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miércoles, 22 de julio de 2015

CRÍTICA | LA BICICLETA VERDE (WADJDA), de Haifaa Al Mansour


LA BICICLETA VERDE (WADJDA), de Haifaa Al Mansour
Largometraje nº 32: Cinoscar Summer Festival 2015: Sección oficial a concurso
Elección de Raquel Ramos
Arabia Saudí, 2012. Dirección y guión: Haifaa Al Mansour Duración: 95 min. Género: Drama social Tráiler: Link Reparto: Reem Abdullah, Waad Mohammed, Abdullrahman Algohani, Sultan Al Assaf, Ahd Kamel
¿De qué va?: Wadjda es una niña de 10 años con mucha energía. La moral de su entorno prohibe a la niña tener una bicicleta con la que jugar con su amigo Abdullah. La desigual relación entre sus padres, sus vínculos con sus profesores y la influencia de las personas de su entorno harán que Wadjda se enfrente a distintos dilemas. Con todo, la pequeña no cederá en su obstinación por conseguir la ansiada bicicleta.
Palmarés: Nominada al Bafta, Independent Spirit Award y Satellite Award.

viernes, 10 de octubre de 2014

CINE ESPAÑOL | INSENSIBLES, de Juan Carlos Medina


INSENSIBLES
España, 2012. Dirección: Juan Carlos Medina Guión: Juan Carlos Medina y Luiso Berdejo Música: Johan Söderqvist Fotografía: Alejandro Martínez Reparto: Àlex Brendemühl,  Juan Diego,  Tómas Lemarquis,  Derek de Lint,  Irene Montalà, Félix Gómez,  Mot Harris Dunlop Stothart,  Ilias Stothart,  Ramón Fontserè, Àngels Poch,  Bea Segura,  Liah O'Prey,  Joan Carreras Duración: 101 min. Género: Terror. Fantasía Tráiler: Link 

viernes, 11 de julio de 2014

CRÍTICA CSF: STOCKHOLM, de Rodrigo Sorogoyen


STOCKHOLM, de Rodrigo Sorogoyen
Largometraje nº 30. Cinoscar Summer Festival 2014: Sección oficial a concurso
España, 2013. Dirección: Rodrigo Sorogoyen Guion: Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña Duración: 90 min. Género: Thriller romántico Fotografía: Alejandro de Pablo Música: VV. AA. Reparto: Aura Garrido y Javier Pereira
Elección y presentación de Pablo Fernández: "Una historia como otra cualquiera. Chico conoce a chica. Chico quiere a chica. Chico haría lo que fuera en ese preciso momento para conseguirla. Pero como todas las historias, Stockholm se tuerce, se vuelve oscura y se corrompe, como hace la vida real. Nada es lo que parece, todo cambia. Aura Garrido y Javier Pereira trabajan sobre una primera impresión que nunca será lo que parece. Una película con dos caras, la noche y el día, el primer momento en el que conoces a una persona y el momento en el que empiezas a conocerla realmente. La percepción y la realidad".

jueves, 3 de julio de 2014

CRÍTICA CSF: METRO MANILA, de Sean Ellis


METRO MANILA, de Sean Ellis
Largometraje nº 24. Cinoscar Summer Festival 2014: Sección oficial a concurso
Reino Unido, 2013. Dirección y fotografía: Sean Ellis Guion: Sean Ellis y Frank E. Flowers Duración: 110 min. Género: Thriller dramático. Temática social Música: Robin Foster Reparto: Jake Macapagal, John Arcilla, Althea Vega, Miles Canapi, Moises Magisa, Erin Panlilio
Elección y presentación de Sebastián Nadilo: "Metro Manila es un film que nos habla de la realidad de un país, pero que toca temáticas universales como son la globalización, la pobreza, la exclusión y la corrupción de las grandes ciudades. En el film, una familia filipina emigra desde el campo a la gran ciudad, donde se encuentran con otra realidad salvaje y despiadada. En esta realidad, los hombres desesperados cometen actos desesperados, con el fin de sobrevivir. Metro Manila es un film simple en su narrativa pero con giros muy interesantes que lo convierten en una verdadera obra de arte digna de ver. Espero que les guste a todos".

martes, 22 de abril de 2014

Crítica de TANTA AGUA, de A. Guevara y L. Jorge


TANTA AGUA, de Ana Guevara y Leticia Jorge (Uruguay, 2012)
Festival de San Sebastián 2013: Sección Horizontes Latinos
¿De qué va?: Alberto ha planeado unos días de vacaciones con sus hijos, a los que no ve desde hace mucho tiempo. Por desgracia, esos días de relax y familia se ven truncados por el mal tiempo. Alberto ha alquilado un apartamento cerca del campo, pero la posibilidad de hacer turismo por los alrededores o de bañarse en la piscina se trunca por la metereología. Obligados a permanecer encerrados en el piso, sin televisión y con pocas cosas a su alcance para entretenerse, los niños reaccionan de formas diferentes ante la curiosa situación. El pequeño sólo quiere jugar, pero la mayor, en plena adolescencia, desea hacer amigos y conocer algún chico.
Palmarés: Gran Premio del Jurado y galardón al mejor guion del Festival de Miami. Premio Norteado en Donosti 2012 y presente en el BAFICI bonaerense del 2013. Premio al mejor actor para Néstor Guzzini en el Festival de Lima.
El dato: El film se estrenó en Montevideo el 10 de mayo de 2013. El año 2012, cuando el film estaba en post producción, la película ganó el Premio Norteado del Festival de San Sebastián 2012: el reconocimiento, dentro del apartado Cine en construcción, apoyó el film con 5.000 dólares, una dotación económica que permitió finalizar la película. El largometraje, coproducción con México, pudo verse en el Festival de Berlín dentro de la sección panorama, y volvió al Festival de San Sebastián 2013, ya terminada, como parte de la sección Horizontes Latinos.

sábado, 12 de abril de 2014

Crítica de UN PLAN PERFECTO (GAMBIT), de Michael Hoffman


Los hermanos Coen saben cuándo tienen entre manos un material con posibilidades, y tal vez por eso han dejado que el guion de Un plan perfecto, no muy alejado de las pesquisas cómicas de Quemar después de leer y otras, lo dirigiese Michael Hoffman, un cineasta bastante hacendoso. Sin haber visto la primera versión de los años 60 y desconociendo qué película hubiese resultado con otro capitán al timón, hay que reconocer que Un plan perfecto, desde sus animados títulos de crédito, es un inusual ejercicio por traer hasta la actualidad la esencia sofisticada de la screwball comedy de antaño. A la contra de las comedias bobaliconas que nos llegan del otro lado del charco, en Un plan perfecto no hay palabras gruesas, el humor descansa sobre la estupidez simpática de sus criaturas y la parodia se sitúa inteligentemente en el terreno de la irrealidad e idealización absoluta. No encontrarán en toda la lista de estrenos del año pasado un producto tan blanco y entrañable como este, aunque en el fondo también sea bastante inofensivo y perecedero. Seguramente la presencia de Cameron Diaz prometía a ciertos sectores la comedia desaforada que Un plan perfecto no es, mientras que Colin Firth, asociado en su última etapa a films de cierta hondura dramática, ha confundido a los que buscaban una comedia ' de qualité', nada parecido a este plan que no se toma en serio ni a sí mismo. Sin llegar a ser una maravilla, ver a Firth en apuros haciendo equilibrios en la fachada de un hotel de lujo, a Diaz simulando ser una tonta con enjundia y a Rickman con el rictus más severo que el que ya vimos en la saga Harry Potter tiene su qué. No es un plato completo, pero como té con pastas a entrehoras cumple de sobras. ¿O somos demasiado benévolos?


Para los que disfrutan con el contagio de la risa tonta.
Lo mejor: Su falta absoluta de pretensiones.
Lo peor: No deja la huella de los films en los que se inspira.


jueves, 20 de marzo de 2014

Crítica de DEL LADO DEL VERANO, de Antonia San Juan

La intérprete Antonia San Juan fue uno de los rostros más importantes de una poco tratada pero evidente Movida Madrileña de los 90: a ella quedan ligados los nombres de autores como Ramón Salazar, el dúo Félix Sabroso y Dúnia Ayaso, Miguel Albadalejo o Daniel Calparsoro. Con todo, fue el representante más ilustre de la Movida anterior, Pedro Almodóvar, el que diese a San Juan su papel definitivo: la mítica Agrado de la no menos recordada Todo sobre mi madre. Durante los últimos años San Juan, como actriz y en calidad de directora y guionista, ha defendido distintos proyectos y ha sabido reunirse con un conjunto de artistas de confianza que le han permitido recrear el humor entre grave y petardo de sus intervenciones cinematográficas más memorables. En este sentido, la filiación de San Juan a la serie televisiva La que se avecina ha sido sumamente importante en distintos aspectos: junto a Luis Miguel Seguí, compañero de plató y su pareja sentimental, ha creado uno de los binomios artísticos más fructíferos de los últimos años; y su amistad con distintos actores, la mayoría venidos de la pequeña pantalla, como Eduardo Casanova, Secun de la Rosa o Macarena Gómez, le ha permitido recrear, tanto en su ópera prima Tú eliges como en sus tres cortometrajes (destaca V.O., candidato al Goya en 2002), el estilo desenfadado, queer y vodevilesco de un cine español poco habitual en nuestros días (en auge, con todo, a mitad de los 90). De todo ese sustrato de influencias y conexiones nace Del lado del verano, consecución lógica de las intenciones artísticas de San Juan. Pieza coherente, y a su vez muy diferente: ahora sí, con su nueva película Antonia San Juan reivindica un espacio propio en el cine español. De ahí que Del lado del verano, pese a su aparente condición de comedia costumbrista y de embrollos, deba ser tomada en serio, más si cabe que los anteriores trabajos de su artífice.


Del lado del verano arranca con situaciones de distinto calado tragicómico: una vecina amenaza a todo su bloque con tirarse por la ventana, dos mujeres rezan en tono desenfadado ante una virgen y distintas mujeres juegan al bingo entre copitas y griterío. Posteriormente, San Juan introduce el elemento trágico (la familia, ahora obligada a reencontrarse, guarda muchas rencillas) y concibe las escenas como monólogos o diálogos llenos de pullas en las que los personajes verbalizan todo lo que les pasa por la cabeza, dotando al film de un aire tan excesivo como divertido, casi siempre grotesco, mezclando el cine social con el humor de brocha gorda de los productos estrella de la televisión española (nada que ver con el desarrollo de, por ejemplo, Tres dies amb la família, que parte de una premisa parecida). La comedia y el drama planean durante toda la hora y media de metraje, y aunque San Juan no sabe equilibrar esas dos partes (aun teniendo un estilo almodovariano, dista de ser Almodóvar), aunque en muchos momentos el film parece una chifladura sin contenido y aunque la condición coral del relato hace que todas las tramas y personajes se diluyan en un tótum revolútum un tanto pintoresco, Del lado del verano termina convenciendo por la humanidad de la historia (San Juan quiere y comprende a sus personajes, y parte de ello se contagia en el espectador, llegando incluso a perdonar un estilo cinematográfico pobre y algunas escenas no muy bien resueltas). Con todo, no acaba de convencer el hecho de que Del lado del verano, por contexto, sea una pequeña parte del último cine underground español cuando su verdadera vocación es la de relato popular, de patios y plazas (o lo que es lo mismo, de telefilm en prime time). San Juan, en definitiva, se sitúa en el abismo de la incomprensión, pero Del lado del verano, sin ser una obra memorable, tiene pequeños destellos de la energía que necesita un cine a veces tan correcto como el nuestro. Su paso por los cines fue anecdótico: ojalá tenga más suerte en su reciente salida al mercado del dvd.


Para los que buscan películas en las que hay de todo y cabe todo,
 como un cocido o una paella ibérica.
Lo mejor: Descubrimos a una Macarena Gómez y un Eduardo Casanova más que convincentes.
Lo peor: Su falta de sutilidad.

Nota: 6

miércoles, 12 de marzo de 2014

Crítica de 9 MESES... DE CONDENA (9 MOIS FERME), de Albert Dupontel

9 mois ferme es una tira cómica alocada y muy entretenida. Es una película que se entiende en todos los países y que puede llegar a todo tipo de públicos. Un producto enteramente blanco con el que Albert Dupontel, actor y director, ha contado con el favor del público (taquillazo en Francia), de los compañeros de profesión (se llevó a casa 2 premios César), de la prensa (los cronistas galos le concedieron el Globe de Cristal a la mejor película) y de la flora y fauna festivalera (en San Sebastián algunas de las escenas de la película rompieron el risómetro del auditorio). ¿Hay para tanto? Tal vez no. ¿Recibirá los mismos halagos cuando se estrene en España? Seguramente tampoco. Pero 9 mois ferme es una prueba más de la capacidad de nuestros vecinos por ofrecer mil y una variedades del vodevil de turno con mucha gracia. 


El humor del film descansa sobre el choque de caracteres que se establece entre Ariane, una jueza de lo más estricta que apenas sale de las cuatro paredes de su despacho, y Bob, un caco de poca monta que se cruzará en el camino de Ariane una noche de fin de año en plena borrachera. Una historia que se asienta sobre lo inverosímil desde el primer minuto y que se disfruta como lo que es: un disparate que aprieta el acelerador, que consigue momentos verdaderamente brillantes y vibrantes, y que finalmente deja que la maquinaria del relato descanse en favor del final más ecuánime para los personajes. Apenas los insertos televisivos con Jean Dujardin esconden una broma privada y muy francesa para una película que se ve y se recuerda con una sonrisa de oreja a oreja. Lástima, eso sí, que la descripción de los estamentos judiciales sea puro tebeo y no haya ningún amago de actualidad o crítica: esa es la diferencia entre el humor y la sátira, y 9 mois ferme, afortunadamente para el conservadurismo francés y el divertimento de todos nosotros, es una comedia clásica, sin segundas intenciones y bastante revitalizante. En el Festival de San Sebastián funcionó a modo de desengrasante entre tanta película 'trascendente', entre ellas la ácida pero errada Quoi d'Orsay: ojalá podamos verla muy pronto en las salas españolas.


Para reírse y evadirse, que no es poco.
Lo mejor: Sandrine Kimberlain en constante ataque de nervios.
Lo peor: Podría ser más 'cañera', entendiendo el término como 'políticamente más incorrecta'.

Nota: 6'5

sábado, 8 de marzo de 2014

Crítica de LUTON, de Michalis Konstantatos

Los festivales y los premios se rigen por determinadas modas. La última tendencia la ha marcado el cine griego, presente en los últimos años en todas las secciones oficiales habidas y por haber. El pistoletazo de salida lo marcó Canino, y desde que ésta fuese declarada la mejor película del Un Certain Regard de Cannes y consiguiese la primera nominación al Oscar para el país heleno, otros nombres han llenado las alfombras rojas más prestigiosas: Attenberg y Alps fueron valoradas en Venecia y Adikos Kosmos en San Sebastián entre otras. Las modas, con todo, se definen como tales por ser pasajeras, y si bien el ambiente de crisis económica y auge artístico ha hecho de Grecia un campo minado abierto a nuevos discursos cinematográficos y vías de expresión más creativas, un film como Luton - seleccionado de nuevo en la élite festivalera, en este caso en el apartado Nuevos Directores de la última edición de Donosti - viene a poner fin a toda una constante, a una manera de contar y de querer contar lo que sucede en la Europa convulsa de nuestros días.


Luton es la historia de tres personajes sin aparente nexo de unión entre ellos: el aburrido dueño de una tienda, una funcionaria de actitud extraña y un adolescente que casi nunca habla. Los tres son los resultados de una sociedad alienada, incapaz de sentir empatía por el otro. Sus comportamientos son inesperados y el director los convierte en caricaturas: la comedia negra y surrealista de esa corriente de historias griegas vuelve a la superficie con largos planos fijos y lacónicos diálogos en los que el espectador entiende que nada tiene sentido en la vida de esas criaturas tan miserables. El problema de Luton es que la vacuidad de sus personajes acaba contagiando al propio film, y allá donde otros se defendían desde la metáfora (principalmente Giorgos Lanthimos), Luton simplemente filma el absurdo desde el absurdo. El novel Michalis Konstantatos, en definitiva, se equivoca en su mirada, no en el tema planteado, pero su error tiene tales efectos que convierte a Luton en un film inane que quiere la provocación por la provocación y que fracasa en su intención por retorcer todavía más esa 'fórmula griega' afín a un cine crudo y raro. Nosotros no seremos tan duros con ella - en San Sebastián fue abucheada en sus dos pases tanto para la prensa como para el público -, pero aún interesándonos su vocación social, hay que evidenciar el desgaste y el fracaso de sus planteamientos. Luton tiene cierto misterio, inquieta ni que sea porque nos enfadan y asquean sus imágenes. Es una película fallida, y aún así no ponemos en duda que se trate de una sugerente radiografía del estado de las cosas 'aquí y ahora'. Pero no basta con plantear relaciones: Luton, en fondo y forma, es tan hermética que resulta inabordable, y de ahí a no presentar ningún interés para crítica y público hay sólo un paso.


Para espectadores con tendencias suicidas.
Lo mejor: Sus virajes al humor negro.
Lo peor: El misterio se resuelve tarde y mal.

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Nota: 5'5

miércoles, 19 de febrero de 2014

Crítica de TODAS LAS MUJERES, de Mariano Barroso

Por fin una película española se anima a volver a una figura tan nuestra como la del pícaro. Un pícaro que sigue sobreviviendo, ahora con más dificultades si cabe por culpa de la crisis. Sus armas, eso sí, son las mismas de siempre: engaños, engatusamientos, manipulaciones e invenciones varias para conseguir lo inalcanzable. Nacho, el miserable con labia de Todas las mujeres, gasta sus últimos cartuchos, todos ellos en forma de mujer (las pocas que están dispuestas a acompañarlo en su particular naufragio), para maquillar el plan que había hurdido en secreto y que ahora está obligado a confesar, todo producto de la inoperancia clásica del ignorante que quiere vivir del cuento y no puede. Eduard Fernández es el encargado de defender un pobre diablo que pasa de la euforia al fondo del pozo en apenas diez minutos, y que posteriormente vaga errante por la película, su película, a modo de castigo y de evidencia palmaria de sus pecados. La estructura del film (el personaje se enfrenta a seis encuentros o duelos con una némesis femenina) dota a la película de un aire teatral y minimalista: el guion y los actores que recitan cada frase del libreto sustentan toda la propuesta, algo que los Goya supieron valorar y que han premiado con un cabezón al mejor guion adaptado. Con todo, la génesis del proyecto no es cinematográfica, ya que Todas las mujeres es en realidad una serie de seis episodios para el canal TNT que han sido adaptados y recortados para su puesta de largo en la gran pantalla. Ni la picardía del mejor montador y guionista pueden disimular que Todas las mujeres (la película) tiene profundos desajustes narrativos, aunque las frases resulten ingeniosas y aunque todos los actores estén estupendos. Sin haber visto la serie, es evidente que en los 80 minutos de metraje para el cine unos capítulos funcionan mejor que otros y que algunos personajes, por cómicos, resultan del todo difíciles de creer (ahí está la madre que da vida Petra Martínez). La picardía de la crítica ha coronado Todas las mujeres como una de las mejores cintas españolas del 2013, pero en lo personal no puedo evitar sentirme una víctima más, en este caso no femenina, de Nacho y sus malas artes: la película, aunque original, carece de autenticidad, sufre de cierto encorsetamiento, no resulta dinámica y espontánea. Con todo, puede que estemos ante el mejor trabajo en mucho tiempo de Mariano Barroso. Aunque no es suficiente. Volvemos a la falsa promesa del pícaro: 'la próxima, será mejor'.


Para ver a Eduard Fernández otra vez en acción.
Lo mejor: El ingenio de algunos de sus pasajes.
Lo peor: Es más una yuxtaposición de historias que una unión, algo que resta brillo a las bondades del guion y de los actores.

Nota: 5'5


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martes, 4 de febrero de 2014

Crítica de NYMPHOMANIAC: VOLUMEN 1 & 2, de Lars von Trier

PRELIMINARES

A estas alturas basta con decir que vamos a hablar de un film de Lars von Trier para que muchos obvien por defecto este post. Otros tendrán la osadía de entrar en el cine, pero ante frases de guion como 'descubrí mi coño a los dos años' o 'lubriqué cuando murió mi padre' seguramente desconectarán sin llegar a sopesar si han sido víctimas de una gran broma o testigos de la historia más grave jamás contada. Von Trier no ha sabido gestionar su personaje público, y al mismo tiempo la prensa, ávida de polémicas, ha desvirtuado la imagen del creador, y con ella la recepción por parte del público de sus creaciones. Llegados a este punto, antes de escribir sobre Nymphomaniac vale la pena dejar un par de cosas claras, tanto para el que lee (si, como esperamos, no habéis desertado en la primera línea) como para Von Trier (del que, cuestiones paralelas y extracinematográficas aparte, está considerado uno de los autores más importantes del cine europeo contemporáneo).


El primer punto es evidente para la órbita cinéfila, pero quizás no tanto para gran parte del público de Nymphomaniac. Para su distribución en España y en la mayoría de países, la película original, cuyo montaje final ronda según la productora Zentropa las cinco horas y media de metraje, ha sido dividida en dos cintas, y en ese proceso de adaptación o comercialización Von Trier no ha participado, aunque obviamente ha dado su visto bueno a los montajes alternativos que finalmente han llegado a los cines (consciente, quizás, de que su proyecto es comercialmente inviable por una cuestión de longitud y de explicitud sexual). Con respecto a la tan cacareada carga erótica del film, cada país, según sus sistemas de calificación por edades y criterios varios, ha eliminado o incluido determinadas escenas, por lo que es imposible averiguar hasta qué punto las cintas que hemos visto en España coinciden o difieren en mayor o menor grado de las versiones proyectadas en, por ejemplo, Francia, Italia o Alemania. Por todo ello, lo que digamos a continuación, aunque tiene su importancia (al fin y al cabo hemos visionado dos tercios del material considerado por el cineasta danés), no deja de ser pueril o cuanto menos relativo: los juicios que ahora podamos emitir necesitarán una reformulación futura cuando se desvele la película que Von Trier concibió desde un inicio. Por qué el director no rediseñó su proyecto en serie televisiva como hiciese con Riget, o por qué no se ha optado por una distribución acorde con los nuevos tiempos (venta directa en dvd y plataformas digitales) son cuestiones que no vale la pena discutir y que intuímos ni tan siquiera han recaido sobre el propio Von Trier. Ver Nymphomaniac desde la duda, por lo tanto, es un ejercicio del todo inmaduro: no hay que entender el relativo desentendimiento del autor con respecto a los dos volúmenes de Nymphomaniac como una provocación más, implícita o explícita, de la propia película, sino como un accidente.


El segundo punto resultará familiar para los que hayan visto gran parte de la filmografía de Lars von Trier. El director de Bailar en la oscuridad o Rompiendo las olas es seguramente el autor que más explora su 'yo interior' en sus películas, no tanto como un acto de egolatría sino de autocomprensión, de exorcismo personal. Von Trier canaliza su dolor mediante el cine, y como resultado sus ficciones ponen a prueba tanto los resortes del propio director como los límites de sus intérpretes y la mirada de la platea (que, de nuevo, está en todo su derecho de congratular o despreciar tanto estética como éticamente aquello que está viendo). Nymphomaniac, en este sentido, sigue las constantes habituales de su responsable, ya que cada aportación de guion, cada personaje o cada episodio parece esconder pedazos de la oscuridad vital de su instigador: con Anticristo hicimos una reseña poliédrica, entendiendo que en cada personaje había parte de la personalidad de quien filma, y con Nymphomaniac el ejercicio podría repetirse, ya que tanto en Joe (la ninfómana que relata su trágica existencia) como en Seligman (el intelectual que escucha atentamente la narración de la mujer) parece esconderse la única mente que escucha (él) y que habla (ella), que piensa (él) y que actúa (ella) (o sea: la persona detrás de ese personaje llamado Von Trier). 


Es lícito pensar que un cine cuya base descansa en la sugestión y en lo personal puede interpretarse desde múltiples vías, y que por lo tanto lo dicho en el anterior párrafo no es tanto una verdad como la exposición de una forma más de acercarse al mosaico que traza Von Trier, pero el debate evidencia un hecho interesante: aunque parezca una paradoja, ante las películas de Von Trier hay que tener muy presente al autor (y con él, su biografía y toda su obra anterior) y al mismo tiempo acoger una mirada limpia, como si desconociéramos todo lo que hemos visto, oído o leído anteriormente sobre Von Trier (solo de esta manera se consigue entrar en las estancias emocionales que conforman sus películas). Es necesario, por lo tanto, tener una visión de conjunto (en el caso de Nymphomaniac, saber que estamos ante la tercera entrega de la llamada 'Trilogía de la Depresión', con Anticristo y Melancolía como peldaños previos, con Charlotte Gainsbourg como actriz principal y con determinados vínculos estéticos: en las tres películas se repite la imagen de su protagonista tendida en la hierba en un plano fijo aéreo, una estampa que remite al Romanticismo poético y pictórico, por citar uno de los elementos más tangibles para el espectador), y a la vez pensar que ante Nymphomaniac se asiste a algo nuevo (de ahí que los que hablen repetidamente de Von Trier como un cine que tortura sin motivo aparente a sus personajes femeninos incurran en una calumnia, una frivolidad y una simplificación de films en cuyas profundidades hay muchísimo más).

Hablar de Von Trier, en definitiva, implica posicionarse: el cineasta ha hecho de la provocación un signo de identidad tan inherente a sus películas que el análisis de éstas implica, queramos o no, firmar una alabanza o un reproche. Nymphomaniac es en sí una contradicción: con ella uno se ríe mucho, pensarla implica llorar, y en el camino que media entre ambos extremos se contemplan todas las posibilidades, desde el rechazo sentido a la subyugación absoluta. Si Nymphomaniac, tomando el símil sexual, es un gatillazo o un éxtasis tanto carnal como intelectual es algo que tendrá que decidir cada espectador. Lo que sigue es, ya sí, una visión plenamente personal de Nymphomaniac


NYMPHOMANIAC: VOLUMEN 1

El inicio de Nymphomaniac es anticlimático: la pantalla se abre con un espacio vacío, lo que parece una callejuela de las afueras de alguna ciudad de aspecto industrial, con los diferentes elementos urbanos absorbiendo y expulsando agua y nieve, como si la fría arquitectura obedeciese a las leyes de un cuerpo que interactúa con sus fluidos. Una estampa que parece inaugurar un drama helado, pero que Von Trier rompe con un fondo musical de Rammstein: de buenas a primeras, cuesta adivinar qué vamos a ver. Más tarde el plano se concreta y observamos a Joe (Gainsbourg) tumbada en el suelo, con marcas rojas en la cara y un rostro desencajado. Seligman (Skarsgaard) emerge de la nada con una bolsa de la compra y traslada a Joe a un dormitorio de su casa, como si Joe en realidad fuese un personaje dickensiano al que ofrecerle amparo y comida. Seligman, en verdad, le ofrece mucho más: la posibilidad de que la mujer cuente su historia, y por ello de explicar por qué terminó apaleada en mitad de la nada y de argumentar por qué, bajo su punto de vista, es una mala persona. Desde ese momento y hasta el final de la película, la estructura de Nymphomaniac es la de un narrador protagonista y de un personaje silente que escucha y que luego valora cada episodio de la historia, uno de los principios literarios más repetidos. Y precisamente entre episodio y episodio, Von Trier inserta consideraciones filosóficas, de nuevo anticlimáticas, que aúnan en pocos segundos la comedia de un capítulo de adolescencia en un viaje en tren hasta las dobles lecturas que esconden cuestiones de tono y tema tan variopinto como los diferentes tipos de nudos, la pesca con caña o los motivos religiosos en la pintura occidental. Von Trier, en definitiva, logra un ejercicio interesantísimo, una superposición de voces que construyen y desconstruyen la historia. Momentos tan surrealistas como la visita del personaje que interpreta Uma Thurman, cercanos al vodevil extremo, y otros como la copulación en primer plano y la pantalla partida en tres partes mientras suena una melodía de órgano se unen y se repelen para contarnos el inicio de una enfermedad canalizada y expresada mediante la gimnasia del sexo (o la numerología que imprime Jerôme a una Joe todavía virgen), no mediante la mística del orgasmo (el sexo nunca es una fuente de erotismo sino una expresión terrible de un mal interior). Una película de naturaleza vacilante que incluye un trauma infantil, un problema familiar y una deriva que continúa por caprichos de la industria con un 'continuará' más propio de una serie televisiva. Nymphomaniac: Volumen 1 termina justo en el momento en que la historia se torna más compleja e interesante: de ahí que cueste volver a casa como se entró dos horas antes en la sala oscura.


NYMPHOMANIAC: VOLUMEN 2

Si por parte del espectador existe un mínimo acomodamiento, la segunda parte vuelve a dejarnos con la boca abierta. El relato arranca en un triple tiempo: una Joe incapaz de sentir placer a punto de casarse con Jerôme, una Joe pequeña que recuerda las visiones que tuvo un día en el campo, y la Joe narradora de siempre, cuyas anécdotas Seligman completa con consideraciones que van del juicio personal al desciframiento académico (saber que Joe tuvo un episodio casi extrasensorial, culminación de su primer orgasmo, con una figura religiosa relacionada con la ninfomanía se convierte en el perfecto prólogo de lo que está por venir). La película se recrudece y se extrema (inclinaciones sadomasoquistas, desatención del hijo engendrado en cuya concepción se observan rasgos de un rito satánico, las palabras del marido arribista comparando a su insaciable mujer con una tigresa ávida de carne), y el heavy metal sube de volumen en una escena en la que Joe, tras aceptar que ni puede curarse ni quiere ser curada de sus (des)afecciones, encauza sus conocimientos sexuales en una oscura ocupación laboral que le lleva a destapar el secreto de un pedófilo. La reaparición de un Jerôme adulto, más parecido a Joe de lo esperado, y la irrupción de una joven muy activa, no solo sexualmente (la pupila de Joe que vilipendiará a la ninfómana herida de su orgullo, con llagas en su sexo y ninguna perspectiva de futuro), sirven de excusa para cerrar la historia. Nymphomaniac: Volumen 2 versa sobre la culpa y lleva hasta las últimas consecuencias la filosofía de vida de su personaje, incapaz de concebir el amor como un pilar fundamental de las relaciones humanas (la figura del árbol como alma que nos representa enlaza con la figura del padre y con la desolación emocional de la protagonista: su árbol hermano, irónicamente, descansa en lo alto de una colina azotada por el viento, un acantilado rocoso, de nuevo otro espacio del imaginario romántico clásico, que se yergue torcido cual pene en erección). Pero más allá de la historia de Joe, Von Trier utiliza la recta final de su crónica ninfómana para incluir una autocita (sí: por fin el autor aclara por qué sus protagonistas son hembras heridas) y como gran reflexión sobre la naturaleza egoísta y desconfiada del ser humano (Von Trier imparte, para quien sepa y quiera escuchar, una clase magistral de Teología, Sexología y Lingüística entre otras disciplinas). El final liga con el principio (el primer plano eran imágenes sin sonido, ahora se trata de sonido sin imágenes) y puede interpretarse como una boutard o como el núcleo semántico de la película (el viaje de Joe empieza de nuevo, abruptamente, en un bucle sin fin de perversiones sexuales). No podemos desvelar nada, pero sí puede decirse que el juego referencial se intensifica (de hecho, el desenlace es casi una reactualización del último acto de Dogville) y que Von Trier, una vez más, nos demuestra, aunque duela, que tanto en la vida como en su cine nada ni nadie es lo que parece. En esta ocasión cuesta salir del cine, pero por pura paliza emocional. Nymphomaniac deja secuelas.


Para espectadores que quieran películas extremas.
Lo mejor: En lo personal, es un binomio tan fresco como alambicado... puro Von Trier, en cualquier caso. Su condición de juguete en primera persona: hay temas, escenas y tonos de todas, absolutamente todas las películas anteriores del danés.
Lo peor: Las chanzas y prejuicios que pueda suscitar su contenido sexual. No haber podido ver en pantalla grande el film original, o las dos partes seguidas. No conocer a los personajes secundarios por separado: en el fondo, la cinta contiene muchos microfilms por explotar.

Nota: 9

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jueves, 30 de enero de 2014

ESTRENOS DEL 2013: Críticas de TIERRA PROMETIDA y LA ESPUMA DE LOS DÍAS

TIERRA PROMETIDA (PROMISED LAND), de Gus Van Sant (EE. UU., 2013)
Tierra prometida funciona como enésima confirmación de la eterna ruptura presente en el cine de Gus Van Sant, autor empeñado en situarse tanto en el terreno del cine indie como en la narrativa más comercial, sin que una constante parezca imponerse a la otra. La presencia de Matt Damon, que también ocupa las funciones de guionista, explicita todavía más esa doble vía: al ver al famoso actor es imposible no evocar la experimentación de Gerry y la contrapuesta narrativa convencional de El indomable Will Hunting, ganadora de los afectos académicos a mediados de los 90. En Tierra prometida se intuye una voluntad por equilibrar esas dos fuerzas, un intento por conciliar un cine hollywoodiense con trasfondo comprometido: sobre el film planea una descripción de la Norteamérica rural y una crítica a las tácticas de determinadas corporaciones energéticas para destruir espacios naturales de incalculable valor, pero la indecisión propia de Van Sant y la poca definición del libreto de base hace que el film, tanto en forma como en mensaje, resulte fallido, contraproducente incluso con su mensaje relativamente conciliador. En Tierra prometida no hay ni rastro del tino de Elephant, sino la ortografía convencional de un telefilm al uso, solamente salvado por la presencia de valores tan seguros como Frances McDormand o Rosemarie Dewitt. Tierra prometida, una vez presentadas todas sus cartas, no remonta el vuelo, y su voluntad por unir la encrucijada social de la historia con la peripecia personal y emocional del protagonista resulta una carambola fácil y forzada. Una tremenda decepción firmada por un director demasiado cambiante: da la sensación de que la realidad rural es muchísimo más compleja, presenta muchísimas más aristas y esconde muchísima más letra pequeña que la vista en el film, y que su giro final es la opción más conciliadora pero también la más inversemblante.


Lo mejor: El savoir faire de algunos miembros de su reparto.
Lo peor: Tiene miedo a que sus personajes resulten desagradables... y erra el tiro.

Nota: 5

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LA ESPUMA DE LOS DÍAS (L'ÉCUME DES JOURS), de Michel Gondry (Francia, 2013)
La espuma de los días de Boris Vian es una novela de lectura obligatoria en muchos institutos franceses. Seguramente Gondry leyó el libro durante su juventud, y muy probablemente el mundo personal del escritor y el desbordante imaginario del cineasta galo se retroalimentaron mucho antes de que el nombre del segundo saltase a la fama: la historia de un amor que se desintegra, la obsesión de Vian, ya estaba presente con toda su belleza, dureza y alambicada arquitectura visual en ¡Olvídate de mí!, cinta convertida en clásico moderno. La adaptación al cine de La espuma de los días, por lo tanto, era un reto difícil que Gondry decidió llevar a cabo tras una irregular etapa norteamericana con títulos como Rebobine, por favor y The Green Hornet. El resultado final sabe a magno homenaje a Boris Vian, pero también a un Gondry hastiado que a falta de ideas propias se limita a llenar cada fotograma de excentricidades e imposibles. La espuma de los días es una saturación de todos los efectismos de su firmante, una historia barroca a la par que simple donde todo resulta ampuloso: Gondry quiere contarnos la soledad de Colin, su romance con la bella Chloe y la destrucción del mundo de ambos por culpa de la enfermedad de ella, y aunque todo ello se resuelve con metáforas visuales más que curiosas, el conjunto dista de tener vida, por lo que la supuesta sensibilidad y lírica de las imágenes no resulta ni emocionante ni emotiva. El responsable de este surrealista descalabro lo tiene un metraje excesivo que no es capaz de condensar el cuento de Vian a sus directrices más básicas. La espuma de los días carece de la espontaneidad del mejor Gondry y adelanta el fin de un autor que parece haber explotado todas las posibilidades de lo que antaño fuera un sello personal e intransferible. Un error de cálculo, bien porque llevar la narrativa de Vian al cine era una responsabilidad demasiado grande o bien porque Gondry es incapaz de desasirse de su ego y de sus gadgets visuales: mejor volver a ¡Olvídate de mí! para disfrutar de una conjunción Vian-Gondry más redonda, donde la épica de los sentimientos y la rotundidad de sus imágenes sí daba como resultado una experiencia de calado universal e inmortal.


Lo mejor: La química de la reincidente pareja Duris-Tatou.
Lo peor: Sus excesos pueden llegar a enervar.

Nota: 5

martes, 21 de enero de 2014

Crítica de FAMILY TOUR, de Liliana Torres

FAMILY TOUR, de Liliana Torres (España, 2013)
Sección Zabaltegi, Festival de San Sebastián. Sección oficial Òpera prima, Festival REC de Tarragona.
Los límites entre la realidad y la ficción son cada vez más sutiles. Liliana Torres, otro nombre más a tener en cuenta de la ESCAC catalana, realiza con su ópera prima un exorcismo personal y un experimento a contracorriente que quiere contar sentimientos reales e historias verídicas, con independencia de la narrativa o el formato adoptado, sin miedo a traspasar y a jugar con la esencia del documental y la ficción tradicional. Family Tour es la historia de la propia directora: en un ejercicio metacinematográfico más que curioso, Nuria Gago, actriz de gran presencia y sensibilidad, interpreta a la propia Liliana durante unas semanas de vacaciones en casa de sus padres, mientras que el resto del reparto lo completan los propios familiares de la cineasta. La película tiene valor como pieza de arte privada, declinada en primera persona, pero también como relato donde uno puede rastrear rutinas, actitudes y constantes de nuestras familias. Torres habla de la soledad, de la incomunicación y de lo difícil que resulta conciliar nuestra personalidad como parte, queramos o no, de una estructura familiar que nos define y que a veces nos ata. Torres-Gago asiste a un periplo de visitas a tíos y primos, se reencuentra con viejos conocidos y se da cuenta poco a poco de la persona que en su día fue y que ahora parece haberse esfumado. 


Un film abierto a todo tipo de adjetivos, aunque el que más la define a juicio del blog es el de 'valiente', tanto por el oficio de su responsable como por el atrevimiento de todos sus participantes, sin olvidar el inusual trabajo de Nuria Gago que pone a prueba los cimientos de la representación cinematográfica. En Stories We Tell, Sarah Polley abría las puertas de su intimidad y nos desvelaba el gran secreto familiar que había estado latente durante varias décadas: Family Tour realiza una pirueta bastante parecida y demuestra nuevamente que las grandes historias nacen de uno mismo (la imaginación del creador, en definitiva, ya no es la base de todo su trabajo sino un recurso para dar forma y sentido a lo vivido, siempre caótico y subjetivo). Un ejemplo más de una nueva corriente de cine español producido, rodado y distribuido desde los márgenes tanto por la voluntad de sus firmantes como por imposición de los recortes del gobierno y la crisis económica. Ojalá este tour por las luces y sombras del árbol genealógico no quede en el anecdotario donde se guardan los álbumes de fotos y las grabaciones caseras familiares: cada familia tiene sus características pero a su manera todas acaban pareciéndose, por lo que resulta muy fácil empatizar y sentirse identificados con la película.


Para afrontar las inminentes visitas familiares-navideñas desde otra perspectiva.
Lo mejor: Su sinceridad.
Lo peor: No llega a los niveles de emoción y de reflexión de, por ejemplo, Tres dies amb la família.

Nota: 6

viernes, 17 de enero de 2014

Crítica de COME, DUERME, MUERE (ÄTA SOVA DÖ), de Gabriela Pichler

La crisis económica ha ayudado todavía más a acentuar ciertos prejuicios sociales e ideas preconcebidas sobre las culturas que nos rodean. La Escandinavia que creíamos perfecta, cuna de un bienestar que ahora escasea, se cae a trozos poco a poco, pero desde el mediterráneo seguimos proyectando en el norte esa especie de paraíso utópico, esa manera de proceder tolerante y solidaria, ese bienestar que aquí ha dejado de existir por la magia negra de los recortes. El cine, y sobre todo el cine que se alimenta del presente y de lo humano, sirve para relativizar conceptos, para ver las cosas en perspectiva y para ser conscientes, sin viajar al país con el que se quiere hacer un ejercicio comparativo, de aquello que nos une y separa de nuestros vecinos. Come, duerme, muere se inserta en una Europa desencantada, la misma que unas décadas atrás hablaba en términos de interculturalidad, moneda común y otros espejismos. Y no sólo interesa por el contexto: Come, duerme, muere es tanto un aviso a todos los ciudadanos del mundo como una crítica feroz, entre el humor y la tragedia, de las injusticias que sustentan las bases culturales y sociales de Suecia (efectivamente, los movimientos migratorios siguen a la orden del día, la inseguridad laboral afecta a todos los eslabones, y en cada territorio hay colectivos más vulnerables a los caprichos empresariales).


A partir del personaje de Rasa, una enérgica joven de origen montenegrés que se estableció con su padre en la Suecia rural años atrás, la directora Gabriela Pichler pone una lupa de aumento sobre la silueta de un norte que se resquebraja en forma de racismo, desconfianza, menos derechos sociales y laborales y despidos en cadena. Pichler quiere estar tan apegada a la realidad que el resultado final resulta duro, directo y tristísimo: pese al empeño, el vitalismo, la hiperactividad y la tenacidad de su adorable protagonista, las dificultades por salir del hoyo, o la pervivencia de los estamentos sociales, resultan implacables. La lástima es que ese mensaje se ofrece al espectador mediante fórmulas narrativas y visuales ya definidas: a la clara influencia local del cine de Lukas Moodysson se suma un esquema de cine social cercano según la escena a los Dardenne o a Loach, moldes aplicados en infinidad de ocasiones que restan a la película parte de la gravedad y las dimensiones de los problemas que retrata. Queda, con todo, la sensación descorazonadora de una crisis que se ha expandido como una mancha de aceite por todo el mapa, ya presagiada por el cine europeo con títulos como Rosetta, Recursos humanos, Los lunes al sol o En un mundo libre, títulos coetáneos a Come, duerme, muere que con los años han ganado potencia y vigencia. La Academia del cine sueco decidió conceder su máximo galardón a esta ópera prima en detrimento de títulos más valientes, pero tras el conservadurismo tal vez se esconda una sensación de autoculpa: de ahí que Come, duerme, muere, incluso pudiendo parecer una película de estilo y discurso caduco, demuestre una vez más que el cine puede no sólo representar a la vida sino superarla y, por qué no, mejorarla.


Para los que se interesen por el otro lado de la Suecia perfecta.
Lo mejor: El trabajo de la actriz Nermina Lukac, una de las revelaciones del año.
Lo peor: Que pueda parecer una película ya vista.

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Nota: 6

lunes, 23 de diciembre de 2013

Crítica de LA GRAN BELLEZA, de Paolo Sorrentino


Paradójicamente, puede escucharse el silencio en un ático repleto de gente cantando, bailando y bebiendo al compás de ritmos chabacanos. También puede estarse en el vacío más absoluto rodeado de grandes estatuas, monumentos que son patrimonio de la humanidad y edificios prefabricados llenos de leds. La gran belleza es la historia de un viaje, de una ciudad, de una vida que nunca fue novelada pero que siempre fue vivida como una ficción tragicómica, repleta de episodios graves y patéticos. Es, por definición, un film contradictorio, porque en su retrato de lo banal, de lo opulento y de lo meramente superficial se encuentra el verdadero drama de Jep Gambardella, representante ilustre de una élite falsamente intelectual con ecos de la Italia y la Europa circense de políticos corruptos, sobres a escondidas e idearios berlusconianos. Es una historia nocturna y grotesca, la crónica de una existencia que se desintegra, los delirios y la agonía de un letargo físico y vital, la filmación del nuevo ocaso de una Roma de pasado romano que ahora asiste al asedio de la modernidad, apuntalado en la corrupción económica pero sobre todo moral de su nueva clase dirigente.


Sobre el papel, es difícil concebir en pantalla grande tanta unión de extremos, pero Paolo Sorrentino obra el milagro: La gran belleza molesta al mismo tiempo que embelesa, funciona por acumulación y termina teniendo un impacto duradero en el espectador, como si la carga emocional de Angelopoulos desfilase por los salones barrocos de la María Antonieta de Sofia Coppola. Sea como sea, un film capaz de sacar a la luz la belleza oculta de las cosas feas, un ejercicio cinematográfico arriesgado que puede gustar o disgustar de forma muy encendida, y sobre todo un film profundamente italiano, de espíritu mediterráneo y en el fondo tremendamente universal y atemporal. Hay que remitirse a Reality, notable película de Matteo Garrone, para recordar un cine italiano de primera categoría, capaz de jugar con su genética surrealista desde la crítica y el homenaje, recordando su pasado de grandes cineastas y abriendo ricas referencias a su controvertido mapa religioso, político y social. La gran belleza tiene el encanto de esas películas que caminan en todo momento en la cuerda floja, entre el éxtasis y el hastío: de hecho, su gran punto débil está en su incohesión, en su poca uniformidad, en la palpable sensación de que con algunos descartes de metraje u otros recursos narrativos la película seguiría siendo igual de potente pero tal vez más concisa. Personalmente, ello no sirve de argumento para desarmar La gran belleza, porque su estado es líquido, tal vez gaseoso, y sus imágenes tejen una fina capa que parece volatilizarse y reformularse con cada nuevo truco de montaje y fotografía.


Al terminar la sesión uno tiene el pleno convencimiento de que la vida es igual de oscura que en el film, pero nunca tan bella como la filma Sorrentino en su mejor largometraje hasta la fecha. Una obra que perfectamente podría estar firmanda por un Kubrick siciliano, o por el mismísimo Fellini si todavía viviese. La película más clásica del 2013, y al mismo tiempo la más rompedora. Una sucesión vívida de delirios que irritó profundamente a Steven Spielberg en el Festival de Cannes y que encandiló a gran parte de la prensa reunida en la Croisette. Así, sin medias tintas. Y pese a todos los adjetivos propuestos, es una experiencia que hay que ver y vivir en primera persona, cuyo poder no puede describirse por medio de las palabras. La gran belleza y la vida de Gambardella perdurará como obra maestra del cine, porque en ese escaparate de antónimos lo eterno se impone a lo efímero. De eso, de un tiempo estancado que al mismo tiempo avanza, habla La gran belleza. Tiempos que se repiten de forma cíclica, imágenes que pueden verse y disfrutarse en un bucle sin fin. Y pocas veces puede decirse esto de forma tan categórica: sus 135 minutos ya son historia del mejor arte del siglo XXI.


Para amantes de películas extremas.
Lo mejor: Su inventiva y capacidad de sorpresa.
Lo peor: Que sus verbos estén conjugados en superlativo puede llegar a molestar en determinados momentos, sobre todo en sus escenas más irónicas. 

Nota: 9

viernes, 20 de diciembre de 2013

Crítica de EL HOBBIT: LA DESOLACIÓN DE SMAUG, de Peter Jackson

Seguimos en la Tierra Media. Y Jackson parece haber citado a todos sus participantes menos a Tolkien. El hobbit: La desolación de Smaug es una película repleta de acción, diseñada como preciso vagón del tren de la mina donde uno no tiene tiempo de asimilar lo que ve. La película, con un todavía más trabajado sistema HFR 3D, es una experiencia audiovisual en toda regla, y sus pericepias se concatenan como niveles y pantallas de un magno videojuego. Respecto a la primera entrega, sigue el interesante juego entre el humor británico y el lado oscuro que gobierna al hobbit Bilbo, en esta ocasión más secundario que nunca. De nuevo, Jackson es consciente de que la nueva trilogía debe su naturaleza a las artes del montaje y no a una premisa literaria construida sobre esa estructura, por lo que actúa cual mago llenando de efectos más o menos convincentes aquellos momentos en los que el peso del metraje, de las gafas tridimensionales y de la sobrecarga de seres fantásticos colapsan al personal. Y pese a ser un producto facturado de forma maestra, en esta ocasión cabe preguntarse la verdadera vinculación entre lo visto y los mundos de Tolkien: no hace falta saber el contenido de las páginas del escritor para saber que la importancia del personaje de Evangeline Lilly, que la reaparición de Legolas o que el largo e impresionante episodio del dragón no eran rutas marcadas al inicio de la expedición. Tal vez El hobbit: La desolación de Smaug sea tanto un éxito de la técnica como una corroboración de que la nueva aventura ha sido desde el minuto uno una operación para engrosar las arcas de Jackson y la Metro Goldwyn Meyer, pero es imposible que su público potencial y vecino, provisto o no de su menú de palomitas, se sienta defraudado, incluso en aquellos momentos o líneas de guion abiertos a cualquier chanza. A esta segunda parte le falta historia, o tal vez la trama resulta demasiado complicada para una mente nada abierta a geografías fantásticas como la que escribe: sea como sea, El hobbit: La desolación de Smaug entretiene, consigue que abras la boca de sorpresa en un par de ocasiones, y pone punto y seguido al suspense justo cuando la trama se sitúa en sus cuotas más altas de impacto audiovisual y emoción. Tiene los problemas y las características de cualquier segunda parte sin principio ni final, pero como puente funciona a las mil maravillas: será difícil, a pesar de los pesares, no pasar por taquilla las próximas navidades para saber cómo termina una gallina de los huevos de oro tan descarada como apabullante.


Para postergar un poco más nuestro viaje por la Tierra Media.
Lo mejor: Las piruetas de los barriles y el imponente diseño del dragón.
Lo peor: Que la acción demande cuerpos de lucha y no verdaderos personajes.

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Nota: 7

jueves, 19 de diciembre de 2013

Crítica de 12 AÑOS DE ESCLAVITUD, de Steve McQueen

Steve McQueen firma con 12 años de esclavitud su ascensión a los cielos académicos, un peldaño más de una consagración que se ha producido poco a poco y que ha puesto el nombre de McQueen en la vanguardia más interesante de nuevos genios: Hunger lo convirtió en un hito indie, mientras que con Shame se consolidó en los circuitos festivaleros y llegó a las salas de medio mundo por la puerta grande y con polémica. En ese camino, se agradece que 12 años de esclavitud no sea un drama a la vieja usanza, y que por lo tanto no traicione los principios más radicales, tanto visuales como temáticos, de sus anteriores trabajos. Con todo, McQueen afronta la biografía de Solomon Northup desde la máxima pulcritud, algo que no sucedía en Hunger y la poesía fúnebre que llenaba la vida del preso Maze Prison. 12 años de esclavitud se beneficia del estilo impúdico de su artífice para hacer que la violencia, tanto implícita como explícita, llegue con toda su dureza al espectador, pero también se percibe en ella cierta corrección, un respeto demasiado reverencial hacia el propio Solomon, el tiempo histórico retratado y el pasado de ficciones sobre el racismo y los tiempos de esclavitud (este año, desde distintos estilos y con distintos postulados, hemos visionado dos miembros destacados de esa lista: Lincoln y Django desencadenado).


En definitiva, hay algo en 12 años de esclavitud que no deja respirar a la propia historia, pese a las grandes interpretaciones de su reparto y a la innegable pericia técnica demostrada por un cineasta hasta ahora más austero a lo que medios se refiere. El film cuenta con la verdad de la historia en mayúsculas, pero como relato en minúsculas no consigue describir el drama de su protagonista, no consigue dar relieve a sus personajes, y al final la obra resulta tan perfecta como poco emocionante, tan convincente como subjetividad histórica como poco viva como análisis o reflexión de lo que se cuenta: en consonancia con esta idea puede citarse la fallida transición de los primeros fotogramas entre el Solomon esclavo y el ciudadano libre que fue en su día, recurso que traiciona cierta estructura cronológica y esencia del relato; o el escaso relieve de personajes secundarios, incluso en los casos en que su presencia en la historia es decisiva para que la trama avance (en este apartado destaca el misterioso personaje de Brad Pitt). Finalmente, aunque el film va más allá de la típica crónica de penurias y traza una aguda descripción de los distintos caracteres blancos (el negrero 'por imposición del contexto', como sucede con el amable personaje que interpreta Benedict Cumberbatch; y en contraposición, el amo abusivo que defiende un poderoso Michael Fassbender, así como su tiránica mujer), y pese a la profundidad de algunos diálogos (el momento en que una esclava critica a Solomon por su relación con el capataz y su incapacidad por llorar por la familia que ha dejado atrás, la sorprendente merienda con la negra convertida en nueva rica, etc.), 12 años de esclavitud resulta una visión demasiado parcial y poco sentida, aunque rezuma convicción y aplomo, de una parte importante de la historia reciente de los Estados Unidos. 


El film no consigue la catarsis, pero tampoco la denuncia, seguramente porque detrás del magno trabajo de Chiweter Ejiofor existe una personalidad sometida a un yugo más importante: el de un McQueen superado por la relevancia del material que tiene entre manos. Los tres largometrajes del director son el dibujo de tres individuos superados por sus circunstancias, pero en este caso la vinculación del personaje a una clase social y a un tiempo histórico hace que la proyección de lo individual a lo general sea más evidente y, por lo tanto, menos interesante y más imprecisa. Ello hace de 12 años de esclavitud un film de visionado más fácil de lo que parece, un blanco accesible para la Academia de Hollywood (lo mismo puede decirse de la ligeramente inferior El mayordomo). No sabemos si finalmente la cinta acabará venciendo en los Oscar, pero lo que sí demuestra su presencia triunfal en la temporada de premios es que determinados discursos siguen tan inmóviles como hace décadas: si los peplums del viejo Hollywood pecaban de cierta grandilocuencia y de un dramatismo llevado hasta el patetismo, productos como 12 años de esclavitud, en cuya narrativa se detectan menos florituras y al mismo tiempo la imparcialidad de los manuales clásicos, se elevan como versiones modernas, matizadas pero no corregidas, de un fácil relato de sometedores y sometidos. 12 años de esclavitud es poderosa, pero para quien escribe el gran interés del film está en esos años que anteceden y preceden a la esclavitud de Solomon: ahí estaba el terreno minado de matices y reflexiones, la película definitiva sobre la guerra entre blancos y negros que 12 años de esclavitud, por diferentes ataduras, no es. Una invitación más para abrazar la dialéctica serena y sabia de Lincoln o la vena lúdica de Django desencadenado, ambas sin abusos emocionales ni artimañas fáciles, como las grandes revisiones del pasado (más la primera que la segunda) del último cine estadounidense.


Para seguir la pista de una Norteamérica que lame sus heridas con la ayuda del cine.
Lo mejor: La brutalidad de sus escenas clímax. Algunas decisiones visuales con el sello de McQueen, especialmente las preciosas filmaciones de las plantaciones en silencio.
Lo peor: En verdad, aporta más bien poco.

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Nota: 7