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jueves, 28 de junio de 2018

CRÍTICA | DELICIOSA MARTHA, de Sandra Nettelbeck


DELICIOSA MARTHA (BELLA MARTHA)
Alemania, 2001. Dirección y guión: Sandra Nettelbeck Música: Keith Jarrett, Arvo Pärt y David Darling Fotografía: Michael Bertl Reparto: Martina Gedeck,  Sergio Castellitto,  Maxime Foerste,  Sibylle Canonica,  Katja Studt, August Zirner, Idil Üner,  Oliver Broumis,  Ulrich Thomsen,  Antonio Wannek, Angela Schmidt, Gerhard Garbers, Diego Ribon Género: Comedia dramática Duración: 109 min. Tráiler: Link Fecha de estreno en España: 26/07/2002.
¿De qué va?: Una cocinera de primer nivel cuida de su sobrina tras la muerte de su hermana. La entrada en sus cocinas de un chef italiano le hará replantear su carrera.

miércoles, 19 de abril de 2017

CRÍTICA | TOMATES VERDES FRITOS, de Jon Avnet



El secreto está en la salsa
TOMATES VERDES FRITOS, de Jon Avnet
3 nominaciones a los Globos de oro y 2 candidatura a los Bafta y Óscars
EE. UU., 1991. Dirección: Jon Avnet Guión: Fannie Flagg y Carol Sobieski, a partir de la novela homónima de Fannie Fagg Fotografía: Geoffrey Simpson Música: Thomas Newman Reparto: Kathy Bates, Jessica Tandy, Mary Stuart Masterson, Mary-Louise Parker, Chris O'Donnell, Cicely Tyson, Gailard Sartain, Gary Basaraba, Stan Shaw Género: Tragicomedia Duración: 120 min. Tráiler: Link Fecha de estreno en España: 27/03/1992
¿De qué va?: Evelyn, una mujer acomplejada por su sobrepeso, conoce en un asilo de la tercera edad a Ninny, una anciana que la entretiene con la historia de dos mujeres que vivieron en el estado de Alabama durante los años 30.


Tomates verdes fritos es una de las pocas películas de los años 90 que ha conseguido introducirse en el imaginario colectivo de distintas generaciones de espectadores. Su amabilidad, su comicidad medida y su dramatismo tierno pero nunca lacrimógeno la han convertido en garante de un prototipo cinematográfico que, sin renegar a cierta comercialidad, se define por su madurez y su capacidad para dejar huella en un abanico muy variado de audiencias. En el corazón de Tomates verdes fritos habita una historia de solidaridad, amistad incondicional, emancipación femenina y reivindicación personal, un mensaje que reverbera tanto en la Norteamérica sureña del Ku Klux Klan como en la actualidad. La imagen de unos raíles abre los títulos de crédito para posteriormente desplegar una película que funciona como un viaje en tren: los distintos parajes se van acumulando mediante un estudiado ejercicio de flashbacks y elipsis, como si a lo largo de las dos horas de metraje quedaran condensadas las paradas de un trayecto que se intuye más dilatado, seguramente más doloroso, pero al final reconfortante. No es extraño, por lo tanto, que la imagen del tren funcione en todo momento como símbolo trágico, sobre todo en la escena que une a las mujeres de uno y otro tiempo: la poética desaparición de Buddy, arrollado por una locomotora. Todo ello, además, rodado con un aplomo inusual tratándose de una ópera prima con no pocas complicaciones técnicas y narrativas. El elogio se amplía también a sus actrices, todas espléndidas: Mary Stuart Masterson es puro nervio, Mary-Louise Parker toca el cielo con sus miradas y silencios, Jessica Tandy encarna como nadie la humanidad de una anciana embargada por los recuerdos y Kathy Bates se mete al público en el bolsillo con su transformación tanto física como anímica. En definitiva, una obra que, siguiendo el símil culinario, no puede describirse más que como exquisita. Con un ingrediente infalible: Tomates verdes fritos demuestra que el hecho de contar y oír historias puede hacer más llevadera nuestra existencia e incluso mejorarla. ¿No es esa la esencia del mejor cine? 


Para amantes del cine reconciliador y femenino con enjundia
(en la línea de Magnolias de acero y Criadas y señoras entre otras).
Lo mejor: Su elegancia. La muerte de Ruth, un prodigio en cuanto a planificación escénica.
Lo peor: Su condición de "cine blanco" siempre está abierta a cuestionamientos.


Recuerda todos los estrenos del año 1992 en
EL PODCAST DE C&R: Especial CINE DE 1992

miércoles, 3 de junio de 2015

CRÍTICA | EL COCINERO, EL LADRÓN, SU MUJER Y SU AMANTE, de Peter Greenaway


EL COCINERO, EL LADRÓN, SU MUJER Y SU AMANTE, de Peter Greenaway
Largometraje nº 04: Cinoscar Summer Festival 2015: Sección oficial a concurso
Elección de Jesús Onieva Palomar
Reino Unido, 1989. Dirección y guión: Peter Greenaway Duración: 115 min. Género: Drama Tráiler: Link Reparto: Richard Bohringer, Michael Gambon, Helen Mirren, Alan Howard, Tim Roth, Ciaran Hinds, Gary Olsen, Ron Cook, Ian Dury, Ewan Stewart, Diane Langton, Liz Smith
¿De qué va?: Albert, el propietario de un lujoso restaurante, tiraniza noche tras noche a sus empleados, a su esposa y a sus comensales. Su mujer Giorgina, empujada por los manjares del cocinero, se enamorará de un cliente habitual. La dictadura de Albert se tambaleará hasta dar paso a una fuga, un crimen y una venganza extrema.
Palmarés: 4 premios en el Festival de Sitges 1989, incluyendo mejor director y actor.



RESEÑA MIGUEL: Entiendo que Peter Greenaway está loco. Es fácilmente diagnosticable cuando ves alguna de sus películas y tratas de entender todo lo que quiere decir. A mí particularmente me aburre soberanamente su excesiva imaginación. Este film me produce rechazo. Todo el parque de atracciones que ha confeccionado alrededor de la historia se hunde como en un huracán cuando te das cuenta que la trama es del todo limitada. Entiendo que esta chuchería visual encandile a muchos, y por momentos se le consigue coger el punto; sin embargo, hay que ser corredor de fondo para aguantar este maratón de esperpento y borrachera de color. A todo esto, el título: horrible.

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RESEÑA XAVIER: El barroquismo de Greenaway consigue en El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante una de sus películas más importantes. En la olla hay espacio para todo tipo de ingredientes (ópera, teatro, música, literatura, pintura, cocina, erotismo, etc.), y la combinación resultante es un cóctel explosivo, entre excelso y putrefacto. Pocas veces el espectador tiene ocasión de enfrentarse a propuestas tan subyugantes y desagradables como ésta. Greenaway siempre resulta un cineasta inspirador, pero no siempre se muestra tan inspirado como aquí: en este sentido, puede decirse que estamos ante la película más equilibrada de su autor, una obra que apasiona incluso a aquellos que no suelen transitar los bodegones emocionales e intelectuales de su artífice. El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante es una de las grandes obras de Greenaway porque sabe aunar el exceso con el minimalismo, la belleza con la suciedad, los sentidos más elevados con las pasiones más bajas. Una película que se huele, se saborea y se siente a flor de piel. La extraordinaria dirección de fotografía, el rotundo guión, la labia irónica de Greenaway y los cambios de luces y trajes hacen el resto. Tuve ocasión de visionarla con apenas 12 años, y el impacto fue indescriptible. Ahora, 12 años después, su capacidad de sorpresa sigue intacta. Mejora con el paso del tiempo, como los mejores vinos. ¡Y qué final! De lo más arriesgado y apasionante que veremos en el festival.

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RESEÑA DANIEL: Arte. Ese podría ser uno de los más robustos calificativos para designar a esta película. Arte. Desde la más austera pintura barroca, hasta el atuendo mejor confeccionado, en vivaces colores que juegan con las habitaciones. Arte. La mirada silenciosa de dos amantes anónimos, encandilados por la pasión, cegados por el deseo y aniquilados en el romance. Greenaway logra esta obra artística con destellos de maestría, combinando la feroz personalidad de un ser tiránico, la pasividad de una mujer sumergida en sus ocultos pensamientos, la incómoda observancia de un cocinero precavido y la plausible templanza de un peregrino bibliotecario. El fascinante mundo que nos entrega el film abarca desde los temas más amplios, como el estatus, la servidumbre o la arrogancia, hasta los más severos placeres humanos, como el buen paladar, o la sensualidad. La combinación resulta fascinante. La cámara desnuda a los personajes (literalmente) mientras se pasea de salón en salón, mostrando magníficos monólogos del despiadado Albert y adentrándose al más desapercibido rincón donde los amantes dan rienda suelta a sus apetitos. Fascinante e inclasificable, técnicamente impoluto y sobradamente inteligente. Un reparto estelar, comandado por un Gambon soberbio y una Mirren contenida, terminan por colocar en la cúspide una de las mejores obras que el cine británico firmó en los ochenta.

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RESEÑA ISIDRO: Lo primero que me vino a la cabeza cuando vi El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante es que la protagonizan los tarados de la Transilvania transexual de The Rocky Horror picture show cegados, en vez de por la diversión y la lujuria, por la pomposidad y Masterchef. Y es que estéticamente son parecidas, aunque el cuidado por los detalles de Greenaway resulta casi enfermizo. Porque 'El cocinero' (y el resto de la peña) es una película profundamente estética: con largos travelings horizontales, juegos de luces y colores que afectan incluso al vestuario, una fotografía casi plástica y decorados barrocos. Un ejercicio de estilo puro y duro que no tiene mucho que contar, pero mola, y mucho. La trama es una sucesión de humillaciones constantes, infidelidades protegidas y venganzas muy bestias cocinadas a fuego lento, y consigue con todo ello una atmósfera irrespirable alimentada por los arrebatos dictatoriales de un joven Dumbledore con muy, muy mala 'follá'. 'El cocinero' (y el resto de la peña) es una película que provoca reacciones muy opuestas, o se ama o se odia, y reconozco que mientras veía la película no sabía en qué bando me iba a situar. Hasta que llegó el final, uno de los más marcianos, truculentos y desagradables que he disfrutado en mucho tiempo. Una película tan exquisita como unas criadillas de ternero (y menos mal que me dio por el cine y no por la gastronomía).

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RESEÑA MAYRA: Cada director es un mundo y cada uno intenta imponer su particular huella y estilo a la hora de hacer cine. Sin duda, esta búsqueda de singularidad lleva a directores como Greenaway a narrar historias poco o nada convencionales que pueden agradar al espectador poco, mucho o nada. En mi caso, debo admitir que El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante me ha gustado poco, tal vez porque la historia no me termina de parecer lo suficientemente interesante y no conecta con mis gustos. Sin embargo, hay algunas cosas de este film que merecen la pena ser destacadas, como la singularidad de su guión, pero sobre todo su puesta en escena, que se desarrolla en un ambiente caricaturesco en el que la fotografía y la música tienen un papel importante, además de un tono muy teatral en el que la violencia, el engaño y la venganza estarán a la orden del día para sus excéntricos personajes, correctamente interpretados. Una cinta posiblemente no apta para todos los paladares, pero que se puede convertir en la exquisitez de alguno.

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VALORACIÓN DE LA CRÍTICA

Meditación sobre una crisis sentimental, con el influjo poderoso de la carne femenina como espoleta de toda tragedia. Un plato pesado, pero, en su atipicidad, plenamente digestivo. Jordi Batlle Caminal, Fotogramas, Nº 1759

De moralidad negra y deprimente. Da grima y abre el apetito a partes iguales. Greenaway demuestra cómo nuestra insaciable hambre de crueldad, violencia, racismo y poder nos convierte en bestias. Mary Ann Brussat, Spirituality Practice

Críptica y extravagante, con poder de fascinación y tedencia al exceso vacuo. Consigue irritar, pero no se le puede negar su capacidad para la sugestión visual. Redacción, Fotogramas

Empieza con un hombre cubierto de heces y acaba en canibalismo. En medio, un sencillo cuento de adulterio, celos y venganza. Todo, sin pasión y con palabras gruesas. Geoff Andrew, Time Out

NOTA DE LA CRÍTICA

Filmaffinity: 7'1 / IMDB: 7'5 / Sensacine: 7'8 / Rottentomatoes: 7'4
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VALORACIÓN DEL JURADO

El jurado del CSF ha decidido promover el film a  
10 PREMIOS DEL FESTIVAL:

Mejor película
Mejor director: PETER GREENAWAY
Mejor actor protagonista: MICHAEL GAMBON
Mejor actriz protagonista: HELEN MIRREN
Mejor música original: MICHAEL NYMAN
Mejor fotografía: SACHA VIERNY
Mejor vestuario: JEAN-PAUL GAULTIER
Mejor montaje: JOHN WILSON
Mejor maquillaje y peluquería: VV. AA.
Mejor diseño de producción: BEN VAS OS y JAN ROELFS

NOTA DEL JURADO

sábado, 25 de octubre de 2014

CRÍTICA | CHEF, de Jon Favreau


Comida rápida de 5 estrellas
CHEF (#CHEF), de Jon Favreau
EE. UU., 2014. Dirección y guion: Jon Favreau Fotografía: Kramer Morgenthau Música: VV. AA. Reparto: Jon Favreau, John Leguizamo, Oliver Platt, Sofia Vergara, Scarlett Johansson, Dustin Hoffman, Bobby Cannavale, Robert Downey Jr. Género: Comedia Duración: 110 min. Tráiler: Link Estreno en España: 08/08/2014
¿De qué va?: Carl Casper es uno de los chefs más reputados de Los Ángeles. Aunque su menú funciona y atrae noche tras noche a muchos clientes, Carl aspira a incluir nuevas creaciones en su carta coincidiendo con la visita a su restaurante de uno de los blogueros culinarios más leídos en internet. Todo ello acaba con la paciencia del propietario del restaurante, y Carl Casper es despedido por sorpresa. Tras unos días de incertidumbre, Carl acepta la propuesta de su ex mujer y decide reinventarse como vendedor ambulante de comida rápida. En su alocado proyecto le acompañan su hijo y su mejor amigo.


Aunque como actor puede ser considerado uno de los rostros cómicos de reparto más interesantes de su generación, la aportación como director de Jon Favreau es bastante escasa, si bien algunos celebrarán su vinculación al cine fantástico, más concretamente su trabajo al mando de las dos primeras partes de la saga Iron Man. El terreno de Favreau, pese a todo, está muy lejos de las hazañas de ese superhéroe, ya que su objetivo principal ha sido desde siempre entretener y hacer reír. Todo ello lo consigue con #Chef, film que él mismo dirige, escribe y protagoniza.

Acierto número 1: a la vez que promociona la red social Twitter, se marca el mérito de ser el primer film con título a modo de hashtag, y aprovecha la ocasión para parodiar la gran basura virtual que se esconde en la 'tweetesfera'.
Acierto número 2: se apunta a la moda de los programas y realities de cocina, e ironiza sobre los conceptos de 'alta cocina', 'cocina tradicional' o 'fast food' que tanto utilizan los snobs.
Acierto número 3: da brillo a la comedia amable, detalle que agradecemos especialmente en un momento en el que la industria norteamericana, sumida en un 'efecto Apatow' bastante molesto, no sabe construir tramas mínimamente divertidas si no incluye insultos o escatologías de por medio.
Y acierto número 4: aprovecha la temporada veraniega, en la que bajan los niveles de exigencia del espectador y sube la asistencia a las salas, para vender un producto blanco que entenderán todo tipo de públicos en todo el mundo.

En resumidas cuentas: #Chef gustará a todos, sin entusiasmos, pero más que suficiente para tratarse de un menú ligero. A lo tonto (o tal vez no tanto), Favreau ha cocinado su mejor película. Por una vez, nos gusta creer que el galán gordinflón puede recibir las atenciones de dos bellezas como Scarlett Johansson y Sofia Vergara. Y aunque eso de dar brío a la carrera de un chef vendiendo comida cubana en un camión resulta tan indulgente como imposible, estamos seguros que hasta el crítico culinario de Ratatouille le daría un aprobado. ¡Buen provecho!


Para cocineros, cocinitas y comedores, de la categoría que sean.
Lo mejor: Favreau brilla en pantalla: recomendamos ver el film en su versión original para saborear su interpretación como es debido. Su selección musical.
Lo peor: Hay que recurrir a las clásicas palomitas para saciar el apetito que abre, y de qué manera, la película. ¿Algún día Sofia Vergara dejará de interpretar a la Gloria de Modern Family?

sábado, 17 de mayo de 2014

Crítica de LA VIDA INESPERADA, de Jorge Torregrossa


Elvira Lindo reside en Nueva York desde que su marido, el escritor y académico Antonio Muñoz Molina, fuese nombrado director del Instituto Cervantes de esa ciudad. De sus experiencias, de sus vivencias y sobre todo de los sueños proyectados en la 'Gran Manzana' que nunca llegaron a realizarse se nutre La vida inesperada, película con guion de Lindo, dirección de Torregrossa y protagonismo absoluto de Javier Cámara y Raúl Arévalo, dos primos españoles en el otro lado del charco. Lindo viajó hace una década, coincidiendo con el Nueva York posterior al 11-S, pero ahora el contexto es muy diferente: en pleno 2014, La vida inesperada es una descripción de los estragos de la crisis económica española a muchos kilómetros de distancia, y con ello se acentúan, aunque sea de forma inconsciente para el espectador, todo el discurso de supervivencia familiar y toda la lucha de dos personajes que buscan su lugar en el mundo a pesar del temporal. La 'vida inesperada' del título, en otras palabras, se abre a dos interpretaciones: las sorpresas que el visitante espera de una ciudad que termina convirtiéndose en su casa a base de muchos esfuerzos, y también el esfuerzo que supuso en su día abandonar el hogar para buscar fortuna. La descripción, vaya, del nuevo inmigrante, versión actualizada de lo que el cine español ha retratado en Vente a Alemania, Pepe, Un franco, catorce pesetas e infinidad de títulos.


Durante su primera mitad, La vida inesperada convence por las distintas relaciones que traza: cada personaje encarna distintos principios (la 'vena artística' de uno choca con el pragmatismo de otro, pero al final confluyen en un mismo camino), a la vez que Nueva York aparece retratado como un espacio grandioso, lleno de oportunidades pero también de sinsabores. Lindo convence a la hora de describir al 'nuevo exiliado' y logra una equilibrada tragicomedia 'hispanoestadounidense': mientras el personaje de Javier Cámara hace malabarismos con sus trabajos de actor y profesor, Raúl Arévalo visita distintos despachos, traje puesto y currículum en mano, para probar suerte. También convence la comedia manchega, casi almodovariana, que protagonizan Cámara y su madre en sus conversaciones vía Skype, una película dentro de otra en la que nos encontramos a la Lindo de toda la vida, con el humor que ya impregnaba su adorable Manolito Gafotas y sus colaboraciones con Miguel Albadalejo. Por desgracia, la magia no dura todo el metraje: la cinta decide centrarse en las relaciones amorosas de los personajes como reflejos de sus ataduras y de sus necesidades vitales, pero al entrar de lleno en el terreno del romance almibarado, La vida inesperada pierde su esencia y termina alargando la encrucijada en la que viven los protagonistas. Da la sensación, en definitiva, de que Lindo ha querido condensar mucho en un mismo libreto, y aunque tanto Torregrossa como su equipo artístico pasan el examen con nota, la cinta se resiente de cierta inconcreción. Con todo, un film agradable que se diluye poco a poco, pero que propone un interesante retrato del 'aquí' y del 'ahora'. Veremos si la 'vida inesperada' termina siendo 'desesperada', o si por el contrario el cine español, directa o indirectamente, puede contarnos el fin de las vacas flacas.


Para seguir desmontando el 'american dream'.
Lo mejor: Cámara y Arévalo.
Lo peor: Se demora y duda a la hora de concluir la historia.

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Crítica de FIN, de Jorge Torregrossa



miércoles, 19 de junio de 2013

Crítica de MENÚ DEGUSTACIÓ (MENÚ DEGUSTACIÓN), de Roger Gual

La cocina y el cine siempre se han llevado bastante bien. Nos gusta cocinar y ver cocinar, algo que demuestran los clásicos programas televisivos de recetas o formatos modernos como Masterchef. En la gran pantalla la comida ha dotado de personalidad a infinidad de títulos, pero ahora el interés de los espectadores, seguramente por la proliferación de escuelas de cocina, nombres con estrellas michelín y un mayor interés por la cultura gastronómica, está en mostrar los vericuetos de la llamada nueva cocina, cocina de diseño o platos de alta gama. Últimamente, desde Bon Appetit hasta El chef: la receta de la felicidad, por citar títulos recientes, la unión entre el arte cinematográfico y el culinario ha dado lugar a piezas más bien azucaradas diseñadas para un público femenino y urbano que solo busca pasar un rato agradable. Menú degustación, por la probada capacidad de su director para armar buenas historias corales y por la contrastada calidad de sus actores, parecía marcar la excepción. Desgraciadamente, tal y como indica el título, la cocina se reduce a un corto refrigerio, apenas unos canapés y mucho amor entre fogones. Aunque el cine catalán está haciendo todo lo posible por ampliar sus horizontes y asentarse como un sello propio a la par que heterogéneo (al fin y al cabo estamos hablando de la primera producción de la danesa Zentropa entre nosotros), Menú degustación dista de ser una buena comedia romántica. La cocina es casi una excusa, un marco, un pretexto: todo lo demás son historias poco o nada interesantes que se unen y desunen con desigual fortuna. La película tiene la posibilidad de acabar el convite con cierta dignidad, pero el postre lo estropea todo: innecesariamente, el film se inventa una excusa argumental para alargar el metraje, ya de por sí corto, llevando su historia al terreno de la inverosimilitud más absoluta (la aparición de las Nancys Rubias y Santi Millán deja claro que Menú degustación es una película hecha por y para los amigos). Por el camino hay cierta ridiculización de la clase media-alta pija barcelonesa, algún chiste sobre el mundo de los restaurantes de primerísima categoría y ligeros enredos amorosos. Están los ingredientes, pero falla la cocción, la preparación y la presentación del plato. Una fiesta llena de despropósitos, desde la canción de Raphael que suena en la escena de la playa hasta la surrealista realidad idiomática del film.



Para comensales que no buscan saciarse.
Lo mejor: Fionulla Flanagan, lo mejor del reparto.
Lo peor: Que el conjunto resulte tan poco interesante.

Nota: 5

viernes, 9 de noviembre de 2012

Las trampas de la cocina francesa: Crítica de EL CHEF (COMME UN CHEF)

En los fogones del cine francés se han cocinado algunas de las comedias más deliciosas de los últimos años. No es la primera vez que decimos lo evidente: la capacidad de nuestros vecinos a la hora de hacer un cine con mucho condimento y personalidad es envidiable, y renuevan temporada tras temporada todas sus estrellas Michelín. Pero las modas y la crisis apremian y hasta las élites sucumben a los congelados y a la comida rápida. Ya nos vendieron gato por liebre con Intocable, digan lo que digan; y a algunos seguro que recientemente les subieron los índices de glucosa tras ver La delicadeza o La felicidad nunca viene sola. El chef es una película de fácil preparación y digestión fugaz, algo difícil de intuir viendo la estética del plato, con su ramillete de perejil decorativo: los franceses dominan la presentación de sus productos y los defienden a capa y espada. La presencia en el menú de un actor como Jean Reno será suficiente para convocar una larga lista de gourmets en la puerta del restaurante (actor que, por cierto, ya fue un chef en apuros en la más solvente Jet Lag). Aunque el engaño es evidente desde el primer bocado. El chef entretiene y se sirve de dos maestros mal aprovechados de la cuisine de uno y otro lado de los Pirineos: hablamos de Michaël Youn, cómico francés que aquí incluso se viste de geisha para triunfar en el competitivo mundo de la cocina; y Santiago Segura, que no contento con aparecer en Astérix y Obélix viaja hasta París con su maleta de platos minimalistas. Aspira a ser una opereta de Louis de Funès pero en verdad su premisa argumental parece salida de un sketch de José Luis Moreno. Ni funcionan las casualidades / confusiones propias de la comedia de enredos ni la trama presenta altibajos inteligentes. Vaya, que si les apetece un film intrascendente y puramente evasivo El chef puede tener un pase. Obviamente suspende, y aquí me pongo como el crítico exigente que valoraba las creaciones de Ratatouille, si tenemos en cuenta la tradición de platos, literales y cinematográficos, con sello francés. El chef es tan discreta que ni gusta ni molesta, como aquel kebab frío que se comieron deprisa y corriendo o esas empanadillas crudas por dentro que uno se zampa por escasez de tiempo. El problema viene a la hora de pagar la cuenta, y créanme: El chef no vale los siete - ocho euros, IVA mediante, de la entrada.


Para los que prefieren un entremés de Ferran Adrià en lugar del cocido de la abuela
Lo mejor: Es comida ligera.
Lo peor: Ni repite ni sacia.

Si te gusta esta reseña, vótala en Filmaffinity

Nota: 4


sábado, 15 de septiembre de 2012

Oscars 1993: EL OLOR DE LA PAPAYA VERDE, de Tran Anh Hung (Vietnam)

Mui, la criada
EL OLOR DE LA PAPAYA VERDE (L'odeur de la papaye verte, Mùi du du xanh, The Scent of Green Papaya), de Tran Anh Hung (Vietnam, Francia; 1993)
Nominada al Oscar 1993 a la mejor película de habla no inglesa
¿De qué va?: A principios de la década de los 50 la Guerra Indochina paraliza la vida en Vietnam. Una noche la pequeña Mui llega a la casa de una familia rica. Mui solo tiene diez años y será la nueva criada de la casa. Los propietarios intentan ganarse un dinero extra vendiendo tejidos pero las ventas no parecen remontar. Mientras, Mui conocerá los secretos en torno al pasado de sus señores, el arte de la cocina, y todo el mundo de plantas, animales y naturaleza que se extiende en el precioso jardín de la mansión. Todo cambiará diez años después cuando empiece a trabajar para un amigo de sus antiguos jefes del que está profundamente enamorada.
Palmarés: Premio de la juventud y Cámara de oro del Festival de Cannes 1993. César del cine francés a la mejor ópera prima. Premio Sutherñand Trophy concedido por la British Film Institute. Fue la primera película nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa por Vietnam, país que además ese año participaba por primera en los premios de Hollywood. Hasta la fecha Vietnam se ha presentado en ocho ocasiones a los Oscar y El olor de la papaya verde es a día de hoy su único film nominado.


Curiosidades: El olor de la papaya verde es la ópera prima del cineasta Tran Anh Hung, que en el año 1993 acababa de cumplir 30 años. La actriz Tran Nu Yên-Khê que da vida a Mui en el final de la película es además la esposa del director y la decoradora del film. Anh Hung vivió en Vietnam hasta los 12 años y luego emigró con sus padres a Francia: para la realización de la película volvió a su país natal aunque la mayoría de las escenas se rodaron en un estudio en Boulogne. Ya en sus primeros cortometrajes Anh Hung contaba pequeñas leyendas de la cultura vietnamita. En El olor de la papaya verde aparece una leyenda o tópico de la sociedad vietnamita: las mujeres no tiene derecho a tocar la cabeza de sus maridos porque la mujer es quien controla la economía y en general la persona que se ocupa de todas las actividades familiares o caseras, y por eso se entiende que sus manos están siempre sucias. En algunas entrevistas Anh Hung puso entre sus cineastas de referencia e influencias para la película a nombres tan variados como Kurosawa, Bresson, Murnau y Ford, mientras que muchos críticos conectan su obra con el cine de Yasujiro Ozu. Ese año la película formó parte de una nueva ola de cine asiático muy seguido en Europa que llegó a las puertas del Oscar: la china Adiós a mi concubina ganó la Palma de oro, la taiwanesa El banquete de bodas se impuso en Berlín, el cine francés triunfó con Indochina y muchos autores prestigiosos viajaron a Asia (por poner algunos ejemplos, Oliver Stone rodó El cielo y la tierra sobre la Guerra de Vietnam, Jean-Jacques Annaud lanzó El amante y Bernardo Bertolucci estrenó Pequeño buda tras El último emperador). Tran Anh Hung ha dirigido posteriormente títulos como Cyclo, aunque nunca ha revalidado el éxito de su primera obra. Sú última película es la irregular Tokio Blues, la adaptación a la gran pantalla del best-seller de Haruki Murakami.


Valoración: El olor de la papaya verde es una película de sombras, de susurros, de ritos, de reflejos, de silencios, de olores. Un cine pictórico que cultiva el arte del momento puro, que parece acariciar los objetos en lugar de filmarlos. La historia de una rutina perpetuada durante años basada en la actividad de servir a los demás. Una película que no teme resultar contemplativa y que encuentra en pequeñas manifestaciones de vida (una rana saltando de hoja en hoja, un suelo recién fregado secado por efecto del sol) su verdadera razón de ser. Un cine poético que lleva al espectador de viaje a un microcosmos cerrado: asistimos a la quietud de la mañana, la actividad del mediodía y la calma del anochecer de una casa cuyos habitantes, abuelos, padres, niños y servidumbre, manifiestan su dolor de formas muy diversas. En su ópera prima Tran Anh Hung evoca el Vietnam de su infancia, detalle que hace de El olor de la papaya verde una película de sensaciones y no de acciones, de intuiciones en lugar de certezas. Con todo, el film pierde parte de su hechizo en su segundo tramo, cuando vemos lo que le sucede a Mui ya adulta. Es en esa mitad cuando la película abraza el romance, y El olor de la papaya verde cambia su objetivo para contarnos un amor reprimido desde la candidez de la infancia y vivido diez años después como una exploración profunda o conocimiento pleno de esa poesía de la que la pequeña Mui era testigo indirecta desde su jardín. La película acaba lastrada por cierta abstracción que, si bien confiere endereza y personalidad tanto visual como rítmica al film, juega en contra de los personajes al no quedar definidas sus querencias y carencias. La sensación es que El olor de la papaya verde, película que sucede en interiores y que a priori atañe a las interioridades de sus seres, está diseñada para un público europeo: de ello dan fe sus medidas fugas a lo exótico o cierta rima o música de cámara muy acorde con cierto tipo de película adulta que en Europa viene consumiéndose desde las minorías más mayoritarias. El olor de la papaya verde, en resumen, es un interesante ejercicio de cine 'zen' que a su pesar esconde en las profundidades de sus frutas un hueso no demasiado lejano del culebrón de toda la vida. Detalles, claves, matices o lastres, según se mire, que hicieron de El olor de la papaya verde el éxito de Oscar que fue, o lo que es lo mismo, el melodrama ligeramente diferente que mira a oriente pensando en el espectador de occidente.


Nota: 6
La escena:

martes, 1 de mayo de 2012

Los Oscar de Dinamarca: EL FESTÍN DE BABETTE y PELLE EL CONQUISTADOR

EL FESTÍN DE BABETTE, de Gabriel Axel (Dinamarca, 1987)
Antes de ganar el Oscar a la mejor película de habla extranjera por encima de la superior Adiós, muchacos, El festín de Babette se impuso en Cannes 1987 con el  máximo premio de la sección Un Certain Regard. En esa competición figuraba Epidemic de Lars Von Trier, que no ganó, y que para colmo se convirtió en un sonoro fracaso de taquilla incluso en Dinamarca (en España no se estrenó y la Fnac la editó en dvd veinte años después). Resultaría divertido, por no decir perverso, comparar el discurso religioso de la película de Axel ya no sólo con Epidemic sino con Rompiendo las olas o en general con toda la filmografía del director danés por excelencia. No es extraño que Von Trier confesase 'detestar' El festín de Babette, si bien tanto las buenas intenciones de ésta como la incorrección del otro forman parte de la variedad del cine danés reciente. Si en algo acertaba el realizador de Los idiotas es que El festín de Babette es una cinta acorde con los gustos norteamericanos que esconde un discurso facilón entorno a una pequeña comunidad religiosa trastocada por la entrada de una inmigrante francesa, sus habilidades en el regateo a la hora de comprar y su mano en la cocina. Con esa película el cine de Dinamarca se abrió al mundo y logró galardones de los que nunca antes había podido presumir. No representa la variedad local de su cine ni la generación de autores surgidos de la Escuela de Cine de Copenhague (sir ir más lejos, Festen no logró la nominación a la estatuilla), pero incluso hoy en día sigue siendo una ceremonia armónica que acaba con un festín que nos hace salivar (entraría en ese subgénero de cine gastronómico donde figuran Como agua para chocolate o El cocinero, el ladrón, su amante y su mujer). Una película sobre la austeridad y la misericordia, la felicidad y la moralidad, un cuento sobre férreas convicciones religiosas que se derriten ante los manjares de Babette, cuya ofrenda sirve de agradecimiento a las hermanas del film, homenaje al pastor del lugar y ejemplo de amor hacia todos sus convecinos. Un melodrama de alto copete, familiar, tan bienintencionado como agradable. La sopa de tortuga y las perdices asadas de la chef derriten las tensiones de los comensales (al estilo de los bombones de Binoche en Chocolat) y de paso las nuestras: es una película que deja buen sabor de boca sin saciar, que invita a la calma y a la reflexión, que deja un recuerdo tan memorable como el regusto de una buena comida. No es que Von Trier no tuviese razón, aunque por su perfil de inconformista nunca hubiera sido invitado a tal cena. El festín de Babette es una buena película, y no la desmerece ni el hecho de que en verdad sea una mera anécdota dentro de todo el cine danés, por lo general menos cálido y más incómodo. Von Trier se sentirá reconfortado: al fin y al cabo, como reza la protagonista, 'un artista nunca es pobre'.


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Nota: 8


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PELLE EL CONQUISTADOR, de Bille August (Dinamarca, 1988)
Pelle el conquistador ganó la Palma de oro en Cannes 1988, y aunque pocas veces lo que triunfa en la Croisette se impone en Hollywood, la película también logró el  Globo de oro y el Oscar a la mejor película de habla extranjera por encima de la española Mujeres al borde de un ataque de nervios (ese año, la cinta no inglesa más taquillera en Estados Unidos). Max Von Sydow, nominado a la estatuilla al mejor actor y recientemente reivindicado en Tan fuerte, tan cerca, nos regalaba una interpretación sutil y memorable en la que, con el permiso de Las mejores intenciones, es la película más célebre de Bille August. Todavía hoy Pelle el conquistador muestra una de las relaciones paternofiliales más tiernas de la historia del cine, una película de una exquisitez técnica y un guión tranquilo pero cargado de sentido y sensibilidad. Las dos horas y veinticinco munutos de Pelle el conquistador son un ejercicio de buen cine, la segunda obra que August rodó en su Dinamarca natal y la que le dio fama. Tras  el film se embarcó en proyectos todavía más complejos, casi siempre en Suecia o Estados Unidos (seguro que recuerdan su adaptación de La casa de los espíritus), pero nunca logró el brío de Pelle el conquistador. Así que hay que rescatarla, ya sea para gozarla por primera vez o recordarla de nuevo. La historia de un padre ya mayor y su hijo pequeño, inmigrantes suecos en suelo danés, es el punto de partida perfecto para hablar de la diferencia de clases, de amos y siervos, de los principios básicos de humanidad, respeto y convivencia. El paulatino despertar del joven Pelle garantiza un cine nostálgico que acaba en lágrimas: el niño aprende a vivir y a sobrevivir, a leer y a escribir, pero sobre todo a conocer la dignidad del hombre en tiempos difíciles, en situaciones adversas, en condiciones de velada esclavitud laboral. Al final Pelle será un hombre mayor que tomará sus propias decisiones: en él recae el legado del padre sufridor y la misión de conquistar el mundo pese a sus limitaciones. Lo dicho: una historia bellísima que es uno de los clásicos imborrables e imprescindibles del cine danés.


Nota: 9

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jueves, 5 de abril de 2012

Se vende carne humana: Crítica de LOS CARNICEROS VERDES (De Grønne slagtere)

En una escena de Marujas asesinas, una comedia española del 2001 bastante infravalorada, un hombre vendía carne humana en el estante de un mercado madrileño. Carne previamente troceada, triturada, deshuesada y depositada en la cámara frigorífica. Carne que, como buena comedia negra, deleitaba a las clientas que se agolpaban alrededor del mostrador. Recordé ese momento al ver Los carniceros verdes, una comedia danesa del 2003 protagonizada por dos de los actores locales más populares: Mads Mikkelsen y Nikolaj Lie Kaas. Uno y otro dan vida a dos fracasados que se unen para abrir una carnicería. Ni qué decir que en la trastienda del negocio se desarrollan actividades mucho menos ingenuas que las de cortar y preparar pechugas, filetes y patés para su venta. Si Marujas asesinas tenía ese tono de vodevil exagerado y ecos de la españolada de tomo y lomo, Los carniceros verdes es mucho más lacónica en sus formas, con un humor muy nórdico que para alguien del mediterráneo puede perecer sarcasmo sin ironía. Una Delicatessen surrealista que mezcla la comedia amable con el gore. Un cómic helado que quizás le falta más disparate en su entramado narrativo, pero que funciona como frikada carnívora, bizarrada danesa, invitación subliminal a la dieta vegetariana. Uno no sabría si proyectarla en el Festival de Sitges o en un certamen especializado en el género cómico. Pensar cómo deben ser las cocinas de los mil y un restaurantes chinos de occidente ha dejado de ser un problema gracias a este joven retraido aficionado a los fósiles y  a un hombre insensible con problemas de hiperhidrosis (o lo que es lo mismo, sudoraciones exageradas). Aunque el secreto no está en la carne sino en el escabeche: de aquí que el dúo protagonista sea una pareja de simpáticos rompetechos antes que dos asesinos verdes (por inexpertos) con cuchillo jamonero. Difícilmente verán un menú igual.


Nota: 6'5

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lunes, 21 de noviembre de 2011

Chocolateros: Crítica de TÍMIDOS ANÓNIMOS (LES ÉMOTIFS ANONYMES)

Tímidos anónimos tiene por protagonistas a dos personajes ligados a la industria chocolatera. Ella es una chef reputadísima que durante mucho tiempo ha trabajado para una firma de éxito. Él es el director de una empresa de dulces que está al borde de la quiebra. Y ambos son tímidos. No simplemente reservados: enfermizamente tímidos. Él se pone nervioso cada vez que tiene que tocar a una mujer y ella apenas recuerda la última vez que tuvo una relación estable fuera de los fogones. Personajes naïfs, anacrónicos, marginales, en  la cuerda floja; a la contra de un tiempo en el que el chocolate, más que una obra de arte, es una parte más de la sociedad de consumo. Tímidos anónimos tiene un ligero humor que recordará al realismo mágico de Amélie (película que se presta a todo tipo de relaciones: es casi un género en sí misma). Lo que se dice una chocolatina que en sus ingredientes y en el envoltorio lleva la impronta de su país de origen: Francia. Como seguidor de todo lo francés y consumidor de todos sus menús cinematográficos, hay que destacar que Tímidos anónimos quiere ser una delicatessen y acaba siendo una comedieta muy insustancial, bastante mema. Tan sólo la comicidad del belga Benoît Poelvoorde defiende los escasos e insuficientes 75 minutos del film. Para colmo, parece que corren malos tiempos para la comedia francesa, este año especialmente desatinada con Una dulce mentira, Cena de amigos o Nada que declarar (este blog sí salva a Pequeñas mentiras sin importancia y Potiche). Una cosecha mala de chocolate amargo: reconocerán la elegancia de nuestros vecinos galos, pero también altas dosis de tontería que pueden enervar al público no anónimo y menos tímido. Aunque España sea un foco clave en el movimiento de exportaciones francesas, hay que reconocer que Tímidos anónimos está mal cocinada, poco hecha por dentro y con un sabor decepcionante.


Nota: 5

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lunes, 22 de noviembre de 2010

BON APPÉTIT 5'5 / 10

Bon Appétit es de esas películas que perfectamente podrían tener su público, pero que las imposiciciones de la cartelera la obligarán a desaparecer de los cines antes de tiempo. Es una pena, porque Bon Appétit no tiene nada que envidiar a las comedias norteamericanas que sí tienen asegurada presencia en los medios durante dos o tres semanas. Puestos a explicar por qué Bon Appétit pasará desapercibida, se me ocurren varios motivos: en primer lugar, la estigmatizada marca de 'cine español', que aquí invita a engaños; hay que mencionar la no presencia de actores conocidos, aunque Unax Ugalde cumple con creces su trabajo como estrella de cartel; y sobre todo, la extrañez que provocará en el público ver una película local, con una narrativa poco habitual (conecta con el estilo de, por ejemplo, Antes del amanecer) y con un marcado carácter 'multicultural' y 'multilingüe' (película en castellano e inglés a medio camino entre Suiza y España). Vaya, que Bon Appétit es una rareza. Los que la vimos con cierta rapidez, muchos alentados por los tres premios que obtuvo en el pasado Festival de Málaga, podemos decir que Bon Appétit, sin ser ninguna cinta excepcional, es agradabilísima, al menos durante su escasa hora y media de metraje (el justo y necesario). Una unión de comida y amor que deja la sensación de una cena íntima, ligera, bastante amena para que el púlico olvide por un momento sus rutinas. Cuando se trata de comedias, parece que crítica y audiencia en general rebaja sus exigencias. Bon Appétit nos recuerda que hasta la propuesta en apariencia más liviana puede esconder intereses no esperados. Aunque, y he aquí mi insatisfacción hacia la película, no es una historia que deje huella, y en ocasiones cede a un romanticismo juvenil un tanto intrascendental, más típico de una serie televisiva para infantes que la base de una buena propuesta amorosa (el parto a ritmo del Hoppipolla de Sigur Rós parece seguir los pasos del manual del director novel aplicado, pero con poca inventiva). Vaya, que Bon Appétit es como esas comidas livianas que no tardas en olvidar. No deja con hambre pero, la verdad, por lo que se ha dicho y escrito, esperábamos mucho más...

jueves, 17 de junio de 2010

CUSCÚS (LE GRAINE ET LE MULET) 7 / 10

La Academia de Cine Francesa difiere mucho de la española. Un reflejo de ello son sus respectivos premios nacionales, un importante honor que no suele traducirse en mejores taquillas. Poco importa que se premie a Cuscús (era mejor La escafandra y la mariposa), Laddy Chatterley o Séraphine (era mejor Un cuento de navidad) con el premio César: el público francés, cuyos gustos cinéfilos y patrones de consumo son similares a los del resto de las audiencias europeas, prefiere Bienvenidos al norte (para quien esto escribe excelente), La vie en rose, Los chicos del coro o Largo domingo de noviazgo. Esta tensión entre el gusto académico y el voto popular no está tan marcado en nuestros Goya: aquí ganan de forma aplastante exitazos como Mar Adentro, Los Otros o Volver (con casos como Mortadelo y Filemón o Torrente no ocurre lo mismo: la rutina sería demasiado evidente y bochornosa), aunque de vez en cuando la élite se permite alguna excentricidad bastante justa (La Soledad en detrimento de la popularísima El orfanato). Ciñéndonos a la realidad (si se puede hacer en cuestión de premios y películas), Cuscús no partía como favorita para llevarse el premio gordo, pero tanto bombo nos ha permitido descubrir una película inusual de un autor de importancia, sobre todo para quienes reparten los laureles: Abdellatif Kechiche. Tras tantos dilemas, los premios, aunque sea en forma de pequeños dibujos que adornan la portada de un film, son tan fascinantes como superficiales, esperados por todos e importantes para la distribución de toda película.

Cuscús parte de una anécdota bastante sencilla. Sillman, un divorciado musulmán de sesenta años que ha consagrado su vida a la restauración de barcos, es despedido de los muelles que lo han visto crecer. Lejos de jubilarse, el anciano quiere restaurar un barco por su cuenta y abrir en él un restaurante de cuscús. Su hijastra lo apoyará en un periplo administrativo de licencias, permisos, avales e infinidad de documentos; mientras que su familia, numerosa y sumida en una histeria perpetua, se encargará de cocinar el cuscús de rigor. Todo ello, más un final abierto, alocado, divertido a la par que trágico, es lo que ofrece Cuscús, película sobre la comida (como reunión social, como identidad cultural, como negocio y ventana hacia una vida nueva), la familia (todos ellos inmigrantes, conscientes de su pasado, lengua y tradiciones, aunque llenos de rencillas) y la precariedad laboral (el deseo del protagonista, por utópico y cómico, convierte la película en un cuento de superación personal). La novedad reside en sus dos horas y media de metraje, tiempo que Kechiche invierte en escenas largas, diálogos de raíz verista llenos de redundancias y gritos. La duración y el estilo que lo justifica no es el verdadero problema de Cuscús porque, al intuir los títulos de crédito, el espectador esperará saber más sobre los personajes, a los que se les coge un cariño tremendo. El menú final no domina las cantidades, pero deja un regusto delicioso, platos exquisitos, actores espléndidos y momentos entrañables; la sal y el azúcar necesario para merecer el César y nuestra atención.