Esta es la historia de un paleto castrado desde pequeño por una familia de mujeres neuróticas. Esta también es la historia de un oficinista que colecciona los descuentos de unas natillas para sumar puntos e irse de viaje. Es a la vez el devenir de un estúpido que encuentra el verdadero amor de la forma más surrealista que se pueda imaginar. Y por encima de todo, esto es un despropósito que recuerda a los Coen y al mismísimo Kafka, una trama sin gracia ni sustancia con un Adam Sandler harto insoportable. Thomas Anderson patina en un proyecto que ni se acerca a las grandes Magnolia y Pozos de Ambición demostrando que incluso el mejor realizador tiene malas películas y premios injustificados (aquí la Palma de oro al mejor realizador). Suerte que está Philip Seymour Hoffman para animar el cotarro, pero tanta tontería no se puede justificar.Un truño, una decepción se mire por donde se mire.

Auténtico fenómeno de masas en terreno galo, esta cena es una revisión y revitalización del vodevil clásico. Basada a partir de un texto teatral muy potente, la película sigue a lo largo de una liviana hora y cuarto las desventuras de unos perdedores, gafes... e idiotas. Sin apenas escenarios y con un reducido plantel de actores, La cena de los idiotas es una píldora auténtica de buen rollo y mejor literatura, suerte de Miguel Mihura moderno. Sin ser hilarante, es una historia placentera sobre la idiotez imperante en nuestra sociedad. La figura del zoquete, el paleto, el corto... el idiota, en definitiva, despliega su fuerza en un libreto austero, sin sandeces ni chistes de brocha gorda. La moraleja es evidente: hay idiotas que nacen idiotas, y otros que se tornan tontainas al intentar aprovecharse de los idiotas. La tontería se contagia y el espectador está obligado a una sonrisa perpetua. Grandes interpretaciones orquestradas por los excelentes Thierry Lhermitte, aquí un ricachón con mucho descaro, y Jacques Villeret, un estúpido de cuidado que amenaza con irse todo el tiempo, pero que al final se queda en el corazón de la audiencia. Los niveles de popularidad que alcanzó La cena de los idiotas no se superaron hasta la llegada, diez años después, de Bienvenidos al Norte. Ninguna de las dos ganó el César (los idiotas perdieron ante la excelente La vida soñada de los Ángeles), pero el premio del público es mucho más importante. Disfrútenla por primera vez o rescátenla: los zoquetes siempre están de moda.
Pocos recuerdan que Monzón, antes de estar supersolicitado por Celda 211, dirigió la rara avis El corazón del guerrero, el ténue fracaso La caja de Kovak y el título que aquí nos ocupa, nueva demostración de robos, bromas y mucho morro. Neus Asensi y Antonio Resines, marido y mujer también en las Marujas Asesinas de Rebollo (otro frente a reivindicar), centran este quinteto patético, una pandilla de locos, una oda a lo descerebrado. La figura del paleto castizo se reinventa en una película de alma inquieta y sangre cinéfila. Mucho más comiquera que el Mortadelo y Filemón de Fesser, este robo descabellado proporciona momentos de vivo descojone. Surrealismo puro y duro para una película burda que se sabe menor y que al final conquista terrenos poco explorados en nuestro cine. Es, a título personal, la película chorra nacional más efectiva de la década: cómo olvidar el bajito acróbata que se esconde en las maletas y pasea por el museo Reina Sofia para robar el Gernika... o un pintor que, a parte de narrar la historia, centra las mejores bromas del conjunto. La reina de lo cutre, allí donde también figuran orgullosas Torrente, Airbag o El oro de Moscú. Caspa de alto copete.
Cuesta encontrar películas españolas tan desenfadadas, disparatadas, alocadas y frescas. La ópera prima del dúo Ayaso - Sabroso conjuga el atrevimiento del Almodóvar de Pepi Luci Boom... y otras chicas del montón con una trama criminal que ya querría para sí el primero Álex de la Iglesia. ¿De qué va esta tontería/genialidad de culto? Tres amigos gays comparten piso, a cada cual más extravagante (Pepón Nieto se merece un templo). La llegada de un nuevo compañero, el sexy Lucas del título, revolucionará la rutina de la casa y los protagonistas se convertirán en lobas con el objetivo de enamorar al maromo. Ayaso y Sabroso no quieren grandes resultados: interpretaciones histriónicas, momentos petardos, estética deprimente, frases de guión surrealistas y números de karaoke. La hija kitch y bastarda de la fauna ibérica (y rosa). Fue un taquillazo en su época y la aventura sigue tan despeinada como hace trece años. Por si aún no sabían que del amor a la obsesión, de la risa al llanto y de la comedia al thriller hay sólo un paso.