ENGRANAJES
Martin Scorsese ya no tiene que demostrar nada. Pero ahí sigue, siendo un referente, y para colmo uno de los abanderados del nuevo cine tridimensional con La invención de Hugo. Aunque atrás tengamos los antecedentes de Avatar y Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio, La invención de Hugo es quizás el primer ejemplo de cine de autor que acoge la profundidad visual de este nuevo sistema de rodaje y exhibición. Scorsese se entretiene y nos maravilla creando espacios mágicos, utilizando el 3D para garantizar la aventura de este cuento de hadas, de trenes y de cineastas. La invención de Hugo puede entenderse como una película menor de Scorsese, pero lo más justo, como ya ocurría con el Oliver Twist de Roman Polanski (también con Ben Kingsley), sería decir que es una película diferente del director de Toro salvaje. Por eso La invención de Hugo es un homenaje al cine y sobre todo, ante todo, una exploración del medio cinematográfico, el sano ejercicio de un maestro que continúa jugando con los canales y las posibilidades de ese séptimo arte que remite a tiempos de los hermanos Lumière y George Méliès. Ninguna película aúna mejor los conceptos de tradición y modernidad como La invención de Hugo, y la cinta desfila ante nuestros ojos como un espectáculo precioso, con una factura visual impecable, como ese relato familiar navideño casi definitivo que no fue Polar Express. Ahora bien: hay cosas que no son propias de un autor como Scorsese, y precisamente a lo largo de todo el film se presenta la metáfora de lo peor de La invención de Hugo. La película empieza con un travelling esplendoroso y un cuarto de hora de cine mudo que me hace pensar en la posibilidad de una película más pequeña, tal vez un mediometraje. La cuestión es que el relojero Scorsese falla en los engranajes narrativos de la historia. El paisaje es de ensueño, pero la historia que acoge no vibra, no emociona, no sucede a la misma velocidad que un vagón sobre sus vías, ni tan siquiera funciona con la precisión y la efectibidad de un reloj antiguo. El envoltorio técnico es muy grande, aunque no debería pasar desapercibido que su entramado, el sistema que conecta las tripas de hierro del robot, cuenta con pocas piezas. La invención de Hugo es un placer para la vista, una suerte de Carlos Ruiz Zafón en un París luminoso. La desgracia es que me paso dos horas de película intentando que la llama no se apague, tratando de no perder la ilusión, luchando para que la historia conecte con un cine no solo impoluto en lo técnico sino complejo en lo emocional. Me gusta estar en la estación de La invención de Hugo, pero a pesar del 3D no siento como propios los ruidos de las gentes, los pitidos de los trenes, el olor de los cruasanes o el eco de los pasos del jefe de estación que interpreta Sacha Baron Cohen. Me coloco y sueño, pero no llego al éxtasis. Hablar de los mundos que recrean los libros y las primeras tiras de celuloide no significa sentir en primera persona la magia del arte. Señores: La invención de Hugo deja bastante frío, como ese regalo fantástico de Navidad que no habías escrito en la carta a los Reyes, o el obsequio inesperado que sustituye al que realmente habías pedido. La invención de Hugo es una obra mayor y aún así me ha dejado con ganas de más. El problema está en el mecanismo, en los engranajes, en la sinergia de una historia que tal vez pedía menos voluptuosidad y más riesgo.
Nota: 6'5
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