

Uno de los aciertos de Les beaux gosses es indagar sobre la adolescencia con unos personajes y escenarios totalmente coherentes con la realidad. Pero, y he aquí su rasgo definitivo, la película desmonta ese realismo aparente y trata a sus personajes como seres de una viñeta, piezas imprescindibles que el espectador conoce de inmediato y con las que no es difícil sentir cierta empatía. Sumidos en esta estructura mágica, la platea acepta el objetivo de Hervé, adolescente espigado y lleno de granos, como la gesta de un héroe invencible y deja llevarse por una colección de besos, morreos, chupeteos, anhelos y otras ensoñaciones. La atmósfera de Les beaux gosses consigue otro milagro: abrir su trama a todo tipo de público y lograr confirmarse como la película joven, de jóvenes y para jóvenes que más y mejor trata el tema sexual (el ritual de la paja como acto íntimo que inquieta a la madre del crío; la necesidad de buscar el primer rollo, un objetivo que queda claro desde el inicio; y la postura del que, tras algunos líos y amores, se sabe experto en la materia, como corrobora esa escena final totalmente rompedora). Lo que sigue es una auténtica delicia: una Emmanuelle Devos ligera de cascos, una Irène Jacob en un baile para el recuerdo, un profesor suicida, otro gay, un alumno árabe que resulta ser la guinda del pastel, una madre pegada a un cigarrillo y víctima de las heces de unos aviones, las babas de un perro, el símbolo del plátano... Es corta, entretenida y elegante, capaz de transmitir un buen rollo increíble. Apunta a film de culto y taquillazo europeo.
