De pequeño nunca tuve una de esas consolas supermodernas con varios mandos e imágenes en relieve. Ni me las regalaron ni recuerdo haberlas pedido para Reyes. Cosas como la X-Box o Play Station son más cachibaches de la nave de 2001: odisea en el espacio que realidades de mi infancia. Me quedé con la Game Boy, que tampoco me entusiasmaba, y de forma natural sustituí la pequeña pantalla de la consola por el cine, sin necesidad de combinarlas o de rescatar esos nuevos inventos con gráficos y definición de imagen espectacular. Me acordé mucho de mi Game Boy, y sobre todo del juego Donkey Kong (figúrense: en su versión más antigua), viendo un engendro como El origen del planeta de los simios, una película que se me antoja tan exagerada, tan increible visualmente como hueca e inverosímil en esencia. Nada que ver con los monitos de la aventura espacial de Kubrick: aquí los primates se pasean a su antojo, parecen superdotados y se mueven como Pedro por su casa, como si esa metrópolis de San Francisco fuera una realidad paralela, el nivel de un videojuego, una pantalla con obstáculos que superar. Será que soy muy antiguo (ya leyeron que los videojuegos nunca fueron mi fuerte), pero realmente creo que El origen del planeta de los simios no es cine: es un entretenimiento que funciona más o menos, algo muy loable, no niego que necesario para la cartelera veraniega, pero 'esto' no es cine. Cine de verdad. En mayúsculas. Otra cosa son imágenes ensambladas por arte del montaje y el 3D. Porque en el film importan más los efectillos especiales que la historia: ya resultaba sospechoso que dos actores tan deficientes como James Franco y Freida Pinto se dejasen engatusar por semejante idiotez. En resumen: sólo se necesita media hora para desterrar todas las buenas críticas que ha recabado la película. Ni me afecta ni me emociona. Veo imágenes pasar ante mis ojos; eso sí: aceleradas, atropelladas, con enormes vacíos argumentales (que podría enumerar, aunque serían spoilers en toda regla). ¿Este es el futuro del cine de entretenimiento por culpa del dichoso 3D? Donkey Kong, con sus pequeños iconos en blanco y negro, su musiquilla machacona, resultaba igual de efectivo, incluso mejor. Un film que tiene todos los ingredientes para que no me agrade ni un ápice: está James Franco, cuya cara retrotrae inevitablemente al bochorno de la gala de los Oscar; hay animales, seres que sólo me gustan en casa del vecino; es cine de acción, género por el que no me desvivo; y tiene ese tufillo de precuela, reabertura de saga, a fin de cuentas producto manufacturado previo crédito bancario que nunca pude soportar. A estos monos nadie les niega su revolución, incluso hay alguna escena con gancho, pero lo que se dice evolucionar, genéticamente o en términos estrictamente cinematográficos, nada de nada. ¿Para qué recurrir al origen, aún menos a la parodia burtoniana, teniendo el original?






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lunes, 12 de septiembre de 2011
Disparate: Crítica de EL ORIGEN DEL PLANETA DE LOS SIMIOS
Etiquetas:
Críticas 2011,
Oscars 2012
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