lunes, 6 de junio de 2011

NUEVAS SECCIONES PARA EL VERANO


Cinoscar & Rarities no cierra por vacaciones (ni mucho menos). Aunque el ritmo habitual del blog cambiará para ofrecer nuevos contenidos, muchos de ellos imposibles de realizar durante el curso normal. Durante los próximos meses esta web intentará ser una babelia de contenidos, todos ellos sobre cine. Puede que nos desviemos de la tónica de estrenos, pero poco importa. Por una vez este administrador hablará de lo que le dé la gana, al menos lo que crea pertinente o lo que los visionados estivales den de sí. Empezamos:

1. VISIONADOS VERANIEGOS: A mis pcs sólo les queda un par de gigas para declararme la guerra, así que habrá que vaciarlos. Hay de todo en esa lista de visionados pendientes, y todos se aglutinarán, espero que de forma ordenada, en esta sección en la que hablaremos de clásicos, títulos de los 80 o los 90, esas películas que nunca confesé no haber visto jamás... La Sexta 3 y su maravillosa parrilla también nutrirán la sección. Todos los films que se citen aquí optarán al Cinoscar Award al 'Mejor descubrimiento cinematográfico del 2011'.

2. SERIES DE TELEVISIÓN: Un clásico que vuelve a Cinoscar & Rarities todos los veranos. Boardwalk Empire, Los Tudor, The Big Bang Theory, The Big C o Glee serán el centro de nuestros análisis, que se sumarán a los ya realizados (revisar margen derecho del blog). También en el margen se actualizarán los comentarios de las nuevas temporadas de, por ejemplo, Mujeres Desesperadas.

3. CINOSCAR AWARDS 2001-2011: Una de las secciones más ambiciosas empezará en verano. Como habíamos hecho con los Cinoscar Awards, ahora se nominarán y premiarán todas las películas más destacadas de la década. Cada año tendrá dos posts: uno con sus nominaciones y otro con el palmarés. También habrá un premio del público, que se decidirá mediante una encuesta pública en el margen derecho del blog. Muy pronto tendrán todos los datos.

4. MONOGRÁFICOS ESPECIALES: De un director, de un actor, de un país... Hayao Miyasaki, Pedro Almodóvar, Michael Haneke y Lars Von Trier son algunos de los nombres que compondrán este nuevo apartado. Más que ver, a este blog también le apetece 'volver a ver' esas películas que hace tiempo no revisa.

5. ENTRE BAMBALINAS: Porque el verano también es sinónimo de preparar cosas para el curso siguiente. El actor de la década cobrará vida en verano y verá la luz en setiembre. El Festival Directed by 6 nos mantendrá ocupados hasta otoño. Eso y algunos detalles más que de momento sólo son ideas.

Vaya, que por mucho que uno intente sistematizar qué hacer nunca se sabe... Así que más vale que estén atentos a la pantalla, por si acaso. Nos leemos y escribimos. ¡Pasen un feliz verano!



domingo, 5 de junio de 2011

'Cluedo' en los Alpes italianos: Crítica de NO MIRES ATRÁS (LA RAGAZZA DEL LAGO)

Sigo teniendo mis más y mis menos con el cine italiano (más 'menos' que 'más'). Que una película tan correcta como No mires atrás ganase 10 premios David de Donatello sólo se explica a partir de dos hipótesis: la primera, que los señores académicos y votantes desoyeron todo lo bueno que se estrenó en Italia ese año; y la segunda, que la nómina de películas locales era especialmente funesta como para que la vencedora fuera este thriller alicaído. En España ha llegado, como es habitual, escandalosamente tarde: de hecho, Toni Servillo protagonizó antes Gomorra e Il divo que el film que nos ocupa, ópera prima de Andrea Molaioli. Los críticos de aquí la han comparado con Chabrol, algo que sólo amancilla la tumba del gran cineasta francés. El maestro galo realizaba ficciones endiabladas, retratos de las tensiones entre clases sociales, una descripción y disección del ambiente rural proviciano. A su lado, No mires atrás palidece como un juego de niños, una mera partida de 'cluedo' sin demasiada enjundia. El guión no dota a sus personajes de entidad. Al espectador se le niega la posibilidad de jugar con las piezas del tablero y establecer sus propias hipótesis sobre lo ocurrido. La silueta de la chica muerta, de rostro angelical y postura extraña, no sirve para crear un thriller con atmósfera. Después de 90 minutos ni especialmente largos ni especialmente apasionantes queda un capítulo de Se ha escrito un crimen, con una resolución precipitada (y evidente), con un detective cuya parsimonia y ligera ironía aborrece. Totalmente prescindible.


Nota: 5

sábado, 4 de junio de 2011

La inocencia en campo minado: Crítica de LOS COLORES DE LA MONTAÑA

Recurrir a los niños para narrar episodios bélicos empieza a ser una tónica habitual: de El niño con el pijama de rayas a Buda explotó por vergüenza, pasando por Las tortugas también vuelan (y en menor medida, Ciudad de Dios o Slumdog Millionaire). Los mejores relatos de infancia y miseria siguen siendo, a título personal, El espíritu de la colmena y Los olvidados, incluso podríamos incluir Miel (Bal) estrenada hace poco. Los colores de la montaña también hace méritos para incluirse entre las mejores de la lista. Una historia de amistad y pasión futbolística en paralelo a un conflicto armado que vendrá a alterarlo todo. Los niños en su expresión más costumbrista, sus juegos en el campo y sus clases con la nueva maestra centran la trama de la película. El film empieza con misterio y al final nos emociona con un presupuesto paupérrimo y pocos trucos: no es ñoña a la hora de describir el microcosmos infantil de sus niños; y tampoco es explícita cuando la guerrilla, sombra que pesa sobra toda la película, pasa a ser una realidad. Los colores de la montaña es la enésima victoria de lo sencillo: pocas escenas tienen la intensidad, la carga lírica y la capacidad de conmover como los momentos en los que el pequeño Manuel, cabezón donde los haya, corre al rescate de ese balón simbólico en un campo minado. El espectador logra abstraerse de sus problemas y vivir esa nimiedad (la pérdida de la pelota, el juguete que cohesiona las relaciones sociales de los niños) como algo mayor. Gracias a eso la sinrazón de la guerra queda retratada de forma certera, justificando esa mirada infantil que, en esta ocasión, no viene ni a alterar ni a edulcorar la realidad social del cuento. Fue una de las sensaciones del Festival de San Sebastián 2010 y no cuesta imaginar que será una de las películas sudamericanas clave del 2011. Ni la guerra es cosa de niños ni los niños deberían verse implicados en una guerra: una posibilidad para disfrutar de buen cine, reflexionar e intentar mejorar el mundo que nos ha tocado vivir.


Nota: 7

viernes, 3 de junio de 2011

Invocando a Polanski y De Palma: Crítica de SIN IDENTIDAD (UNKNOWN)

Jaume Collet-Serra sigue su paso firme en Hollywood con Sin identidad, vendida como la primera película dirigida por un español que ha logrado el primer puesto de la taquilla yanki. Con su nuevo film, Collet-Serra vuelve a demostrar una fidelidad poco común a sus referentes. Porque, aunque sus historias cada día tienen mejor empaque, en el cine de Collet-Serra aún queda el regusto (llámenle entusiasmo, llámenle locura) de ese adolescente cinéfilo que viajó a los Estados Unidos con el sueño de dirigir películas. Después de La huérfana, una de las últimas entregas terrorificas más sobrias e interesantes, Sin identidad camina hacia la acción más clásica: más que un thriller, el film es un cuento de 'misterio' e 'intriga' (etiquetas que casi ya no se usan en las fichas técnicas de los films de hoy en día), conspiraciones y encadenamientos de sorpresas que culminan en un final inesperado. Seguramente Collet-Serra ha visto muchas veces Frenético (Polanski: primer referente) o Impacto (De Palma: segunda fuente de inspiración), y eso le ha llevado a conjugar su memoria de historias sobre espías y asesinos en serie con su conocimiento del mercado / negocio cinematográfico. Otra diferencia: no todas las acciones nacidas en Norteamérica llegan con un reparto tan atractivo, desde Liam Neeson hasta Bruno Ganz y Frank Langella, estos últimos en intervenciones muy breves. Resumen: Sin identidad es ligeramente más interesante que la media de películas que pueblan la cartelera española por fechas veraniegas. Aunque la trama tarde en arrancar. Aunque el espectador esté en el pleno derecho de cuestionar cada cambio en la lógica del relato (en general, el argumento casa casi a la perfección cuando descubrimos todas las piezas del puzzle). Se agradece, eso sí, que la curiosa localización de la historia (en este caso Berlín) no sea una excusa para realizar una descarada ruta turística como ocurría en The Tourist. Y que la película mantenga su talante hasta el final, su verosimilitud dentro de lo imposible; la elegancia de un producto que, sin dejar de dirigirse a una audiencia moderna (acostumbrada a los códigos y efectismos, desórdenes narrativos y demás de la acción actual), parece sacada de los años 80. Un digno pasatiempo.


Nota: 6

jueves, 2 de junio de 2011

El teleñeco de Mel Gibson: Crítica de EL CASTOR (THE BEAVER)

¡Qué inteligente es Jodie Foster! Será que mi concepción del cine es más europea, pero siempre he creido que es más difícil llevar a la gran pantalla un guión ajeno, la tónica que utilizan los norteamericanos. Y Jodie Foster ha llevado el libreto de Kyle Killen a su terreno. Eso le sirve para: uno, situarse detrás de la cámara para rodar una película no demasiado compleja a nivel técnico; dos, darse el gusto de interpretar un personaje secundario pero de vital importancia en la trama; tres, reivindicar su autonomía como artista al incluir una pequeña crítica encubierta al mundo del famoseo express y estrellatos de corta duración (Foster nunca ha sucumbido a las reglas de Hollywood y su película es en todos los sentidos una oda a los inadaptados); y cuatro, dar a su amigo Mel Gibson un protagonista único, en esos raros ejemplos cinematográficos en los que el actor se come al personaje y el personaje parece un reflejo del actor. En El castor el azar ha sido crucial: con otros intérpretes, con otra directora, todo sería diferente. Tal y como es, el film esconde una autoreferencia: el momento en el que Gibson se intenta suicidar en la bañera y posteriormente saltando del balcón de su piso es el reverso del Gibson cantarín, jovial, siempre buen actor, de ¿En qué piensan a las mujeres? en la escena homenaje a Cantando bajo la lluvia. El castor tiene un humor negro extraño y al salir del cine la sensación es que en realidad hemos sido testigos de un drama semiescondido, tan lapidario como The Squid and the whale y otras familias disfuncionales. Se la recordará como la curiosidad que es: una marcianada que coge desprevenido al personal, una hermosa historia de depresiones y relaciones paternofiliales (y muñequiles) más honda de lo que parece. Personalmente, sobra toda la trama que concierne a Jennifer Lawrence, el paralelismo entre el devenir del padre y el hijo es obvia pero está bien contada, y el juguecito con funciones de títere bien merece un grupo de Facebook: realmente copia las expresiones del actor y logra estar contento, cabreado o triste cuando así se expresa su personaje. Y es que El castor es una película paranoica: el tiempo decidirá si es carne de Oscar, pieza televisiva de sábado por la tarde o un título de culto. Pero recuerden: sea lo que sea, será gracias al atino, la agudeza, la experiencia, la inteligencia de la gran Jodie Foster.


Nota: 6

miércoles, 1 de junio de 2011

A vueltas con LARS VON TRIER: a propósito de Hitler

LA PERSONA
Cuando Lars Von Trier había acabado sus estudios de cine en Copenhague y ya despuntaba como uno de los realizadores europeos con más potencial, su madre vino a destapar un secreto que trastocaría su vida por completo. 'Tu padre no es tu padre, sino otra persona', y con esa confesión todas las bases del ya de por sí inestable Von Trier quedaron reducidas a escombros. Tras el entierro, especialmente traumático, buscó y encontró a ese padre perdido, pero éste nunca quiso saber nada de él. Ya era demasiado tarde. Así que ese niño que rodaba películas caseras con su tío, el chaval raro que vivía en un barrio residencial privilegiado, el joven introvertido que quería ser artista, empezó a poner en duda toda su infancia. De allí surgió el enfado, la rabia y el ímpetu necesario para construir nuevos endamiajes sobre esas cenizas: las de la madre, y las que la madre había dejado con esas palabras en una habitación gris de un hospital danés. Y Von Trier construyó películas, la trilogía más o menos perfecta de la Segunda Guerra Mundial: El elemento del crimen, Epidemic y Europa. Aunque realmente fue entre las dos últimas cuando la vida de Von Trier cambió. Así que en Europa interpretó a un joven judío, satélite de la familia protagonista del film: una dinastía construida sobre el bienestar ferroviario y sobre la que pesaba la mancha de haber colaborado para las gentes de Hitler. Jean-Marc Barr, el protagonista de ese film, moría ahogado en la escena final, y esa es claramente una imagen de ese Von Trier mórbido que, revisando la historia en mayúsculas, también repasaba su propia historia. El cambio de padre era claro: Von Trier, que se había considerado judío toda su vida (aunque su familia no fue nunca practicante ni especialmente religiosa), era hijo de las manos que mecieron el desastre del Holocausto. Como todas las biografías, este hecho puede basar o no el visionado y la interpretación de esa etapa del Von Trier principante, también la ruptura que supondría más tarde Rompiendo las olas, el golpe de atención mediática del Dogma 95, hasta llegar a Antichrist, en el que el ejercicio de autohipnosis, introspección y exorcismo llegaba a límites insospechados (volviendo, curiosamente, a los tonos en blanco y negro que recorren los fotogramas tétricos del primer Lars Von Trier). Al final la persona se reveló más interesante que el artista: quien hace películas tiene en su vida la superproducción más terrorífica.


Pero no le toca al espectador descifrar la personalidad de la persona que se esconde entre las imágenes de una película. Ni tan siquiera al analista, crítico o entendido, que debe ceñirse más que nadie a las virtudes o defectos de los fotogramas. Aún así, es innegable que la persona de Lars Von Trier, la misma que late medio invisible medio explícita en todos sus films, aparece en sus ficciones, a veces contradiciéndose, a veces jugando a ser aquella persona que no es. El misterio de Von Trier está en su propio interior: parece que sólo una vida un tanto tortuosa y una mente un tanto peturbada como la del danés podía dar como resultado un director de cine especial, excelente según muchos, merecedor de otros calificativos según muchos otros. Obviamente la persona de Von Trier no justifica que citase a Hitler en la press conference de Melancholia de la pasada edición de Cannes. Lo que acaso justifica es su preocupación constante por la muerte, su atracción por la simbología y estética nazi (que, todo sea dicho, cultivó durante su período estudiantil en la capital de Dinamarca), su filia por la figura de la imagen sufriente y al mismo tiempo la frialdad necesaria para acometer hasta el final verdaderas atrocidades sobre sus débiles, indefensas protagonistas. Von Trier es tan maltratador como maltratado, y en su sino aún existe el debate de si es judío o alemán. Siempre he creido a Von Trier como una persona más sensible y vulnerable de lo que parece, y su coraza viene a ser el personaje que ha creado a su alrededor, medio a propósito medio por casualidad. Entramos, tras una cita de la vida objetiva de Von Trier, en el terreno de las hipótesis subjetivas. Sea como sea, la persona de Von Trier es uno de los elementos de la ecuación matemática, la misma que dió como resultado ese 'I understand Hitler' tan sacado de contexto.


EL PERSONAJE

El personaje de Lars Von Trier ya se gestó desde una edad temprana. Era un niño manipulador, embaucador y caprichoso: quién sabe hasta qué punto sus estudios en cine respondían tanto a una verdadera inquietud personal como a la secreta intención de desvincularse de la férrea moral, según él irrespirable, de su familia. Epidemic es una provocación de principio a fin, y más cuando en ese momento Dinamarca se abría al exterior al ganar dos veces consecutivas el Oscar a la mejor película de habla no inglesa por Pelle el Cosquistador y El festín de Babette. Por un momento, Von Trier pensó que no estaba participando de la renovación cinematográfica que habían iniciado sus coetáneos, y eso le llevó a Europa, más madura, totalmente preparada para arrasar en Cannes, su casa desde ese momento (Epidemic había concurrido en una sección paralela del festival francés), y Sitges. Ya con Europa hubo polémica en La Croisette: meses después del certamen Von Trier habló con miembros del jurado, y muchos expresaron en público y en privado su animadversión al danés, algo que Von Trier no digerió bien. Mientras pensaba que Europa hubiera merecido la Palma de oro (y no el Premio del jurado), Von Trier dirigió Riget, y como en Epidemic, él pasaba a ser un actor, el narrador que cerraba cada capítulo de la serie. El esplendor de su personaje nace con el proyecto Dogma 95: quienes investiguen sobre el nacimiento del último movimiento cinematográfico más importante del S.XX se encontrarán con mil y un chistes, desacuerdos, desaires y acciones más propias de un publicista que de un verdadero creador de historias. Celebración hubiera podido ser otra referencia a su familia, pero prefirió dirigir Los idiotas, destapando su faceta más irónica, socarrona. Bailar en la oscuridad era otra impostura: viajaba a unos Estados Unidos que el danés nunca había pisado, jugaba con el musical sin que su obra se incluyese estrictamente en los códigos de ese género, y dilapidó sin piedad ese decálogo al que antes se había acogido como fiel devoto. Dogville, otra extravagancia. Antichrist, rabiosamente radical, con su cita de 'soy el mejor director de cine del mundo' sobrevolando las bambalinas de Cannes. Así hasta que hace unos días se presentara en la Costa Azul como un rapero deslenguado, con un 'fuck' escrito en sus puños. ¿Hasta qué punto el personaje enmascara a la persona? La cuestión importante es que la referencia a Hitler no ha sido lo más gordo ni lo más recriminable del danés. Con semejante currículum, ¿cómo puede Cannes sobredimensionar las mofas, bromas o rarezas de Von Trier justo ahora? Ojo: la historia de Trier es también la de Cannes, un arco que abarca la primera y también la última cinta del realizador. El estandarte de Persona non grata era la última medalla, aunque sea de un honor dudoso, que le quedaba por conquistar. De la misma manera que hay que tener presente a la persona, también hay que recordar al personaje: ese mentiroso compulsivo, generador de titulares y provocador de profesión que todos sabemos que es. ¿Por qué aplaudir las palabras de Gervais en los Globos de oro 2011 y criticar la mención hitleriana del susodicho? ¿Acaso no existe una doble tabla de medir cuando entra Von Trier en juego?

EL DIRECTOR
Todo esto tenía que acabar con el tercer miembro de la suma: el director. Nada de lo dicho tendría sentido si no fuera un director de cine personal, lúcido, del que no dejar indiferente a nadie es su mayor tara y a la vez virtud. Si entre los fotogramas de sus películas no hubiera una armonía, belleza o arte que justificase las telarañas de su parte oscura, no tendría sentido perder el tiempo escribiendo sobre su figura. Curiosamente Von Trier es de los pocos realizadores que conocen tanto los cinéfilos más veteranos como los más jóvenes. Se sitúa entre lo popular y lo intelectual. Citen su nombre a un grupo más o menos reducido de personas y seguro que alguien salta con un aplauso o un insulto. En una sociedad (la europea, la que representa Cannes, al menos cinematográficamente) en la que sólo los futbolistas tienen la categoría de héroes nacionales, el Festival galo, como dijo Almodóvar hace poco, es una de las pocas celebraciones de la cultura en su máximo apogeo: la verdadera expectación es la de conocer lo nuevo de los mejores realizadores, esperando también apuntar algún nombre desconocido a la lista de los consagrados. Esa gloria y plenitud de la cultura, que también tiene su parte mercantil en la venta y promoción de películas, no tiene lugar más que en alguna feria literaria y fiestas extraordinarias. Y en ese contexto de fragmentación, Von Trier es uno de los pocos nombres que reconcilia y divide, proyectándose en muchos más cines de lo que es habitual para un autor europeo, acaparando más portadas de lo normal para alguien que no juega en la primera división de Hollywood, siendo un referente incluso para los que consumen un cine claramente diferente al que representa Cannes. La historia del cine ya no puede prescindir del Lars Von Trier persona, personaje y director. Y aunque se hayan dicho muchas cosas tras el comentario hitleriano, uno debe apelar a un sustrato estrictamente cinematográfico, el recuerdo de sus obras. Sea como sea, sea quien sea Von Trier, atentar contra su figura no vendría más que a empobrecer el panorama cinematográfico actual. ¿Acaso podría un ciudadano 'homófobo' prescindir de las obras de Shakespeare, los collages de Warhol o las películas de Pasolini? Eso si olvidamos la incontable lista de artistas ya clásicos que en su día apoyaron la causa de Hitler. Obviamente no escondo mi empatía hacia Von Trier, pero tampoco justifico sus recientes declaraciones. La cuestión es que todo es mucho más complejo, y que en ningún caso la personalidad del artesano desacredita el poder de sus figuras. Puede que el post en conjunto resulte demasiado disperso, pero no hay otra manera posible de abordar la figura y las sombras de Von Trier. Así que debemos prepararnos para olvidar cualquier anotación secundaria y llegar vírgenes a la proyección de Melancholia, esperando recibir un impacto puramente y estrictamente cinematográfico. Una película que vendrá a engrandecer y a complicar esta triple faceta del danés. ¿Acaso existe una persona, un personaje y un director de cine más apasionante que el señor Von Trier?

martes, 31 de mayo de 2011

Repostería francesa: Crítica de UNA DULCE MENTIRA

Como ocurre recientemente con las películas de género fantástico españolas, las comedias francesas ya llevan mucho tiempo siendo un sello archiconocido, una franquicia muy rentable que se exporta a muchos países. La comedia gala tiene sus estandartes, tanto en lo que respecta a actores como a directores, aunque desde fuera da la sensación que los franceses no parecen encumbrar en demasía sus propuestas más comerciales, vistas en terreno galo por millones de espectadores: demostración de ello es que películas casi generacionales como La cena de los idiotas o Bienvenidos al norte no ganaron el César, y muchas como la reciente Pequeñas mentiras sin importancia ni tan siquiera estaban en la terna de nominados. Los académicos casi nunca siguen los gustos de la mayoría aunque a veces se conceden alguna extravagancia: ahí está Venus, salón de belleza, propuesta típicamente francesa, plenamente cursi y declinada en femenino, que sí se impuso en esos galardones. En esa película una novel Audrey Tatou trabajaba en un centro de belleza con la consagrada Nathalie Baye, y resulta gracioso que en Una dulce mentira ambas se reencuentren, también en una peluquería, ahora como madre e hija, para seguir alimentando la nómina de comedias a la française. El cambio lo marca Tatou, ya con un estatus propio, una aureola de Audrey Hepburn francesa, que ha tenido el privilegio de estar en el reparto del genial díptico que forman Una casa de locos y Las muñecas rusas, ser la protagonista de esos placeres culpables llamados Sólo te tengo a ti y Juntos, nada más, y conseguir la categoría de mito cinematográfico con la inmortal Amélie de Jean-Pièrre Jeunet (obviamos por razones evidentes su participación en Coco avant Chanel y El código Da Vinci). Así que no es de extrañar que ante Una dulce mentira uno invoque toda esa tradición de divertimentos galos, esperando que la nueva película de Pièrre Salvadori (autor de Un engaño de lujo) siga y en el mejor de los casos supere ese memorandum de vodeviles que en nuestro país tienen una audiencia muy fiel, la mayoría gente mayor que se concentra en núcleos urbanos estratégicos. Empieza el film y esperamos ser engañados con dulzura...

Si algo debe destacarse de esta Una dulce mentira es su alma totalmente demodé: que el lío que basa la trama surja de unas cartas tradicionales y no de correos electrónicos o sms, más a tono con los tiempos que corren, ya es una señal de que la película no quiere ser ni actual ni pertinente. Obviamente las cartas se insertan a la perfección en la lógica del relato, la descripción alocada de sus personajes y la sencillez de su puesta en escena, dejando cualquier tipo de pensamiento mayor o complicación narrativa en el baúl de los recuerdos. Aunque servidor estaba sediente de humor tras Potiche, Una dulce mentira resulta demasiado pequeña, cuca y hueca a partes iguales, un tanto mema y totalmente insustancial. Sirve como distracción dominguera y poco más. Y si ya hay que hacer esfuerzos para encajar una Tatou arisca y una Baye totalmente en babia (en ese pasado en el que figura Venus, salón de belleza la tónica era a la inversa), el final de este embrollo de poca altura se resuelve de la forma más irreal y más amable posible. Vaya, que es de esperar que ese sustrato de comedias picaronas que ha dado sentido a Una dulce mentira sea el mismo que destierre una película totalmente mejorable. Sirve, eso sí, y como en los viejos tiempos, para disfrutar de sus dos actrices, los dos vértices capitales del triángulo amoroso. Aunque con eso sólo queda contento el mitómano y el fanático de turno. Una mentira es una mentira, pero le perdonamos sus flaquezas: el azúcar glasé sigue estando igual de bueno.


Nota: 5'5

lunes, 30 de mayo de 2011

Cuento oscuro: Crítica de THE HOUSEMAID (HANYO)

The Housemaid formó parte de la selección oficial de Cannes 2010 y muchos auguraban premio para ella, ya que el presidente del jurado Tim Burton, bastante propenso a las tramas paranoicas, podía, al menos según las teorías que se dan cita durante los diez días de concurso en las bambalinas y corrillos del festival francés, beneficiar a una película bastante acorde con sus gustos como realizador y espectador. No fue así, aunque la vencedora Uncle Boonme recuerda sus vidas pasadas, para muchos la peor Palma de Oro en años, también respondía a esa tétrica teatralidad, atmósfera extraña y surrealismo bizarro que el creador de Sleepy Hollow suele cultivar. Lo mejor de The Housemaid está, precisamente, en sus detalles más oscuros. Ya en su escena de apertura la película nos sitúa en un terreno de latente tensión y aparente normalidad: el suicidio de una mujer mientras en la calle todo y todos parecen seguir con el curso normal de las cosas. Más tarde la sirvienta del título pasa a ser una realidad y la película vira al cuento infantil con telarañas, insertando una relación de poder, posesión y arrebato sexual que funciona sobre todo a nivel visual: los cuerpos de los protagonistas durante el acto amoroso, juntándose y separándose, dejando una capa fina de sudor, jugando a crear una belleza tenebrosa, nunca explícita; o los largos barridos visuales que escudriñan la casa, elemento clave y protagonista omnipresente, generador de terror. La lástima es que a la premisa un tanto obvia de la trama se le añade un interés por el culebrón amoroso que viene a desperdiciar gran parte de la segunda mitad de la película. Al final todo resulta un tanto impostado y la historia de despechos femeninos, hijos bastardos y suegras posesivas no se aleja demasiado de un serial por entregas con los ojos rasgados. Aunque, en ese vaivén inestable que establece el film entre sus componentes fantásticos (género 'terror') y absurdos (género 'drama familiar'), la película vuelve a deslumbrar en sus cinco minutos finales con una estampa que bien hubiera podido ser obra de otros nombres coreanos como Park Chan-Wook. En conjunto deja un tanto frío, pero es innegable que entre las habitaciones, sótanos y recovecos de The Housemaid hay varios momentos de una planificación brillante. Estaría bien saber qué opina el citado Burton de este remake de La doncella (Kim Ki-young, 1960), aunque es evidente que Poetry (Poesía), la otra apuesta coreana de Cannes 2010, era claramente superior a este relato indeciso, titubeante y delirante sobre criados y amos multimillonarios.


Nota: 6

sábado, 28 de mayo de 2011

Crítica de PIRATAS DEL CARIBE 4: EN MAREAS MISTERIOSAS

REENCONTRARSE CON EL SEÑOR SPARROW

A nivel personal esta cuarta parte supone un doble reencuentro. El primero, con el mundo blockbuster, que había estado muy lejos de la órbita de este blog. El segundo, con la saga de los Piratas del Caribe, de la que sólo vi la primera parte. Con estas señas, ya pueden imaginarse que la siguiente reseña será de todo menos normal. Y en esta ocasión, el problema está en mi no fidelidad a la historia. Viendo lo primero y lo último de los corsarios más taquilleros, hay la sensación de que algo ha sucedido por el camino, de que se han añadido a la premisa más personajes y de que se han establecido relaciones más o menos interesantes, más o menos presentes en una cuarta parte que se entiende sin necesidad de demasiados referentes. Será cuestión del tiempo y de que cuando vi la original del 2002 aún me divertían los derroches hollywodienses a base de espadazos y cañonazos, pero ahora Piratas del Caribe me parece muy banal, muy infantil, muy naïf, excesivamente familiar. No recordaba a Sparrow-Depp tan exagerado, tan amanerado, tan 'tan', aunque sus excesos son lo más animado del film. Están a tiempo de refrescar su pantalla del ordenador y dejar de leer: servidor vió Spiderman 3 casi por autobligación, cuando la película sólo se proyectaba en la sesión de las 16; se perdió la primera parte de Harry Potter 7, por pereza y por eso de 'ya la veré, como estará meses en el cine...'; y pasó olímpicamente de recientes Thor, A todo gas 5 y similares. Que empiece el abordaje.


COREOGRAFÍA, QUE NO ACCIÓN

Varias cosas sorprenden de Piratas del Caribe 4. La primera, y repito mi condición de no iniciado en cuestiones piratiles, la evolución del género de acción tras la entrada del 3D. Ahora sólo hay coreografía, la intuición de que los actores son más atletas que intérpretes, y de que la espectacularidad de los momentos más descacharrantes es más impostada, más falsa que nunca. En Piratas del Caribe 4 hay recursos técnicos, planificación, sincronización y batallas mil, pero todo resulta demasiado evidente, resabido. Pasan cosas, sí, pero no hay acción ni épica. Así que por muchos trucos que haga Depp, por muchas vicisitudes que pase, en seguida se notan las prótesis que esconde el maquillaje, las muletillas de un guión más preocupado en enlazar escenas que en construir una trama con hondura. Eso, que es la base de una película deficiente, ha venido a engrandecerse con el 3D, formato asesino que obliga al realizador a captar momentos espectaculares, de mero disfrute e impacto visual, estampas que se presten a engañar el ojo, ignorando que la emoción de la batalla emana de una buena historia, y no de unos buenos efectos especiales. La rabia es que el engañado, o productor del engaño, sea Rob Marshall, cada vez más alejado del talento de su primer Chicago, incluso de la solvencia visual de Memorias de una geisha. Y con Marshall volvemos al concepto de coreografía: el responsable filma los momentos más disparatados como si fueran pasos de baile, ecos de la inexacta (que no fallida) Nine. Así que Piratas del Caribe 4 es una película hacendosa que da lo que promete, pero es demasiado pulcra, poco original; una impersonalidad reciclada al servicio de un público amplio, poco exigente y de edades muy dispares.


ARTEFACTO Y ARTIFICIO

El último dato es la construcción de los personajes. En Piratas del Caribe 4 todo da un tanto igual. Penélope Cruz lidia con la pirata más estúpida del barco, ni rastro de esa corsaria de rompe y rasga que citaba la madrileña en Cannes: demostración de los fallos del film es que la heroína no tiene ningún momento de lucimiento, ninguna escena de acción notable, ninguna frase de clímax amoroso con Sparrow (y cuando insulta en español, parece una burda imitación de su papel en Vicky Cristina Barcelona, en general de su imagen de latina malhumorada). Óscar Janeada, capitán de la tropa española, aparece casi de forma testimonial. Los movimientos de Johnny Depp parecen más obra del videojuego que del cine: desgraciadamente, lamentamos no tener el mando de la consola para sentir la acción en nuestras carnes. Y de aquí retomo otra idea previa: si el conjunto de películas nació a partir de una atracción de Disneyworld, en esta cuarta parte se nota más que nunca la curiosa concepción del invento. Desconozco si esta película se despega de las demás entregas, si es continuista o si se define en términos de ruptura. Eso sí: sé que está a años luz de Indiana Jones, los thrillers de los 90 y otras sagas como El señor de los anillos. De que desearía que Jack Sparrow fuera un guiñol mudo a lo Charlot. Y de que no espero quinta parte, sea cual sea el dictamen de la taquilla. Los cantos de la sirena nos han engañado. Quien escribe vuelve después de este paréntesis a su dogma de visionados, que casi nunca coincide con los rankings de las más vistas (no a propósito). Pero me preocupa que mientras tanto el blockbuster palomitero, género muy difícil de acometer, muy noble y complejo, ceda al artefacto y al artificio.


Nota: 3'5

viernes, 27 de mayo de 2011

Charmant: Crítica de MIDNIGHT IN PARIS (MEDIANOCHE EN PARÍS)

EL HECHIZO DE MEDIANOCHE
Empieza la película. Varias imágenes del París más mítico y típico, reconocible y turístico, se superponen y uno piensa en Vicky Cristina Barcelona y todo lo que ese film tenía de escaparate de diseño de la ciudad condal. Pero la capital francesa sale victoriosa: Allen pronto nos lleva a un territorio totalmente diferente y la urbe se convierte en esencia y escenario. Ya a los quince minutos Allen atrapa. Más que verla, me gusta 'estar' en ella, oir sus diálogos, sentir esa ciudad en eterna digresión temporal. Allen aparece en su faceta más nocturna y reaparece como gran autor. Si Conocerás al hombre de tus sueños no llegaba ni a la categoría de mero borrador de una película del neoyorkino, en Midnight in Paris todo es un acierto, me gusta todo. Es, sin duda, su guión más ingenioso, el mejor hilvanado y el más generoso con todos sus personajes, incluso aquellos que ocupan una posición terciaria, casi testimonial, cada uno a su manera importante, como la guía turística que da vida Carla Bruni o la dependienta de un tendedero de antigüedades. Eso si aún no saben de la daliniana aportación de Adrien Brody (ex pianista judío, ex compañero de King Kong, ex matador de Predators y ex Manolete: bizarrada total) o la participación de Kathy Bates, una actriz de gran personalidad que alegra al cinéfilo sólo con su presencia. Sin obviar la adorable, cada día más guapa y mejor actriz Marion Cotillard, mientras Rachel McAdams se confirma como artista con mucho futuro. Y Owen Wilson, alter ego del Allen actor, sabe representar muy bien la locura de un personaje bipolar, por lo que se refiere a ese doble tiempo (de la nostalgia, del recuerdo, del sueño, de lo utópico) que es la sorpresa que esconde la trama (y que, obviamente, no vamos a desvelar). Sí se puede decir que Midnight in Paris gira entorno a un escritor frustrado que encontrará sentido a su vida al pisar la capital francesa, invocando a sus ídolos literarios y vislumbrando aquello y aquellos que verdaderamente quiere en su vida. Más que divertida, es elegante, con encanto; un homenaje al París amoroso evitando obviedades y clichés. Vaya: dilapidando esa idea previa que acomete al cinéfilo nada más entrar en la sala. Véanla y se darán cuenta que es la mejor obra de Allen desde Match Point. Imposible no volver a todos los juegos de dobles tiempos y escenarios que nos ha regalado el cine: Wilson nos lleva al cine de Anderson, Allen a La rosa púrpura del Cairo, y la memoria cinéfila al día de la marmota de Bill Murray o los pasillos de Cómo ser John Malkovich. Tocadas las doce, llega un coche y todo cambia. Para nosotros, se acaba el hechizo, como la Cenicienta a las puertas de su casa. ¡El mejor Allen ha vuelto!


Más dualidades: A partir de este fin de semana, tanto Wilson como Cotillard tienen dos películas en cartel. Él, ésta y Carta Blanca. Ella, Pequeñas mentiras sin importancia, la cinta gala más vista del año pasado con el permiso de Nada que declarar
Pensamientos: ¿Por qué no compitió Midnight in Paris en la sección oficial del Festival de Cannes? Sea como sea, ojalá que el film se tenga en cuenta para el Oscar al mejor guión original venidero.
El momento: Allen vuelve al humor inteligente en forma de gag que llevaba varias entregas sin ofrecernos. Los implicados son un detective y el Palacio de Versailles.
El diálogo: ¿Qué inspiró a Buñuel para crear El ángel exterminador? Allen vuelve a sus ídolos y referentes. Arte sobre el arte.
El dichoso doblaje: Será que el doblaje de Brody es estudiadamente exagerado, será que algunos espectadores no entienden el poco francés que chapurrean los personajes... pero ver Midnight in Paris doblada, como tantas otras, como casi todas, no tiene ningún sentido. Habrá que esperar al dvd navideño.


Nota: 8'5

miércoles, 25 de mayo de 2011

Be beato, my friend: Crítica de LOURDES


Hay cosas que uno ve por primera vez en la gran pantalla y piensa: ¿cómo es que a nadie se le ocurrió antes? Eso sucede con Lourdes, una película que podría pasar por marciana pero que es una de las historias más misteriosas que hemos visto en mucho tiempo. Efectivamente, la película nos lleva al lugar de peregrinación francés por excelencia, y a partir de aquí la película se empapa de todo ese ambiente silencioso, grave y multitudinario que para los que no somos creyentes resulta totalmente desconocido. ¿Acaso no es Lourdes lo más parecido a un parque temático del catolicismo? Que la película haya recibido premios en todas las partes del mundo y por parte de cristianos y ateos da buena prueba de la inteligencia de Lourdes: puede interpretarse como una sátira de todos aquellos que hacen cola para recibir un milagro; en todo caso, es una exposición fría de las miserias del ser humano, la demostración de que todos sucumbimos al chismorreo y a la envidia. La cámara de Hausner es sumamente lista: es incisiva e irónica, pero no crítica o socarrona, y no se limita a rodar una historia complaciente con los que creen o no en Dios y sus vírgenes. Aunque no mojarse parece la opción más fácil, es sin duda la más complicada: en la película no hay ni rastro de fanatismos o preferencias religiosas, y su mirada aparentemente neutra inquieta. Lourdes tiene momentos de una sencillez estudiadísima, como las escenas en las que la protagonista, una discapacitada aquejada de esclerosis múltiple, oye las conversaciones engoladas, todas ellas fingidas, de cuantos hombres y sobre todo mujeres llenan el complejo hotelero en el que se aloja. Otros remiten a un cine más místico que religioso y es casi inevitable no pensar en Dreyer cuando el esperado milagro pasa a ser un hecho. Mientras, algunos personajes secundarios como la viejita que nunca habla, la joven enfermera, o Cécile, la coordinadora de la excursión, producen cariño y terror. Cada uno le dará sentido desde sus creencias y su manera de entender lo terrenal y lo divino. A este blog le ha parecido una película tranquila, exótica, bella y profunda. Si hay que sacar alguna lección de Lourdes es que todos, incluso los más beatos, tienen el derecho de dudar y de recibir el beneficio de la duda: dudar de la existencia de un más allá, de un Dios bueno y/o todopoderoso; o de si recibir la fuerza de una piedra o un agua bendita es suficiente para curar aquello que para la ciencia no tiene solución. Y al dudar, uno se da cuenta que Lourdes es en verdad una historia sobre la vida. Y una película que transmite ganas de vivir es lo mejor que le puede pasar a cualquier cinéfilo. No se la pierdan.

Sylvie Testud, premio EFA 2010 a la mejor actriz europea.
Nota: 8

martes, 24 de mayo de 2011

Mujeres y religión: Crítica de LA EXTRAÑA (DIE FREMDE, WHEN WE LEAVE)

Umay abandona Estambul harta de que su marido la maltrate. Cuando vuelve a Berlín, se reencuentra con su familia, y en ese momento empieza un conflicto sociocultural que afecta a Umay y nos concierne a todos. La familia de la joven, de tradición musulmana, no acepta que su hija mayor haya abandonado a su marido y encima haya escapado con el pequeño Cem, su hijo. A partir de aquí, la película cuenta de forma silenciosa y pausada, casi a modo de elegía y doloroso via crucis, el devenir de una mujer entre oriente y occidente, con ansias de vivir y al mismo tiempo sedienta por recibir la comprensión, ya sea a modo de perdón o aceptación, de sus allegados. Feo Aladag ha decidido afrontar temas mayores para su ópera prima y eso le ha valido una nominación al EFA (para Sibel Kekilli, quien fuera la excelente protagonista de Contra la pared), aplausos en la Seminci vallisoletana y representar a Alemania en los Oscar 2010. Estilísticamente es una obra sobria y certera, y la película se inserta en el conjunto del cine europeo más reciente dedicado a explicar la problemática de la mujer moderna: véase En el camino de Jazmila Zbanic (con la que comparte la descripción de un entorno religioso totalmente hermético, asfixiante) o nuestra Te doy mis ojos (máxima exposición de la mujer maltratada y sus conflictos familiares). Al final La extraña sobrepasa su propia historia y es capaz de abrir un debate interesantísimo sobre la eterna situación de inferioridad de la mujer, o los aspectos dañinos de una religión que deja de estar al servicio del creyente para someterlo a estrictas normas de matrimonio y patriarcado (ojo: también puede aplicarse a la doctrina católica y su único modelo de familia, además de la intransigencia que demuestra a la hora de tratar cuestiones como el preservativo, el aborto, la eutanasia o el matrimonio homosexual). Que La extraña sea una película sencilla en recursos no quiere decir que sea de fácil visionado: es una cinta política de principio a fin, una trama durísima narrada con mucho aplomo. Hay películas de las que debe hablarse, que deben servir de excusa para poner en duda el dogma que subyace nuestra cultura. Películas como La extraña son necesarias. Aunque, como ocurre en una de las escenas finales más potentes del año, el espectador sienta en carne viva el desgarro de su protagonista, representante de otras tantas mujeres que viven acechadas por el miedo. Porque el título es la metáfora del relato: alguien que constantemente se siente en tierra de nadie, pisando arenas movedizas. Y su póster, la estampa de la contradicción que encierra la vida de nuestra heroina: Umay besando la mano de su padre, la mano que le ha dado la vida y que ahora le infringe dolor. Conmovedora.


Nota: 8

domingo, 22 de mayo de 2011

CHOVINISMO FRANCÉS Y AMERICANO EN EL PALMARÉS DE CANNES 2011

Sí, este blog sabe que el titular parece sacado de algún medio rancio como Intereconomía. Por un día permítanme ceder a la manipulación informativa, seleccionar las palabras más encendidas, para describir el palmarés de un Cannes que, según los allí presentes, ha sido excelente. La Palma la da el jurado... efectivamente: mientras la crítica se ha quedado con Le Havre de Kaurismaki y la joventud ha apoyado La piel que habito de Almodóvar, el jurado, presidido por quien fuera 'un gran actor' (otro truco de feria: seamos sinceros, es un mito, pero en horas bajas a juzgar por sus últimos trabajos), ha dado el máximo reconocimiento a The Tree of Life, desde ya la más esperada por los cinéfilos de toda la blogosfera, una cinta polémica y rara. Sí, los señores se han mojado porque no era la opción más fácil, pero también han barrido para casa: el mejor director ha sido 'el de Drive', sospechosa cinta de acción que, seguro, ha conectado con Uma Thurman, Rosario Dawson y Jude Law entre otros (todos ellos miembros de este dudoso y heterogéneo jurado). Pero como los buenos turistas, también han dejado pequeños regalos para la cinematografía local: así los Dardenne suman y siguen con ese Gran Premio del Jurado por Le gamin au vélo, el plúmbeo (otro término potente) turco Nuri Bilge Ceylan con Once upon a time in Anatolia, premio para Polisse y mejor actor para Jean Dujardin, títere mudo en The Artist. Está claro que no hemos visto ninguna de las películas de la selección, es evidente que todo lo que se diga ahora será prematuro y seguramente injusto, hay que reconocer que las películas no se ven igual en un contexto festivalero que en las salas de cine, cuando se estrenen en nuestros países... Aún así, queda la sospecha de un chovinismo enmascarado. Me pregunto qué hubiera pasado si Olivier Assayas, el único miembro del jurado que me merece entera confianza como cineasta, cinéfilo y sabedor de cine, hubiera cantado sus premios a título personal. Entenderán que poca gracia hace que De Niro haya confundido 'compañeros' con 'champiñones' (que lo hizo: el pobre no habla francés). Eso sí: Kirsten Dunst, con su palma por Melancholia, ha sido la estrella de la velada, una actriz que ya mereció elogios por María Antonieta y que ahora confirma su calidad como intérprete. Von Trier, persona 'non grata', debe estar orgulloso: la tercera de sus actrices en ganar el premio... Ahora toca ver las películas y matizar el titular. A ver si Malick, que hasta ahora ha aburrido bastante a este servidor, revienta las expectativas.


sábado, 21 de mayo de 2011

El cine de Delépine y de Kervern: MAMMUTH y LOUISE-MICHEL

Mammuth lleva más de diez años trabajando en un matadero. Es una persona tan básica que sólo sabe despedazar las partes de un cerdo. Su figura oronda esconde un cerebro minúsculo y un tacto definiente a la hora de dirigirse a su agobiada mujer. Ante tal panorama, cuando Mammuth se jubila, no sabe qué hacer y emprende un viaje para conseguir los papeles que acrediten todos los trabajos que realizó en el pasado. A partir de aquí, este Obélix imponente iniciará una etapa de revisión y reflexión, una mirada nostálgica, un reencuentro con todos aquellos que conoció y otros tantos con los que compartirá por primera vez experiencias surrealistas. La película es eso: un cuarto de hora de presentaciones (va, pues, al grano) y una hora de apuntes excéntricos (es, por lo tanto, una película corta). Su tendencia a lo raro, a insertar sinsentidos porque sí, no consigue la comedia tronchante que podía esperarse. Cada uno opinará diferente al respecto, pero a este blog le parece que las tonterías que pueblan la parte central de la narración no merman un ápice la humanidad del personaje. Delépine y Kervern han logrado una historia amable que parece un homenaje a todos aquellos que prefieren vivir al margen de lo normal. Mammuth tampoco es una película corriente. Tampoco excesivamente singular: los momentos más graciosos son los más sencillos, de escenografía y de guión (Yolande Moreau intentando hablar con una teleoperadora telefónica; Depardieu pasando un carro de la compra entre dos coches aparcados: ésta es una película de actores); e incluso los dibujos fuera del margen tienen una lectura muy cercana al drama romántico de toda la vida (Mammuth se encuentra con su amante muerta en unas escenas que se sitúan a propósito entre el absurdo y lo onírico). Un cómic recompensado con tres nominaciones al César (mejor película, actor protagonista y guión original). Para los que busquen película bizarras o quieran reconciliarse con el Mammuth que llevan dentro Y si saben apreciarla, una invitación a recordar los gloriosos 70 y el espíritu Woodstock: su dogma hippie, la música reivindicativa, la estética motera, su concepto del amor, el arte y la libertad. En todo caso, un tiempo pasado que quizás fue mejor.


Nota: 6


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Lo de esta película sí que es enfrentarse a la crisis económica. Louise trabaja en una empresa textil que acaba de cerrar y no parece que esté demasiado cuerda. Michel es un matón de pacotilla que recibe la misión de matar al jefe de esa empresa, y tampoco parece que esté muy bien de la azotea. Los dos forman una pareja cómica, el Zipi Zape francés del tebeo de Delépine y Kervern (para colmo, también pareja, pero de directores). Nadie mejor que Yolande Moreau, musa de los realizadores y actriz de gran carrera teatral, para dar veracidad a una historia que se regodea en lo absurdo. Viendo las dos películas de este post, da la sensación de que el cine, para sus artífices, nunca puede ser una vía normal para representar la realidad. Y de ahí se entiende que la realidad tampoco es demasiado normal. Delépine y Kervern en Louise Michel no consiguen más que filmar un suma y sigue de salidas de tono. Y sus mejores excentricidades, como sucede con Mammuth, son aquellas más primitivas, más comiqueras, como ese edificio que se desploma detrás de la oronda silueta de Louise-Yolande. Vaya, que Louise Michel ganaría si fuera una película muda en blanco y negro y si se dedicase a ser una sucesión de mamporros. Como reflexión de algo me parece insuficiente. Como comedia absurda, también. Pero ganó el premio a mejor guión en San Sebastián... 


Nota: 5

viernes, 20 de mayo de 2011

SER FIELES A WOODY ALLEN


A veces con el cine uno entabla relaciones casi extramatrimoniales. Allen es el ejemplo más claro de fidelidad y seguimiento. No basta con haber crecido con sus películas. No basta con que su silueta sea tan célebre como la cara oronda de Hitchcock. Como amante, Allen es el anciano seductor que va cambiando de maquillaje y que con el tiempo va innovando posturas para sorprendernos. Él es Woody, el tío Woody o el gran Woody. Hay gente que tiene una foto suya en el comedor, entre las imágenes de sus familiares. No hay nadie que sepa reunir a su lista de acólicos cada año en las puertas de los cines, esperando esa cita anual en la oscuridad de la sala. Es como la revisión médica o la visita al dentista: un ritual que se produce cada doce meses y del que no hay manera de librarse. Algunos años atina más que otros, pero con Allen importa más la actividad, el hecho de saberse testigos de una nueva historia del neoyorkino. Cada una de sus películas es una nueva invitación a formar parte de sus guiones vodevilescos y una excusa para hablar de aquello que nunca pasa de moda: la vida en sus pequeñas grandes miserias, vistas con las cuotas necesarias de filosofía, ironía y tragedia. Como todo artista que prolonga su carrera durante décadas y abarca a varias generaciones, su figura no se limita al éxito de un título. De Diane Keaton a Mia Farrow hasta llegar a Scarlett Johansson, de Annie Hall a Delitos y faltas hasta Match Point. Sus títulos de crédito tan característicos. Sus bandas sonoras con piezas clásicas, ritmos jazz e incluso ópera. Sus detractores, porque también los hay, dirán que se repite hasta decir basta o que otro gallo cantaría si, de no ser Woody Allen, el susodicho podría rodar una película al año, cambiando en su hoja de ruta Nueva York por Barcelona, París por Londres, Los Ángeles por Roma. Pero el cinéfilo es un animal de hábitos, y Allen es el antídoto a un panorama de descargas y desarraigo con la figura del cineasta. Encima sus películas siempre son éxitos de taquilla, aunque en los videoclubs de su Norteamérica natal, y a pesar de su colección de nominaciones al Oscar, sus películas figuren en el apartado de 'cine extranjero'. Después de los exámenes, Allen y su Medianoche en París serán la máxima prioridad. Mientras me voy preparando para la cita, acicalándome y recordando todo lo bueno que nos ha dado Woody Allen. Ser fieles a Woody Allen es lo más parecido a seguir una religión sin dogma. Ojalá, como presagian muchos críticos, Allen haya recobrado el vigor de sus mejores historias. Y si no, bastará con ver la belleza de su rostro, la experiencia que esconden sus arrugas, el saber hacer de un director que es un género cinematográfico en sí mismo. ¡Grande Woody!

jueves, 19 de mayo de 2011

LA PIEL DE ALMODÓVAR YA HABITA CANNES

'Ni qué decir que yo no soy nazi', dijo Pedro Almodóvar en la press conference de esta mañana en Cannes. El manchego sabía que La piel que habito había generado mucha espectación, y que incluso muchos de los cinéfilos y periodistas reunidos en Cannes buscaban a la desesperada una entrada para ver su película desde hacía horas. Eso sabiendo además que su rentrée era en jueves, cuando el festival ya caminaba hacia su final tras las sacudidas mediáticas de Malick y Von Trier, y la unanimidad que ha despertado lo nuevo de Kaurismaki y los siempre eficaces hermanos Dardenne. Consciente de que su película llegaba a la Croisette a modo de presagio patrio, o lo que es lo mismo, 50 años y un día después de que su admirado Buñuel ganase la única Palma de oro española con Viridiana. Y finalmente, plenamente elogiado por los responsables del festival, que incluyeron su película en la selección competitiva casi in extremis: quizás por eso, como acto de agradecimiento y de cómplice amistad, Almodóvar cenó el miércoles con el director Gilles Jacob. Entre tanto, cosas que Almodóvar puede que no sepa: el hecho de que su película se proyecte después de la vacua polémica del danés Von Trier le beneficia, ya que muchos se han tomado la jornada de hoy como una vuelta a la verdadera esencia del festival y al visionado de películas, no a la rúbrica de una declaración con aspiraciones a provocación; y la otra, que La piel que habito es la película del día, en Cannes y en el mundo, porque Miike, que hoy presenta su nuevo juguete, esta vez en tres dimensiones, difícilmente puede eclipsar los pasos de la troupe almodovariana. La piel que habitaba en los estudios de El Deseo durante meses ahora expande su dermis, se ha abierto en canal para derrochar una sangre espesa, hecha de celuloide, tejida de melodrama, ciencia ficción y terror enfermizo. Ha sido a las 8:30 de la mañana y durante la jornada de hoy habrá dos pases más, hasta llegar a la alfombra roja de la noche. Toca hablar de Almodóvar.


En el photocall Almodóvar intentaba coger en brazos a Banderas, todo para saciar los gritos de centenares de fotógrafos. Elena Anaya, bella en un traje a rayas negras y blancas, parecía segura: si antes ya era una de nuestras actrices con mayor proyección internacional, ahora confirma definitivamente su condición de star planetaria. Marisa Paredes, con unas gafas galácticas, diva desde Tacones Lejanos, la Huma Rojo de Todo sobre mi madre, traía el aroma del Almodóvar de siempre. Y mientras Jan Cornet y Blanca Suárez, a los que se les considerará novatos pese a su corta pero intensa carrera, los periodistas llenaban Twitter con los primeros comentarios del film. Todos, o casi todos, positivos. Y los que no lo eran, venían a destacar las claves de una trama excesiva, surrealista e inabarcable. Vaya, nada nuevo en el manchego. La recepción de la prensa general ha sido más que favorable, y es una pena que la única nota discordante la hayan puesto algunos medios de comunicación españoles (si me permiten el apunte: tanto de derechas como de izquierdas), sabuesos carroñeros que parecían preparados de antemano a poner un 'pero' a la mañana de Almodóvar. Incluso en este aspecto, los designios almodovarianos se han vuelto a cumplir: aún se recuerdan las palabras de Boyero al comentar Los abrazos rotos, o las reticencias de los medios españoles en el 2004 a propósito de La mala educación. Sólo una parte venía a cambiar el esquema, una incógnita (que no se revelará hasta el fin de semana) con capacidad de alterar toda la ecuación: Almodóvar nunca estuvo y está más cerca de la preciada Palma de oro, al menos del palmarés. Un hecho, un presentimiento que flota en las calles de Cannes y en los ordenadores de muchos corresponsables allí reunidos.


En su encuentro con las preguntas de los periodistas, Almodóvar ha vuelto a dar una de cal y otra de arena, siendo el centro de la velada, regalando chistes y alguna reflexión personal. Cuando aún se recuerda el experimento mudo de The Artist, el español confesó que durante meses estuvo tentado de rodar su film en blanco y negro y sin diálogos. Lang y Franjh han salido a colación como referencias e influencias (ni rastro del ejercicio de metalenguaje de Los abrazos rotos: ahora Almodóvar recuerda más a otros que a él mismo). A Banderas se le ha tenido en cuenta, y mucho, durante toda la mañana: a su aura de intérprete popular se le suma el plus de una interpretación oscura, perversa, inédita hasta ahora en el malagueño. Ya se habla de Goya a mejor actor, aunque antes cruzaremos los dedos por la Palma de oro a la mejor actuación masculina, galardón que el año pasado se quedó en casa gracias al lado biutiful de Javier Bardem. Tampoco sería extraño que Almodóvar volviese a recibir compensación en mejor dirección o mejor guión, premios que se justificarían solamente por su trayectoria de 30 años. La evidencia es una: hay ganas de que Almodóvar salga con el máximo oro, porque se lo merece, porque ya toca, o simplemente porque sí. La duda, todavía más grande: puede que el jurado comunique su veredicto sin saber que nuestro director más internacional, como Kaurismaki, aún no tiene la Palma. Ya lo decía el protagonista: 'la decisión final es del jurado y estoy preparado para irme con las manos vacías'. Será porque, de nuevo, Almodóvar es sabedor de muchas cosas: de que Mujeres al borde de un ataque de nervios fue rechazada y tachada de 'demasiado comercial', aunque después triunfó en Cannes y oteó el Oscar; de que Átame tampoco fue admitida en la competición; que, tal vez a modo de rectificación, Almodóvar fue invitado a formar parte del jurado en el 1992; y que, tras tantos años, Todo sobre mi madre y Volver han brillado a toda potencia en Francia, mientras La mala educación y Los abrazos rotos gustaron un poco menos.


Ahora ya es oficial: Banderas ha vuelto con Almodóvar. Que el manchego ha comprado un billete hacia la ceremonia de clausura, con la esperanza de que su nombre esté en algunos de los sobres del jurado. Un día de júbilo vivido a distancia que para nosotros no será una realidad hasta el viernes 2 de septiembre. ¡Imposible esperar! ¡Mucha suerte, Pedro!












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miércoles, 18 de mayo de 2011

LLEGÓ LA MELANCHOLIA A CANNES


Aun teniendo un blog y siendo parte de esta sociedad tan globalizada y dominada por la tecnología, me sigue maravillando que en muy poco tiempo podamos contar con reseñas, comentarios en Twitter, entradas en varias webs y rumores varios sobre Melancholia. Ahora las sesiones matinales de la prensa en Cannes (8:30 de la mañana) tienen otra dimensión: lograr que medio mundo despierte con las reacciones de, en este caso, una película tan esperada y un cineasta tan polémico como Von Trier. Se ha dicho, se dice y se comentarán muchas cosas de Melancholía, y siempre hay que tener en cuenta que no es lo mismo ver una película en un festival que en una sala de cine convencional. Tampoco lo es el público: los gustos de la prensa son incluso más caprichosos e inexcrutables que los de los cinéfilos. Por eso hay que leer las primeras reacciones del film como positivas y saber interpretar los elogios de los entusiastas y los abucheos de los más críticos.


Parece que Melancholia ha gustado a quien tenía que gustar: al público seguidor de Von Trier, entre ellos los que se sintieron decepcionados, incluso estafados, con la radicalidad de Antichrist. También hay un sector que se ha sentido indiferente ante la película, otra buena señal: el día que Von Trier contente a sus detractores habrá que encender las luces de alarma. Todo apunta a que Kirsten Dunst brinda una excelente interpretación y que incluso podría seguir la senda de Gainsbourg (también hoy en la Croisette) y ganar la Palma de oro. La noticia es que el danés ha vuelto al melodrama, y en su intento por abarcar todos los géneros, fiel a su espíritu juguetón e inconformista, ha creado otra rareza, ahora afín a las formas del cine fantástico. Eso sin grandes efectos, pero sí con imágenes bellas. De hecho, la película arranca con ocho minutos con una melodía de Wagner mientras en la pantalla se sobreponen imágenes de seres mitológicos y otras paranoias. Vaya, que parte del espíritu de Antichrist sigue en los fotogramas de Melancholia. Veremos si al final ambas acaban formando el díptico esperado. 


Otra cuestión es Von Trier. Él como director recién llegado en su caravana a un Cannes que busca la foto, el comentario y el vestido de turno. Definitivamente la gente toma a Von Trier demasiado en serio, y el danés, consciente de ello, le gusta provocar. Este año la declaración no ha venido a discutir quién es el mejor director de cine del mundo, más bien se ha hablado sobre la figura de Hitler, con la que Von Trier asegura simpatizar. Eso según los comentaristas presentes en la rueda de prensa. Eso sin conocer el contexto de la frase. Eso como triste titular escrito por unos periodistas que ante la labia de Trier se muestran muy poco perspicaces. Von Trier no se toma demasiado en serio a sí mismo y no está para hacer parabienes. Pero cuando se trata de sus películas, Von Trier hecha la carne en el asador. Así que hay que saber leer entre líneas aquello que podrán encontrar en páginas análogas a esta. La síntesis es clara: Melancholia ha cumplido las espectativas, independientemente de su potencial ante posibles galardones o las declaraciones de sus responsables. Si Cannes trata de cine, parece que el de la jornada de hoy ha sido bueno. Muy bueno. Melancolía, pero esperanza.