Mostrando entradas con la etiqueta Cine serbio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine serbio. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de noviembre de 2012

Crítica de KLIP (CLIP), de Maja Milos

KLIP (CLIP), de Maja Milos (Serbia, 2012)
¿De qué va?: Jasna tiene quince años y vive con su madre en un barrio pobre de un pueblo de Serbia. Sus perspectivas de futuro se reducen a noches de discotecas, drogas y alcohol con sus amigas. El padre de Jasna vuelve a la casa familiar al serle diagnosticado una grave enfermedad, algo que parece no alterar la rutina de Jasna pero que le afecta más de lo que es capaz de expresar. Un dolor que parece atenuarse con la curiosa relación que inicia con Djole, un compañero de instituto, pero que en verdad le oprime todavía más.
Palmarés: Tiger Award a la mejor película del Festival de Sundance del 2012, premio compartido con la chilena De jueves a domingo y la china Jidan he shitou. En el mismo certamen, KNF Award de la crítica. Seleccionado en los festivales de Chicago, Karlovy Vary, Toronto, Buenos Aires, San Sebastián y el REC de Tarragona. Nominada al Sutherland Trophy Award concedido por el British Film Institute: ganó la estadounidense Bestias del sur salvaje.
El dato: La película tardó cuatro años en empezar su rodaje y solo el proceso de casting duró dos años. La actriz protagonista del film, Isidora Simijonovic, filmó escenas de alto contenido sexual y violencia extrema con tan solo catorce años. El film se estrenó el pasado mes de abril en Serbia, se ha distribuido en Rusia y Suecia y pronto se estrenará en Polonia y Francia.


Valoración: Clip es una de las películas más duras de los últimos años. Es un Lukas Moodysson serbio sin compasión. Una película polémica por necesidad y de un realismo que hiere los ojos. Clip es desagradable y sus mundos nocturnos son intransitables. Muchos verán Clip como una suma de despropósitos con intención de provocar pero en ella late un cine social sin edulcorantes. Habla de la incomunicación entre padres e hijos. Critica el ambiente de extrema pobreza en el que viven, o sobreviven, millones de jóvenes que acaban siendo víctimas y verdugos de su propia desgracia. Expone los cambios que han sufrido los adolescentes en su modo de expresarse y de relacionarse: el aplastante culto a la imagen, el auge de la tecnología y las dobles realides virtuales han alterado conceptos tan básicos como la educación, el derecho a la intimidad y los códigos de la fidelidad y la legalidad, a la vez que han destruido la inocencia propia de la infancia y la adolescencia. Propone un debate muy interesante sobre los yugos que se establecen entre hombres y mujeres ya en edades tempranas: la mujer se ha malacostumbrado a ser maltratada por el macho dominante y Clip filma una relación de amor virulento e imposible en el que el sujeto femenino actúa como concubina sumisa y mero objeto sexual. Uno sale de la sala con el cuerpo deshecho. No se escandalicen si ven escenas de sexo explícito entre jóvenes de apenas quince años. Maja Milos, una persona muy divertida a juzgar por el breve encuentro que mantuvo con los espectadores en el Festival REC de Tarragona, ha hecho un film sin anestesia, sin concesiones, consciente de las reacciones airadas que puede despertar. Hay dos formas de acercarse a Clip: o bien su impudicia crea rechazo y su radicalidad visual impide acceder a cualquier discurso crítico, o precisamente su explicitud arrastra al espectador desbordándole, dejándole primero perplejo, luego asustado y finalmente conmovido tras digerir la película. Clip tiene la espontaneidad, la libertad y el nervio de una gran ópera prima. Si tanto los serbios como nosotros llegamos a superar este golpazo en mitad del estómago, ojalá Maja Milos tenga ocasión de volver a explorar los temas que le interesan en una segunda película: la juventud, sus costumbres y sus desarraigos. Aunque tras la master class que nos brindó Milos lo más coherente sería que su nuevo proyecto fuese una comedia. En todo caso seguiremos su pista: Clip fue una de las grandes propuestas del Festival REC 2012 y cuesta imaginar una obra reciente con su mismo grado de subversión y realismo. Es un tópico pero esta vez se cumple: es un film que o se ama o se odia.


Si te gusta esta crítica, vótala en Filmaffinity

Nota: 8

martes, 15 de marzo de 2011

La polémica del siglo: A SERBIAN FILM

Doce años de cinefilia deberían ser la prueba definitiva de que este blog, cuando destaca una película, no lo hace obedeciendo a ninguna moda o capricho. Verdaderamente, una propuesta tan extrema y dura como A serbian film pone entre las cuerdas hasta el más preparado y tensa cualquier límite habido y por haber. Sin duda, después de descubrir la aventura sexual y sangrienta que propone el film, el adjetivo 'fuerte' en estos ámbitos bloggeros debería revisarse. Porque estamos ante una propuesta que deja en nada los arrebatos malsanos de Antichrist o Hostel, incluso relega El sabor de la sandía a la categoría de musical kitch para niños, llegando a rizar el rizo y superar la crudeza del nuevo terror francés representado por Frontière(s), À l'intérieur o Martyrs. Me imagino al consumidor de snuf movies que interpretaba Fele Martínez en la sublime Tesis de Alejandro Amenábar escandalizado con algunas de las escenas del film. No es broma ni ninguna intención de crear polvareda porque sí: A serbian film puede herir la sensibilidad de muchos e incluso trastocar mentes ya de por sí desordenadas. A serbian film abre un debate interesante: dónde está el límite de la representación cinematográfica, considerar hasta qué punto un director debe ceder tan sólo a sus inquietudes y libertad creativa. A serbian film sigue la senda de títulos como The human centipede o Grotesque, ambos prohibidos en numerosos países, víctimas de la censura y pequeños grandes fenómenos en la red, donde, paradójicamente, encuentran su vía de distribución a riesgo de que no sólo los fans del gore sangriento accedan a esos títulos diseñados a modo de hiperbólicas casquerías a prueba de estómago. Valga decir que nadie debería coartar la creatividad de nadie, y que nada invalida una película, ni tan siquiera escenas de la brutalidad de A serbian film (de las que sólo describiremos un reducido surtido, el más impactante: un hombre violando un feto recién nacido ante la mirada lividinosa de la madre, en una improvisada sala de partos, llena de sangre; el protagonista, un actor porno retirado, penetrando a una mujer maniatada en una cama mientras el macho revienta la cabeza de la chica con un machete; dos hombres sodomizando a dos personas con la cara tapada; el protagonista meando sangre entre escena y escena). Pero no se dejen llevar a engaño: la subversión del film es siempre visual y hay que entender que su concepción sólo obedece a una clara intención por contentar a los acérrimos seguidores de un género cinematográfico que tiene su sede en festivales y muestras, pero que, obviamente, no llega a las salas comerciales. Al final A serbian film, a pesar de sus barbaridades, no deja de ser un artefacto muy bien diseñado, plato de pocos, muy consciente de que su público es y en cierto sentido debe ser limitado. Por eso, toda la polémica que la precede, aún siendo real y entendible, no deja de resultar un tanto sobredimensionada. Hay películas que en un primer momento llegan a un grupo reducido de espectadores, pero que tras una entrega de premios logran la suficiente celebridad como para gozar de una segunda oportunidad comercial. El caso de A serbian film viene a ir a la contra de lo habitual: una cinta que no debería salir de ciertos mercados muy especializados y específicos llega al común cinéfilo tras ser el centro de discusiones irracionales (desde la denuncia que pesa sobre Ángel Sala por proyectarla en su Festival de Sitges hasta las acusaciones del film por violación real a menores y maltrato a mujeres, además de reseñas que aseguran que muchos llegaron a infartar, como mínimo vomitar, al ver algunos de los momentos más salvajes de la historia). A serbian film ya ha dejado su huella (permítenme el vulgarismo: a base de semen y sangre) y es una de las películas malditas por excelencia.


Pero este blog debe ofrecer ante todo una crítica lo más objetiva posible de la película, aún a sabiendas de la humareda que rodea la propuesta. Diré que A serbian film empieza como la creación mala de un videoaficionado más y que acaba en un zenit paranoico, tan tenso como angustioso, tan asqueroso como intenso. La primera escena ya marca el devenir hacia abajo, en caida libre, que diseña la narrativa de la película: el hijo de diez años de la pareja protagonista visionando una de las cintas porno de su padre. El niño abre de esta forma la caja de los truenos y el director no la cierra hasta los títulos de crédito. En el fondo, A serbian film cuenta la destrucción de una familia aparentemente normal en un ambiente totalmente condicionado tanto por la profesión del padre (actor erótico, mito del género por su descomunal miembro) como por el pasado político y social de Serbia (el director se recrea en atmósferas turbias, escenarios negros que rozan lo onírico: no costaría describir el experimento como un Inland Empire cutre, con pus y líquido rojo). También establece un juego curioso, una referencia clara a modo de metalenguaje: el director rueda su película, y en ella un ejercicio de cine dentro del cine nos permite ser espectadores de la filmación de piezas porno en la que los vivos comparten sus flujos más escondidos con los muertos. A serbian film viaja irremediablemente hacia la no lógica, más bien a la sinrazón del personaje protagonista (genial interpretación, indistintamente de las características de las escenas que afronta). Aunque al final todo queda muy cerrado y muy claro, diría incluso que evidente. No estamos demasiado lejos de una comedia negra o una atracción de feria que se alimenta a base de morbo: el espectador espera la siguiente animalada con ganas y deja llevarse por una cinta que se sitúa entre la excitación del sexo explícito y la repulsión que produce ser testigos del sadismo más deleznable. No sé hasta qué punto es una metáfora de la bestia que reside en todos nosotros. No sé hasta qué punto su esquema es gratuito. Se me escapa cualquier relación con la falta de moral de la sociedad serbia del 2011, aunque la puedo imaginar. Sea como sea, A serbian film me ha divertido bastante: al fin y al cabo la clave está en no tomársela demasiado en serio. Sólo así nos daremos cuenta que A serbian film es una película con un gran descaro que sólo quiere impactar a un nivel visual, plástico. Y, como me han enseñado esos doce años de visionado de películas, en el cine es mucho más terrorífico aquello que se intuye que lo que se explicita en su totalidad. Casquería a granel, festiva y voluptuosa.Y si el cine resulta no ser la representación de la realidad, al menos una realidad en el sentido de mímesis, veracidad o fidelidad, A serbian film pasa a ser directamente una de las pesadillas más rotundas del cine del Siglo XXI.


Nota: 7

viernes, 3 de diciembre de 2010

EN EL CAMINO (NA PUTU) 8 / 10

El cine también sirve para cicatrizar las heridas del pasado. Hablando tanto de cine, olvidamos que las películas pueden tener su utilidad. Grvabica, la primera película de Jasmila Zbanic, indagaba en el pasado de Bosnia-Herzegovina para describir el presente, y al mismo tiempo contaba un cuento de maternidad y supervivencia. El cine de Zbanic es comprometido, femenino y eminentemente social. En En el camino, la ganadora del Oso de Oro hace cinco años sigue indagando en los resquicios de su país, religión incluida. Hay varias películas en En el camino, pequeños senderos que recorren la vía principal del film. Esta es la historia de Luna, una mujer joven, azafata de vuelo (y por lo tanto, representante del avance de su país: alguien que vuela, que sabe idiomas, que encarna un territorio que abre sus fronteras al exterior), deseosa de ser madre. El embarazo será 'in vitro', otro elemento de la modernidad. (si la madre de Grvabica fue violada, la chica de En el camino parece yerma por el recuerdo de la guerra: ello demuestra que el cine de Zbanic es también poético y se relaciona con el discurso de otras directoras actuales como la Claudia Llosa de la inmensa La teta asustada). Es la narración de una reivindicación femenina: ella quiere controlar su maternidad, ser independiente. Ello choca directamente con los ideales de su novio Amar, que tras perder su trabajo y caer en la alcoholemia abraza la religión musulmana más extrema. Pero no es la narración de una represión o crítica religiosa. Si Amar bebe es porque quiere olvidar todo lo vivido como soldado en la Guerra de los Balcanes. Zbanic, por lo tanto, nos dice que 'la religión', en un sentido más amplio 'la fe', puede salvar a las personas, al menos ofrecerles una calma, una razón de vivir. En el camino, al final, no es una película tan obvia como parece: es una sutil pero directísima referencia a las víctimas pasadas y presentes de una guerra (véase el momento que Luna vuelve a ver la casa donde pasó su niñez). Y he aquí la grandeza de la propuesta aparentemente simple de la película: decir que la verdadera guerra (social) empieza tras la guerra (armada). Como si el progreso viniese acompañado de integrismos, radicalismos y discursos dogmáticos. Zbanic habla de cómo muchas veces vivimos mintiéndonos, y en ocasiones sin darnos cuenta. La directora ha rubricado una película de rabiosa actualidad: también en España vemos en nuestras calles cómo el nuevo siglo ha traido consigo gente de nuevas culturas, colores de piel, lenguas y creencias. Una variedad tan enriquecedora y al mismo tiempo tan peligrosa. El camino del título es también el de Bosnia-Herzegovina, y de paso el de toda Europa. Habíamos dicho que el cine puede y debe ser útil... Quizás En el camino no lo sea, pero sí es recurrente, educativa y totalmente necesaria. El siguiente eslabón de la fimografía de una autora que va camino, nunca mejor dicho, de convertirse en un nombre de referencia (junto a Fatih Akin, Cristian Mungiu o Danis Tanovic). Cuidado: En el camino será interpretada de múltiples maneras. Un espejo inteligentísimo de la contemporaneidad. No curte, pero enriquece. Felicidades y gracias, Jasmila.