jueves, 17 de febrero de 2011

Crítica de VALOR DE LEY (TRUE GRIT)

A mi padre, el vaquero incansable


EL WESTERN Y LA ACADEMIA
Cuando Hathaway rodó en 1969 Valor de ley, el western daba sus últimos coletazos en un Hollywood que hasta ese momento había vivido por y para los vaqueros y las damiselas del Far West. Sólo hace falta repasar las ganadoras del Oscar de las décadas de los 70 y 80 para percatarse de ese cambio de tendencia que vivieron los gustos de los académicos y del público. Es precisamente en esos años cuando se gestó lo que entre los corrillos bloggeros llamamos 'cine academicista', formado por una mezcla de drama suave, épica para toda la familia y cine de superación personal y peripecias narrativas culminado en un final harto feliz: vean sino la columna que vertebra y une títulos como Kramer contra Kramer, Memorias de África, Rocky, Gente corriente, Carros de fuego, La fuerza del cariño o Cowboy de medianoche (eso sí, con algunas concesiones bélicas, reminiscencias de la Guerra del Vietnam, como sucede con Patton y Platoon; y algún atino que reconocía la nueva ola de grandes directores estadounidenses, siempre encabezada por el Coppola de El padrino o el Allen de Annie Hall). Ahora las prioridades de voto de la Academia han cambiado, pero menos de lo que se podía esperar de un grupo que no titubeó al alabar a The hurt locker en detrimento de ese híbrido entre peplum moderno y panfleto supuestamente ecologista que es Avatar. Por eso es interesante analizar qué papel juega en este conjunto histórico las 10 nominaciones de Valor de ley, superando en menciones al nuevo modelo de blockbuster (Inception), a la corriente indie que mediante subterfugios sigue los patrones del citado cine academicista (The Fighter) y a otra corriente indie, la que la Academia introdujo hace unos años: el patrón de comedia ligeramente gamberra que pretende describir (no siempre fuera de los márgenes, no siempre de forma efectiva, aún menos fiel) la Norteamérica del S. XXI (Los chicos están bien).


EL WESTERN Y LOS COEN
En la reciente década es difícil recordar westerns, aún menos buenas películas de ese género. Sólo Open Range y Appaloosa seguian los códigos del género en el sentido más clásico y estricto del término, ambas sin despuntar en taquilla y sin destacar ni por su historia ni por sus atributos técnicos. Aunque decir que no ha habido westerns desde Sin Perdón es una afirmación demasiado facilona. Tendríamos, primero, que preguntarnos qué es el western o qué requisitos debe cumplir una cinta para enmarcarse dentro del mismo. Si a western se refiere una estética, obviamente ésta, más que perderse, se ha adaptado a los nuevos tiempos. Si nos referimos a una tipología de personajes, sucede lo mismo. Pero la esencia del western, los duelos a muerte, la cultura de la pistola y demás sigue latente en un sinfín de películas. ¿No se pueden rebautizar las tramas de Tarantino como westerns puros y duros? ¿Acaso no es Pozos de ambición un western de personajes truculentos y escenarios desnudos? En todo caso No es país para viejos, del mismo año, facilita mejor la asociación. Y es aquí cuando se desvela la verdadera posición de la nueva Valor de ley en el cómputo total del cine de vaqueros. Los Coen siempre han hecho westerns, porque ese era, de forma más o menos directa, el género de O Brother!, Fargo o Muerte entre las flores. Por lo que Valor de ley no es la resurrección de un género, ni tan siquiera la puesta al día de unas historias que muchos consideran caducas: es la película de los Coen en la que los hermanos han explicitado definitivamente sus referencias y en la que la pareja ha decidido jugar a aportar su particular visión del western, sin tener en cuenta el antecedente cinematográfico de Hathaway o la presión de revitalizar un género. Con tantas experiencias 'coenianas' a nuestras espaldas, el espectador ya sabe que los Coen hacen lo que quieren cuando quieren, respondiendo sólo a sus inquietudes y a su estilo. Eso explica que una pareja tan sibarita haya encadenado hace poco dos productos de factura dudosa como Ladykillers y Crueldad intolerable. Por lo tanto, Valor de ley, más que el último representante del western americano, es la enésima muestra del western de los Coen, su western. 


EL WESTERN Y VALOR DE LEY
Aún así es muy tentador indagar en las semblanzas y diferencias entre las dos Valor de ley. Lo más acertado sería decir que cada película tiene sus puntos fuertes. La antigua explicaba más y mejor la relación entre el sheriff Cogburn y la niña Mattie. La que ahora se estrena está mejor equipada tanto en escenografía como en fotografía, algo relativamente obvio si contamos las innovaciones técnicas que se han producido en los últimos años. Demostración de que la historia inicial ya era un material de excelente calidad es que en ambas películas funcionan las mismas escenas: véase la intensa declaración del sheriff ante el juez, el encuentro con unos delincuentes en una cabaña perdida o la batalla final. Los Coen han sabido potenciar el elemento épico de la trama, seguir con el tono de comedia pícara a partir de la luchadora protagonista y mejorar los apartados interpretativos con un Jeff Bridges excelente (lástima que el doblaje reste vigor a la locuacidad de Hailee Steinfeld). Pese a esto, Valor de ley no conecta con mis inquietudes como espectador y como persona. Para entender y disfrutar el western se precisa un factor sentimental, un sentido del tempo cinematográfico que ya no existe. Eso marca el devenir del género: más que el western como concepto, lo que verdaderamente ha cambiado es la mirada y la sensibilidad de los espectadores. Algo que hace de Valor de ley un film a contracorriente pero también una mejora, en términos más sociológicos que cinematográficos, de la etiqueta de 'western', más bien del prejuicio que sobre el mismo tiene la reciente generación de cinéfilos (entre la que me incluyo). Porque Valor de ley se sitúa lejos del 'cowboy que persigue a los indios' (ahora lo leeríamos en clave racista y colonial) y 'la sufrida ama de casa que cuida al rudo vaquero' (un esquema totalmente machista). El resultado se manifiesta en forma de 10 candidaturas a los Oscar (la original del 1969 optaba a 2): una película conciliadora que entusiasma a los sectores más veteranos de la Academia pero también a los jóvenes. Prueba suficiente para apreciar Valor de ley en toda su grandeza: ni el western estaba muerto ni morirá.


Nota: 7'5