Let the right one in ha sido una de las protagonistas de la pasada temporada festivalera y uno de los títulos sobre los que más se hablará. Destinado a ser título de culto para unos y centro de la ira de otros, la película atesora a su favor una estética singular con un tratamiento de la violencia muy especial. Tomas Alfredson
inserta el elemento fantástico en un contexto realista, algo que altera las convenciones del género fantastique y confiere al film un aura mágica, casi mística; un poder que solo reunen aquellos títulos que nunca volverán a realizarse. El director no se recrea en la sangre, motor de vida de la niña protagonista, y prefiere quedarse al margen del
gore, entre la fina línia que separa lo escabroso de lo sugerente. Por todo esto,
Let the righ one in trasciende el género que aparenta ser y cuenta varias historias: la soledad de un niño de padres separados, el
bullying que este sufre o la atracción que siente por la joven vampiresa, una relación imposible que supone su primer contacto con la amistad y el amor. Su argumento nos sirve para destacar que
Let the right one in evita seguir las reglas del terror fácil pero cae (en parte) en otro terreno más trillado: las esquemáticas normas del cine romántico, con una mirada adolescente que deviene aniñada (algo que, curiosamente, la emparenta directamente con Crepúsculo). De aquí que la novedad de algunas escenas (la caída al vacío del protector de la niña, el momento final de la piscina, etc.) pierda brillo a favor de unos temas y personajes más convencionales de lo esperado, sin contar algunos momentos gratuitos e incomprensibles (la vecina infectada cuyo cuerpo arde al ser tocado por la luz del día).
Let the right one in, con gracia pero con trampa, acaba siendo una pieza previsible, confeccionada para atraer a una audiencia joven que, pese a sus ínfulas de madurez y criterio, siempre quiere ver la misma historia. La tradición literaria y cinematográfica reduce las bondades del film y lo convierte en mero ejercicio artístico, una
película bella, sensible, recatada, casi muda, tan efectiva como efectista (cuidado: nadie dijo que ser efectista fuera un defecto).
Let the right one in prefiere aportar sensaciones puntuales y construir una historia a base de detalles y sugerencias, de aquí que el film no hable de nada y a la vez toque muchos temas. La película refleja una tónica habitual en el cine del siglo XXI: el cómo supera al qué, el estilo se funde con la historia narrada y la reduce a mera excusa para que el cineasta, egocéntrico y grandilocuente, pueda lucirse, autoatorgarse la etiqueta de raro(mérito más mercantilista que artístico). Let the right one in, coherente con su momento histórico y cinematográfico, queda emparentada con títulos como Elephant, Brick o Donnie Darko, todos ellos films sobre (y, en parte, para) adolescentes tan excéntricos como los personajes de la película. Pese a esta lista de peros, visionar la cinta es obligatorio para entender el mundo en qué vivimos y aceptar que hay mucha vida desligada del tótem Hollywood. Los que recriminen mis comentarios deberían esperar un tiempo: ya verán como Tomas Alfredson, al igual que Bayona o Aja, acaba sucumbiendo a las reglas de Hollywood (las mismas que, a priori, evita Let the right one in). Pese a todo, estamos ante una película interesante que revisaremos con sumo gusto y que mejora con el recuerdo. El próximo visionado, una vez aceptados los recovecos de la trama, será vital para sopesar de forma más objetiva la supuesta maestría de la propuesta. El enigma sigue enterrado bajo el hielo.