martes, 5 de julio de 2011

Especial BRILLANTE MENDOZA: EL MASAJISTA y KINATAY

EL MASAJISTA (MASAHISTA, THE MASSEUR), de Brillante Mendoza (Filipinas, 2005)
La ópera prima de Mendoza, mucho antes de que fuera conocido por todo el mundo y consagrado por el Festival de Cannes, supone una leve provocación, acaso una breve demostración de las constantes que más tarde poblarían el cine de Mendoza. La trayectoria de este director no se puede entender sin la revolución oriental que paulatinamente ha ido sucediéndose en la mayoría de festivales de prestigio. Primero irrumpió el cine japonés, el coreano ganó adeptos con sus propuestas fantásticas y de terror, y entre tanto la cinematografía china siempre se ha movido entre la modernidad y la tradición, el cine de época de la China imperial que tan bien sabe retratar Zang Yimou y otro cine popular que poco a poco va encontrando su espacio en las carteleras de Occidente. De esta forma, el León de oro de Kitano con Hana-Bi (Flores de fuego), el triunfo en Sitges de títulos como Old Boy o Zatoichi, y la Palma de oro de Uncle Boonme recuerda sus vidas pasadas dibujan una línea coherente de este cine de tono exótico, de ritmo totalmente diferente, seguidor de unos códigos y retratista de una cultura muy diferente a la nuestra. ¿Pero qué lugar ocupa un país como Filipinas, acaso una pequeña cinematografía al lado de otras potencias asiáticas, en este conjunto? Del entusiasmo a finales de los 90 por el cine de Kiarostami al éxito de cintas de terror orientales de principios de década hasta la reivindicación cinéfila de las obras de Kawase o Kore-eda, pasando por el éxito de Kar-Way, la simpatía que ha despertado ese cine 'diferente' ha potenciado la visualización de otras películas muy pequeñas. La línea que han seguido Gilles Jacob y Thierry Frémaux como cabezas directivas del Festival de Cannes ha sido la de dar a conocer autores de los cinco continentes, logrando que el certamen francés sea como apuntan muchos analistas un verdadero termómetro para saber qué se está filmando a lo largo y ancho del mundo y, como resultado, saber cómo evoluciona el medio cinematográfico para adivinar hacia dónde se dirige. En esta transformación, puede que simple evolución, del cine y los gustos de esa élite de entendidos, el nombre de Brillante Mendoza figura entre los mejor situados y más ilustres. Algo que viene a ratificar la importancia de esta El masajista, en apariencia tan insignificante.


Hay que ser conscientes de que incluso las secciones oficiales de todos estos festivales se guían por modas. Vaya: lo que ahora se proyecta en Cannes no encontraba espacio hacia diez años, y seguramente diferirá de las propuestas que defiendan de aquí diez años. En parte, a aquellos que piensan que películas como El masajista son películas porno para los llamados cinéfilos no les falta razón. Seguramente su incidencia en la historia del cine será mínima. Incluso muchos de los que amaron Serbis (Service) luego detestaron Kinatay (o viceversa), las dos vistas en Cannes con tan sólo un año de diferencia. El masajista juega en una liga inferior a esos títulos: es una historia bastante evidente que cuenta el luto de un joven al perder a su padre mientras recuerda su trabajo en una sala de masajes frecuentada por clientela homosexual. 'Nosotros no somos putas', dice en un momento uno de los personajes, y todo sabe a eufemismo. El masajista funciona por ese ambiente decrépito, desesperanzado y mugriento que Mendoza selló aquí y que luego amplió en posteriores trabajos. A este primer proyecto le falta una trama que sostenga los caprichos del realizador, y aún así no importa la sexualidad y los conocimientos del espectador para reconocer que El masajista es un film hipnótico, un lago lleno de mugre y lodo que nos arrastra hasta sus oscuras profundidades. Repleta de sexo mórbido, El masajista es la prototípica película con estilo pero sin argumento que promueve un arte feísta, un cine incómodo pero no turbador: la contraposición de dos cuerpos masculinos copulando y la imagen de un cadáver no deja de ser una provocación gratuita, de impacto visual pero nunca de calado emocional. Su poder plástico discurre en paralelo a su vacío narrativo, por eso resulta tan fascinante defenderla y repudiarla a partes iguales. Lo dicho: una leve provocación con vocación de gran idea que según los caprichos de la revista o el crítico de turno resulta sublime o banal. Ni lo uno ni lo otro.


Nota: 5'5


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KINATAY, de Brillante Mendoza (Filipinas, 2009)
Kinatay viene a resolver muchas de las dudas que suscitaba la obra de Brillante Mendoza. Entendida como su película más terrorífica, y por ello proyectada y ganadora del premio al mejor director en el Festival de Sitges y Cannes, en Kinatay se repiten muchos patrones de las anteriores Masahista y Serbis, y entre ellas se establece un juego de luces y sombras que en el corazón de Kinatay encuentra su escena más impactante, el momento más radical, la evidencia de que detrás de la cámara insistente de Mendoza también hay la intención de realizar un cine social y local: hablamos del rapto, la muerte y el posterior descuartizamiento de una joven prostituta. Curiosamente todas las cintas citadas acontecen en un mismo día, como si Mendoza se ciñese a un espacio (Manila) y un tiempo (entre el amanecer y la noche, o entre el ocaso y el nacimiento del día) muy concreto, quizás porque el director conoce, al menos domina aquello que está contando. Incluso podemos imaginar que todas las ficciones de Mendoza acontecen en la misma jornada: así, mientras los mafiosos de Kinatay van tirando trocitos del cuerpo de su víctima por la carretera, el masajista de su ópera prima culmina el acto sexual con un cliente y la familia del cine de Serbis observa los espectadores de la sesión nocturna mientras unos prostitutos practican felaciones en la oscuridad de la sala (algo que también ocurre con autores como los hermanos Dardenne en los que todos sus films conectan entre sí, se autocitan y completan). Todos son relatos que nacen en las tinieblas: en Serbis la ciudad era una intuición, un mero telón de fondo de lo que sucedía intramuros del cine Family; en Masahista, la ciudad era el lugar de trabajo y residencia de un personaje enigmático; y en Kinatay directamente es un monstruo grandioso en constante actividad, sucio y megapoblado, que por la noche barre sus miserias escondiendo el polvo debajo de la alfombra que forman las soñolientas siluetas de los carteles de neón, los rótulos de los prostíbulos o las carreteras que conectan la urbe por todas sus entradas y salidas. Por este motivo, Kinatay, además de ser la mejor película de Mendoza, funciona como compilación de todas sus obras: acapara el poder hipnótico de anteriores títulos, nos sitúa en una atmósfera de constante agonía y es lo suficientemente compleja como, a partir de lo que parece una historia minimalista de terror casero, abrir cuestiones de gran calado social. Un elemento social que, repetimos, anteriormente sólo era una trasfondo, una abstracción de esa Manila que no conocemos y que Mendoza cita constantemente.


Aunque pueda parecer que la estructura narrativa de Kinatay es muy simple, en verdad estamos antes una película tan fría como el filo de un bisturí. De la herida salen temas como el tráfico de drogas, el negocio de los puticlubs y bares de alterne, la corrupción que afecta incluso a la mismisima policía, la miseria que infecta el incierto destino de una joven pareja de estudiantes recién casados. ¿Qué futuro puede tener nuestro protagonista cuando la delincuencia y la amoralidad carcomen como chinches todo el tejido social, desde ciudadanos hasta autoridades? ¡Qué desoladora e impersonal es esa boda en el ayuntamiento de la capital, qué sensacionalistas son unos medios de comunicación que potencian la miseria de sus lectores/oyentes/televidentes! Kinatay es un viaje de ida y vuelta a los infiernos: Peping será testigo de todo aquello de lo que es capaz el ser humano en una noche simbólica: el inaguantable trayecto en coche es como la barca que lleva a Orfeo a las puertas del otro mundo, un sitio que al regresar nunca podrá olvidar. Peping termina al lado de una carretera, consciente de que ha sido absorbido por una aspiral de violencia de la que no puede librarse, de la que es víctima y de la que en un futuro podría ser verdugo. Mendoza también nos deja tirados en la cuneta, preguntándonos qué sucederá ahora. A veces no queda más opción que despegarse de la pantalla y pensar en otra cosa: verdaderamente serán testigos del trayecto en coche más largo y deprimente de la historia del cine. Hay efectismos visuales, exageraciones, incluso puede interpretarse como un sinsentido insoportable... pero por primera vez viendo y digiriendo una película de Brillante Mendoza he sentido cómo un escalofrío recorría todo mi espinazo. Kinatay impacta visualmente, y si se logra acceder a las alas más truculentas del laberinto también puede sacudir el alma. Y es ahí cuando Kinatay sigue desangrándose en nuestra memoria como una hemorragia que no supura, como el eco de un grito que no cesa. Negrísima.


Nota: 8'5

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