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lunes, 19 de marzo de 2012

Criadas y señoras: Crítica de LAS CHICAS DE LA SEXTA PLANTA

Hace poco vi en televisión un documental bastante curioso. Explicaba la vida de varias familias andaluzas que ante la crisis se habían ido a trabajar como jornaleros a Francia. Muchos se llevaban a padres y a hijos, dejaban sus estudios o sus trabajos precarios para ganar un poco más de dinero en el país vecino. Para muchos ese viaje, casi siempre en temporadas muy concretas, era una rutina y una forma de ganarse el pan allá donde podían y como podían, aunque fuese lejos de sus casas. Todavía ahora un payés francés gana más que otro español, y todavía siguen los clichés culturales según los cuales para nosotros 'los alemanes son muy antipáticos' o 'los ingleses son unos sosos'. Un franco, 14 pesetas hablaba de los primeros inmigrantes que en plena posguerra se fueron a Suiza para salvar la economía de los suyos. Obviamente ha cambiado el contexto social, incluso se han cambiado las tornas: ahora España es el país europeo que acoge más inmigrantes. Les femmes du sixième étage no se distancia demasiado del film de Carlos Iglesias: a modo de comedia facilona, vuelve a enseñar las diferencias sociales entre criadas y señoras a partir del cliché extranjero de que los españoles son/somos gente de sangre caliente, holgazanes y con tendencia a la fiesta. Tópicos conocidos y reconocibles. 'Verdades' que no han perdido ni un ápice de actualidad. Tras Bienvenidos al norte, la comedia francesa ha vuelto a encontrar en la confrontación de culturas y acentos la clave del éxito. Les femmes du sixième étage, en su obligatoria versión original, es un fresco cuento bilingüe sobre un hombre cansado del encorsetado círculo burgués que frecuenta, y que acaba prendado de la frescura de las criadas españolas que habitan en el último piso de su edificio. Que el guión obligue a una gallega a bailar flamenco es un error cultural que los franceses no detectarán pero que a más de uno pondrá muy nervioso. Realmente Les femmes du sixième étage es bastante reduccionista a la hora de describir esas empleadas del hogar españolas en el París de los 60, pero nadie podrá negarle su festivo sentido del entretenimiento con pinceladas de retrato social.


Obviamente hemos cambiado mucho unos y otros, y aún así en lo más básico siguen mediando diferencias. No solo porque muchos licenciados tengan que salir de nuestras fronteras para encontrar trabajo o porque la citada familia de jornaleros tenga que recoger uva en campos del extranjero. Seguimos teniendo un complejo de inferioridad endémico, y en parte, y como se ha demostrado en esta debacle económica, somos un país de segunda en el concierto social y económico del continente. Como ven es imposible no acercarse a Les femmes du sixième étage desde el presente, y no desde el microcosmos de posguerra que retrata. Al menos la película sirve para que encaremos el asunto con cierto sentido del humor. Seguro que, aunque nos echemos las manos a la cabeza, esas mujeres chillonas, supersticiosas, valientes y orgullas resultarán tipos muy cercanos de la España de ahora. Aunque también hay una doble lectura, esta ya muy concreta en lo cinematográfico, que esperemos no resulte profética: tal y como están las cosas, ¿tendrán que irse talentos locales como Lola Dueñas, Carmen Maura o Natalia Verbeke a Francia para trabajar? Por el momento Les femmes du sixième étage no se ha estrenado en España pese a su gran éxito en Francia. Será que en cuestiones idiomáticas y cinematográficas, en general culturales, seguimos a la cola del tren de Europa (porque obviamente la película sólo se puede distribuir con subtítulos). O que, como decía Tarantino en una escena de Malditos bastardos, 'la concepción de autor forma parte de las raíces de Francia' (y añadimos: 'no de España').


Nota: 6

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miércoles, 29 de junio de 2011

Dany Boon mola: Críticas de NADA QUE DECLARAR y MI MEJOR AMIGO

NADA QUE DECLARAR (RIEN À DÉCLARER), de Dany Boon (Francia, 2010)
Dany Boon ha encontrado un filón cinematográfico en la mezcla de culturas y lenguas, describiendo las tensiones entre pueblos y filmando en clave de comedia costumbrista todos esos clichés que pueblan nuestra lengua habitual y el imaginario colectivo de toda una sociedad. Por eso no cuesta conectar con esa lucha de intereses entre dos agentes de aduanas, uno francés y otro belga, éste último dedicado a sembrar el odio hacia los 'gabachos invasores': podríamos ver en las viñetas que conforman Nada que declarar a dos policías españoles, uno madrileño y otro catalán, despotricando uno del otro, riéndose de sus acentos y al final percatándose que entre ambos median pocas diferencias y unen muchas similitudes. El tono paternalista y facilón se intuye desde el primer minuto, y más teniendo a Bienvenidos al norte como antecedente muy cercano en el tiempo. En esa ocasión actuó el 'factor novedad' y el tono blanco de la historia estaba al servicio de una agradabilísima historia de amor. Nada que declarar, continuación temática de aquella, pierde frescura por el camino, y de paso nos brinda ese guardia belga tan pesado, tan irritante, tan histriónico, tan caricaturesco, tan desbordado por los excesos de un guión preocupado en subrayar las diferentes nacionalidades de unos y otros. Hay que admitir lo que muchos ya escribieron a propósito de Bienvenidos al norte: los éxitos del cine francés, capaces de aunar popularidad y buenas reseñas, distan de nuestras 'torrentadas' bobaliconas, herederas del cine de barrio de antaño. Y a eso, añadir otra verdad: sin llegar a ser una copia de la copia como Bienvenidos al sur, Nada que declarar es una repetición innecesaria e insuficiente de esas fronteras sociales, morales y geográficas que ya conocíamos. Ojalá el bueno de Boon se dé cuenta de que su brillante idea ha tocado techo; o mejor dicho, que ha cruzado esa línea fronteriza que separa el buen cine familiar del engañabobos rompetaquillas. Boon ya se ha negado a realizar el remake norteamericano de la historia: señal de que Boon sigue siendo un genio.


Nota: 5


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MI MEJOR AMIGO (MON MEILLEUR AMI), de Patrice Leconte (Francia, 2006)
Una comedia sobre la amistad. ¡Acaso hay algo más complejo que la amistad! ¡Acaso la comedia no es el género más difícil de acometer! Constantemente oímos la historia de dos amigos íntimos que de la noche a la mañana se separan y se enemistan para siempre. Amantes que de pronto se separan y no quieren saber nada del otro. Personas hablando con otras por la calle con su teléfono móvil. ¿Pero qué es la amistad verdadera? ¿No habremos devaluado el verdadero significado de esa palabra porque en el fondo nos cuesta establecer lazos profundos con los demás y tenemos auténtico terror a la soledad? El marchante que interpreta Daniel Auteil en Mi mejor amigo tiene diez días para encontrar esa alma gemela que pocos tienen y que la sociedad nos obliga a conservar a toda costa. ¿Pero cómo hacer que un señor tan materialista, enamorado de su trabajo y de sí mismo, capaz de mimar un jarrón de diseño pero incapaz de compartir sus sentimientos con la mujer con la que se acuesta, entienda el verdadero valor de la amistad? Quien tiene un amigo tiene un tesoro y Dany Boon, un taxista solitario, será la solución para que el protagonista gane una apuesta y de paso reciba una lección de vital importancia. Eso es Mi mejor amigo, una comedia aparentemente intrascendente que esconde una historia contada con elegancia que nunca sucumbe a la exageración, al gag, al chiste zafio. Puede que no rían demasiado, pero seguro que después de verla pensarán un poco sobre el concepto de la amistad. Ahí está Leconte, uno de los grandes, para demostrar que las cosas más serias pueden y deben enfocarse desde el humor. Una película reveladora.


Nota: 7

miércoles, 23 de marzo de 2011

Remake, copia, remix sin sentido: BIENVENIDOS AL SUR

Nuestros vecinos italianos ya tienen su remake del fenómeno francés Bienvenidos al norte. Lo mismo, pero mirando hacia el sur (en otras palabras, a la punta de la bota). Porque 'gli italiani' se han limitado a copiar y en el mejor de los casos adaptar los chistes de la premisa original. Obviamente, la cinta tiene su gracia en un ámbito nacional (de ahí que sea la cinta italiana más taquillera del año pasado), incluso pasa por una comedia bastante potable si se desconoce el original galo (algo a estas alturas harto imposible), pero no supera la prueba como versión independiente con personalidad. Miniero sólo innova en la figura de la mamma italiana, aunque el carácter 'mammone' de los italianos no es ninguna novedad, ni tan siquiera para el público español (esta faceta del italiano medio quedaba mejor sintetizada en la reciente Pranzo a Ferragosto). Vaya, que si lo que se quería era filmar la 'versión mediterránea' del cuento (eufemismo de 'explotar la gallina de los huevos de oro'), la película naufraga en un mar de clichés, tópicos y convenciones que nunca fueron geniales, aunque en el anterior film francés eran una novedad. Me pregunto cuando se realizará la versión ibérica, aunque en España tendrían que cambiar casi radicalmente la idea de 'empleado de correos se muda al otro extremo del país' (aquí somos más bestias y menos ingenuos). Aunque bien pensado ya tenemos Al sur de Granada, una curiosa exploración de lo que sucede cuando coinciden, por no decir chocan, dos culturas tan diferentes como la inglesa y la vida en las Alpujarras andaluzas. Sea como sea, Bienvenidos al sur me sirve para corroborar que el cine italiano actual juega dos ligas por debajo del nuestro. Ellos saben promocionar un par de películas clave de forma insistente, y de esta estrategia salvan las cifras de taquilla y logran sagas como la inane Manuale d'amore. A nosotros nos falta ese brío comercial, pero en valores artísticos y variedad no nos gana nadie. Porque Bienvenidos al sur es una película 'molto antica, piena di luogi comuni'. Tan diferentes y tan iguales, como el carácter milanés y napolitano, aquí confrontados mediante la ley de lo lógico.


Nota: 4

viernes, 28 de enero de 2011

Crítica de EL DISCURSO DEL REY (THE KING'S SPEECH)


La más nominada a los Oscar del año. La que mejores mantenimientos está viviendo en su paso por las salas españolas. La mejor interpretación de Colin Firth, que aquí pasa a tener un lugar reservado entre los más grandes. El discurso del rey es muy british: grandes actuaciones, decorados estupendos, buenos diálogos. La historia del rey Jorge VI, alias 'el tartamudo', es una comedia recatada, con mucha clase. Tiene momentos tiernos. También escenas graciosas, casi todas gracias al gran Geoffrey Rush, el logopeda de métodos poco ortodoxos. La película sabe calibrar su premisa: saber si Jorge, padre de familia, hermano tímido, rey acomplejado, superará sus miedos con ese discurso que no puede, pero que quiere y debe enunciar dirigiéndose a toda la población de Inglaterra. Historia de superación, comedia familiar de buenas intenciones. Vaya, que El discurso del rey es una película muy agradable, pero a la que esas 12 candidaturas a la estatuilla le vienen grandes. Incluso tratándose de un monarca. No se equivoquen: es una buena película y a nadie le molestará si se lleva la corona del Oscar dentro de un mes. Tendrá muy justos, por lo menos, tres premios: actor protagonista, vestuario y dirección artística. Pero, sinceramente: ¿no es El discurso del rey una teleserie un poco mejor escrita y rodada de lo habitual? ¿No representa un tipo de películas 'blancas' un tanto desfasado, el prototipo que gustaba a la Academia en los 90 y que no premia desde el atrofiado Gladiator del 2000? Aunque las preferencias de los académicos se guían por un proceso cíclico: después de la valentía que supuso valorar a The hurt locker por encima de Avatar, no hay opción más segura que las bondades de una producción monárquica, clasiconda y bien resuelta, para los públicos de todas las edades y de todas las partes del mundo. Ahora el mundo también vive un momento convulso: Jorge VI tuvo que hacer frente a la Segunda Guerra Mundial y no nos vendría mal que resucitase para coger nuestra crisis económica y de valores por los cuernos. El interés vuelve a estar en un discurso: el de agradecimiento por su posible hombrecillo dorado. La favorita sorpresa de unos Oscar con películas interesantes y sin obras maestras.


Nota: 7

miércoles, 4 de noviembre de 2009

¿QUIÉN VELA POR EL BUEN LENGUAJE EN LAS PELÍCULAS?

Estos días se ha hablado mucho de la nueva Ley del cine, un apunte que cambiará el sistema de distribución y estrenos en Cataluña. Siempre me mostraré en total desacuerdo con el doblaje, ya sea en castellano o en catalán. Todo lo que no sea defender la versión original subtitulada supone un atentado contra el cine, su magia y sus trabajadores. Pero este post no quiere ser una crítica a esta ley tan inminente como tontorrona. La excusa de dicha ley nos sirve para reflexionar quién vela por el lenguaje en el cine. Y, para ello, nos remitimos a gazapos y curiosidades. Una imagen vale más que mil palabras... y las palabras, de suma importancia, pueden alterar toda imagen. Una unión digna de análisis.


Muchos se habrán percatado del particular doblaje español de Si la cosa funciona. La chica protagonista, una pueblerina que prueba suerte en la gran urbe, habla con acento andaluz, dejando un '-ao' misterioso en cuanto puede. El enigma no reside en la 'd' que se le resta al participio, sino a las cabezas de algunos dobladores y distribuidores. ¿Al tener acento 'local' entendemos que el personaje no es 'de la capital'? ¿optar por un dialecto implica que el personaje debe ser más chistoso, más bufón, más inculto? En esa estrategia por incluir un habla dialectal frente a otra 'normativa' reside un prejuicio lingüístico muy sutil, aunque presente e hiriente. Y, paralelamente, el cambio permite que el público español, que no conoce Nueva York, pueda sentirse indentificado con la historia. De forma inconsciente, la audiencia se situará en Madrid o Barcelona, mientras que el pueblo de la joven restará situado en una zona desconocida, pero de raíz española. Algo similar ocurrió con Bienvenidos al norte: como no entendemos los rasgos dialectales entre el francés y el 'ch'tis', el doblaje opta por utilizar confusiones lingüísticas que pueden resultar graciosas para el público español. En ambos casos, el doblaje altera considerablemente las lecturas y la esencia del film, acercando su contenido a la problemática lingüística nacional. Estamos ante dos buenos doblajes porque consiguen su objetivo sin que el espectador se percate del truco. Cosa de magos...




Pero hay casos más graves. En el tráiler español de My sister's keeper, un fotograma reza que el estreno es ' de los creadores de El diario de Noah'. Este analista jura haber visto 'Noa' en algún cartel, revista o programa de televisión de hace unos años. La 'h' es muda, pero aquí aporta un toque yanki, exótico (el público sabe que, con la 'h' final, está ante una película americana). El matiz se amplía porque Noa es nombre de mujer: ahora el diario ha cambiado de propietario. Ya no se trata de cambiar por completo el título (que ocurre) o conservar el título original inglés (que también), sino entender que cada letra es importante. Para asegurarse de que el público recuerda el film de Ryan Gosling, el tráiler de My sister's keeper presenta el título 'El diario de Noah' con la misma tipografía (o sea, tipo de letra) que su cartel original. Toda una incoherencia. De la misma forma, juro haber visto Dancer in the dark, la obra maestra de Lars Von Trier, escrita como Bailarina en la oscuridad, Baile en la oscuridad o Bailando en la oscuridad en cadenas de televisión y diarios de tirada nacional e importancia canónica. Seguramente, nuestros críticos se habrán confundido con los títulos que el film tuvo en otros países. Poco sirvió la coreografía de Björk si nadie sabe que su musical se tituló Bailar en la oscuridad. La excusa de que tuvo un nombre diferente en Latinoamérica no sirve. La confusión es total. También nuestra indignación.




Y nos acercamos a un terreno pantanoso: el de las faltas ortográficas. La RAE considera que 'solo' nunca va acentuado, ya funcione como adjetivo o como adverbio (igual valor que 'solamente'), algo que supone una sorpresa para muchos (me incluyo). El error está muy extendido, incluso en editoriales y demás autores de prestigio. La Academia parece entorpecer el discurrir de la lengua: ¿por qué no aceptar un error que todo el mundo parece desconocer? A la vez, también podríamos considerar que escribir bien no cuesta nada y que la norma de la RAE no es tan difícil de entender y de seguir. En este dilema están quiénes ponen título a las películas. Á la folie... je m'en fou se estrenó como Sólo te tengo a tí, pero Díaz-Yanes, que debió hacer una conjura con los académicos de letras (los de cine no: solo ganó un Goya técnico... ¿o el solo va con acento?), tituló su obra Solo quiero caminar. Puede que el cartel de Solo quiero caminar no incluya el acento al considerar que son letras mayúsculas, pero las mayúsculas, por muy grandes que sean, deben llevar sus acentos pertinentes. ¿Yanes ha escrito bien el título a conciencia o por pura chiripa? Rastreen la web y verán 'Solo quiero caminar' escrito de muchas formas (también verán averraciones como Sólo negocios, Sólo Diós sabe, Sólo un beso, Sólo un sueño o Sólo mía). A nivel personal, admitiría el acento en caso de confusión entre adjetivo y adverbio, pero hay algunas construcciones que no admiten error (lo mismo debería aplicarse con 'este' y 'éste', aunque la RAE acabe acunando las dos posibilidades). Como estudiante de Filología Hispánica, el lío aumenta porque cada profesor enseña estas cuestiones a su forma. La insignificancia de un acento elevada a asunto de estado.



Y para acabar esta ristra de rarezas, culminamos la entrada con la película Yo, también. Muchos diarios, bastante básicos al escribir sus carteleras, titulan el film 'Yo también'. La coma parece gratuíta, aunque no lo es. Solo con esa coma, el espectador sabe que el film es un canto a la libertad y a la independencia. Por pura musicalidad, el acento refuerza el 'yo' inicial y cambia la semántica del título. 'Yo, también' es un grito, una forma de decir que uno también existe y que tiene los mismos derechos que los demás. El acento de la 'e' de 'también' es igual de vital: dota al conjunto de fuerza, vigor, energía, decisión (a nivel técnico, tonicidad). Optar por 'Yo también', ni que fuera por despiste, iría en contra del alma del film. Todo ello, en conjunto o por separado, es un embrollo considerable. Sean críticos con el cine, pero también con las letras que le dan nombre, cara y voz.

martes, 22 de septiembre de 2009

PREJUICIOS LINGÜÍSTICOS Y CINEMATOGRÁFICOS

El doblaje fue una artimaña de los regímenes dictatoriales. Franco y Mussolini obligaron a doblar todas las películas y, de paso, caer en la falsa creencia de defender el idioma propio. Si Italia y España viven tan atadas al doblaje es, en parte, por culpa de personas que ya no existen y que han perpetuado la injusticia. El doblaje es una dictadura. El actor es el primero en sufrir las consecuencias y ve alterada su participación en series o películas. Un cambio del tono de voz, una simple referencia que se adapta o elimina, puede tirar al traste el trabajo de muchos meses. Luego está el doblador, figura mandada e invisible que colabora en este régimen detestable. Y, para terminar, tenemos al espectador, la persona sin voz que acata la rutina. Y cuando la acata, la está aceptando. La víctima está tan acostumbrada a la opresión que tiene miedo de una libertad desconocida. La gente se deja llevar por prejuicios, cree que leerá y que no se entretendrá. Curioso, porque el sistema nació también de prejuicios; diferentes, pero igual de peligrosos. La historia se repite.



El nivel de doblaje en un país es proporcional a su nivel de riqueza lingüística. Los niños daneses ven sus dibujos animados con subtítulos y, ya en el instituto, demuestran una soltura absoluta con el inglés. Los países del norte son un ejemplo a seguir y la franja del mediterráneo queda relegada a la ignorancia más rancia y molesta. Proyectar una película en versión original subtitulada es un atrevimiento. Igual de heroico es poder ver en España un film subtitulado fuera de las grandes ciudades. Los subtítulos son generadores de cultura, sinónimo de respeto y arma vital para conocer nuevos acentos, lenguas, zonas y pensamientos. Deberían ser una rutina y son una excepción.



Los prejuicios lingüísticos entran en el cine de forma subliminal. No hay ninguna lengua mejor que otra, ni nunguna variante dialectal más prestigiosa respecto a sus vecinas. En el cine, pese a todo, es imposible escuchar acentos gallegos, andaluces o catalanes: el castellano normativo gana y las características de cada región se eliminan. Como decía mi maestro de catalán, sería curioso escuchar al capitán del Titanic decir el famoso "primero laj mujere", en imitación de las formas del sur (se consideraría que el personaje es gracioso y que actúa como bufón del relato). Igual de incoherente sería la forma catalana "primer les dones". Y, como las dos anteriores, el capitán no debería decir "primero las mujeres" en castellano. Al actor se le ha desterrado de su lengua y, si su personaje es inglés y habla en inglés, este hecho debe respetarse. Salvador Puig Antich no tendría sentido si no estuviera hablada en catalán, de la misma forma que El hundimiento solo puede entenderse en alemán. Otros inventos son, por concepto, innobles. Y cuidado: abarca obras maestras como La lista del Schindler (el inglés gana al alemán) o bodrios como Valkiria (por citar un título de características similares). Norteamérica carece de historia y vanaliza la de los demás. Una falta de respeto, como su uso del inglés y nuestro posterior doblaje. Un complicado mecanismo, una despreciable cadena.



Eliminen sus prejuicios. No solo importa qué cine vemos, sino la forma en la que lo hacemos. También importa la forma de rodar cine: Slumdog Millionaire no debería estar hablada en inglés. A la vez, piensen que, de haber estado hablada en otro idioma o mantener todo su metraje en indio, no hubiera ganado el Oscar. ¿Eso no es una dictadura? Las letras son complejas y para nada inocentes. Como la gente habla, se cree que puede hablar de la propia habla. Se equivocan. Nos equivocamos. Prejuicios lingüísticos y cinematográficos a tener en cuenta.

miércoles, 28 de enero de 2009

BIENVENIDOS AL NORTE 8 / 10

Bienvenidos al norte es la película más taquillera del cine francés, todo un logro para una comedia familiar y bienintencionada que habla y se dirige hacia una platea eminentemente gala. Mucho se ha comentado sobre la versión doblada al castellano, todo un despilfarro de medios y un despropósito porque el humor del film reside en confusiones lingüísticas y gags ocultos, todo un universo que el público español no saboreará como es debido. Como contraréplica, cabe argumentar que el doblaje español es bastante aceptable teniendo en cuenta el material de partida y es de agradecer que las voces no se hayan transformado en meras vocecitas de cómic, algo que ocurrió con Kung Fusion. Aceptando que la esencia del film solo está al alcance de nuestros vecinos, Bienvenidos al norte se disfruta como una propuesta blanca que reconcilia el ser humano con sus falsos prejuicios y miserias. Danny Boon juega a aumentar y a dulcificar un alegato a favor de la unión, de la tolerancia y de la destrucción de fronteras geográficas, un ejemplo de sano y elegante humor ayudado por unos excelentes actores, aunque su tremenda verborrea quede entre nosotros un tanto descafeinada. Los franceses han podido reirse de sí mismos, acatando el happy end habitual y demás clichés, un clásico que no desmejora el resultado del film. España debería tomar nota de Francia e imitar la sencillez y efectividad de una película que, al igual que Amélie, Una casa de locos, Los chicos del coro o La cena de los idiotas, puede verse una y otra vez sin cansarse. Gracias a esto, Bienvenidos al norte está siendo un éxito en nuestras lares y sus futuros pases por televisión serán muy bien recibidos. Una receta eficaz contra el estrés y la depresión, la misma que acecha al personaje femenino del relato, todo un ejemplo de la clase media europea que lucha por tener una familia y un trabajo perfecto, el ideal que los medios de comunicación y la sociedad entera nos quiere vender. Ante las presiones, la comedia.

domingo, 9 de noviembre de 2008

V.O.S.: YES, WE CAN


Es muy interesante realizar paralelismos entre mis clases de lingüística o teoría de la literatura y el cine. Todo ello aparece como un cómputo inexacto de ideas que voy conectando aleatoriamente en mi cabeza mientras la profesora habla. En clase, me imagino saliendo de la puerta, recorriendo la rambla tarragonina y, una vez en mi piso, soliviantando mis inquietudes con bolígrafo y papel (si, a la vieja usanza). Hoy hace sol y falta una hora para la clase de rigor. La luz de la mañana resulta inspiradora. Mañana, pienso, veré La boda de Rachel…
La mitad de los idiomas están en peligro de extinción. Aunque el cómputo total de lenguas existentes varia según estudios, queda claro que la colonización (ahora capitalismo) arrebata lenguas sin remordimiento; la cultura mayoritaria absorbe la minoritaria y se imponen las reglas de un mundo hipotético regido por pocas lenguas, cítese el inglés, chino o español. Lo mismo ocurre con el cine: el producto made in Hollywood arrasa sin dejar opción a demás títulos nacionales, europeos o asiáticos. La dictadura no parece tener fin; si la crisis monetaria está en boga desde hace unos meses, la crisis del cine español, francés o italiano viene perpetuándose desde el nacimiento de los mismos. Dichos productos solo tienen opción en caso de ganar el último festival de turno, copar un premio de renombre o producirse un extraño fenómeno: el boca a oreja de la audiencia. Pero ya se sabe: los milagros en el cine no existen.


De aquí la importancia de la versión original como vehículo de cultura. El lenguaje forma parte del alma, define nuestra identidad e ideología, es un trozo simbólico de lo que somos. ¿Si la realidad es multilingüe, por qué el cine debe doblarse a una sola lengua?, ¿No es el cine un reflejo del día a día, no es a la vez una pequeña porción de lo que somos y pensamos?, ¿Robarle a un film su lengua original no es suprimir en parte la esencia de la historia, el trabajo de los actores?... El cine se nos presenta tan complejo como la vida. Es inconsciente, por no decir vergonzoso, comercializar una película como Babel en un único idioma cuando el mensaje, la naturaleza del relato descansa sobre una multiculturalidad incuestionable. Y como en el caso del film de Iñárritu, hay miles de ejemplos.
Entorno a la versión original, la colectividad se distribuye imitando los estamentos de la Edad Media. Las productoras asumen la existencia de un público mayoritario que no quiere pensar ni leer subtítulos, pero, para acallar revolucionarios (o simplemente sensatos), crean unas salas alternativas donde los más elitistas pueden ver diferentes propuestas en versión original. Eso sí, quien reparte se lleva la mejor parte y al ciudadano de pueblo o capital pequeña se le niega ver películas de suma importancia e interés. Todo en su conjunto es una hipocresía, una dictadura donde la nobleza y burguesía sigue dominando al pueblo llano. El caso más extremo es el de Italia. El país que se supone cuna de la cultura occidental no comercializa ningún film (subrayo, NINGÚN FILM) si éste no ha pasado previamente por una sala de doblaje. El italiano, ingenuo y tonto, cree no poder empatizar con iraníes, rusos o africanos porque la lengua, que nos debería unir, construye una barrera insalvable hecha de desidia e ignorancia. ¿Acaso el público italiano querría que en España se comercializase Gomorra en castellano? El esfuerzo, en última instancia, siempre tienen que hacerlo los demás.


Quienes se escudan en el argumento que los subtítulos son costosos de realizar se equivocan de lleno. Subtitular una pieza del inglés o castellano se ha convertido en un acto de amor. Los fans de series como Perdidos crean los subtítulos de la nada con sus rudimentarios programas informáticos y su magna afición y paciencia. El público hispano goza de los nuevos capítulos horas después de su emisión en EEUU. Los subtítulos, desde este sentido, sirven de agente unificador y universal de cultura, se convierten en el recurso más fácil y eficaz para solventar los problemas de nuestro mundo basto y globalizado. Y que nadie peque de quisquilloso: el fan mima la serie y su traducción es muy fidedigna a la “realidad ficticia”. Los dobladores, por el contrario, asumen su tarea como un trabajo.
Pese a no ser rentable, la versión original debe ser reivindicada. Un espectador criado con la VOS seria un ciudadano más culto, mejor preparado y con un mayor dominio del lenguaje. Solo es cuestión de acostumbrarse. Mientras tanto, el cinéfilo viaja, esquiva la parafernalia de una industria contradictoria. Amamos el cine, pero no a toda costa.
Las clases ya han terminado, y con ellas, el texto. En Tarragona, un multicine de dieciséis salas proyecta Los limoneros en versión original. Me pregunto cuánta gente habrá visto el film en comparación a High School Musical 3 o Zohan. Sin duda, la ficción más triste está en la realidad. 04/11/2008.