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jueves, 16 de mayo de 2013

ESCENAS: MELANCOLÍA, de Lars Von Trier

ESCENA 04: La destrucción final del planeta de MELANCOLÍA (MELANCHOLIA), de Lars Von Trier (Dinamarca, 2011)
Comentario: Aunque lo de Von Trier con los astros es la crónica de una muerte anunciada (así lo marca el espectacular prólogo inicial), puede que lo que escribimos a continuación sea el gran spoiler jamás contado. Para los que no han visto Melancolía, además de llevarse una regañina en toda regla, tenemos un consejo: ¡no lean lo que viene a continuación! Y si ya experimentaron el estado melancólico en sus carnes, saben que la cinefilia es masoquista y vuelve al lugar del crimen. En el cine, por mucho que las luces estuviesen encendidas y que el acomodador rogase con algún gesto que la próxima sesión estaba a punto de empezar, nadie tenía valor suficiente para levantarse de la butaca y volver al mundo real. El final de Melancolía es un bofetón en toda regla (¿hay algún epílogo del genio danés que no lo sea?). Una apoteosis destroyer en toda regla. Una maravilla cuya música crece y crece hasta arrasar con todo. Un juego de simetrías y cuerpos: el último plano es casi un ejercicio de geometría con la tierra curvada, el planeta atacante en todo su esplendor y el refugio cónico de palos con los tres protagonistas. Los personajes desaparecen de la película cuando acaba la cinta y el espacio que los contiene, como si la misma tira de celuloide empezase a arder y a difuminar las partes proyectadas. Pero no son meros títeres o siluetas a punto de devenir invisibles: la reacción de Justine y su hermana es totalmente antónima, y mientras Charlotte Gainsbourg retuerce su cuerpo en la lejanía, Kirsten Dunst asiste impávida al punto de no retorno porque ya había tocado fondo mucho antes. Un recurso tan efectivo como sencillo que supera en intensidad y en espectacularidad a cualquier apocalipsis norteamericana (a veces, o casi siempre, a mayor presupuesto menor enjundia). La devastación hecha imagen. El fin más completo y complejo.


Si quieren empezar o terminar el día con vitalismo y energía, no vean esto:

lunes, 29 de abril de 2013

ESCENAS: LOS FABULOSOS BAKER BOYS, de Steve Kloves

ESCENA 05: Michelle Pfeiffer cantando en LOS FABULOSOS BAKER BOYS (THE FABULOUS BAKER BOYS), de Steve Kloves (EE. UU., 1989)
Comentario: Hoy Michelle Pfeiffer cumple 55 años y lo celebramos recordando una de sus grandes interpretaciones, seguramente el papel por el que merecía ganar el Oscar (la adorable Jessica Tandy de Paseando a Miss Daisy se llevó el gato al agua). Pfeiffer se presentó no ya como excelente intérprete sino como una cantante de voz muy agradable: con sus pendientes ochenteros, su timbre meloso, sus movimientos insinuantes, su mirada cálida y su innata capacidad de hechizar a la cámara, Pfeiffer se convirtió en una sex symbol para todo tipo de públicos. Los fabulosos Baker Boys, descripción de un grupo de músicos venido a menos que consigue ganarse un nombre gracias al talento de su solista en diferentes clubs de Nueva York, contenía una sensualidad y una sexualidad latente, todo bajo la forma de una tragicomedia romántica y musical inteligente (nada que ver, por ejemplo, con el tono que por aquel entonces y a posteriori cultivó gente como Meg Ryan). De todas los grandes momentos del film (desde la audición del inicio a la cómica escena del hotel) nos quedamos con esta balada cantada e interpretada por la dama Pfeiffer, nada que envidiar a la Marilyn del 'Happy birthday, mister president'. Últimamente Pfeiffer no ha tenido demasiada suerte con sus últimas elecciones, aunque sus intervenciones en Hairspray (también cantando) o Chéri (su mejor trabajo reciente) merecían muchísima más atención. Nunca está de menos reivindicar una actriz elegante y ecléctica que ha ido tejiendo con el tiempo una carrera variada, no siempre atinada, pero con muy pocos tropiezos. Lo lógico sería que nosotros le cantásemos a ella, pero por exigencias del guion y de la realidad hacemos el proceso contrario: siempre es un placer volver a ver y a oir a la actriz de, entre otras, La edad de la inocencia, Yo soy Sam o Íntimo y personal.


miércoles, 17 de abril de 2013

ESCENAS: PSICOSIS (PSYCHO), de Alfred Hitchcock

ESCENA 04: La escena de la ducha de PSICOSIS (PSYCHO), de Alfred Hitchcock (EE. UU., 1960)
Comentario: La obra del maestro del suspense no podía estar más de moda. La revista Sight and Sound ha otorgado a Vértigo el título de la mejor película de la historia del cine, superando todo un clásico en este tipo de listas: Ciudadano Kane de Orson Welles. Además, la serie Bates Motel y la película Hitchcock de Sacha Gervasi han vuelto a demostrar que tras décadas de cine de terror el interés por las obras de Hitchcock, muy especialmente Psicosis, sigue vigente para varias generaciones de cinéfilos (no precisamente gracias al penoso remake que hizo Gus Van Sant a finales de los 90). Los premios de la Academia, que nominaron el film en cuatro categorías (recordemos que el dueño de la 'oronda silueta', por muy increíble e injusto que parezca, solo ganó un premio especial), no supieron apreciar las virtudes de una película que cincuenta años después es un icono del séptimo arte, una obra popular y querida, un título que recuerdan incluso los poco amantes del cine. Psicosis supuso una auténtica revolución, e incluso de estrenarse ahora seguiría resultando igual de rompedora: film parco en palabras, con una atmófera prodigiosa, con una protagonista que muere a mitad de metraje y un malo con una psicología y psicopatía tan misteriosa como terrorífica. Podríamos quedarnos con cualquier escena, pero el momento de la ducha ya es historia. Por culpa de Hitchcock nunca volvimos a oir el inocente discurrir del agua en el plato de ducha de la misma manera: adiós a los baños relajantes. Y por culpa de Hitchcock, todo lo demás, o casi todo el cine de gritos y cuchillazos que vino después, nos parece un juego de niños. Nunca vemos el cuerpo herido de Janet Leigh, todavía menos sus partes nobles (la censura del momento poco pudo cortar). Ni tan siquiera conocimos el rostro del asesino en el momento clímax: las sombras son más aterradoras. El montaje prodigioso permite plasmar la tensión de la escena sin necesidad de ofrecernos estampas escabrosas: aunque no vemos el filo del arma cortando la piel de la dama, sí sentimos el efecto del golpe gracias al genio. La música provoca escalofríos desde la primera nota. Y el momento pausado que sigue, prolongación sutil y originalísima del shock, esconde una solución que luego haría suya Polanski y siguientes: el desagüe por el que se cuela la sangre es tras un fundido a negro el ojo sin brillo del cadáver, enmarañado entre la translúcida cortina de baño. Un prodigio en todos los sentidos, una secuencia tan sencilla en apariencia como rica en detalles.


¿Preparados para 'la ducha'?

miércoles, 3 de abril de 2013

ESCENAS: EL SECRETO DE SUS OJOS, de Juan José Campanella

ESCENA 03: El plano secuencia en el estadio de fútbol de EL SECRETO DE SUS OJOS, de Juan José Campanella (Argentina, 2009)
Comentario: El secreto de sus ojos tiene escenas bellísimas y genialmente ejecutadas. Pero de todas ellas destaca el largo plano de cinco minutos en el estadio de fútbol. Los dos policías buscan al asesino entre las gradas tras un primer travelling aéreo, y posteriormente seguimos con la persecución en las entrañas del edificio, una carrera que acaba con el perseguido malherido sobre el terreno de juego. Un prodigio de cámara que nos zambulle de lleno en la acción. Una de las escenas más planificadas, complicadas y eficaces de los últimos años, con la que Campanella, además de renovar su capacidad por emocionar a la platea, se revelaba como un genial ejecutor de escenas difíciles y un maestro en el thriller. Nada que ver con las persecuciones que nos ofrece el cine estadounidense porque la tensión no se consigue con grandes efectos sino con inteligencia (aunque la escena tiene algunos retoques visuales que pasan desapercibidos a ojos del público: el muro que salta el actor madrileño Javier Godino no era tan alto en la realidad). Guste más o menos la película, sin duda estamos ante una de las secuencias más remarcables del cine reciente.



 

jueves, 21 de marzo de 2013

ESCENAS: INSTINTO BÁSICO, de Paul Verhoeven

ESCENAS 02: INSTINTO BÁSICO (BASIC INSTINCT), de Paul Verhoeven (EE. UU., 1992)
Comentario: La combinación de drama y thriller sexual encontró un filón a finales de los 80 y principios de los 90 con títulos como 9 semanas y media, Atracción fatal, Striptease, Acoso o Lolita. De todas ellas, Instinto básico es el gran éxito y la película más recordada: en España fue la película más vista ese verano. Ya casi nadie recuerda que compitió en la selección oficial del Festival de Cannes de 1992, seguramente beneficiada por la prestigiosa carrera del neerlandés Paul Verhoeven: posteriormente el cineasta trabajaría en Estados Unidos en productos de dudosa entidad como Showgirls o El hombre sin sombra. Tampoco se sabe de sus dos nominaciones al Oscar e incluso de las tres aspiraciones al premio Razzie. Porque lo que queda es una de las escenas más imitadas de la historia del cine: el archifamoso cruce de piernas que la escritora Catherine Tramell regalaba a los policías que la interrogaban por el asesinato de su ex novio, un cantante de rock. Stone, en su papel más celebrado junto al de Casino, firmaba uno de los momentos más intensos. Esquiva a la par que atractiva, la asesina se quita el abrigo, enciende un cigarrillo y desarma poco a poco a los agentes con sus estrategias de seducción. Seguramente el mayor desafío a la autoridad jamás filmado. Una escena que no aparecía en el guion inicial de Joe Eszterhas y que Verhoeven incluyó a última hora: con ella el director recordaba un episodio desagradable de su juventud cuando una joven intentó humillarle en una fiesta con sus posturas insinuantes. El momento del picahielos también dio pie a muchos chistes, pero casi todas las mujeres de determinada generación jugaron en alguna noche de borrachera a ser Sharon Stone, o lo que es lo mismo, uno de los iconos sexuales del cine reciente. De Instinto básico 2: adicción al juego mejor ni acordarse.


jueves, 7 de marzo de 2013

ESCENAS: EL AMANTE MENGUANTE, de Pedro Almodóvar

ESCENA 01: EL AMANTE MENGUANTE, de la película HABLE CON ELLA, de Pedro Almodóvar (España, 2002)
Comentario: Como confesaría años más tarde del estreno de Hable con ella, Almodóvar ideó El amante menguante como un recurso cinematográfico para evitar un momento que el artista no quería escribir ni ver en pantalla: la violación de Benigno a la bella durmiente Alicia. El genio manchego hizo de ese rodeo o eufemismo uno de los grandes momentos de su obra, en realidad otro ejemplo de cine dentro del cine, una ficción dentro de otra ficción, enésimo ramillete de reflejos superpuestos en el amplio espejo de pasiones desatadas y colores vivísimos que es la filmografía del cineasta español por antonomasia. El amante menguante es un juego, un capricho personal, una pirueta de guion, como lo fue Chicas y maletas dentro de Los abrazos rotos, como lo eran los anuncios televisivos del Almodóvar más pop y gamberro de los ochenta, o como era en sí misma La mala educación, narrativamente el gran abanico de muñecas rusas jamás construído por un director de cine. En su génesis es un ejercicio de absoluto pudor como artista: Almodóvar entiende que el cine sublima a la vida, y la vida de su cine se nutre de celuloide, por lo que simbólicamente el cine (una sesión imposible de El amante menguante, obra corta dirigida por un inexistente Hilario Muñoz) entra en Hable con ella para dotar de humanidad a su personaje protagonista (solo Almodóvar es capaz de encuadrar la figura tan detestada del violador en un todo tan lírico, nada que ver con el humor chusco que su responsable cultivó en su primera etapa). La escena es también una prueba de la sensibilidad almodovariana: pocos cineastas se atreven a empezar una película con la imagen de dos hombres que no se conocen llorando mientras asisten a la función de The Fairy Queen con la bailarina alemana Pina Bausch, al igual que pocos filmarían el devenir de un amante diminuto (Fele Martínez) convirtiendo un orgasmo (físico) en el mayor acto (íntimo) de amor. Y por encima de todo, El amante menguante es un homenaje rebosante de belleza al cine mudo: una historia de amor silente y en blanco y negro una década antes de que The Artist y Blancanieves llevasen el old cinema a las grandes salas y alfombras rojas. El amante menguante engrandece la obra que la contiene (Hable con ella), y gran parte del éxito y los premios que recibió la cinta se deben a la delicadeza y originalidad de esa escena. La expresión más sublime de un Almodóvar depurado, tan personal y femenino como siempre, pero nunca antes tan lleno de sutileza, sentido y sensibilidad.