
Las mejores películas nacen del riesgo. Los mejores títulos son aquellos capaces de aunar el oficio anterior de sus responsables con nuevos atractivos. Las mejores cintas pueden y deben rozar lo estúpido para alcanzar lo sublime. Las obras que devienen inmortales se caracterizan por romper los esquemas cinematográficos de su época al incluir un discurso y un estilo innovadores. Las piezas más célebres son capaces de influir en nuevos autores y respetar toda la tradición previa, de combinar tramas de calidad con un ritmo que no traicione la naturaleza plural y popular del séptimo arte, muchas veces por imposición de una indústria que necesita hacer taquilla. Y por último, las mejores historias deben ser polémicas, demostrar su fuerza tras varios visionados y lograr que sus espectadores, para bien o para mal, se sientan atrapados en un universo difícil de olvidar, para nada indiferente. Toda esta ristra de virtudes es aplicable a
Thirst, la última genialidad del excesivo y puntilloso Park Chan-Wook: con ella surge la revitalización definitiva de la ficción vampira y la demostración de que la carrera de Wook no se reduce a su famosa Trilogía de la venganza. Olviden el endeble romanticismo de
Crepúsculo, incluso el misticismo de
Déjame entrar o el pulso televisivo de
True Blood:
Thirst, engendro sin par, tiene sangre de verdad, sexo de verdad, sorpresas auténticas y momentos de una belleza indescriptible. Ciencia ficción y terror se dan la mano para narrar una trama en tres actos: un inicio de delicioso frikismo, un triángulo amoroso oscuro y un delirio final insuperable a ritmo de amor fou.
Es larga e intensa, asquerosa y bella, original y voluptuosa, radical y contradictoria. Nunca un mordisco tuvo tan buen sabor: Thirst es una obra maestra y visionaria. Kim Ok Bin realiza un trabajo sublime a la altura de la Gainsbourg de
Antichrist (ella sí tuvo premio). Y Song Kang-ho, cada día más presente en nuestra cartelera, encarna un papel inmortal. Se mire por donde se mire, una carambola redonda.
Un cura decide viajar hasta África para ayudar a crear un antídoto que erradique una extraña enfermedad. La bondad del clérigo no tiene límites y cederá su cuerpo para experimentos truculentos. Tras una operación, los médicos lo dan por muerto, pero él vuelve a la vida... en forma de vampiro. Esta experiencia lo llevará a conocer por primera vez el amor, poner en duda el dogma que en su día rezó y, sobre todo, compaginar su condición de héroe con una imperiosa necesidad de beber sangre. Él y ella, símbolos del bien y del mal, son el engranaje de un romance que cambia a cada minuto, una caída libre que no conoce límites y que culmina en uno de los finales más bellos que se recuerden. Solo apta para estómagos fuertes, Thirst es un fresco modernista que quitará el aliento hasta el mismísimo Tarantino. La crítica de Cannes no tuvo reparos en destrozarla y aún no tiene fecha de estreno en España. Nunca una descarga estará tan justificada: no han visto ni verán nada igual.