

El resultado nada tiene que desdeñar a su predecesora, aunque las diferencias de estilo son demasiadas para poder establecer similitudes consistentes entre los dos films. Paralelamente, existen tantos vínculos afectivos con el autor roto y su obra desvalida que el cinéfilo con memoria, aunque sepa discernir los errores de la historia, está abocado a amar ese personaje tan salvaje, agreste y contradictorio que es Julia. Zonca, víctima de las críticas que lo endiosaron demasiado pronto, nos cede ahora la pelota, y nosotros, nostálgicos, la aceptamos con sumo gusto. Zonca demuestra que es un artista camaleónico, que vive y rueda el momento, que actúa por antítesis, rebeldia y aburrimiento: no existe lógica en su cine porque el Zonca persona no sabe quién es ni quién quiere ser (tal vez sea una Julia en contínua metamorfosis). La obra bebe de esta inestabilidad y la convierte en una unión bastante harmónica de todo lo que Zonca ama (como crítico) y visiona (como espectador). Da la sensación de que Zonca hubiera podido elegir otro medio artístico para expresarse: él es el autor que no parece necesitar crear, de la misma forma que Julia no quiere una vida, familia y trabajo estable. Julia y La vida soñada de los ángeles son dos odas al caos cinematográfico y existencial del autor/persona y las protagonistas femeninas son, aunque exageradas, los alter ego del artista. Tras la ruptura, en definitiva, parece haber pequeños signos de coherencia.

Julia es una alcohólica sin remedio, un animal nocturno al que no parece importarle vivir en contra de todo y de todos. Julia es una heroína que no defiende su condición pero tampoco la repudia; existe en ella cierto conformismo mezclado con ron, amargura y fantasmas, además de un pasado del que solo conserva algunos amigos que luego traicionará. Julia es odiosa y a la vez adorable, víctima y a la vez el azote de su desgracia. La película regala a este caballero andante una gesta que cumplir y Julia, que ha interiorizado la corrupción y la oscuridad de su entorno, decide jugar, dando pie a un viaje físico y psicológico (pese a todo, tal viaje nunca supone un aprendizaje moral, una experiencia al límite que la devuelva al camino idóneo: hay una belleza en lo feo, una delectación por lo incorrecto). Julia no flaquea: como no tiene nada mejor que hacer, vive la aventura, secuestra el nieto de un multimillonario y continúa orgullosa. Julia destruye la idealización del héroe y el sentimentalismo de la madre contemporánea, toda una novedad que la emparenta con los personajes idiotas de los Hermanos Coen o los rudos vaqueros de John Ford (mezcla siempre explosiva que también podría incluir a Iñárritu o Scorsese). La trama, en un inicio realista, acaba tirando por otros derroteros: el personaje es patético y su destino debe ser igual. Julia es tan imperfecta como Don Quijote, tan patosa como Mortadelo, tan variada y única como el propio Zonca. En este eclecticismo, la película juega a ser varios géneros en uno (opereta del absurdo, drama, thriller de acción, western crepuscular), divierte y satura hasta culminar en un final inesperado, mezcla genial de tragedia y comedia. Julia es muchas cosas en uno, y todas ellas se sustentan sobre la sublime interpretación de Tilda Swinton. Algo huele a clásico.

En resumen, la road movie de Zonca rompe muchos esquemas, presume de sus variadas influencias y se aleja concienzudamente de la etiqueta indie o mainstream de La vida soñada de los ángeles. Julia es, desde ya, una obra a reivindicar vivamente. Zonca declara su independencia y personalidad con una obra que se distancía de su predecesora y que seguramente poco tendrá que ver con las películas que vendrán. El camino del maestro, lleno de zig-zags y dudas, prosigue.