A Carolina
La reseña contiene spoilers
El cine de Steve McQueen es un cine incómodo. Pone la cámara a escasos centímetros de las caras, los cuerpos y las almas de sus personajes. Los actores se sienten violentados y eso se transmite en pantalla. McQueen habla de procesos internos que tienen un correlato en lo físico. Sus películas a veces ceden a un esteticismo tal que parecen relatos sin contenido, como si McQueen prefiriese el impacto visual de los cuerpos descendiendo en caida libre sin detenerse en aquello que motiva la bajada a los infiernos. Afortunadamente Shame es una película sumamente inteligente, muy rica en matices, generosa en símbolos, perturbadora de principio a fin por su desnudez física pero sobre todo emocional. No hay ningún amago de excitación viendo Shame, porque para el protagonista del film llegar al orgasmo es una necesidad y no el punto culminante de una relación sexual y amorosa. Shame es una película de siluetas que se retozan, y ante todo de ojos eternamente perdidos mirando al horizonte, de insatisfacciones enmascaradas bajo la perfecta carcasa del american dream. Shame habla de una infancia dolorosa cuyas secuelas perduran en la actualidad. Una infancia intuida, nunca mostrada, que describe las rugosidades del personaje, sin justificar sus arrebatos, sin restar virulencia a sus actos. La protagonista por omisión de la mejor obra de Steve Mcqueen. El fino hilo sobre el que hacen malabarismos Michael Fassbender y Carey Mulligan, ambos en sus dos mejores interpretaciones.
En Hunger Michael Fassbender representaba la resistencia y el hambre, mientras que en Shame encarna la debilidad de la carne y la insatisfacción. En el primer fotograma el actor se despierta en su cama deshecha, con la mirada perdida y una respiración que parece el último suspiro de un condenado a muerte. En esa imagen de apocalipsis emocional, con un parecido nada casual con la estampa de un Jesucristo sufridor, se nos presenta a Brandon, una persona de éxito pero infeliz, de holgada situación económica pero claramente enfermo. Su vida acoge esa metáfora del vagón de metro que no para, porque es un medio de transporte subterráneo, que está aunque parece invisible, que se mueve en bucle, del que suben y bajan rostros y cuerpos anónimos, como aquellos que Brandon llama, busca y encuentra en las calles de Nueva York. Todo da un vuelco cuando su hermana aparece en escena. El primer encuentro queda representado como un contacto truncado: Brandon habla a su hermana, pero nosotros sólo podemos ver la imagen de ella en el espejo mientras ésta se ducha. No existe mejor planteamiento visual para presentarnos estos dos seres resquebrajados, unidos por sangre y separados por un abismo de problemas, porque en verdad son las dos partes de una moneda. Todos los demás diálogos entre los hermanos son igual de frágiles: McQueen sitúa la cámara a la espalda de sus criaturas, negándoles un diálogo, un momento de calma, una catarsis conjunta. Son parecidos y al mismo tiempo diferentes. Y su último encuentro es delante de la televisión, viendo unos dibujos animados que evocan esa infancia que no se va a mencionar pero que lo condiciona todo. Sus vidas son las de dos vagones de metro errantes. La hermana en un momento balancea su cuerpo en el andén, mientras que Brandon resta tras la línea de seguridad, manteniendo la compostura, alimentando una apariencia. Es dentro del vagón cuando el mundo de Brandon se amplifica y deja al descubierto sus telarañas: escenas en las que Brandon espía a varias mujeres, no por lujuria, sino porque es un animal herido, un depredador, un hombre enfermo.
Hay otros momentos de belleza devastadora en Shame. La escena en que Carey Mulligan canta New York, New York entre lágrimas, tal vez buscando la aprobación de su hermano, que al mismo tiempo vé como un posible salvavidas no tanto en lo económico sino en lo emocional. La canción es un homenaje a la ciudad, de la que se retratan sus bajos fondos, las zonas más oscuras, las calles más sombrías. La misma urbe por la que corre Brandon en un largo travelling, bien huyendo de su piso, bien huyendo de sí mismo. Y en relación a todo esto, McQueen abre y cierra la película con dos momentos sublimes en los que entremezcla varias escenas que no parecen tener una conexión clara. El personaje ha perdido el norte, su rutina es la repetición de un patrón de conducta, y por eso McQueen desgaja el sentido de la linealidad cinematográfica para ofrecernos retales de la vida de Brandon, partes del puzzle, flashbacks de otros flashbacks, imágenes encadenadas en las que Brandon pasa a ser apaleado en un bar, el protagonista de una orgía y el intruso de una discoteca gay. Momentos en los que el espectador se siente un náufrago a la deriva, en los que el director logra contagiarnos la desolación y la soledad de su personaje. Otras escenas que aportan esa sensación de bucle sin fin, de circuito cerrado.
La vergüenza no es un pecado capital. En este caso no es sinónimo de timidez sino de turbación. El título es recurrente y pone sobreaviso al espectador porque define la mirada de Brandon, su relación con esos actos que no puede controlar. Por eso el gran debate es si Shame es una historia de redención o no. Si Brandon encuentra la paz interior y otea la posibilidad de una nueva vida. McQueen, como todo lo importante en la película, no nos lo dice, pero nos da las armas suficientes para llegar a una interpretación sólida. Obviamente Brandon intenta deshacerse de todo lo que le ata a su adicción, aunque su único contacto sexual fallido es el que nace del compromiso, el que amaga un resquicio de posible amor y estabilidad. Como si el personaje tuviese miedo o fuese incapaz de sacudirse sus fantasmas. Lanza a la basura revistas y películas porno, su ordenador y todo lo que guarda relación con el sexo. Su hermana ha abierto todavía más esa herida que nunca supuró. Solo Brandon es dueño de su destino, aunque necesita ayuda, y no parece dispuesto a pedirla. Por todo esto, mi lectura de Shame defiende el final más triste. El último fotograma vuelve a mostrar a Brandon escondido en el metro, en medio de un mundo de peligros. El círculo se completa. Y lo que es peor: vuelve a empezar.
Una historia muy dura que precisa de espectadores abiertos y atentos. Fassbender se desnuda al completo y aún así interpreta con los ojos. Y al ver su via crucis uno recuerda a Isabelle Huppert clavándose un cuchillo al final de La pianista, la pulcritat de movimientos de la protagonista de La mirada invisible y otros relatos de desórdenes sexuales. También el Nueva York donde vivía el psicópata de American Psycho. Las mismas manzanas por las que caminaba Tom Cruise durante su odisea nocturna en Eyes Wide Shut antes de acabar absorbido por un mundo donde lo erótico se juntaba con lo mórbido, y el placer con la repulsión. Shame suma a toda esta lista de pesadillas. 2046 tomaba la imagen de un tren que iba parando en las estaciones amorosas de su personaje. Shame hace lo mismo, pero transitando las cloacas de la psique humana. Una futura obra importante del cine contemporáneo.
Nota: 8
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