lunes, 29 de septiembre de 2014

CRÍTICA | LA ISLA MÍNIMA, de Alberto Rodríguez


Marismas criminales
LA ISLA MÍNIMA, de Alberto Rodríguez
Concha de Plata al mejor actor para Javier Gutiérrez y premio a la mejor fotografía para Álex Catalán
España, 2014. Dirección: Alberto Rodríguez Guion: Alberto Rodríguez y Rafael Cobos Fotografía: Álex Catalán Música: Julio de la Rosa Reparto: Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Antonio de la Torre, Nerea Barros, Jesús Castro, Cecilia Villanueva, Salvador Reina Género: Thriller policíaco Duración: 100 min. Tráiler: Link Estreno en España: 26/09/2014
¿De qué va?: Dos policías viajan hasta Andalucía para investigar la desaparición de una adolescente. El caso pronto involucra a diferentes personas del lugar y parece estar relacionado con la muerte de otras jóvenes. Aunque los dos investigadores no se conocen, y a pesar de sus acentuadas diferencias, ambos aúnan esfuerzos para encontrar al asesino. Los métodos de uno son muy expeditivos; el otro, en cambio, busca amparo en un periodista que le revelará datos sorprendentes.


El estreno casi simultáneo de El niño y La isla mínima pone de manifiesto la no siempre defendida capacidad del cine español para abordar obras de género. Bien es verdad que nuestro cine ha sido históricamente un tanto pacato a la hora de configurar películas fieles a los códigos del thriller, pero también es interesante destacar que los mimbres de la acción han sido constantemente reformulados por nuestros autores según unas constantes, un humor y un carácter más peninsular, 'ibérico' si se quiere: ahí están todas las obras del cine quinqui, e incluso las muestras más salvajes de cineastas como De la Iglesia o Urbizu. De hecho, si lo pensamos detenidamente, puede que nuestra cinematografía haya optado por la mejor estrategia, ya que la copia de los modelos norteamericanos, imposible por cuestiones de presupuesto, ha perdido peso frente a una personalización de historias y personajes: al fin y al cabo, el espectador reconoce el funcionamiento del género por el sustrato de visionados y obras previas, pero aprecia ese elemento diferenciador que sitúa la trama en un contexto determinado, en un marco muy concreto y muy nuestro. Esa tensión entre lo internacional y lo castizo puede observarse en la película de Monzón, con la constante contraposición entre la rectitud policial y la picaresca de los jóvenes narcotraficantes (estos últimos, con un lenguaje 'fronterizo' muy fiel a la realidad española de nuestros días, y por lo tanto intransferible a los mecanismos de la acción). Esas fuerzas también latían, tal vez de forma más subterránea, en 7 vírgenes o Grupo 7 de Alberto Rodríguez, títulos con un pulso narrativo y un ritmo cinematográfico muy reconocibles, pero al mismo tiempo fieles a sus ráices andaluzas. El nuevo trabajo del cineasta sevillano, La isla mínima, suma y sigue en este debate sobre el concepto de género, pero en este caso la aportación es todavía más singular ya que, en paralelo a una sutil descripción de la sociedad española de la década de los 80 (la Transición, o la convivencia entre la sombra de la dictadura y la entrada de nuevos modelos sociales), y por lo tanto pese a su marcada personalidad 'made in Spain', el film es uno de los thrillers más depurados, estilizados y potentes, tanto visual como narrativamente, de la historia de nuestro cine. La isla mínima, en resumen, es muy consciente de sus antecedentes, pero está destinada a abrir una brecha importante, a marcar un punto de inflexión en nuestra manera de observar y de ejecutar 'el género'.


La isla mínima marca distancias desde el minuto uno con unas impresionantes vistas aéreas que introducen al espectador en el lugar donde se desarrolla la trama. A partir de ese momento, Rodríguez vuelve recurrentemente a utilizar esos planos 'a ojo de pájaro' para subrayar las coordenadas geográficas del relato, pero sobre todo para encerrar a los personajes en un medio que se intuye irrespirable (también para dotar a los escenarios de cierto onirismo, de una casi imperceptible irrealidad pesadillesca que justifica la paulatina enajenación de los agentes de policía). Todo lo que sigue es una historia que reproduce con inusual soltura y solvencia los engranajes del thriller: una pista conduce a otra, el encuentro con un personaje sirve de puente para conocer a otros personajes, y el misterio se construye tanto por acumulación de datos (rostros, testimonios, espacios, etc.) como por el recorrido unidireccional de los protagonistas hacia el encuentro y la posterior caza del asesino. La isla mínima también apela al thriller clásico al recurrir a los principios de las buddy movies: la acción marca el conocimiento mutuo entre los dos protagonistas, y por lo tanto, como demuestra el excelente final de la cinta, la profundización de 'el otro' acaba resultando más gratificante que la resolución del expediente criminal (la pareja de agentes, en otras palabras, resulta más rica en claroscuros y matices que la trama que protagonizan). Y si estos datos ya resultan de por sí sorprendentes, impresiona todavía más la capacidad del director para dibujar una atmósfera rotunda, incluso su tesón a la hora de ejecutar escenas que no pueden describirse más que como virguerías apabullantes: nunca habíamos visto una lluvia tan densa que calara tan hondo desde la butaca del cine, en contadas ocasiones nos habíamos enfrentado a una interpretación tan intimidante como la de Javier Gutiérrez (muy bien secundada por el trabajo de Raúl Arévalo), y muy pocas veces nuestro cine ha rodado escenas tan bellas como el travelling de la persecución, tan virulentas como la confesión en el coche del personaje de Jesús Castro o tan tensas como el final en la isla mínima del título.


La isla mínima, en resumen, es uno de los productos más sólidos que ha firmado el cine español en los últimos años. Rodríguez firma su película más potente, y seguramente dejará una huella importante en títulos venideros. También dentro de la filmografía de su creador: estamos plenamente convencidos de que los pequeñísimos 'peros' de la cinta (el error de casting de Nerea Barros, algunas líneas argumentales que conducen a callejones sin salida, personajes difusos, incluso grotescos, como el de la vidente, etc.) se matizarán en próximas obras (maestras). La isla mínima ya es uno de los espacios físicos y mentales más importantes de nuestro cine: por méritos propios, y sobre todo por su seguimiento y reinvención del cine de género, el cine español ha ganado un título para la historia.

Lo mejor: Gutiérrez y Arévalo confirman su calidad como intérpretes dramáticos.
Lo peor: Ganará el Goya en detrimento de Magical Girl.

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1 comentario:

Rafa Jimenez dijo...

Un gran reseña, como siempre!.
Yo estoy de acuerdo con todo lo que comentas en general.
Para mi lo peor es el personaje de la vidente, pero bueno, aparece poco y se le perdona, es un detallito mínimo. De Nerea Barros opino que está bien su interpretación, pero no acaba de encajar bien por su aspecto y su voz.
Por lo demás me parece una película casi redonda en cuanto a dirección, reparto, fotografía, sonido, ritmo... para mi un 9,5.
Saludos!