
Es inevitable (como espectador, como analista) destacar una cierta sensación de fatiga cuando se vuelven a plantear los mismos personajes depresivos, los mismos problemas existenciales, el barrio residencial prototípico de siempre. La eterna evidencia de estar ante un guión lúcido, armónico con la filosofía y lo entretenido, o lo que es lo mismo, con lo comercial y lo alternativo, con lo colectivo y lo individual, está consiguiendo, pese a sus ínfulas y estéticas modernas, un regusto a añejo. Por este motivo, la Academia ha preferido ensalzar a
Juno y
Pequeña Miss Sunshine, películas que optan por la diversión (tal vez superficialidad) sin ornamentos, otra fórmula muy vieja.
La nómina de películas indie empieza a ser elevada y va siendo hora de que alguien nos ayude a discernir la lista de obras maestras del cupo de impostoras.
La familia Savages no parece aportar nada a esta lucha, pero la película incluye a su favor
una de las reflexiones más interesantes sobre la muerte y todos sus entresijos. Comedida en todas sus risas y lágrimas,
La familia Savages cae simpática y parece contar con el don de la verdad, algo que no tienen las edulcoradas, falsamente rebeldes Juno y
Pequeña Miss Sunshine. Un cuento pequeño sobre lo cotidiano, un film sin demasiadas pretensiones... todo ello y mucho más es
La familia Savages, una película que será excelsa o ramplona según los ojos que la miren. Pero el film no debe temer por nada: las dos nominaciones al Oscar la harán inmortal y
las interpretaciones de Laura Linney y Philip Seymour Hoffman, reyes de este new indie cinema, perdurarán como un ejemplo de madurez... y si, de maestría.