnica de Ted por partida triple (director, guionista, doblador del peluche protagonista y hasta compositor de la canción que nos introduce en la historia) puede extrañar o por lo menos inquietar a los fans de la risa y el romance de toda la vida. MacFarlane ya es el hombre del año, no solo por el éxito de su ópera prima sino por su trabajo como conductor de la gala de los Oscar. Un nuevo modelo de showman, vaya, para una película que rompe, aunque solo parcialmente, las convenciones. En su parte inicial, Ted desmonta el 'érase una vez' y propone una relectura de los cuentos infantiles. Ya en su tramo central, la película presenta un a ratos interesante relato sobre la necesidad de asumir el paso del tiempo y madurar. Y a las puertas de su final, Ted da gato por liebre y vuelve al camino marcado para contentar a su audiencia: el muñequito, en definitiva, 'vive y colea' a pesar de los pesares. Intuímos que MacFarlane ha trufado su película de bromas marca de la casa, la mayoría citas directas a personalidades famosas en tono sarcástico o incluso burleta-burlesco, pero también ha hecho una historia personal en la que subyace el retrato de una generación: la de actuales treinteañeros que como MacFarlane se criaron de niños con la ciencia ficción de los 80 y que han arrastrado hasta la actualidad mitos e iconos. Es innegable que Ted tiene un punto de partida interesante y en ella hay más jugo del que parece. Aun así, la película molesta precisamente por el tono elegido, más desnudo, más rudo, más hiriente, más pasado de rosca. Al final lo más discutible de Ted no está tanto en sus citas y homenajes como en su propio sentido del humor. Y aunque films como Ted son totalmente coherentes con lo que se consume ahora (de Resacón en Las Vegas a Con derecho a roce), hay que destacar que con el cambio se ha perdido parte de la magia de la buena comedia: ahora los diálogos son vómitos y no ingeniosos juegos lingüísticos, la referencia se explicita y no hay margen para la imaginación, en lugar de 'reírse con' se potencia el peligroso 'reírse de'. No sirve de nada girar la vista y negar la nueva realidad de la comedia yanki - los Globos de oro lo hicieron al recurrir a las británicas El éxotico hotel Marigold y La pesca del salmón en Yemen para llenar sus categorías de comedia-musical, todo en detrimento de los verdaderos taquillazos del año en suelo estadounidense -, pero hay que destacar que precisamente por su falta de tacto y tino este nuevo rumbo debe tener los días contados. En un capítulo corto de Padre de familia se busca lo hiperbólico, lo directo, el titular. Los códigos del cine son diferente. En resumen, Ted es una gran historia que pierde complejidad y capacidad de atracción, visto lo visto no de convocatoria, al querer ser un exitazo entre la muchachada deslenguada. Es la diferencia entre hacer buena música y conseguir ser la canción más descargada en Itunes. Ted es eso: un éxito fugaz que aporta más bien poco. Los treinteañeros de dentro de veinte años, por lo tanto, no tendrán a este osito nada adorable como parte de su imaginario. Cine, vaya, que sigue la corriente de las modas y que por concepto nace con fecha de caducidad marcada.


Para maduros descerebrados que sufren el síndrome de Peter Pan 
y que se alimentan de los 'tuppers' de la mama.
Lo mejor: Mila Kunis, diva del humor agresivo.
Lo peor: La escena en el estadio.

Nota: 5

martes, 19 de febrero de 2013

Crítica de ¡ROMPE RALPH! (WRECK-IT RALPH), de Rich Moore

1. ¡Rompe Ralph! es una de las cintas más curiosas de la nueva hornada del cine de animación. Rich Moore, su director, pone su amor a los videojuegos al servicio de una trama original diseñada como un pastel para los más pequeños y sobre todo como un absoluto gozo y guiño a aquellos treinteañeros que todavía conservan su Game Boy en blanco y negro y que ahora se divierten con la famosa Nintendo Wii. En este sentido, la construcción de personajes, salvando las distancias, no se aleja demasiado de la novedad que supuso a mitad de los noventa Toy Story: la película encuentra un filón en la mezcla de personajes de juegos diversos y respeta los movimientos reducidos de los primeros dibujos 'analógicos', mostrando al mismo tiempo la mayor complejidad y definición de otros juegos de la actualidad. La película, por lo tanto, puede entenderse como un ameno recorrido por la arqueología de las consolas: Ralph, un ser que se dedica a destruir un edificio en un modelo de los 80, viaja hasta las pantallas de Call of Duty para reivindicar su lugar en la oferta del salón recreativo donde se ofrece su juego. 
2. Moore, en definitiva, realiza un ejercicio no demasiado alejado del construido por Lasseter casi dos décadas atrás: toma personajes ya definidos y existentes respetando su personalidad, homenajeándolos por un lado y creando una nueva historia por otro, por lo que tanto esta como la película emblema de Pixar son dos ficciones modernas sobre la modernidad (y lo que ello implica: habla del inexorable paso del tiempo, los cambios en las formas de consumo y ocio de los últimos años, etc.) y al mismo tiempo un juego de juegos o una ficción (ya marcada) dentro de otra ficción (inventada), dando un producto que siendo un revival es ante todo genuino. ¡Rompe Ralph!, en definitiva, merece ser considerado como parte importante del nuevo y honroso cine animado familiar que piensa también en los adultos y que alcanza una cima técnica al mezclar texturas: simbólicamente en el film conviven la simplicidad de los fantasmas del PacMac de antaño con los píxeles de los héroes de las franquicias más recientes.


3. Todo lo dicho queda enmarcado en otro relato: la discusión sobre el papel de 'los antihéroes' y las ideas preconcebidas en torno a los distintos villanos. Ralph, ser no humano, conquista la vida y lucha por defender su parcela en el submundo de seres ficticios en el que habita: es súmamente divertida la apuesta del director por iniciar la trama en una especie de terapia de grupo donde los distintos malos míticos cuentan sus penas y reivindican su espacio en el reconocimiento e imaginario colectivo donde solo figuran los nombres de los 'héroes'. En este apartado, ¡Rompe Ralph! es una interesante vuelta de tuerca al estudio del malo: no es la primera vez que la narración se pone en boca y toma partido por las distintas némesis - dato curioso en un año dominado por el cine de animación gótico o nada inocente: ¡Piratas!, Frankenweenie, El alucinante mundo de Norman, etc. -, pero sí es interesante destacar que el film de Moore es uno de los pocos que utiliza esa premisa como soporte de diversión sin cortapisas y al mismo tiempo como idea de una reflexión complejísima, dirigida, obviamente, a las audiencias más adultas. De hecho, el film forma parte de la mejor animación contemporánea que tiene su base en la perversión de modelos: recordemos, por ejemplo, Monstruos S.A., donde los monstruos eran los buenos de la función en contra de la tónica habitual.
4. Tal vez por su solidez como estudio del 'malo' en sus distintas paletas de colores, posibilidades y matices, ¡Rompe Ralph! no termina de ser una apuesta redonda: sobran, vaya, todos sus chistes dialécticos y alguna subtrama innecesaria como la que pretende unir la ruda agente armada con el ingenuo Repara-Félix Júnior. Sobre todo falla en su tramo final, donde la abstracción de su mensaje cede inevitablemente al subrayado infantil: la película crea sin necedidad un malo propio, una reina de corazones muy particular, y la revelación de ese malvado inesperado acaba alterando toda la película hasta culminar en una resolución bastante obvia, olvidando la amargura existencial que encierra la niña que por imposiciones externas no puede salir de su juego y está condenada a morir. En ¡Rompe Ralph!, en definitiva, conviven discursos serios y lúdicos, pero estos no se suceden de forma equilibrada. Ello hace que el film diste de ser una obra maestra, distinción que sí tienen las citadas Toy Story y en menor medida Monstruos S.A. Y aún así solo el hecho de tocar tantas teclas con tanto descaro e inteligencia hace de ¡Rompe Ralph! una de las propuestas animadas más estimulantes de reciente estreno.


Para niños ya creciditos que se criaron entre consolas
Lo mejor: La carga de su mensaje, a la altura de alguien como Rich Moore (responsable de series como Los Simpson y Futurama).
Lo peor: Algunas florituras de más, aunque imaginamos que ineludibles para atraer a los pequeños de la casa.

Nota: 6'5

sábado, 9 de febrero de 2013

Crítica de OPERACIÓN E, de Miguel Courtois

La casualidad quiso que minutos antes de entrar al cine para ver Operación E estuviese leyendo La vorágine, una de las novelas más oscuras y terribles de la literatura hispanoamericana que he tenido ocasión de leer. En Operación E encontré la selva del libro, ese espacio lleno de peligros, terreno de lo mágico y lo secreto donde se da cita lo trágico. En la selva de Operación E convive lo mítico y lo humano, es el espacio definido por lo rústico y agreste, pero al mismo tiempo remite a lo bello, a lo instintivo. La selva como reflejo de una civilización quebrada, con unas guerrillas de las FARC dominando una zona alejada del mundo y al mismo tiempo representando la misma historia de manipulación y opresión que podría tener lugar en cualquier rincón del planeta. Puede que ensimismado por la comparativa, de nuevo fortuita, entre la película de Courtois y la obra de Eustasio Rivera, la película perdiese en lo personal poder de evocación en su segundo tramo, cuando Crisanto, un excelente Luis Tosar, se traslada a la gran ciudad para salvar el niño que los militares le cedieron días atrás. Y es entonces cuando la poética selvática, novedosa en el cine español, da paso a una película de temática social encaminada a denunciar la situación de un país y a exponer punto por punto el caso real que basa el guion. En esa segunda mitad Courtois parece volver a sus preocupaciones y a su tono de thriller de denuncia, pero el objetivo de su cámara se torna reduccionista, obvio. De forma que al final poco queda de ese Tosar interrogado, mirando a cámara mientras confiesa, como sucede con el protagonista de La vorágine, que solo se había adentrado en la selva años atrás con fines arribistas y que el espacio, un personaje más, le engulló en sus profundidades. Operación E no está demasiado lejos del thriller de contexto potente pero retórica obvia de El lobo o GAL, las anteriores producciones de Courtois, y es una lástima que la película abandone el tono temebundo de su inicio, más intuitivo y al final más grave, para ceder a la obviedad de quien filma un falso documental más preocupado en mover conciencias que en crear una pieza de arte con emoción y verdad. El conjunto se salva gracias a Tosar pero no dista de ser un reportaje televisivo de lujo que toma la denuncia por bandera y se olvida por el camino de tener una personalidad y algo que decir más allá de la historial real.


Para viajeros intrépidos con conciencia
Lo mejor: Tosar, talento sin fondo.
Lo peor: El tono 'docutelevisivo' de su segundo tramo.

Nota: 6

jueves, 31 de enero de 2013

Crítica de TENGO GANAS DE TI, de Fernando González Molina

Ante una película como Tengo ganas de ti, y a tenor del éxito que ha cosechado dentro y fuera de nuestras pantallas, me pregunto dos cuestiones: ¿qué efectos, más allá de los económicos, tiene un film como el de González Molina en una cinematografía tan cuestionada como la española?; y en relación a lo anterior, ¿qué hay detrás de ese look aparentemente juvenil, desenfadado y comercial que la ha convertido en la tercera cinta con mejor recaudación del 2012? Se responde rápidamente. Tengo ganas de ti busca lo inmediato, se dirige a un público poco o nada exigente, mima al fan de las novelas de Moccia y para colmo ofrece nuevos frentes para aquellos no iniciados, en edad del pavo o rozándola, que esperan una película de catarsis adolescente, ñoñerías vividas a flor de piel y febriles impulsos sexuales. No debería darnos miedo que la muchachada, la que más ha desertado de los cines por efecto de la crisis y la piratería, llene salas y sume réditos a nuestras cuentas a propósito de un espectáculo bastante bajo, de efectos mojabragas descarados. Porque esto sucede aquí, en casa del vecino y en cualquier cinematografía que se precie. Para qué hacerse heridas si al fin y al cabo tenemos un Tengo ganas de ti al año y encima permite suavizar los números rojos. El cine español tiene suficiente stock para permitirse vender gato por liebre a plateas de mercadillo. ¿O no es así?


Pero retrocedamos. Pensemos: ¿debe la nueva generación del cine español, tanto actores (Lago, Valverde, Cervantes, Camacho, el poligonero Casas) como directores (González Molina) y artistas en general (el guionista Ramón Salazar) vivir de defender films tan inconsistentes? ¿hasta qué punto Tengo ganas de ti nace de un deseo o de una necesidad por hacer dinero? Tengo ganas de ti se aprovecha y al mismo tiempo sufre las consecuencias de quien compra y vende mercancía en un todo a cien o bazar chino. Porque Tengo ganas de ti ha llenado las arcas. Da lo que promete. Tendrá con toda seguridad una nueva entrega. Pero en las plateas, y eso lo comprobará quien vea la película en cualquier screener churrero de los que circulan por internet, no hay ni suspiros de jovenzuelas con granos ni bostezos de los novios que acompañan a las anteriores a regañadientes. En las proyecciones de Tengo ganas de ti se escuchan risotadas, se juega a adivinar cuántos minutos de metraje pasará el maromo con la camiseta puesta, se silban las curvas de la chica y se oye un runrun insoportable de móviles y palomitas. En resumidas cuentas: el público potencial de Tengo ganas de ti va al multicines más cercano para ver de todo menos cine. Obviamente la película dista de ser cine, y ya contamos con especialistas del séptimo arte para desmontar el film desde sus poco trabajados apartados técnicos y narrativos. Tres metros sobre el cielo todavía tenía el encanto del cuento que sustituye el príncipe por el chulopiscinas y el corcel por la moto, pero Tengo ganas de ti no es nada. Y lo que es peor: sus consumidores lo saben, lo comen y lo escupen acto seguido. Así no se hace arte. Y aunque la calculadora ofrezca sus cifras, tampoco se hace industria, o sea, negocio. No se educa, no se consolidan modelos, no se fidelizan audiencias. Al menos ese debería ser el pesamiento de base. Como mínimo, es el principal argumento para sentenciar tras tanta pregunta que ver Tengo ganas de ti es, simple y llanamente, una pérdida de tiempo. En otras palabras: hacia Tengo ganas de ti lo más sano no es sentir indiferencia sino rechazo.


Para chonis que van al cine con sus churris
Lo mejor: Pasopalabra.
Lo peor: Su nominación al Goya al mejor guion adaptado... ¿es una broma, no?

Nota: 2