
Me he percatado que tengo pereza a la hora de ver ciertas películas. Me cuesta ver Avatar, pero corro en seguida para conocer lo nuevo de Haneke. He llegado a la conclusión que el problema es la gente. Además, las películas más solicitadas (y con las sesiones más frecuentadas) son las que más fácilmente pueden adquirirse en internet. ¿Para qué ver Resacón en Las Vegas en el cine si puedo evitarme el trago y ver la cinta en casa, con suerte en su versión original? De no ser fructífera la experiencia, al menos habremos ahorrado dinero y aprendido un poco de inglés. El creador de historias no cuenta con los factores extracinematográficos que acontecen en las salas de cine de medio mundo; tampoco debería preocuparse por ello el cinéfilo que de verdad presta atención a la pantalla. De la misma forma que se prohibe fumar o consumir productos que no sean del cine en cuestión, los acomodadores, figura sin autoridad y en desuso, deberían velar por el silencio, el respeto y la convivencia en la sala. O mejor aún: se necesitan cursos en los que la gente aprenda a ver cine sin molestar a sus compañeros. Que haya limpiadores no implica que debamos dejar los botes vacíos de palomitas y coca-cola en el suelo, aunque la falta de civismo no conoce límites. Se quejan los espectadores de la segunda sesión porque la sala está sucia (los espectadores de la primera sesión dejaron su huella), pero después serán ellos los que ensuciarán más un espacio que debería ser sagrado y público (la basura de la segunda función se suma a la fiesta para los visitantes de la tercera sesión). ¡Querido espectador: sea cívico, por favor!