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miércoles, 18 de septiembre de 2019

LISTA | LAS 10 JOYAS OCULTAS QUE COMPITIERON EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN


En pocas horas dará comienzo el certamen cinematográfico más importante de nuestro país: el Festival de San Sebastián. José Luis Rebordinos, director del festival, ha conseguido convertir el Donostia Zinemaldia en el principal escaparate del cine español e iberoamericano. Por cuestiones de calendario y presupuesto, su equipo no siempre puede aspirar a grandes títulos, aunque se permita el flujo de filmes venidos de Toronto. En la siguiente lista, queremos poner en valor la a veces tan cuestionada Sección oficial a concurso de San Sebastián. En una década, han peleado por la Concha de oro los principales cineastas franceses (Dumont, Ozon, Honoré, Delpy, Cantet, Dupeyron, Kahn, Bercot, Bonello), nombres clave del indie internacional (John Sayles, Terence Davies, Atom Egoyan, Wim Wenders, Brillante Mendoza) y una variada nómina de nombres asiáticos (Kawase, Ki-Duk, Sang-Soo, Jee-woon). Muchas, como las citadas, películas que no recibieron ningún premio y que, a posteriori, se han convertido en obras de culto, capaces de dividir a la audiencia y suscitar todo tipo de sensaciones y reflexiones. ¡Larga vida al Zinemaldia!


EL SECRETO DE SUS OJOS, de Juan José Campanella (Argentina, 2009)
Pocos recuerdan que El secreto de sus ojos, antes del Óscar, pasó por la playa de la Concha. Por sorpresa, el jurado decidió negarle la gloria que merecía: los galardones posteriores dictaron su particular compensación. Los rumores vascos dicen que el olvido molestó mucho a Campanella, si bien luego regresó a la ciudad para presentar Metegol. No se puede decir que la Concha de oro fuera discutible: la china Ciudad de vida y muerte es un prodigio de técnica y narrativa. Nos encantaría conocer "el secreto de los ojos (y las mentes) de los jurados".

martes, 12 de mayo de 2015

CRÍTICAS | CAUTIVOS (THE CAPTIVE) y CONDENADOS (DEVIL'S KNOT), de Atom Egoyan


A vueltas con Atom Egoyan
CONDENADOS (DEVIL'S KNOT), de Atom Egoyan. EE. UU., 2013. Reparto:  Reese Witherspoon, Colin Firth, Mireille Enos, Kevin Durand, Alessandro Nivola, Amy Ryan, Kris Polaha, Collette Wolfe, Dane DeHaan, Kristopher Higgins, Judd Lormand, Bruce Greenwood, Stephen Moyer, Elias Koteas Género: Drama, thriller Duración: 110 min. Tráiler: Link Pendiente de estreno en España
CAUTIVOS (THE CAPTIVE), de Atom Egoyan. Canadá, 2014. Reparto: Ryan Reynolds, Scott Speedman, Mireille Enos, Rosario Dawson, Bruce Greenwood, Kevin Durand, Alexia Fast, Peyton Kennedy, Brendan Gall, Aaron Poole, Jason Blicker Género: Drama Duración: 110 min. Tráiler: Link Fecha de estreno en España: 15/05/2015

En Condenados, Colin Firth interpreta un abogado con muchas dudas.

Condenados, estreno largamente postergado en España que recibió reseñas sangrantes tras su pase donostiarra, y Cautivos, que llega a los cines españoles un año después de su exhibición en Cannes, vuelve a poner al director canadiense Atom Egoyan en el centro de la atención artística. No somos los primeros ni seremos los últimos en escribir que las últimas propuestas de Egoyan distan de tener la carga dramática, la redondez narrativa y la frescura de sus títulos de los años 90, pero no es menos cierto el hecho de que cierto sector de la crítica, por injustificada costumbre, desdeña el cine de Egoyan aun cuando éste presenta algunos apuntes de interés, pequeños destellos de maestría de ese cineasta que no hace tanto contaba con el beneplácito de toda la comunidad cinematográfica. De ahí que sea necesario apuntar ciertos matices en torno a las últimas producciones de Egoyan, aceptando que, a pesar del predominio de sombras, sus obras siguen presentando espontáneas luces que justifican largamente su visionado y estudio.

Los jóvenes acusados de Condenados: ¿culpables o inocentes?

Condenados es un compendio de la peor cara del cine de Egoyan. A partir del caso real del asesinato de unos niños en la Norteamérica profunda, el director recrea una tibia crónica criminal que apenas conserva la silueta de ficciones como El dulce porvenir. Egoyan resuelve la película de forma formularia, con una personalidad nula y un ritmo desganado más propio de una trama de sobremesa que de una creación del firmante de, por ejemplo, El viaje de Felicia. Condenados cae en el patetismo más peligroso con una Reese Whiterspoon exageradísima y un Colin Firth incapaz de remontar el vuelo de la historia, dato incomprensible en un director especialmente brillante en la dirección de sus intérpretes. Influye, obviamente, el hecho de que Egoyan vacíe de trascendencia y complejidad psicológica todas las pesquisas del crimen, pero sobre todo Condenados carece de todo interés debido a la existencia previa de distintos documentales sobre el mismo caso, todos ellos de factura y narración más que notable: nos referimos a West of Memphis (Amy Berg, 2012) y a la trilogía Paradise Lost (Joe Berlinger y Bruce Sinofsky, 1996, 2000 y 2011), con el añadido de que esta última, en sus tres entregas, desmenuza la evolución del caso a lo largo de dos décadas de litigios, confusiones y escarnios mediáticos sobre los acusados.

En Cautivos, Ryan Reynolds da vida a un padre dispuesto a todo por recuperar a su hija.

Cautivos, en cambio, sí entronca con el Egoyan más reconocible, no sólo por el escenario helado que enmarca la historia, sino por su descripción de las alas más ocultas del ser humano. Egoyan se permite algunas licencias que deslucen el conjunto como la arbitrariedad de sus excesivos saltos en el tiempo, pero el film conserva la atmósfera del Egoyan más atinado. Su historia presenta algunos vacíos poco creíbles y pueden cuestionársele las reacciones poco matizadas de sus protagonistas, pero también es innegable que el film inquieta incluso en los momentos en los que el espectador cree que el director le está llevando a un callejón sin salida. Con todo, el ritmo viciado de la trama resta potencia y verdad a la historia, más interesante por lo que deja intuir que por lo que realmente muestra. Sea como sea, la película no se merecía los escritos negativos que coleccionó tras su presentación en la sección competitiva de Cannes, un escaparate en el que sí merecía figurar, aunque fuera sólamente por contener pequeñas reminiscencias de las grandes obras de Egoyan. Pero no vamos a culpar a los cronistas que se concentraron en La Croisette: lo sucedido en el certamen galo no deja de ser la reacción lógica ante un director que, incapaz de igualar o superar sus mejores logros, se convierte en 'cautivo' de su propia filmografía. Lástima que Ryan Reynolds no figurara ni tan siquiera en las quinielas de la palma interpretativa, porque estamos sin lugar a dudas ante la composición más esforzada de su carrera.

Cautivos, un thriller con la pedofilia como telón de fondo.

En resumen, Egoyan sigue interesado en explorar los mecanismos del mal, aunque sus nuevas creaciones carezcan del halo fatalista y místico de sus inicios. Egoyan no ha perdido sus señas como autor, pero su cine sí se intuye menos auténtico, seguramente porque las imposiciones de la industria, unidas a cierto desgaste creativo, le han obligado a atenuar la cadencia pausada, los silencios desasosegantes y las historias oscuras que le hicieron célebre a finales de siglo. En breve conoceremos Remember, el nuevo largometraje de Egoyan con actores del peso de Christopher Plummer, Martin Landau y Bruno Ganz: ¿qué rumbo tomará la errática trayectoria de Egoyan? Estaremos muy atentos.


Valoración Condenados:


Valoración Cautivos:

martes, 22 de abril de 2014

Crítica de TANTA AGUA, de A. Guevara y L. Jorge


TANTA AGUA, de Ana Guevara y Leticia Jorge (Uruguay, 2012)
Festival de San Sebastián 2013: Sección Horizontes Latinos
¿De qué va?: Alberto ha planeado unos días de vacaciones con sus hijos, a los que no ve desde hace mucho tiempo. Por desgracia, esos días de relax y familia se ven truncados por el mal tiempo. Alberto ha alquilado un apartamento cerca del campo, pero la posibilidad de hacer turismo por los alrededores o de bañarse en la piscina se trunca por la metereología. Obligados a permanecer encerrados en el piso, sin televisión y con pocas cosas a su alcance para entretenerse, los niños reaccionan de formas diferentes ante la curiosa situación. El pequeño sólo quiere jugar, pero la mayor, en plena adolescencia, desea hacer amigos y conocer algún chico.
Palmarés: Gran Premio del Jurado y galardón al mejor guion del Festival de Miami. Premio Norteado en Donosti 2012 y presente en el BAFICI bonaerense del 2013. Premio al mejor actor para Néstor Guzzini en el Festival de Lima.
El dato: El film se estrenó en Montevideo el 10 de mayo de 2013. El año 2012, cuando el film estaba en post producción, la película ganó el Premio Norteado del Festival de San Sebastián 2012: el reconocimiento, dentro del apartado Cine en construcción, apoyó el film con 5.000 dólares, una dotación económica que permitió finalizar la película. El largometraje, coproducción con México, pudo verse en el Festival de Berlín dentro de la sección panorama, y volvió al Festival de San Sebastián 2013, ya terminada, como parte de la sección Horizontes Latinos.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Crítica de 9 MESES... DE CONDENA (9 MOIS FERME), de Albert Dupontel

9 mois ferme es una tira cómica alocada y muy entretenida. Es una película que se entiende en todos los países y que puede llegar a todo tipo de públicos. Un producto enteramente blanco con el que Albert Dupontel, actor y director, ha contado con el favor del público (taquillazo en Francia), de los compañeros de profesión (se llevó a casa 2 premios César), de la prensa (los cronistas galos le concedieron el Globe de Cristal a la mejor película) y de la flora y fauna festivalera (en San Sebastián algunas de las escenas de la película rompieron el risómetro del auditorio). ¿Hay para tanto? Tal vez no. ¿Recibirá los mismos halagos cuando se estrene en España? Seguramente tampoco. Pero 9 mois ferme es una prueba más de la capacidad de nuestros vecinos por ofrecer mil y una variedades del vodevil de turno con mucha gracia. 


El humor del film descansa sobre el choque de caracteres que se establece entre Ariane, una jueza de lo más estricta que apenas sale de las cuatro paredes de su despacho, y Bob, un caco de poca monta que se cruzará en el camino de Ariane una noche de fin de año en plena borrachera. Una historia que se asienta sobre lo inverosímil desde el primer minuto y que se disfruta como lo que es: un disparate que aprieta el acelerador, que consigue momentos verdaderamente brillantes y vibrantes, y que finalmente deja que la maquinaria del relato descanse en favor del final más ecuánime para los personajes. Apenas los insertos televisivos con Jean Dujardin esconden una broma privada y muy francesa para una película que se ve y se recuerda con una sonrisa de oreja a oreja. Lástima, eso sí, que la descripción de los estamentos judiciales sea puro tebeo y no haya ningún amago de actualidad o crítica: esa es la diferencia entre el humor y la sátira, y 9 mois ferme, afortunadamente para el conservadurismo francés y el divertimento de todos nosotros, es una comedia clásica, sin segundas intenciones y bastante revitalizante. En el Festival de San Sebastián funcionó a modo de desengrasante entre tanta película 'trascendente', entre ellas la ácida pero errada Quoi d'Orsay: ojalá podamos verla muy pronto en las salas españolas.


Para reírse y evadirse, que no es poco.
Lo mejor: Sandrine Kimberlain en constante ataque de nervios.
Lo peor: Podría ser más 'cañera', entendiendo el término como 'políticamente más incorrecta'.

Nota: 6'5

sábado, 8 de marzo de 2014

Crítica de LUTON, de Michalis Konstantatos

Los festivales y los premios se rigen por determinadas modas. La última tendencia la ha marcado el cine griego, presente en los últimos años en todas las secciones oficiales habidas y por haber. El pistoletazo de salida lo marcó Canino, y desde que ésta fuese declarada la mejor película del Un Certain Regard de Cannes y consiguiese la primera nominación al Oscar para el país heleno, otros nombres han llenado las alfombras rojas más prestigiosas: Attenberg y Alps fueron valoradas en Venecia y Adikos Kosmos en San Sebastián entre otras. Las modas, con todo, se definen como tales por ser pasajeras, y si bien el ambiente de crisis económica y auge artístico ha hecho de Grecia un campo minado abierto a nuevos discursos cinematográficos y vías de expresión más creativas, un film como Luton - seleccionado de nuevo en la élite festivalera, en este caso en el apartado Nuevos Directores de la última edición de Donosti - viene a poner fin a toda una constante, a una manera de contar y de querer contar lo que sucede en la Europa convulsa de nuestros días.


Luton es la historia de tres personajes sin aparente nexo de unión entre ellos: el aburrido dueño de una tienda, una funcionaria de actitud extraña y un adolescente que casi nunca habla. Los tres son los resultados de una sociedad alienada, incapaz de sentir empatía por el otro. Sus comportamientos son inesperados y el director los convierte en caricaturas: la comedia negra y surrealista de esa corriente de historias griegas vuelve a la superficie con largos planos fijos y lacónicos diálogos en los que el espectador entiende que nada tiene sentido en la vida de esas criaturas tan miserables. El problema de Luton es que la vacuidad de sus personajes acaba contagiando al propio film, y allá donde otros se defendían desde la metáfora (principalmente Giorgos Lanthimos), Luton simplemente filma el absurdo desde el absurdo. El novel Michalis Konstantatos, en definitiva, se equivoca en su mirada, no en el tema planteado, pero su error tiene tales efectos que convierte a Luton en un film inane que quiere la provocación por la provocación y que fracasa en su intención por retorcer todavía más esa 'fórmula griega' afín a un cine crudo y raro. Nosotros no seremos tan duros con ella - en San Sebastián fue abucheada en sus dos pases tanto para la prensa como para el público -, pero aún interesándonos su vocación social, hay que evidenciar el desgaste y el fracaso de sus planteamientos. Luton tiene cierto misterio, inquieta ni que sea porque nos enfadan y asquean sus imágenes. Es una película fallida, y aún así no ponemos en duda que se trate de una sugerente radiografía del estado de las cosas 'aquí y ahora'. Pero no basta con plantear relaciones: Luton, en fondo y forma, es tan hermética que resulta inabordable, y de ahí a no presentar ningún interés para crítica y público hay sólo un paso.


Para espectadores con tendencias suicidas.
Lo mejor: Sus virajes al humor negro.
Lo peor: El misterio se resuelve tarde y mal.

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Nota: 5'5

martes, 21 de enero de 2014

Crítica de FAMILY TOUR, de Liliana Torres

FAMILY TOUR, de Liliana Torres (España, 2013)
Sección Zabaltegi, Festival de San Sebastián. Sección oficial Òpera prima, Festival REC de Tarragona.
Los límites entre la realidad y la ficción son cada vez más sutiles. Liliana Torres, otro nombre más a tener en cuenta de la ESCAC catalana, realiza con su ópera prima un exorcismo personal y un experimento a contracorriente que quiere contar sentimientos reales e historias verídicas, con independencia de la narrativa o el formato adoptado, sin miedo a traspasar y a jugar con la esencia del documental y la ficción tradicional. Family Tour es la historia de la propia directora: en un ejercicio metacinematográfico más que curioso, Nuria Gago, actriz de gran presencia y sensibilidad, interpreta a la propia Liliana durante unas semanas de vacaciones en casa de sus padres, mientras que el resto del reparto lo completan los propios familiares de la cineasta. La película tiene valor como pieza de arte privada, declinada en primera persona, pero también como relato donde uno puede rastrear rutinas, actitudes y constantes de nuestras familias. Torres habla de la soledad, de la incomunicación y de lo difícil que resulta conciliar nuestra personalidad como parte, queramos o no, de una estructura familiar que nos define y que a veces nos ata. Torres-Gago asiste a un periplo de visitas a tíos y primos, se reencuentra con viejos conocidos y se da cuenta poco a poco de la persona que en su día fue y que ahora parece haberse esfumado. 


Un film abierto a todo tipo de adjetivos, aunque el que más la define a juicio del blog es el de 'valiente', tanto por el oficio de su responsable como por el atrevimiento de todos sus participantes, sin olvidar el inusual trabajo de Nuria Gago que pone a prueba los cimientos de la representación cinematográfica. En Stories We Tell, Sarah Polley abría las puertas de su intimidad y nos desvelaba el gran secreto familiar que había estado latente durante varias décadas: Family Tour realiza una pirueta bastante parecida y demuestra nuevamente que las grandes historias nacen de uno mismo (la imaginación del creador, en definitiva, ya no es la base de todo su trabajo sino un recurso para dar forma y sentido a lo vivido, siempre caótico y subjetivo). Un ejemplo más de una nueva corriente de cine español producido, rodado y distribuido desde los márgenes tanto por la voluntad de sus firmantes como por imposición de los recortes del gobierno y la crisis económica. Ojalá este tour por las luces y sombras del árbol genealógico no quede en el anecdotario donde se guardan los álbumes de fotos y las grabaciones caseras familiares: cada familia tiene sus características pero a su manera todas acaban pareciéndose, por lo que resulta muy fácil empatizar y sentirse identificados con la película.


Para afrontar las inminentes visitas familiares-navideñas desde otra perspectiva.
Lo mejor: Su sinceridad.
Lo peor: No llega a los niveles de emoción y de reflexión de, por ejemplo, Tres dies amb la família.

Nota: 6

domingo, 22 de diciembre de 2013

Crítica de UN LARGO VIAJE (THE RAILWAY MAN), de Jonathan Teplitzky

Muchas de las nuevas producciones sobre la Segunda Guerra Mundial (ni qué decirlo: el conflicto bélico más retratado por el cine) comparten un mismo acercamiento hacia el horror de la contienda. Tanto El lector como Expiación se aproximaban al campo de batalla desde el tiempo del recuerdo, el componente bélico sumaba sin ser el elemento predominante, y la guerra tenía la función de telón de fondo mental en lugar del espacio que en anteriores décadas y títulos fue motivo de grandes aventuras, recreaciones estratégicas y vívidas estampas de violencia. Un largo viaje sigue esa senda, en esta ocasión a partir de la historia real de Eric Lomax, miembro del Ejército Británico que fue capturado y torturado por el bando japonés: las evocaciones de los maltratos y cómo esa terrible experiencia marcó toda su vida posterior es ahora el motor del film de Jonathan Teplitzky, que en consonancia con esta nueva estructura inserta las imágenes de época en recurrentes flashbacks que explican el presente de los personajes. Debido a la cuanto menos familiar narrativa de Un largo viaje, el film resulta en todo momento un producto de fácil visionado y a la vez un largometraje frío, academicista, poco arriesgado y nada emocionante. Allá donde Daldry y Wright respondían con personajes complejos y un guion bien armado, Un largo viaje se defiende con corrección tanto actoral como técnica, pero no consigue crear un clímax o conexión emocional con el espectador, algo imperdonable ya que el film intenta ser la crónica de una catarsis personal a partir del perdón que se sella entre víctima y verdugo dos décadas después de la guerra.


¿A qué se debe, pues, el fracaso de un largometraje tan bien dotado en todos sus apartados? La respuesta es fácil: si bien entronca con la citada nueva ola de films bélicos, al final la obra de Teplitzky se parece más a una tv movie despreocupada del drama de la historia, dato que confirma una escena final tan bella a nivel estético como formularia. Otro aspecto que va a la contra del film es su indefinición: empieza siendo la crónica de un romance para derivar en una historia de amistad truncada (Skarsgard merecía un papel más perfilado) y otra reencontrada (el discutible capítulo final en Singapur), por lo que el espectador recibe los diferentes satélites de la ficción como partes inconexas de un mismo núcleo que no llega a estallar (los sucesos en Vietnam dan para un film independiente, seguramente más jugoso que el presente). En resumen, en Un largo viaje encontramos los ingredientes de la prototípica película de Oscar, aunque desgraciadamente esos elementos se unen de forma discutible. Un cine sin personalidad que gustará a los que quieran una hora y media de evasión a partir de la premisa 'basado en hechos reales'.


Para abonados al drama de época.
Lo mejor: Colin Firth, capaz de salvar lo insalvable.
Lo peor: Pensar qué hubiera hecho otro director con un material tan atractivo.

Nota: 5'5


martes, 10 de diciembre de 2013

Crítica de DE CABALLOS Y DE HOMBRES (HROSS Í OSS), de Benedikt Erlingsson

HROSS Í OSS (DE HOMBRES Y DE CABALLOS), de Benedikt Erlingsson (Islandia, 2013)
Premio Nuevos Realizadores del Festival de San Sebastián 2013. Premio al mejor director del Festival de Tokio. Premio del Jurado Joven del Festival REC de Tarragona.
La relación del hombre con los animales ha merecido muchas reflexiones y ha sido el centro de infinitas expresiones artísticas. A todo este debate, los islandeses, cuyo cine no hace más que crecer en cantidad y calidad año tras año, tienen mucho que aportar: en su caso, tanto por sus particularidades culturales como geográficas, no viven rodeados de naturaleza sino precisamente insertados en ella como parte de un paisaje heterogéneo que abarca explanadas yermas, pequeñas praderas, zonas de géisers y volcanes. De hombres y de caballos avanza con historias más o menos cruzadas, todas ellas protagonizadas por humanos que reprimen y que dejan llevarse por sus instintos según el momento, como lo haría un animal en estado puro, libre, salvaje. Muchos han comparado la dialéctica de Erlingsson con Kusturika, del que hereda no sólo grandes dosis de surrealismo y un reparto de lo más pintoresco, sino sobre todo una historia cargada de humanidad que pone en comunión al espectador con su propia esencia, sin restar un ápice de dureza a las escenas más salvajes y sin desaprovechar la ternura marciana que destilan sus momentos más descacharrantes (en lo personal, creo que también podrían establecerse lazos de unión con Kaurismaki). De hombres y de caballos es una película serena y austera que se construye de sentimientos y de paisajes, un cuento potentísimo que propone una experiencia visual única. En España nos llegan pocas películas del norte, algo que nos impide determinar si De hombres y de caballos obedece a un tono local o si su mezcla de western y realismo mágico es obra y mérito del novel Erlingsson: sea como sea, y dejando aparcados cualquier prejuicio o ideología, el film es un fresco tiernísimo que nos permite ver el calor que se esconde en el hielo islandés.


Para viajar a la Islandia rural sin necesidad de coger el avión.
Lo mejor: La precisión tragicómica de casi todo el conjunto.
Lo peor: Que se cuestione la moralidad de ciertas escenas o decisiones de sus personajes.

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Nota: 7

viernes, 6 de diciembre de 2013

Crítica de CLUB SÁNDWICH, de Fernando Eimbcke

Club Sandwich es un ejemplo de que el cine a veces no precisa de grandes historias, sino de pequeñísimas anécdotas contadas con cariño y total naturalidad. Esas son las claves del film que dio a Fernando Eimbcke el premio al mejor director en el Festival de San Sebastián, una historia mínima repleta de encanto que nos cuenta las anodinas vacaciones de una madre y su hijo en un hotel. Aunque no es la temporada estival, los dos van de su habitación a la piscina y de la piscina al restaurante, sin demasiado que hacer y todavía menos que decirse. La entrada en escena de otra huésped, una adolescente que comparte soledad y aburrimiento con los protagonistas, trastoca la relación familiar, y mientras el chico se debate entre sus pulsiones sexuales, la madre juega a controlar a la pareja de tortolitos. Club Sandwich es la historia de dos juegos, de dos cortejos femeninos que se expresan de forma diferente pero que de alguna manera confluyen y colisionan. De la permisibilidad de la madre, en cuya actitud seguramente se esconde la necesidad de otro referente masculino en su vida, y de la inocencia puber, con los personajes en celo besándose y tocándose aprovechando las miradas despistadas de los mayores, media una cuestión de edad, pero en esencia ambas son dos actitudes humanas, filmadas con inteligencia cómica, propias de seres que necesitan llamar la atención y reivindicarse en un mundo gris sin atractivos ni motivaciones. Tras los ochenta minutos de Club Sandwich, uno tiene la sensación de haber asistido a las interioridades de sus personajes y de haber disfrutado de unos días de asueto que nos hacen recordar esas colonias veraniegas donde nos enamoramos por primera vez. Club Sandwich gana al recordarla y tiene la magia de esas historias con las que el espectador se identifica quiera o no. Una de las sesiones más luminosas de Donosti 2013.


Para interesados en saber lo que ocurre cuando no ocurre nada.
Lo mejor: La escena del juego del castigo.
Lo peor: Que se interprete como una historia excéntrica sin más.


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Nota: 7

martes, 3 de diciembre de 2013

Crítica de FOR THOSE WHO CAN TELL NO TALES, de Jasmila Zbanic

La joven realizadora bosnia Jasmila Zbanic ha consagrado su corta pero potente filmografía al recuerdo de la Guerra de los Balcanes. Su cine está lejos de pesquisas bélicas, lecciones históricas o estampas conciliadoras: Zbanic tiene la mirada crítica pero al mismo tiempo moderada de quien vio la contienda desde cierta distancia pero al mismo tiempo sufriéndola en primera persona. Grbavica y En el camino eran dos retratos de la Bosnia actual, y en ambos casos la guerra se colaba por las rendijas de una sociedad que luchaba por recobrar cierto equilibrio. For Those Who Can Tell No Tales pretende explicar qué se perdió por el camino, qué se ocultó por error y qué cosas se ignoraron a propósito durante el largo y todavía vigente proceso de vuelta a la normalidad. En esta ocasión, la directora recurre a un personaje ajeno a la realidad de posguerra, una turista australiana de viaje por el país europeo, para explicar la historia de siempre, esta vez acogiendo fórmulas del documental y formas itinerantes. Precisamente por su buscada estructura de road movie geográfica y emocional, la película termina siendo una intuición del horror de la guerra desde fuera, y por ello resulta menos convincente y emocionante que las anteriores propuestas de Zbanic. En el film cuesta entender la postura de su viajera protagonista, una ambigüedad que revierte en contra de la historia: es difícil simpatizar con alguien que tal vez, sólo tal vez, pretende rastrear las huellas del horror para calmar ciertas pulsiones burguesas o para culminar un compromiso de postal más bien impostado. Tampoco acaba de quedar claro con qué intenciones y a qué personas va dirigido el por otra parte interesante título de la cinta: de alguna manera 'nadie puede contar cuentos', por lo que Zbanic parece dirigirse a las víctimas y a los verdugos, a los bosnios y al resto de ciudadanos, dando a entender que ante una guerra todas las partes acaban perdiendo. Sea como sea, For Those Who Can Tell No Tales no llega a la catarsis, no precisa sus pasos, no se moja con datos verídicos, no termina de sentirse segura como ficción sin filtros, no parece querer contar con la complicidad de la platea: es la narración de un viaje que sólo tiene sentido para su actriz-personaje, una fórmula muy discutible de una película de la que se espera una revelación, un mensaje o simplemente una explicación de cómo es la Bosnia anterior y posterior al conflicto de los 90. Toca temas interesantes, pero For Those Who Can Tell No Tales es en conjunto una película decepcionante.


Para mochileros que reniegan de los parajes paradisíacos.
Lo mejor: Es cruda y solemne, tal y como requiere la historia.
Lo peor: Da la sensación de que nunca llega al 'meollo de la cuestión'.

Posts relacionados:
Crítica de EN EL CAMINO, de Jasmila Zbanic


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Nota: 5'5

viernes, 29 de noviembre de 2013

Crítica de LE WEEK-END, de Roger Michell

Hay cuestiones con respecto cierta crítica cinematográfica que aun pensándolas no las expresarías nunca, pero que al asistir a un evento como el Festival de San Sebastián se vuelven tan evidentes, al observarlas de forma tan directa en el mismo auditorio de proyección producen tal sensación de contrariedad que de golpe y porrazo surgen de tu interior como aquel gran secreto jamás confesado. Lo diremos de la forma más clara y elegante posible, y de ello el lector podrá entender los perfiles diferentes de quienes aplaudieron y de quienes no expresaron ningún señal de afecto hacia Le Week-end. 
Muchos cronistas cinematográficos criados en el seno de la Nouvelle Vague francesa y el Neorrealismo italiano sienten una animadversión incomprensible hacia el cine asiático, las cintas 'de género' o las películas de nueva factura; nos referimos a ese sector apolillado que habló pestes de las gentes del Dogma 95 sin darse cuenta de que en esencia el movimiento planteaba cuestiones ya formuladas dentro de la historia del cine; o los mismos que prefieren narraciones lineales, en orden cronológico y mucho diálogo en detrimento de las piruetas visuales fruto de las conquistas técnicas de los últimos años. Otro sector, en cambio, siente un profundo desapego por lo tradicional, se ha criado con el cine norteamericano de los setenta y ochenta, utiliza el cine como ejercicio de evasión y entidad abstracta llena de mitomanías, y como resultado entiende el cine como arte pero también como industria, algo que les sirve para arrugar la nariz siempre que el otro bando más inmobilista defiende 'x' film por sus referentes o supuestos vínculos con 'los clásicos indiscutibles'.


Los más perspicaces ya se habrán percatado que Le Week-end, film británico que cuenta el viaje a París de una pareja de ancianos que pasa un momento difícil en su relación conyugal y en sus vidas por separado, encantó a los miembros del primer grupo, y gustó, aunque sin demasiado euforia, a los del segundo. No citaremos nombres de profesionales o sellos concretos, pero los que siguieron las tablas críticas de las distintas revistas pudieron darse cuenta de esa profunda división. No se trata de que como espectadores nos situemos en una corriente de opinión u otra, ni tampoco intentamos desde aquí dirigir la opinión de Le Week-end hacia un bando concreto, pero sí sirve para alertar a todos: hay que relativizar todo lo que se escriba sobre el film en los próximos meses. 
Se han escrito maravillas y frases muy frías con respecto Le Week-end, y todo ello no hace justicia a la película. Personalmente no coincido ni con unos ni con otros: la obra no me apasiona porque ya la hemos visto mil veces, muchas de ellas mejores, firmadas por nombres como Woody Allen o Julie Delpy, pero al mismo tiempo es innegable que los actores tienen libertad de acción, absoluta complicidad y gran protagonismo en escenas tan bien planteadas como la cena en casa del amigo del personaje de Jim Broadbent. La decisión del jurado de premiar al actor inglés con la Concha también resulta sospechosa: o bien el jurado estaba entre los entusiastas y seguramente cambió el premio de interpretación femenina a última hora ante el imponente trabajo de Marian Álvarez, algo que afectó al marcador de Le Week-end, o bien el grupo liderado por Haynes no estaba entre los apasionados pero sentía cierta obligación de premiar a un film tan fácil de galardonar como difícil de cuestionar por el oficio de todas sus partes. Le Week-end dará pie a muchos ríos de tinta: ya lo hizo durante el certamen y lo hará antes y después de su inminente estreno. Desde el blog ya dejamos clara nuestra postura: el film es una colección de momentos ingeniosos con otros tópicos. Y sí: ya estamos cansados de París como ciudad cinematográfica de la escapa cinematográfica, de la buena comida, de la Torre Eiffel y de tantas otras cosas más. 


Para entusiastas de las crisis maritales en manos de actores portentosos.
Lo mejor: Ni innova ni quiere innovar (según el grupo uno).
Lo peor: Ni innova ni quiere innovar (según el grupo dos).

Nota: 5

jueves, 28 de noviembre de 2013

Crítica de QUAI D'ORSAY, de Bertrand Tavernier

Lo escuchamos en la radio, lo leemos en los periódicos y lo vemos en infinidad de tertulias televisivas: el estamento político no podría estar más desacreditado. Con todo, hablar mal de quienes nos gobiernan se ha convertido en algo tan habitual que ha perdido todo tipo de sentido. Desconfíen de quienes reniegan de nuestros dirigentes: no existe discurso más pueril, derrotista y peligroso. Por eso, para transformar la realidad (que no maquillarla), y para darnos cuenta de cómo operan esas figuras públicas y carteras tan impopulares (no basta con simplemente 'dar una opinión'), el cine es, otro tópico pero cierto, un arma cargada de futuro. Algo que vale la pena tener en cuenta si quien habla es Bertrand Tavernier, director más que destacable al que nadie cuestiona su capacidad creativa y su compromiso social. Y si a las tablas del sabio se le añade una comedia atípica llena de bufones, viñetas de cómic entre pasillos administrativos y 'butardes' en mitad de textos de importancia nacional, el interés crece y crece. A Quai d'Orsay, independientemente de que se describa con adjetivos más o menos entusiastas, nadie le niega un hecho impepinable: llega en el momento más adecuado, su historia no podría ser más vigente, y su intención de canalizar las desgracias de la crisis en sonoras carcajadas merece sólamente por la idea una tremenda adhesión por parte de todo el estamento cinéfilo.


Aquí terminan los elogios hacia Quai d'Orsay. Ahora sí: empecemos con las críticas. Porque la película tiene distintos aspectos que al mismo tiempo pueden encandilar o irritar al público: en este caso, siento decir que fui de los que asistió a las risotadas de la platea entre cabezadas y miradas de asombro. Uno: en Quai d'Orsay es fácil perderse, ya que parte de su humor y sus referencias remiten a un componente local cien por cien francés, con lo que al público foráneo se le escapan gran parte de los guiños de guion. Dos: obviando todas esas citas más o menos indescifrables, todo lo demás está formado por diálogos que se suceden a la velocidad del rayo, con muletillas molestas, tonos repelentes y repeticiones cansinas. Estará muy cerca de lo ingenioso, no lo ponemos en duda, pero para quien escribe el film resulta crispante y tedioso. Y tres: al situarse en el plano de la parodia pasada de rosca, el film comete el error de perder su referente, de olvidar el individuo que se refleja en el espejo desvirtuado de la comedia, y como resultado todo se antoja irreal, paradójicamente intrascendente e inocuo. Recapitulamos: Quai d'Orsay termina teniendo un efecto contrario al planteado en un inicio, ya que ni sirve como distensión política ni convence como sátira crítica, ya que en su particular sentido del humor es más blanco y circense que ácido e inteligente, justo lo que se le pide a una película que describe las interioridades de quienes copan el poder. ¿Conclusión? Quai d'Orsay tiene numerosos atractivos, pero al final demuestra ser muy ruidosa por fuera y profundamente vacía por dentro. Para el blog, una película fallida. Para la crítica reunida en Donosti, la mejor cinta de la sección oficial. Lo mejor es que vean y decidan por ustedes mismos: Quai d'Orsay, pese a todo, incentiva y reivindica el espíritu crítico.


Para los que quieren reírse de los dramas.
Lo mejor: No se parece a ninguna otra película reciente y viene a cubrir un espacio que muchos necesitaban: el de la comedia política.
Lo peor: Será que la realidad es más surrealista de lo que pensamos, pero cuesta entrar en el film cuando no te crees nada de lo que sucede y se dice en pantalla.

Nota: 3

martes, 26 de noviembre de 2013

Crítica de JOVEN Y BONITA (JEUNE ET JOLIE), de François Ozon

François Ozon vuelve a interesarse por la adolescencia y el choque que se produce entre el mundo de los jóvenes y de los adultos. Joven y bonita llega después de su cinta más celebrada, En la casa, y lejos de decepcionar revela a un Ozon más refinado, más seguro como narrador y más provocador que nunca. La eterna sensibilidad e identificación femenina del director le lleva a acercarnos la historia de Isabelle, una chica de dieciséis años que tras tener su primera experiencia sexual acaba prostituyéndose en hoteles de lujo. Lo que en otras manos sería una invitación a la inmoralidad y a lo rocambolesco, Joven y bonita combina la sórdido con lo delicado y amplía su discurso hasta ofrecernos un bello retrato de la sexualidad y los tabúes de una sociedad mojigata. Ozon dispone el relato en cuatro partes o estaciones del año: el verano coincide con el primer contacto sexual, con la familiarización de lo prohibido y la desinhibición que acompaña al calor; el otoño es el momento en que Isabelle se mete de lleno en su papel de chica de compañía y disfruta de la rutina y el riesgo que implica su inusitada dedicación; el invierno es el tiempo de la reclusión, y a la caída de las hojas se desvela también el secreto de Isabelle, abriendo un cisma en el seno familiar; y finalmente llegamos a la primavera, que puede entenderse como el regreso de un tiempo cíclico o bien el final de etapa de una Isabelle que ha sabido reconducir su incontenible hambre de sexo. Todos esos tiempos son también el retrato de distintas mujeres: al principio, Isabelle pasa de niña a mujer para posteriormente explotar toda su carnalidad con otros hombres a cambio de dinero, y finalmente esa historia tiene serias repercusiones tanto en la madre de Isabelle como en la esposa de uno de los clientes de la chica. Ozon no juzga a su protagonista, no explicita los condicionantes personales y externos que han podido llevar al personaje a cruzar la frontera del voyeurismo, no reconduce su historia hacia determinada gratuidad o reflexión concreta, ni tan siquiera ofrece asideros para leer el film en una única dirección (puede discutirse si el plano que cierra el drama es real o bien imaginado por Isabelle): de ahí surge la ambigua y subyugante belleza de una película cargada de melancolía que tras su chocante premisa esconde una oda a la mujer. Ningún otro cineasta a excepción de Almodóvar juega tan bien con los extremos y sale tan victorioso como Ozon. En Cannes se habló de film menor, pero Joven y bonita es la consagración de un autor y de una peculiar forma de acercarse a los entresijos femeninos tanto a nivel plástico como emocional. Una gran película.



Para estudiosos de la figura de la 'femme fatale'.
Lo mejor: Marine Vacth, una de las revelaciones del año.
Lo peor: Que no conozcamos más detalles del hermano de Isabelle (no por casualidad, el film se abre con el pequeño espiando a una semidesnuda Isabelle tumbada en la playa).

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Nota: 8

jueves, 7 de noviembre de 2013

Crítica de FRUITVALE STATION, de Ryan Coogler

¿Cómo hablar de Fruitvale Station sin caer en el tópico? ¿Sin decir que es esa película que año tras año cursa por la pelea de los Oscar sin reunir ningún mérito? ¿Sin mencionar que remite a un hecho tan concreto que sólo tiene sentido para una audiencia yanki igual de concreta? ¿Sin comentar que todo en ella está dispuesto para sonsacar la lágrima del personal y enmascarar por vía del robatorio emocional que lo visto no es más que un telefilm maquillado? Tan tópica como esa retahíla que hemos escuchado miles de veces en miles de películas: 'lo malos que son los negratas' para la comunidad negra y 'lo malos que son los blanquitos' en boca de los afroamericanos. No dudamos que Fruitvale Station remita a una cuestión-tensión social existente en una parte de Estados Unidos. Todavía ponemos menos en duda el caso real en el que se basa: la injusta muerte de Oscar Grant, joven padre de familia negro, durante la celebración del fin de año en un metro disparado sin motivo aparente por un policía. Lo que no se entiende es que ese caso, ficcionado y recreado por el film, sea la excusa para contarnos la supuesta historia de un padre coraje, de una madre coraje que sufre por sus retoños y de una novia coraje que trabaja todo lo posible para sacar a los suyos adelante. Vidas corrientes, pero puestas en negrita, subrayadas y engrandecidas hasta convertirlas en un material supuestamente enorme.


Fruitvale Station es del todo inverosímil, y como película cuesta encontrarle un sentido: si quería ser un homenaje a la víctima, al Grant real le hace un flaco favor el discurso demagogo del film; si quería ser la enésima exposición de la guerra 'negros-blancos', al film le faltan ideas y le sobra ideología; si quería difundir la historia de Grant con fines 'x', entendiendo que un film de ficción llega más lejos a lo que públicos se refiere que el formato documental, no se entiende su comienzo con las grabaciones reales del tiroteo, ya que esas imágenes no sólo condicionan la recepción de todo lo que viene después sino que imposibilita la sorpresa para aquellos que entren al cine a ciegas; y si quería ser un drama sin más, los personajes bien merecían una descripción con menos generalidades. En resumen, Fruitvale Station es una película ruidosa que sólo tendrá adeptos entre la audiencia más adormilada: no se precisa un visionado muy atento para darse cuenta que los postulados extraficcionales de la cinta caen por su propio peso. Un título pensado para llegar por la vía del atajo al centro de la esfera mediática, nacido de la nada y aún así con escandalosos aires de grandeza. Todo lo dicho puede discutirse y seguro que puede escocer a más de uno, porque Fruitvale Station sabe vestirse con las mejores corazas y cuestionarla parece una cuestión impopular, casi insolidaria con el propio Grant y con el equipo de la película - movido, dirán ellos, por cuestiones puramente artísticas y humanitarias -. Sea como sea, desde la lucidez o desde la incorrección, desmontamos lo que al blog le parece evidente: Fruitvale Station es 'pan y circo' manipulador.


Para los que piensen que Crash era facilona y manipuladora: hay cosas peores.
Lo mejor: Una Octavia Spencer dispuesta a salvar lo insalvable.
Lo peor: Que tendrá un grupo de feroces defensores.

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Nota: 4

martes, 29 de octubre de 2013

Crítica de VIVIR ES FÁCIL CON LOS OJOS CERRADOS, de David Trueba

Al cine de David Trueba se le ha acusado en más de una ocasión de costumbrista, 'buenista' e intrascendente. Vivir es fácil con los ojos cerrados no hará cambiar de opinión a los que defienden esa tesis, pero, en palabras del propio director, y como recurso para defender esta estimable película, puede alegarse lo siguiente: '¿quién no ha necesitado cerrar los ojos alguna vez para coger impulso y seguir viviendo?' Frase que podríamos cambiar: '¿qué cinéfilo, en el conjunto de visionados de todo un año o de un certamen tan ajetreado como San Sebastián, no ha necesitado esa película vitamínica con la que poder salir del cine con menos lastres y mayor impulso para aprovechar cada segundo como si fuera el último instante?' Vivir es fácil con los ojos cerrados es una bomba de oxígeno, una revisión alegre de unos tiempos tristes y una road movie positiva en la que el espectador siempre espera que a los personajes, todos con su particular equipaje de penurias y todos entrañables, les salga todo bien. Trueba se aferra a un imposible (que su héroe, un entusiasta profesor de inglés de Albacete, conozca a John Lennon en Almería a mediados de los 60) y acaba facturando una oda a los que enseñan y un retrato de los que antes y ahora no quieren recibir ningún tipo de lección. Todo ello sin discursos fáciles, referencias políticas obvias ni tufillos sectarios de ningún tipo. El guion de Vivir es fácil con los ojos cerrados no contiene ningún trazo de brocha gorda, ninguna nota altisonante o ningún desatino: la película fluye con la apacible normalidad de quien esconde una vida de convulsiones a sus espaldas y se levanta con una sonrisa de oreja a oreja más o menos impostada cada mañana. Trueba sigue tan francés como siempre y retrata a un ser profundamente ibérico: el protagonista, ese 'profe' que siempre quisimos tener y nunca tuvimos, es ya una de las creaciones más redondas del cine español reciente, tan destacable como la soberbia composición que realiza un cómico y matizado Javier Cámara. En la sala donostiarra se oyeron 'bravos' muy sentidos: resultado obvio cuando un film toca la fibra sensible sin más truco que creer en las buenas intenciones de la buena gente. Trueba es un sabio, Cámara es el buenazo en ficción por excelencia, y Vivir es fácil con los ojos cerrados es un dulce nada empalagoso. No valen excusas como que la comedia es un género menor o que se parece en tono y estructura a un telefilm de lujo. Dejemos el libro de teoría en clase y aprendamos inglés de la forma menos ortodoxa: cantando la mítica Help con un honroso acento 'spanglish'. Quien ríe sus males espanta, y Vivir es fácil con los ojos cerrados ayuda a sacudir nuestros fantasmas nacionales y personales. No importa que entre curva y curva haya pequeñas paradas a lo convencional: viendo la película uno se siente feliz. Y señores: a una obra de arte no se le puede pedir más.


Para los que siempre soñaron con ser el quinto beatle.
Lo mejor: Cámara, genio y figura.
Lo peor: Que el personaje de 'El Catalán' no tenga película propia.


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Nota: 7

martes, 22 de octubre de 2013

Crítica de ZIPI Y ZAPE Y EL CLUB DE LA CANICA, de Oskar Santos

Por cuestiones de tiempos (el tebeo de José Escobar se empezó a popularizar a mediados y sobre todo finales de Posguerra, y quien escribe nació en 1990), los conocimientos previos sobre Zipi y Zape, más allá de reconocer su importancia como parte de la cultura popular de muchos españoles (nuestros padres), son mínimos. Por eso en este texto no podemos hablar de Zipi y Zape y el club de la canica como adaptación literaria ni como homenaje o actualización de un espíritu comiquero que nos queda muy lejos. La intuición nos dice que los niños que filma Oskar Santos, pese a respetar las particularidades físicas y la vestimenta de las viñetas, distan, y mucho, de su referente original. Pero no teoricemos. Partiendo del total desconocimiento de la obra de Escobar y con la objetividad que da no sentir demasiada empatía hacia unos personajes para muchos míticos, la descripción admite consenso: Zipi y Zape y el club de la canica es un film de aventuras de clara vocación blanca y familiar, diseñado como un despliegue de efectos especiales bastante solventes y como punto de encuentro entre un imaginario visual elaborado y un sentido del humor más bien castizo, como si Harry Potter se fusionase en una versión melliza y pija de Manolito Gafotas (las citas, de nuevo, delatan nuestra edad). Por todo esto, es difícil ponerle pegas a un film que funciona bastante bien, o que al menos funciona para el target infantil al que se dirige. ¿Que en España seguimos a la cola de un cine de calidad y a la vez comercial? Sin duda, pero productos como Zipi y Zape y el club de la canica, a pesar de sus posibles defectos, son del todo recurrentes, porque ayudan a crear industria, a perfeccionar aspectos técnicos y a diversificar audiencias. Y si no, piensen que el film intenta atraer a un público que casi nunca recibe la atención de nuestra cinematografía: la orquilla que va de los 5 a los 15 años. O que en otros contextos, con mayor afluencia a las salas, la película hubiese reventado taquillas (eso sí: superar el millón de euros durante el primer fin de semana de exhibición es, aquí y ahora, un mérito). Seguro que todo esto no convencerá a los que pasen por taquilla con el tebeo en sus mentes o a los que esperaban esa película capaz de reconciliar a la crítica y a subir la cuota de pantalla del cine español. Dejemos el tirachinas para otros y no nos enredemos más de la cuenta: Zipi y Zape y el club de la canica es tan naif, fresca y conciliadora como lo puede ser un film como Matilda (este sí, referente de nuestra infancia). Sólo por rescatar la fórmula de un cine ochentero, aventurero y colegial, el film vale la pena: parte de ello ya está presente en el excelente póster promocional. Y si queremos rizar el rizo, hasta nos podemos encontrar con un material abierto a lecturas adultas: ahí está el malo dictador que borda Javier Gutiérrez, empecinado en arruinar la educación e infancia de sus chavales, como quintaesencia 'facha' de los Wert y Montoros de nuestros días. Más que recomendable.


Para recuperar el niño que llevamos dentro.
Lo mejor: Es pura evasión. El personaje de Falconetti. Algunos delirios visuales y narrativos cercanos a Charlie y la fábrica de chocolate de Burton.
Lo peor: A veces parece la segunda parte de una franquicia ya consolidada, por lo que muchos no se la tomarán demasiado en serio.

Nota: 6