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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Una película especial: Crítica de CAFE DE FLORE


Jean-Marc Vallée, tras C. R. A. Z. Y. y Cafe de flore, se impone como un creador que habla de sentimientos, que dispone las escenas como momentos fragmentarios de un estado de ánimo, que pretende cambiar el humor de la audiencia. Cafe de flore es una película especial que se compone de reflejos más que de imágenes, donde la mirada se impone al objeto mirado. Es un cine en primera persona, sensible y sensitivo, que no busca más sentido que la relación simbólica entre rostros, la conjunción de escenas que en apariencia no filman nada y diálogos que en apariencia no dicen nada. El vínculo que une las dos historias cruzadas con las que juega Vallée es mínimo y a la vez total. Hay que ver la película entendiendo que la poesía, más difícil de escribir que la prosa, admite muchas licencias. Cafe de flore es una obra libre y está dispuesta en estrofas, no en párrafos. Una lectura cabal de Cafe de flore diría que la película podría funcionar perfectamente centrándose en un solo foco narrativo, algo que además permitiría a la acción discurrir a paso más firme, sin que el espectador tenga que estar todo el tiempo confiando en el director a riesgo de que este nos deje en la estacada. Una visión romántica conectará con las rimas de Vallée y dirá que el cineasta se arriesga a caer en lo ampuloso pero siempre sale a flote con momentos de notable belleza y dureza. No es una película perfecta. No lo es porque no debe serlo y porque estructuralmente no está pensada con ese fin. El film es como esa melodía contagiosa que da título a la película. Sin saber muy bien de qué va, cuáles son las intenciones del cineasta y cómo sería la cinta con otro montaje final, Cafe de flore sigue con nosotros después de haberla visto, bien porque sus imperfecciones resultan misteriosas o porque ese misterio es terreno propio del buen cine que cala hondo. Siento total simpatía por los directores que destilan convicción y pasión con cada fotograma, que no tienen miedo a enamorarse de sus criaturas fílmicas. Por eso amo el cine de Ozon y Almodóvar. Y por eso, sin estar plenamente satisfecho con Cafe de flore, me quedo con lo mejor, al menos con lo que más me estimula de ella, aquello que sigue como eco en mi cabeza: la fantástica interpretación de Vanessa Paradis, la sublime selección musical y las extrañas ganas de digerir la película en soledad y al mismo tiempo de compartirla. Será porque el amor establece vínculos tan crueles y locos como absolutamente vibrantes: es un estado que te llena y que te vacía, que es egoísta y generoso a la par. Cafe de flore es la obra más o menos perfecta de un enamorado, y nadie debería darle la contraria a Vallée, se entre o no en su mundo. Porque puede resultar una historia del todo insoportable o bien una obra inspiradora. Según el espectador y según el momento. Cine de la imperfección, de sinestesias e hipérboles, concebido desde la radicalidad e imposible de leer desde las medias tintas. Cine, al fin y al cabo. 


Para los que entienden el cine como un viaje de ida y no regreso
Lo mejor: Su innegable personalidad.
Lo peor: No dejarse llevar por el caos de la película.

Nota: 6'5

martes, 9 de octubre de 2012

Crítica de LO IMPOSIBLE, de J. A. Bayona

La siguiente reseña no contiene spoilers 

El 'film experiencia' del año
LO IMPOSIBLE, de Juan Antonio Bayona (España, 2012)
¿De qué va?: María, Henry y sus tres hijos se disponen a pasar las navidades en la costa tailandesa. La familia vive en Japón por el trabajo de Henry. Por su parte, María es una enfermera que desde que tuvo a los pequeños dejó de trabajar. El futuro se avecina incierto hasta que un suceso cambia sus vidas y la de las miles de personas que les rodean. Un tsunami arrasa con todo lo que encuentra a su paso. María, herida de una pierda, luchará por vencer la corriente del agua y rencontrarse con su hijo mayor Lucas. Mientras, Henry es engullido por la gigantesca ola junto a los dos pequeños. Una historia real que nos cuenta las vicisitudes de una familia española que vivió en primera persona el tsunami que asoló la costa asiática el 26 de diciembre de 2004, el día en que sucedió algo inimaginable, inesperado, a priori imposible.



Reacciones del público en Sitges: El Auditori acogió el domingo 7 de octubre la cola más larga del festival. Había motivos: la sesión de Lo imposible supuso la vuelta de Bayona a su festival preferido, el mismo al que asistía cada año como cinéfilo ('ni Toronto ni cualquier otro', dijo Bayona). Bayona también se acordó de gran parte del equipo técnico de la película, que subió al escenario: seguramente entre los presentes estaban algunos de los próximos nominados a los Goya y a los Oscar (la gente aplaudió durante los títulos de crédito, especialmente a la fotografía de Óscar Faura y al guion de Sergio G. Sánchez. El no tan niño Tom Holland, que en persona recordaba a un Jamie Bell en ciernes, cerró la presentación con un espontáneo 'Força Barça': se dice que en el backstage Bayona y los suyos no perdían ripio del partido de futbol que enfrontaba el Madrid y el Barcelona. Sin duda Bayona consiguió su objetivo: al salir de la sala, incluso minutos antes del final, ya se podía oír algún que otro moqueo, y la sensación es que gustó ampliamente a todos. Un éxito que seguro se repetirá en su estreno comercial.


Valoración: A simple vista podría parecer que Bayona he elegido un tema demasiado espinoso para los tiempos que corren: evocar el tsunami que todavía sigue en nuestras retinas no parece ser la mejor estrategia para continuar el prometedor camino que inició El orfanato. Pero Lo imposible es contra todo pronóstico una película que habla de la vida, de la supervivencia, de la unión en momentos difíciles. La película es técnicamente irreprochable, atractiva, apabullante. Y además tiene la capacidad de conseguir lo imposible (o no tanto): que salgamos del cine conmovidos a la par que contentos, llenos de energía y al mismo tiempo aterrorizados. Lo imposible es un canto a la resistencia y un cuento precioso que nos enseña la humanidad que acompaña al desastre. Y contar en plena crisis y pérdida de fe una historia alentadora sobre el género humano es todo un acto de valentía. Lo imposible es una película actual que recoge la fragilidad del ser humano como pequeñísima parte de un mundo que no controlamos. También la narración del caos y la solidaridad que viene después. Hay una ola física y otra emocional que nos moja y arrasa, nos toca y conmueve. Algunos dirán que es una película sensiblera, manipuladora en su espectáculo. Pero en realidad Lo imposible es una de las propuestas más honestas, francas, transparentes y sinceras del año. Va de frente. No busca los tres pies al gato. Y se sirve del sentido de la técnica y la sensibilidad del drama (algunos la han comparado desatinadamente con Spielberg) para ofrecernos un producto puro que navega entre el blockbuster y lo intimista. Busca ser una experiencia y lo consigue. Bayona no debe pedir explicaciones, aún menos perdón, por contar su historia desde la empatía y la emoción a flor de piel. En las imágenes de Lo imposible se intuye un autor apasionado que domina el arte cinematográfico y que además se atreve a meternos en el túnel de las emociones encontradas. Bayona, más consagrado que debutante, logra la catarsis. Y además confirma sus directrices como cineasta, llámense constantes, motivos o preocupaciones que se repiten y que se remontan a sus primeros cortometrajes. Porque si en El orfanato la madre buscaba desesperada al hijo, aquí es el retoño el que lucha por salvar a su madre. Es en este apartado cuando Lo imposible se impone como historia de lazos maternofiliales contada desde el entendimiento y la nostalgia. Bayona representa el luchador y el creyente, y su última película es prodigiosa: es cine de vocación popular totalmente capaz de dejar una huella indeleble en su audiencia, y al mismo tiempo quiere ser un puente que nos ayude a comprender el horror que se vivió y que se vive ante una situación tan extrema como la expuesta. Se recuerda y se lleva a cuestas, se retienen fotogramas de forma involuntaria. En definitiva, una obra rotunda, otra más, que engrandece nuestro cine y nuestras almas. Pedir nominaciones a los Oscar, varias, bastantes, para el equipo tanto técnico como artístico, no es una osadía. No hay nada imposible. Una de las mejores películas del año.


Para los que no se resisten ante los llamados 'fenómenos del año'
Lo mejor:
La conjunción de técnica y drama.
Lo peor: En el fondo su mensaje es muy conservador.

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Nota: 8

Tráiler:

martes, 28 de agosto de 2012

Especial CHRISTOPHE HONORÉ: Críticas de DANS PARIS y LA BELLE PERSONNE

DANS PARIS, de Christophe Honoré (Francia, 2006)
Christophe Honoré vive el cine antes que la vida. Por eso lo inverosímil tiene todo el sentido del mundo en sus ficciones. Sus personajes viven al máximo, sienten y actúan de forma visceral y desenfrenada. Poesía y teatro forman parte de su existencia. Lo grave se mezcla con lo absurdo. La poesía se fusiona con el teatro. Construye y desconstruye las constantes del tiempo y el espacio sin posibilidad de saber qué es real y qué forma parte de un arrebato de pasiones desatadas. Seres frágiles que bailan y cantan, gritan y comen, follan y duermen, se pelean y se reconcilian. Pocos directores hacen que Louis Garrel, fetiche e ideal de belleza pálida y romanticismo dieciochesco de su autor, se dirija a cámara hablando al espectador introduciendo un relato que le pertenece y del que en parte es ajeno, que protagoniza y al mismo tiempo narra. A Honoré le importan más las emociones que las razones, quizás porque lo emocional carece de lógica: de aquí que Romain Duris y su ex pareja tarareen una chanson française al teléfono como si estuvieran manteniendo una discusión íntima. Una historia que contrapone la vitalidad de un hermano y la apatía del otro, la joventud del primero y el desengaño del segundo. Porque Honoré se encuentra a gusto en los contrastes. Trata a sus criaturas como amantes confesándose en la cama, y acto seguido los convierte en niños grandes leyendo un cuento infantil que termina con su conflicto interno. El sexo desaforado convive con el intento de suicidio. Una relación fraternal que roza lo homoerótico es también la crónica de un matrimonio roto de hace años, una ruptura reciente y el inicio de un amor. Una película en la que no es difícil detectar cierta impostura y aplaudir la verdad de unos actores dejándose llevar, sintiendo en sus carnes aquello que Honoré parece vivir eufórico y voyeur desde el ojo de la cámara, la mano del montaje y la pluma del guión. Garrel recorre la capital francesa de punta a punta antes de la Nochebuena, y Duris se pasa toda la película entre cuatro paredes, recordando viejos momentos y escuchando discos de otros tiempos. Tiene cierto sentido que Honoré haya titulado una de sus obras con el nombre de la ciudad por la que paseaba Ludivine Sagnier en Les chansons d'amour o Léa Seydoux en La belle personne, en la que el mismo Duris moría de cáncer en Paris o en la que el bohemio Garrel de Soñadores y Les amants réguliers encarnaba el espíritu del Mayo del 68. Una ciudad de colegios y bares, de luces y mucha vida nocturna, el mapa de las interioridades de sus personajes, el escenario de los vaivenes emocionales y sexuales de los seres de Honoré. Este París está restringido a los fanáticos de su director. Los demás ya pueden olvidarse de transitar los mundos telenovelescos de un director único. Dans Paris a veces peca de inconexa o poco consistente. Pero aun queriéndola odiar la amas. Aún queriéndola olvidar la recuerdas. Película radical y especial que requiere de espectadores a contracorriente.


Nota: 6

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LA BELLE PERSONNE, de Christophe Honoré (2008)
La princesa de Clèves es una novela francesa del S. XVII atribuida a Madame La Fayette. Se considera una obra de referencia de la literatura francesa, valorada por muchos críticos por fusionar las tendencias del romanticismo con una mayor complejidad psicológica de personajes. La novela ha sido lectura obligatoria en los institutos franceses y ha sido adaptada al cine por nombres como Delannoy, De Oliveira y Zulawski. El último en hacer su versión sui generis de La princesa de Clèves ha sido Honoré. El resultado es un experimento arriesgado en el que queda poco de la historia original y pervive un notable sentido del fatalismo de una Jane Eyre del S. XXI. Honoré antes de cineasta fue escritor, un dato que nutre sus películas y que aquí es más importante que nunca. Honoré también realiza un juego curioso: la historia la protagonizan adolescentes que seguro han leido La princesa de Clèves, y que como resultado han sido atrapados por el negativismo y la truculencia de la obra. Ejemplo de literatura dentro del cine, no de adaptación cinematográfica. La belle personne no es una versión de La princesa de Clèves, sino la historia que Honoré ha filmado bajo el influjo del libro. Tras ver La belle personne se me ocurre que el cine de Honoré no deja de ser una repetición y variación del modelo romántico fatalista de Romeo y Julieta en lo temático, y en lo formal tiene la juventud de quien lee esa historia de amores imposibles como si fuera lo más importante del mundo. La belle personne sabe a sitios ya transitados, a amores ya sentidos, a compilación de libros ya leidos; y al mismo tiempo recrea y simula la frescura de quien descubre un lugar (París) y siente el amor por primera vez, por lo que permite acercarse a La princesa de Clèves desde una perspectiva nueva, como soporte de un cuento totalmente diferente.  La belle personne es moderna y anacrónica, joven y nostálgica. Traslada las complejidades de una trama palaciega a los pasillos de un instituto. Un ejercicio valiente que a ratos parece una jugada maestra y en otros un salto a una piscina sin agua. Honoré sigue fiel a sus historias de amores homosexuales, a rimas y tópicos propios y ajenos. Esta belle personne de rostro frío podría ser una belle dame sans merci: la gran novedad es que la protagonista no sufre la trama de amores cruzados, sino que se convierte en víctima del triángulo que se forma a su alrededor. También hay que apuntar que es la película más narrativa de Honoré: siguiendo sus conexiones con la literatura, la película tiene en su corazón dramático una visita a un cine, el viaje en metro y la posterior confesión al profesor de italiano que da vida Garrel en relación a una carta de remitente y destinatario misterioso (todo en orden cronológico, ciñéndose a una linealidad inaudita en Honoré). No interpreten la radical decisión final del protagonista como una demostración de que La belle personne carece de guión porque en verdad es lo más cerca que Honoré ha estado de ceñirse a un libreto. Si acaso volvemos a estar ante un reflejo de los seres prototipo de su autor que entienden la vida en contraposición a la muerte, el blanco en relación al negro obviando toda la gama de grises. ¿No será el propio Honoré el que siente las dudas de la dama enamorada? ¿Y el que cree que nada tiene sentido y decide acabar con todo saltando al vacío? La belle personne nos enseña el Honoré adolescente que desea amar y ser amado. Como Dans Paris nos traía el Honoré más familiar, Les chansons d'amour el más libertino, 17 fois Cécile Cassard el más poético, Ma mère el más sexual, y Homme du bain el más voyeur. Que nadie reste méritos a la película más refinada de un autor de imaginación desbordante y poco dominio de las medidas.


Nota: 6'5

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Otras partes del ESPECIAL CHRISTOPHE HONORÉ:

domingo, 20 de mayo de 2012

Las nominaciones al Oscar de Suecia: Crítica de INFIERNO (Evil) y TIERRA DE ÁNGELES (Så Som I Himmelen)

EVIL (Infierno, Ondskan), de Michael Håfström (Suecia, 2003)

Evil conecta en muchos aspectos con La cinta blanca de Michael Haneke. En ambas se describen dos ambientes violentos, marcados por el machismo, el silencio, el sacrificio y el maltrato físico. Ambas son el retrato de una generación: Haneke se interesa por los niños que después fueron los verdugos del Holocausto nazi, y Hafström retrata los hijos de quienes sufrieron las dos grandes guerras. La cinta blanca obedecía solamente al estilo de su director, mientras que esta Evil viene a heredar toda una corriente de películas sobre institutos e instituciones represoras y la crónicas de aquellos enfants terribles que nunca quisieron acatar las normas. El protagonista de Evil tiene pues las características del Antoine de Los cuatrocientos golpes o el James Dean de Rebelde sin causa (de este último, además, cierta expresión chulesca, una estética, una belleza oscura), pero en la comparación Evil tiene todas las de perder. Ocurre lo mismo con La cinta blanca: ambas comparten frialdad, ambas son historias incómodas; Evil es una película con un ritmo muy logrado, con escenas impactantes, buenas interpretaciones... y es una lástima que no vaya más allá del caso que retrata para hablar de algo mayor. Como si al final al director le diese miedo generalizar y se quedara en lo individual (que no concreto). Incluso la aparición del abogado familiar en una suerte de ironía final demuestra el lado complaciente de una película que, en gran parte, es una descripción agobiante de la educación represora, más afín al fuste que a los libros, más preocupada en moralizar que en enseñar; de un campus en el que los estudiantes se retan a peleas en un improvisado cuadrilátero, en el que las novatadas son actos de extrema crueldad, en el que la amistad de dos compañeros de habitación ilumina un panorama desalentador. La primera y mejor película del sueco Mikael Hafström que, aun sin superar a su compañero Haneke, logró una justísima nominación al Oscar a la mejor película de habla no inglesa (de hecho, este blog la prefiere a la ganadora Las invasiones bárbaras). La letra con sangre entra, y tan diablo es quien pega como quien calla y no socorre al apaleado. Poco le ha faltado para ser redonda.


El diálogo: Un profesor compara el físico de los dos protagonistas ante toda la clase. La memoria de la defensa de una raza ária hiela la sangre.

La escena: El joven Erik se cuela en plena noche en el dormitorio de quienes no paran de atosigarlo y tira a su agresor un cubo lleno de heces.

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Nota: 7


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 TIERRA DE ÁNGELES (Så Som I Himmelen, As It Is In Heaven), de Kay Pollak (Suecia, 2004)
Michael Nyqvist, antes de ser el Michael Blompvist de la Trilogía Millenium, dió vida a un director de orquestra con problemas de salud en Tierra de ángeles, los segundos chicos del coro que optaron al Oscar ese 2004 (los primeros, los franceses, aunque ganó la mucho mejor Mar Adentro). La película es una historia de segundas oportunidades y buenas intenciones, el eterno relato de persona que llega a un sitio desconocido y trastoca para bien la existencia de sus convecinos. Un film bastante obvio, lleno de frases sosainas, que aún así se deja ver por ese innegable, evidente pero irresistible buenrollismo que inspiran unos personajes que caen bien y a los que les deseamos todo lo mejor. Eso sí, 130 minutos es un metraje excesivo para explicarnos cómo un grupo de cantores aficionados logra tocar el cielo, pisar Austria y poner patas arriba la rígida moral de los más conservadores gracias a un músico de prestigio. Al menos ver esa Suecia rural tan nevada sirve de consuelo para refrescar el verano. Es extraño que en su día no se reivindicase porque gustará muchísimo a un público femenino de ciudad, aunque no sé hasta qué punto gustará a esa audiencia un final que puede resultar frío y cortante (en España llegó dos años más tarde de su estreno en Suecia). Para el resto, ofrece una tarde agradable de pequeñas revoluciones a ritmo de música clásica. ¡Tengan el klínex a mano por si acaso!



El diálogo: ¿Cómo saber si estás enamorado de alguien? Escuchen las palabras de Lena, una dependienta que ha quedado prendada del 'prota'.

La escena: La mujer del párroco del pueblo descubriendo las revistas porno que su marido esconde en la librería del comedor.

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Nota: 6'5

martes, 1 de mayo de 2012

Los Oscar de Dinamarca: EL FESTÍN DE BABETTE y PELLE EL CONQUISTADOR

EL FESTÍN DE BABETTE, de Gabriel Axel (Dinamarca, 1987)
Antes de ganar el Oscar a la mejor película de habla extranjera por encima de la superior Adiós, muchacos, El festín de Babette se impuso en Cannes 1987 con el  máximo premio de la sección Un Certain Regard. En esa competición figuraba Epidemic de Lars Von Trier, que no ganó, y que para colmo se convirtió en un sonoro fracaso de taquilla incluso en Dinamarca (en España no se estrenó y la Fnac la editó en dvd veinte años después). Resultaría divertido, por no decir perverso, comparar el discurso religioso de la película de Axel ya no sólo con Epidemic sino con Rompiendo las olas o en general con toda la filmografía del director danés por excelencia. No es extraño que Von Trier confesase 'detestar' El festín de Babette, si bien tanto las buenas intenciones de ésta como la incorrección del otro forman parte de la variedad del cine danés reciente. Si en algo acertaba el realizador de Los idiotas es que El festín de Babette es una cinta acorde con los gustos norteamericanos que esconde un discurso facilón entorno a una pequeña comunidad religiosa trastocada por la entrada de una inmigrante francesa, sus habilidades en el regateo a la hora de comprar y su mano en la cocina. Con esa película el cine de Dinamarca se abrió al mundo y logró galardones de los que nunca antes había podido presumir. No representa la variedad local de su cine ni la generación de autores surgidos de la Escuela de Cine de Copenhague (sir ir más lejos, Festen no logró la nominación a la estatuilla), pero incluso hoy en día sigue siendo una ceremonia armónica que acaba con un festín que nos hace salivar (entraría en ese subgénero de cine gastronómico donde figuran Como agua para chocolate o El cocinero, el ladrón, su amante y su mujer). Una película sobre la austeridad y la misericordia, la felicidad y la moralidad, un cuento sobre férreas convicciones religiosas que se derriten ante los manjares de Babette, cuya ofrenda sirve de agradecimiento a las hermanas del film, homenaje al pastor del lugar y ejemplo de amor hacia todos sus convecinos. Un melodrama de alto copete, familiar, tan bienintencionado como agradable. La sopa de tortuga y las perdices asadas de la chef derriten las tensiones de los comensales (al estilo de los bombones de Binoche en Chocolat) y de paso las nuestras: es una película que deja buen sabor de boca sin saciar, que invita a la calma y a la reflexión, que deja un recuerdo tan memorable como el regusto de una buena comida. No es que Von Trier no tuviese razón, aunque por su perfil de inconformista nunca hubiera sido invitado a tal cena. El festín de Babette es una buena película, y no la desmerece ni el hecho de que en verdad sea una mera anécdota dentro de todo el cine danés, por lo general menos cálido y más incómodo. Von Trier se sentirá reconfortado: al fin y al cabo, como reza la protagonista, 'un artista nunca es pobre'.


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Nota: 8


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PELLE EL CONQUISTADOR, de Bille August (Dinamarca, 1988)
Pelle el conquistador ganó la Palma de oro en Cannes 1988, y aunque pocas veces lo que triunfa en la Croisette se impone en Hollywood, la película también logró el  Globo de oro y el Oscar a la mejor película de habla extranjera por encima de la española Mujeres al borde de un ataque de nervios (ese año, la cinta no inglesa más taquillera en Estados Unidos). Max Von Sydow, nominado a la estatuilla al mejor actor y recientemente reivindicado en Tan fuerte, tan cerca, nos regalaba una interpretación sutil y memorable en la que, con el permiso de Las mejores intenciones, es la película más célebre de Bille August. Todavía hoy Pelle el conquistador muestra una de las relaciones paternofiliales más tiernas de la historia del cine, una película de una exquisitez técnica y un guión tranquilo pero cargado de sentido y sensibilidad. Las dos horas y veinticinco munutos de Pelle el conquistador son un ejercicio de buen cine, la segunda obra que August rodó en su Dinamarca natal y la que le dio fama. Tras  el film se embarcó en proyectos todavía más complejos, casi siempre en Suecia o Estados Unidos (seguro que recuerdan su adaptación de La casa de los espíritus), pero nunca logró el brío de Pelle el conquistador. Así que hay que rescatarla, ya sea para gozarla por primera vez o recordarla de nuevo. La historia de un padre ya mayor y su hijo pequeño, inmigrantes suecos en suelo danés, es el punto de partida perfecto para hablar de la diferencia de clases, de amos y siervos, de los principios básicos de humanidad, respeto y convivencia. El paulatino despertar del joven Pelle garantiza un cine nostálgico que acaba en lágrimas: el niño aprende a vivir y a sobrevivir, a leer y a escribir, pero sobre todo a conocer la dignidad del hombre en tiempos difíciles, en situaciones adversas, en condiciones de velada esclavitud laboral. Al final Pelle será un hombre mayor que tomará sus propias decisiones: en él recae el legado del padre sufridor y la misión de conquistar el mundo pese a sus limitaciones. Lo dicho: una historia bellísima que es uno de los clásicos imborrables e imprescindibles del cine danés.


Nota: 9

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domingo, 19 de febrero de 2012

Todo está escrito: Crítica de MAKTUB

Sería muy fácil por nuestra parte escribir una ristra de frases en contra de Maktub, destacando su condición de película blanca y blanda, de cuento familiar y navideño, de historia azucarada y estructura pensada para arrancar con más o menos acierto y equilibrio las lágrimas y las risas de la platea. Maktub es una película que sobre el papel se plantea de fácil ejecución, pero no es así. Maktub no tiene que pedir perdón porque su principal objetivo sea que el espectador salga del cine más feliz de lo que entró. Hay veces que no se pueden racionalizar las películas. En Maktub no se puede hablar de un plano perfecto o de una frase de guión excelsa porque es una película que se dirige al corazón y no al cerebro de su audiencia. Desgraciadamente una campaña promocional confusa (era difícil explicar que la historia de un niño con cáncer podía ser la mejor opción cinematográfica de las navidades) dejó el film fuera de combate ante las propuestas de Hollywood. Ahora sus tres merecidísimas nominaciones al Goya confirman que el film vale la pena. Y como confío ciegamente en que las películas interesantes perviven, estoy seguro que el boca-oreja que no existió tras su paso por los cines sí se producirá en futuros pases televisivos o edición en dvd. Poniéndome en la mente de un crítico de cine debo reconocer que los primeros minutos del film avecinan una tontería de dimensiones exageradas, que la película cuenta con un metraje excesivo y que algunos giros de guión son o bien previsibles o bien rocambolescos. Pero como espectador que a veces reniega de los academicismos no solo disfruto más y más a medida que avanza la trama, sino que recuerdo la historia semanas después con sumo cariño. Una cinta especial que reafirma mi idea de que Goya Toledo es una de las grandes actrices infravaloradas del cine español. No desconfien de la palabreja del título: les encantará.


Nota: 6'5

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martes, 13 de diciembre de 2011

Juego de parejas: Crítica de SYKT LYKKELIG (HAPPY HAPPY, SIEMPRE FELIZ)

La vida en pareja siempre fue difícil. Y más si tu casa está perdida en la fría Noruega y tu marido no te hace ni  puñetero caso. Kaja tiene que hacer frente a la soledad, a la indiferencia de su pareja y a las mofas de su hijo pequeño. La salvación vendrá en forma de nuevos vecinos, que también esconden sus frustraciones y secretos. Del choque de esos dos mundos surge el drama y la comedia de Happy Happy, y Kaja, la heroína marginada, acaba teniendo una nueva motivación para levantarse todos los días de la cama. Aunque la historia suene y sea muy vieja, hay que reconocerle a Happy Happy una elogiable elegancia en su forma de plantear el conflicto filial y familiar. Puede que en el tramo intermedio la trama pierda fuelle y se intuya la inevitable resolución (un giro de guión típicamente noruego: en una película española tendríamos a los cuatro implicados tirándose de los pelos, liándose a tortazos y con alguna baja por el camino), pero el final no podría ser más generoso con sus personajes: hay motivos para creer en la felicidad, y la fantasía de una nueva vida más plena acaba siendo el mejor deseo tras una navidad catártica. Happy Happy es una propuesta muy sincera que no promete más que lo que da. También una invitación a vivir la vida con optimismo y sin ataduras. No sabemos si por exigencias del guión o por ese carácter nórdico que tanto admiramos desde esta parte del mediterráneo... la cuestión es que Happy Happy es una pugna de parejas que se resuelve con juego limpio, sin perdedores ni palabras gruesas: se trata de entender que nadie tiene razón y que la única verdad es la que surge al unir todos los distintos puntos de vista. Don't worry, be happy. ¡Sonrían y disfruten! Ganadora del Giraldillo a la mejor película en el Festival de cine europeo de Sevilla y representante  noruega a los Oscar 2012.


Nota: 6

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Y si te gusta esta película, no te pierdas la noruega A CASA POR NAVIDAD

miércoles, 16 de marzo de 2011

Navidades bizarras: RARE EXPORTS y A CASA POR NAVIDAD

RARE EXPORTS: A CHRISTMAS TALE
Primera reacción al acabar la película: ¿'esto' ha ganado en el Festival de Sitges? Una película de terror finlandesa que acaba siendo una comedia un tanto surrealista, dedicada a desmontar y reescribir el mito de Santa Claus. Aquí las navidades no son demasiado felices porque el abuelo con el traje rojo es lo más parecido a un Jason con mala hostia. La película está contada desde la perspectiva de un niño y la historia tiene cierta gracia: no deja de ser una fábula atípica, surrealista, friki hasta la médula, destinada al consumo rápido. El problema es que a Rare Exports le falta la mala baba necesaria para ser graciosa: no acaba de combinar con atino su corazón aniñado y su vertiente gótica. Por eso durante setenta y cinco minutos ocurren muchas cosas, pero el espectador opta por ver sin mirar. Nada interesa demasiado. Al final la anécdota se impone: hace gracia el acento nórdico del niño, la explosión final o ese mocho que pasea el pequeño protagonista creyendo que es un perro. Y tras la crítica, vuelvo a lo de antes: ¿'esto' ha ganado en Sitges? Títulos como Martyrs, Eden lake o Frontière(s), que no ganaron en pasadas ediciones, deben estar preparando sus antorchas y afilando sus cuchillos. Una película que merece un aprobado 'justico'. Nota: 5



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A CASA POR NAVIDAD
Del frío de Noruega nos llega un título que en su traducción al español podría ser el gancho promocional de una marca de turrones. La película tiene el tono melancólico de unas navidades con la familia, bajo el calor de la hoguera. El director sigue a sus personajes sin perseguirlos, y los inserta en una especie de mural tierno, entre divertido y dramático. Me gusta que, más que cruzadas, sus historias sean paralelas y que el guión no busque una resolución, ni lógica ni feliz, ni siquiera con un tono conclusivo. Al final la película es la curiosidad que aspiraba ser: espiar durante pocos minutos las vidas de unos personajes extraños durante una Nochebuena nevada. Y para ello el director se comporta como una especie de Charles Dickens, concibiendo la navidad en su dimensión más familiar, adaptándola también a la realidad del 2011: un padre separado que simula ser Papá Noel para ver durante cinco minutos a sus hijos, una mujer impotente al ver como su amante no quiere separarse de su mujer, o la tierna relación de dos niños, uno de ellos musulmán, celebrando la noche mágica mirando el cielo estrellado. Deja un buen sabor de boca, como si fuera una canción solemne y corta, entonada a coro y a capela. Cuesta entrar en su mundo silente, incluso se queda a medias en su intento de ser la extravagante historia de siempre (algunos momentos rozan el humor absurdo y casi violento). Pero... ¿quién le hace ascos a un polvorón tan dulce? Nota: 6

sábado, 12 de marzo de 2011

Cine español con caspa: NO CONTROLES y LA DAGA DE RASPUTÍN

Al final resulta que la 'chanancia' no es tan 'modenna'. A Borja Cobeaga le dedicaron piropos buenísimos, justos pero exagerados, en relación a su ópera prima Pagafantas. En No controles prometía un guión mejor elaborado y, en general, más humor marca de la casa. Una colección de chistes alternativos que está de moda en algunos programas televisivos pero que en esta No controles demuestra su verdadera naturaleza. Las gracias 'modennistas' de Cobeaga no dejan de ser reciclados, reivindicaciones trasnochadas de los vodeviles o comedias de situación de ese cine español 'de los tiempos oscuros'. El paleto, cateto, tímido, pobre idiota que antes interpretaba gente como Alfredo Landa ahora corre a cargo de rostros jóvenes y con una nueva consideración (el 'palabrejo' 'pagafantas', por no decir 'paquete' o 'tontaina'). Aunque juguemos a cambiar los términos, estamos ante propuestas de esquema similar. Todo lo que Pagafantas tenía de utópica relación amorosa, en No controles la caspa come cualquier virtud posible. Más que descontrol, lo de esta película es 'desmorone'. No nos dejemos engañar: No controles es tan rancia y facilona como otras películas a las que se les atribuye el apelativo de 'españolada' con mayor facilidad y contundencia (díganselo a la pasada Don Mendo Rock: La venganza, la presente La daga de Rasputín o la recién llegada Torrente IV). Nada funciona: el guión es torpe y pesadísimo, y los personajes nunca tienen la complejidad y la chispa de las mejores veladas cómicas. Todo ocurre porque sí, sin un trasfondo, sin una descripción de personajes o unas situaciones divertidas que sostengan el castillo de naipes. Ugalde cumple el cliché de 'vasco' y 'soso': apliquen lo mismo para la sobredimensionada Bon Appétit. Jiménez ratifica aquello que ya temía después de Spanish Movie y la serie La pecera de Eva: sólo domina una limitadísima nómina de muecas que afean su actuación.  De la Rosa sigue prestándose a ser la caricatura de la caricatura, el 'maricón' de toda la vida, mariposón y aquí ultrabronceado, que resulta una paradoja e incluso un peligro para un país que cree ser el súmum de la mentalidad abierta. Muñoz, que desnudo presentaría un atractivo extra, parece un inexperto embutido a calzador en una fiesta apolillada. Y Julián López, aun siendo lo mejor de la cinta, resulta tan cargante como un muñeco navideño del 'todo a cien'. La cereza del pastel es la vergüenza ajena que sentirán los espectadores al ver cómo se recurre a elementos 'muy nuestros' (las campanadas y las uvas de Nochevieja, la sintonía del programa Sorpresa, sorpresa y despropósitos de calado similar) para hacer reir al personal, algo que sin duda dificultará su comercialización a otros países. Estoy seguro que incluso los defensores de No controles admitirán que escenas como la de la piscina no tienen ni ton ni son, que la tensión amorosa brilla por su ausencia y que entre el público del cotillón no costaría imaginarse a Lina Morgan, la tropa muñequil de José Luis Moreno o un Esteso de la tercera edad. Un error de cálculo considerable. La primera decepción cinematográfica del 2011.Nota: 3



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En una escena de La daga de Rasputín Antonio Resines salta de un balcón para aterrizar en la parte trasera de un camión repleta de papeles y cartones. Antes de eso es hipnotizado por un analista que, dicen, 'es muy bueno porque salió en un programa de Telecinco' (demostración de las 'churrescas' dimensiones de la jugada). Y después de esta antológica escena (léanlo en clave irónica, porque, ¡glups!, es lo mejor de la película), la tropa que ya habíamos visto en El oro de Moscú corre rumbo Rusia. En esta descripción se sintetiza el estilo y (mal) gusto de la nueva película de Bonilla. La idea de mezclar cine de aventuras con personajes imbéciles y momentos comiqueros sí funcionaba en El oro de Moscú, sin ser esta ninguna maravilla. Pero La daga de Rasputín se revuelca y se recrea en lo cutre, acumula despropósitos, como esa camioneta repleta de basura. Poco interés, por no decir ninguno, tiene una propuesta tan casposa, una comedia que no tiene ninguna lógica y que parece un chiste privado, una gracia velada que sólo divierte a los propios actores de la película. Porque ver a Andrés Pajares y Juan Luis Galiardo con mostacho y acento ruso tuvo que tener su gracia entre bambalinas, en un rodaje entre amigos. Incluso se intuye ameno el diseño de esa escena en la que un helicóptero atrapa el coche policial en el que se encuentran el trío de pringados. Me imagino a Bonilla, infame actor y realizador, riendo cada vez que su mujer en la ficción María Barranco exagera cada una de sus muecas y chistes. Pero el espectador no es partícipe de esa diversión o comicidad: la película es una continua sucesión de atropellos y sonrojos. Sólo una cosa justifica el visionado de una opereta mala que, con la daga del título, debería pedirnos disculpas y acometer su haraquiri: Carolina Bang, cuyo atractivo, sin llegar a catalizar el desastre, alegra la vista y aporta vigor a un reparto entre lo añil y lo cañí. Crónica de un desastre anunciado. Ni intenten desvelar el contenido de la matrioska: no hay nada de nada. Nota: 2



miércoles, 14 de abril de 2010

YO, TAMBIÉN 7 / 10

Las alegrías del cine español del año pasado vinieron de las óperas primas, una tónica ya habitual que demuestra la salud y la variedad de nuestra cinematografía. Yo, también, desde cuyo título reivindica su espacio en este interesante mosaico de artistas y ficciones, ha contado además con el beneplácito de los premios: desde el Festival de San Sebastián hasta los Goya, por sintetizar la extraordinaria carrera de la película. No hay duda que estamos ante una cinta de tono amable, auténtico imán de jurados y votantes de distinto calado. Si a priori parece enmarcarse dentro de los esquemas del cine social, lugar común, campo de minas para nuevos cineastas españoles, Yo, también acaba contando una historia de amor atípica y utópica: la de una chica teñida e indomable (carente de afecto) y la de un treinteañero que, pese a su Síndrome de Down, se estrena en el mundo laboral tras largos años de estudios (carente de sexo). El libreto no apunta muy alto, pero los actores, con sus miradas, gestos y voces (en general: química), dan solidez y credibilidad a una cinta sobre discapacidades físicas y emocionales, atrofias que se ven y otras que se sufren en silencio, la soledad del que quiere y la difícil situación del que se sabe querido sin amar. Yo, también es poética, a ratos obvia y básica, siempre simpática y de admirable ternura. No es una película perfecta pero, si los personajes evitan ser normales, lo mismo ocurre con el conjunto: de ello dan fe una cámara frenética (retiene la rabia y la calma de la relación amorosa), una música joven (Milkyway siempre es un valor seguro) y una loable intención por mezclar lo comprometido con lo lúdico, siempre conectando con lo humano y universal. Buenas intenciones, óptimos resultados; sea como sea, un film exportable a otros países, valiente.


Yo, también logra que el espectador asuma como fácil retos que, a nivel técnico, son bastante complejos. Un rodaje a caballo entre Sevilla y Madrid es la excusa perfecta para narrar la vida de dos ciudades, dos idiosincracias que se mezclan en nuestra geografía (el ritmo andaluz, zalamero, simpático y cálido; la multitud de la capital, escaparate de colores en una típica Nochevieja en la Puerta del Sol). La contraposición de familias desestructuradas (la de ella) y familias fuertes, dominadas por una figura materna incansable (la de él). El mundo de pasillos, oficinas y fotocopias, la marcha nocturna de bares y cervezas, una refrescante escapada a la playa... Yo, también nos propone un viaje sensible hacia el alma humana en un espacio que muta. Tan niña es Lola Dueñas, herida por un secreto que no sabemos, como esa inocente pareja de Síndrome de Down que se escapa para disfrutar de su particular noche de bodas. Una película para gente viva, para los que tengan prejuicios (sin fundamento) hacia el cine patrio, para grandes y pequeños... para todos.


martes, 14 de abril de 2009

UN CUENTO DE NAVIDAD (UN CONTE DE NOËL) 10 / 10

La modernidad ha traido consigo unos avances científicos y tecnológicos que deberían hacernos más felices, facilitar nuestra existencia y ensanchar nuestras libertades. Lejos de ello, el humano pretérito y venidero siempre fue y será esclavo de su condición como especie, como miembro de una comunidad, como peldaño único de esa institución tan diabólica llamada familia. Nacer implica aceptar ataduras, asumir responsabilidades, tener una confección genética que nos condiciona, al igual que nos condiciona nuestro entorno o gente cercana. Un cuento de navidad expone todos estos temas (amargos, eternos, universales) desde un enfoque muy diferente, provocando, problematizando e ironizando sobre el ser humano y sus fantasmas. Amargura sin efectismos y con un humor negro, negrísimo.



El cine europeo en general y el francés en particular han fabulado sobre la familia, sus características, posibilidades y claroscuros. La Nouvelle Vague supuso una ruptura en toda regla con los modelos sociales establecidos, una visión crítica del mundo que daba la bienvenida al capitalismo. La huida final del niño protagonista de Los 400 golpes encierra un resentimiento hacia el hermetismo de la escuela y la familia, entendiendo tales organismos como cuestiones falsas, fruto de una convención o pacto que la sociedad acata porque, al fin y al cabo, el colectivo precisa de esquemas, etiquetas y prejuicios. La historia de Jules et Jim no era tan inocente como parecía: el ménage a trois (luego recuperado por Bertolucci en Soñadores) escondía un canto a favor de la independencia, la demostración de que otro tipo de familia era posible. El concepto de familia se ha ido alambicando y fraccionando, el término ha evolucionado y las posibilidades cinematográficas que este ofrece también. Las familias burguesas de Claude Chabrol, los personajes inestables de Michael Haneke, la reunión familiar (y posterior confesión) de Celebración o las taras de los seres de La boda de Rachel han seguido reflexionando, desde perspectivas y estilos distintos, sobre una cuestión imperecedera, polémica, de sumo poder para ser el eje de nuevas ficciones. El film que nos ocupa es una de ellas (y de las mejores).



Un cuento de navidad (título irónico para la que es una tragedia shakespeariana, una destrucción de los trucos fáciles y sentimentaloides del cine navideño) presenta personajes con carencias (emocionales, mentales, genéticas, económicas) y sentimientos truculentos (tristeza existencialista, rencor, odio descarnado, tendencia al suicidio), todos ellos piezas de ajedrez que juegan a defenderse y a matarse, bestias desgraciadas que no comulgan con el mundo de las apariencias. La protagonista está enferma, pero, lejos de ser la víctima del relato, es una egocéntrica matriarca que no guarda ningún afecto por sus descarriados retoños: la familia es algo impuesto y postizo, la locura se hereda y el instinto maternal acaba siendo un término tan abstracto como falso. Cine de personajes y diálogos, Un cuento de Navidad es una hipérbole cargada de verdades y símbolos, elementos sazonados con una ironía cortante, brutal, nunca vista hasta la fecha. Cada uno debe descubrir por sí solo las complejidades de una obra maestra que disecciona de forma brutal y sin anestesia la feria de las vanidades que encierra cualquier reunión familiar. Una historia de locos sobre locos, tan compleja como satisfactoria.



Desplechin opta aquí por un estilo singular, tan variado e inestable como la fauna que retrata el film. El humor del artista queda reflejado en la fragmentación de la historia en capítulos, en el cuento inicial de sombras chinescas (la semilla del caos, el principio del desastre) y en pequeños saltos temporales que incluyen una inicial e individual presentación de cada uno de los personajes. Desplechin crea en tercera y en primera persona (los personajes hablan a cámara a modo de documental), construye una poliédrica voz narradora (tan literaria, memorable, socarrona y malvada como la de Barry Lyndon o Dogville), erige concienzudo una historia que no merma en fuerza e interés: de aquí que Un cuento de navidad, armónica unión de cantidad y calidad, pueda llegar a saturar en su primer visionado. El cineasta, ayudado por las excelentes aportaciones de sus actores, consigue una trama añeja y a la vez moderna, un cuento maldito situado entre la tradición y la ruptura, entre el clasicismo y la desautomatización.



Hay mucho por diseccionar en Un cuento de Navidad, pero la crítica debe contener su entusiasmo: disfruten de la película antes de que la premsa desvele sus bondades. Penn y sus compañeros de jurado premiaron en el pasado Festival de Cannes a La clase (Entre les murs), discutible retrato del mundo educativo (ligado, curiosamente, a los corsés realistas de la Nouvelle Vague). La gran ganadora es, pese a todo, este dardo venenoso que habla más y mejor que la propuesta de Laurent Cantet (fíjense: Un cuento de navidad funciona como retrato de una verdad al límite pero plausible y como un producto estético, ficticio, cinematográfico; una simbiosis entre realidad y ficción, entre contenido y forma que no consigue La clase). La familia unida jamás será vencida... y las que no lo están, también.

jueves, 26 de marzo de 2009

FROZEN RIVER (RÍO HELADO) 8 / 10

La fina capa de hielo que pisan las protagonistas de Frozen River remite a otra capa más metafórica: la delgada línea que separa lo moralmente correcto de lo corrupto. Ese escenario de hielo alegórico congela los fotogramas de esta lúcida ópera prima, pequeña vuelta de tuerca al estilo de Fargo y Aflicción. No pueden desvelarse demasiadas cosas del argumento, pero debe subrayarse su tempo in crescendo y su compleja resolución, broche de oro a la que se acaba convirtiendo en una atípica y radical historia de solidaridad entre dos lobas heridas. El rostro magullado de Melissa Leo, multipremiada por su caótica Ray, redondea un relato pequeño, un thriller bien escrito y dirigido con sobriedad.

Courtney Hunt orquestra una trama de soledades y madres frustradas, un mapa de precariedad económica y familias rotas. El tráfico de personas, más allá de cualquier crítica facilona, es utilizado aquí para entrar en el terreno del thriller y alterar las convenciones del drama. A esta sabia combinación se le suma la gravedad de una tragedia fronteriza, la tensión de una road movie criminal, la maestría de un western grisáceo. Existe la extraña sensación de haber asistido a la victoria de lo sencillo y a la reinvención del concepto indie (¿adjetivo o sustantivo?), etiqueta discutible, últimamente alterada por comedias de menor entidad. Tras La boda de Rachel, ejercicio que también buscaba reflexiones en voz baja, el espectador comprometido con el mundo y con el cine de qualité tiene una cita obligada con el hielo, el moho y la amargura de Frozen River. Antes de que algún crítico avispado la reivindique como una de las mejores películas del año, deben anotar Frozen River en la lista de visionados obligatorios. Cojan el consejo: aún no se ha estrenado en España.

viernes, 6 de marzo de 2009

EL CANT DELS OCELLS 8'5 / 10


La literatura describe el mundo real desde la palabra, y es esta la que puede y debe alterar la realidad, crear una estructura narrativa, defender una trama de interés ciñéndose a las reglas de lo que no es pero que podría suceder. La palabra es a la literatura lo que la imagen al cine porque la concepción formal de toda película acaba afectando a los personajes y al argumento inicial. En esta batalla entre contenido y continente, una rara avis como El cant dels ocells se plantea como una interesantísima propuesta que deslumbra por su puesta en escena, aunque muchos defenderán que la historia, el material a narrar, es inexistente. Albert Serra no ha estudiado cine y rueda como quiere y como puede; su mirada guarda la conciencia de un autor íntegro y la autocomplacencia de quien, sin imponer sus ideales, cree que los suyos son los correctos ante una sociedad vampirizada por la rapidez y el sensacionalismo del lenguaje televisivo. Todo ello hace que El cant dels ocells funcione como antítesis del cine actual y sea bella en su discurso casi demodé, con una marcada tendencia al silencio y al misterio. Rodada en blanco y negro, El cant dels ocells nos cuenta el devenir de los Tres Reyes Magos en busca de Belén, una muestra de que Serra recurre al mito para hablar de lo humano (los reyes son frágiles, discuten por nimiedades, se pierden y no encajan en la preconcebida estética que tenemos sobre ellos). Aunque puede entenderse como un ejemplo por rescatar la esquemática y enclenque religiosidad de la sociedad actual, el film se asenta sobre una bella fotografía, catalizadora de estampas para el recuerdo. He aquí la solución al misterio: la forma, el continente, aporta paz a los espectadores y se convierte, más allá de un tema o contenido concreto, en la base que convierte la película en una experiencia religiosa. Serra actúa cual Passolini o Dreyer, desconstruye las reglas del cine contemporaneo y ejecuta un pozo incesante de dudas, diálogos casuales y dualidades lingüísticas (aquí en catalán y en hebreo). El cant dels ocells solo será entendida por Serra, pero poco importa: la pregunta eleva y eterniza el enigma, la respuesta lo vanalizaría.