viernes, 26 de agosto de 2011

Puñaladas traperas: Crítica de SCREAM 4

La saga Scream ocupa un espacio muy anecdótico en mi memoria cinéfila. Recuerdo ver esas películas en casas de amigos, con palomitas de microondas y Coca-colas de marca blanca, al lado del típico que grita o deja una risa nerviosa cuando se avecina en pantalla una cuchillada. La gracia de esas películas es que las vimos con la inocencia de la escuela. Por entonces eran historias casi prohibidas que se veían en momentos muy puntuales a escondidas de los padres. Ya en los 90 Scream era claramente superior a Sé lo que hiciesteis el último verano o todas las propuestas de esquema similar que copiaban, imitaban y nunca mejoraban el juego de Craven. Eso según la óptica de un niño que desconocía los clásicos del género y que entendía el cine como hora y media de distracción colectiva. Ahora las cosas han cambiado. Irónicamente, no existe mejor frase promocional para Scream 4: efectivamente, estamos en una década diferente y se precisan nuevas reglas para asustar a la audiencia. Pero los códigos de la saga siguen siendo los mismos: chicos y chiquillos asesinados sin ton ni son por 'el hombre de la máscara'. Sería injusto decir que Scream 4 es peor película que las anteriores: es exactamente igual. Más que una copia o una reinvención, es un ejercicio medidísimo dedicado en reproducir lo que gustó entonces diez años después. Craven no ha perdido por el camino ni las referencias cinéfilas (que trufan esta cuarta parte) ni cierta socarronería (los personajes creen saberlo todo de las películas de terror y acaban cometiendo los mismos errores que sus referentes). Pero es el público quien ha cambiado, y prueba de ello es que su paso por las salas fue un pequeño fiasco. Me gustaría volver a la inocencia de esos primeros visionados; la cuestión es que ahora añoro personajes más complejos y completos, sustos que no estén alterados por bandas sonoras estridentes. En definitiva, Scream 4 me deja muy frío, consciente de ver algo que no me incumbe. El problema es que Scream 4 está lejos de crear el impacto y sentar la cátedra de la primera parte, mucho menos de inaugurar una nueva generación de espectadores criados en nuevas formas terroríficas (mayor fue la revolución de, por ejemplo, REC, con su cámara en mano y simulacro de falso documental, una estrategia que ya ha quedado obsoleta). Craven, que ha consagrado toda su vida al terror, ha hecho una película para los fans irredentos de los 90, y esos pagaron la entrada el primer día que Scream 4 se proyectó en las salas. Cada edad tiene sus películas, o cada película puede ubicarse en un momento puntual de nuestras vidas. Las que sobreviven y se adaptan a los tiempos son las obras maestras: Scream no está en este grupo, y mucho menos esta cuarta entrega, de la que pronto olvidaremos su existencia.


Nota: 5

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