

Prefiero comentar los aspectos que más me han gustado del film. Empiezo por destacar la narración a dos tiempos: la trama criminal que sucede en 1979 y la actualidad, ya en nuestro siglo. Campanella utiliza el mecanismo de forma poco convencional porque el espectador nunca sabe si está asistiendo a los recuerdos subjetivos de Benjamín, si vemos la realidad objetiva paso por paso o, como se dice en el film, si se explican sombras chinescas, recuerdos de recuerdos. Otro punto importante es la gran construcción de los carácteres secundarios, elemento que amplía las fichas del tablero y redondea la partida. La mezcla de géneros también es notable: aquí reposan en sintonía momentos de comedia exagerada (la regañina que recibe Benjamín por parte de su jefe), comedia visual (nuestros protagonistas perseguidos por un perro con malas pulgas), cine de acción con ejes dardennianos (la única e inigualable escena del estadio), el relato romántico (la mano que reposa sobre la ventana del tren) y el thriller de mafiosos (la muerte, evocada, tal vez real, del compañero de despacho de Benjamín). Y aún nos dejamos momentos de suma fuerza como el modo en el que el personaje de Soledad Villamil intimida a Gómez en los juzgados... porque El secreto de sus ojos, por partes, es excelente; y, en conjunto, notable, no perfecta.

Otro elemento a destacar es la simbología de los ojos, alma de la película y de sus seres. El secreto de sus ojos es la película en la que más veces sus personajes se ponen y quitan las gafas de forma insistente. Los ojos verde agua de Darín con la elegancia de Villamil, todo enlazado con una metáfora sobre la pasión y la fidelidad: a un trabajo, a un amor perdido, a un caso antiguo aún por resolver... incluso a un equipo de fútbol. Sin apasionar, el film desfila sólido durante sus dos horas de idas y venidas, de confirmaciones y rupturas. Una película cálida que seguro disfrutaremos más y mejor en próximas revisiones.