sábado, 3 de septiembre de 2011

Crítica de LA PIEL QUE HABITO, de Pedro Almodóvar

Nota: crítica sin spoilers.

En la casa donde sucede casi toda la trama de La piel que habito, un cuadro preside el largo pasillo de la mansión. Una imagen clásica de una mujer de piel blanca recostada en su cama. Es Venus, diosa de la belleza, esa belleza que persigue a toda costa el protagonista. En la lógica del relato esa mujer pintada podría ser Dánae. Sobre ella pesaba una gran maldición: el profeta anunció mucho antes de su nacimiento que el hijo que engendrase estaba destinado a matar a su abuelo, el padre de la chica; y debido a la profecía, Dánae pasó su vida enjaulada, encerrada en lo alto de una torre con barrotes de oro y apenas una rejilla por la que recibía comida, sin poder ver ni hablar con nadie. La de Dánae es una historia de desdichas y de caprichos del destino. Más que un sujeto con sus leyes y derechos, fue un objeto sin voz; un títere del rey, su padre; y de Zeus, quien la tocase con su lluvia dorada dejándola en cinta.


El cine de Almodóvar ha llegado a un punto en el que nada en él debe entenderse como casual. Ha cambiado de piel. Lo hizo hace ya muchos años. Y sigue evolucionando. Su cine es más estudiado que espontáneo, cada objeto cumple una función en la trama y cada cuadro que decora las paredes del caserón tiene un secreto escondido. Por ello la referencia a Venus no es casual u ornamental: podría ser, tal vez sea el núcleo de la historia. De estar en lo cierto, La piel que habito sería la historia de una venganza cuya víctima no es otra que un verdugo violador: Zeus.


Las referencias mitológicas casan a la perfección con las historias de Almodóvar. Sus personajes lo viven y lo sienten todo a flor de piel, son sensibles al arte y también con capaces de crearlo, son metáforas e hipérboles, exageraciones y caricaturas de ellos mismos. Tienen algo de esquema, de siluetas dispuestas sobre la mesa del quirófano, de maniquíes luciendo en un escaparate kitch, de ideas que entroncan con otras, de entidades que esconden las identidades más insospechadas. Los seres almodovarianos actúan de una forma tan intensa que llegan a superar a la propia vida para ser, en su vitalismo o maldad, muy vívidos. Posibles a la par que imposibles. Insoportables y adorables al mismo tiempo. Venus no deja de ser un icono: sólo se trata de buscar el referente, el significado, la dermis detrás de la piel.


Dánae es sin duda Vera, el cuerpo con el que el Doctor Ledgard ha experimentado hasta límites aberrantes. El cirujano que jugó a ser dios, la silueta que se sometió a las operaciones de un Zeus masoquista. Pero Dánae era un ser cándido, virgen, infantil: la cita podría ir dirigida a Norma (Blanca Suárez), la hija de Ledgard, el personaje más inocente y a su manera el que peor sale parado. Norma es el último escalafón de una familia maldita, la que verdaderamente perdió al ser concebida por un padre que en verdad es un monstruo. Y si no hay nada peor que una maternidad tarada, Dánae es Marilia (Marisa Paredes), la que lleva ‘la oscuridad en sus adentros’, como ella misma confiesa en una escena, y quizás por eso es la única que anticipa la jugada final de Vera hacia Ledgard. ‘Tú no eres mi hijo, yo sólo te he parido’, suelta Marilia a su retoño, un metafórico ‘hombre tigre’ que ya es un hit en la estética almodovariana. O ni tan siquiera eso: Dánae es la mujer de Ledgard. La enésima perversión biológica, una más de las transgénesis y relaciones que abre Almodóvar en su película.


La piel que habito, en definitiva, habla de entidades que mutan y de identidades que sobreviven. El juego de los cuerpos y las almas es total: incluso la fotografía de José Luis Alcaine, un prodigio de luces y sombras, encarna la paradoja en la que se ha convertido el cine de Almodóvar. La música de Alberto Iglesias también consigue sus piezas más tenebrosas. Gracias a Alcaine, en el momento en que la madre de Vicente (Jan Cornet) va a la Guardia Civil (no desvelaremos por qué), esa mujer parece tener los andares y las posturas de Marilia, madre de Ledgard. Y por su finura, la cara de Norma se asemeja a las líneas delicadas de Vera. Pero nada es lo parece: la asignación de un nombre a un rostro no es fácil en La piel que habito. Ni tan siquiera proponer una sinopsis. Porque en verdad La piel que habito es un cuento con dos venganzas en la trama. Porque en verdad La piel que habito es un film masculino, si es que aquí puede mantenerse la distinción de sexos.


La verdad más objetiva es que La piel que habito es la película más arriesgada de su autor. Incluso su final llega a conquistar un punto grotesco, entre dramático y cómico, que el manchego nunca había conseguido hasta la fecha. Una historia que se asienta sobre el cine negro, pero que en verdad es ‘puro teatro’, todo drama. Si algunos pasajes de La piel que habito resultan cómicos es porque el espectador no accedió a la grave estupidez del director: hay que recordar que en Kika habían minutos de delirio y risas en torno a una violación; la historia de amor más potente de la casa, ¡Átame!, es estrictamente la crónica de un secuestro; en Todo sobre mi madre, el recuerdo del padre se transformaba en la evocación de otra mujer, el travesti que interpretaba Toni Cantó; y paradójicamente el personaje más cándido de toda la filmografía del manchego, el Benigno de Hable con ella, consumaba uno de los actos más crueles, aunque Almodóvar prefiriese explicarnos ese punto de la historia con el poético Amante Menguante. La piel que habito no elude nada: nos dice que los personajes de Almodóvar, incluso en sus bajezas, son pasionales; ‘la ley del deseo’, pero en su vertiente más terrorífica.


Hay evolución, eso es evidente. Metamorfosis incluso. Aunque La piel que habito no es una película redonda. No lo es por decisión personal del director: sus relatos ya casi nunca discurren en línea recta y se abigarran y aligeran en un barroquismo muy particular (eso sí, la película abre menos frentes narrativos que el mosaico de Los abrazos rotos). Y no lo es porque no debe serlo: La piel que habito es también un experimento, una alteración de ese ‘estilo Almodóvar’ que todos conocemos. El film en sí mismo encarna la paradoja de esa Venus en busca de la belleza suprema. Y no puede discutirse el hecho de que La piel que habito hubiera podido estar dispuesta de otra manera. De momento poco importa el orden del relato: La piel que habito tiene fuerza suficiente para dejarnos noqueados varios días. Ese ‘Soy Vicente’ final, frase con la que muchos ironizaban al salir de la sala, es el ridículo más absoluto en su versión más grave, puede que sublime. El reflejo que devuelve un Almodóvar sometido al cristal de la lupa. No gustará a todos, seguramente generará más malestar que adhesiones claras. Algo inevitable, necesario. Habitaremos sus laberintos durante mucho tiempo. Es imposible no olvidarla. De lo mejor de este 2011.


El flashback: Marisa Paredes cuenta a Vera uno de los secretos de la historia. La narración discurre a la luz de la hoguera, como dos amigas que explican cuentos de terror en el bosque, aprovechando la oscuridad de la noche.

La escena: Los últimos cinco minutos. Si tuviéramos que resumir el cine de Almodóvar en pocos planos, ese sería uno de los elegidos. Final rotundo, gracioso o doloroso según el espectador.

La estética: El 'hombre tigre' que visita a Marilia aprovechando el carnaval de la ciudad. Un personaje que ya está entre nuestros favoritos del mundo Almodóvar.

Marisa Paredes: Es lo mejor de la cinta. Esta vez sí, merece el Goya a actriz de reparto. Roberto Álamo, Jan Cornet y Blanca Cuesta, en papeles más pequeños pero importantísimos, están sublimes.

La música: Alberto Iglesias logra el mejor soundtrack para un trabajo de Almodóvar, mucho decir después de las excelentes partituras de Todo sobre mi madre, Hable con ella, La mala educación, Volver y Los abrazos rotos. Y no tienen pérdida las dos canciones que entona Buika en una escena decisiva; atención a la letra, en referencia al personaje de Ledgard: 'se me hizo fácil / borrar de mi memoria / a esa mujer a quien / yo amaba tanto'.


Nota: 9'5

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