El cine francés es amigo de los contrastes y las mezclas. Uno de los experimentos más curiosos de los últimos años es este poético
Solo te tengo a ti, traducción discutible del original y más adecuado
À la folie... pas de tout. Estamos ante una película curiosa, de alma comercial y pocas pretensiones. Audrey Tatou, dama de la nueva comedia francesa, capitanea la propuesta: primero con su sonrisa naif, luego con una expresión tan frágil como malsana. De estas dos personalidades, una anclada en la comedia rosa y la otra en el psicothriller surrealista, la película resurge como un collage imposible, un truco narrativo que recuerda la mismísima
Amélie o el Almodóvar más desenfadado de su primera etapa (la película acaba donde empieza ¡
Átame!). Contiene las dosis de ñoñería y misterio suficientes para ser una película estimable para todo tipo de públicos. Es importante recordar que la película, pequeño fenómeno en su país de origen, llegó a las salas de cine y a los videoclubs tras el estreno de
Amelie. Ahora, siendo Tatou una actriz conocida y respetada, la película adquiere una nueva dimensión y nos permite rescatar los inicios de un rostro angelical, foco de fobias y filias, ampliado y consagrado con las curiosas
Venus, salón de belleza y
Una casa de locos.

Solo te tengo a ti se inicia con Angélique, una estudiante de arte en eterna alegría. La joven se dispone a comprar una flor para su amante, un reputado cardiólogo que está casado. La actitud esquiva del médico desespera a la joven. Angélique, respaldada por su compañera de trabajo y su mejor amigo de la universidad, empieza a enloquecer. Pero nada es lo que parece: la película vuelve a empezar y todo lo visto cobra un sentido especial, más oscuro, aún más descabellado. Solo te tengo a ti contiene dos películas en una, detalle que define y eleva la calidad del film. Una curiosidad digna de nuevas revisiones. No es una gran película, pero tiene encanto, y más tratándose de una ópera prima. Como dice el romancero, hay amores (y películas) que matan.