miércoles, 18 de febrero de 2009

SLUMDOG MILLIONAIRE 6'5 / 10

Slumdog Millionaire es la culminación y la acumulación más lograda de todos los tics, temas y estéticas del cine de Danny Boyle, poseedor junto a Michael Winterbottom de la carrera más ecléctica e irregular de la modernidad. Boyle es el rey del cambio y de la mezcla, título que aquí utiliza para invocar el no tan viejo cine de los noventa, una nómina de títulos que abarca a Pulp Fiction de Tarantino y acabaría con Ciudad de Diós de Meirelles, obras ya clásicas y de autoridad casi canónica. Nadie duda de que, cual alumno aplicado, Slumdog Millionaire copará el mismo estatus de estas, aunque primero será, con toda seguridad, una obra de culto que centrará las filias de adolescentes alternativos. Es esa juventud, ese ritmo, esa vitalidad, esa delectación por lo estéticamente dinámico y exótico, los motivos por los que Slumdog Millionaire, elevado a cinta generacional, ganará un sinfín de Oscars. Porque la película, al igual que Jamal a lo largo de su periplo, tiene el don de estar en el lugar y momento adecuado: Slumdog Millionaire es, con todos sus valores y contradicciones morales, la película de la crisis.



Un film tan asociado al adjetivo "nuevo" (nuevos gustos de la Academia hollywoodiense, nuevas simbiosis entre Bollywood y Hollywood, etc.) necesita un análisis más profundo. Slumdog Millionaire es un film que no inventa nada, un cuento de ascensiones sociales y sueños realizados que ahora se nos presenta como la quintaesencia de Walt Disney, Dickens o Bigas Luna, cuyas creaciones en Huevos de oro y Yo soy la Juani no se alejan tanto del concepto inicial de Boyle. Jamal es un Lazarillo de Tormes sin futuro que aguanta estoico la inestabilidad de una vida marcada por la pobreza, la orfandad, la incomprensión y las redes corruptas de explotación de menores (la figura del pícaro queda representada en el episodio del Taj Mahal). Pero el protagonista, al igual que los héroes de la novela bizantina, es recompensado con el amor de la dama, una princesa enjaulada que precisa libertad. Es más: Jamal, tal y como demuestran las preguntas del conocido concurso, gana una fortuna gracias al desorden, a la desgracia de su existencia. Jamal es un caballero sin gesta pero con Dulcinea, un inocente ignorante, superviviente quizá, que encarna el american indian dream y, al acariciar el sueño, se alza como representante de una sociedad frustrada y empobrecida, la misma que puebla una Bombay de rascacielos y chabolas.


Ante Slumdog Millionaire no existe la neutralidad, pero tampoco podemos decir la banalidad de "o se ama, o se odia". Es de justicia afirmar que Boyle hace, en ocasiones, apología de la pobreza, y que en el fondo defiende la superficialidad de la televisión para escalar posiciones sociales y crear mitos mediáticos. La crítica social aparece en contadas ocasiones y todo queda supeditado a lo visual, a lo bello y, por concepto, falso.
Slumdog Millionaire es, paralelamente, un título muy entretenido, con sus particulares claroscuros y con una gracia incuestionable. Boyle orquestra aquí una película simpática, una irrepetible montaña rusa. La tensión que crea el film en su tramo final, el gancho de su variopinto reparto e infinidad de virtudes hacen de Slumdog Millionaire, mensajes pedagógicos a parte, el título más lúcido de estos Oscars y el que más marcará las pautas del cine del futuro. Boyle, en su particular revisión de lo antiguo, construye un engendro inmortal y vitamínico, un clásico venidero que, de momento, es el gran entretenimiento de la temporada. Mientras, los fotogramas del último baile o la escena del retrete van colándose en el imaginario del cinéfilo...