sábado, 1 de noviembre de 2008

SERIES 2: LOS SIMPSONS




“No me gusta la animación pero me encantan Los Simpson”, le oí decir a un compañero de mi residencia. Cualquier intento por presentarle a Hayao Miyasaki o a John Lasseter cayó en saco roto. Los Simpson es, para muchos, la excepción, y su fama no ha hecho más que crecer vía pegatinas, libretas y cómics tras veinte temporadas en antena, más de cuatrocientos veinte capítulos y una película. Ni Futurama ni Padre de familia, ni South Park ni American Dad… Matt Groening tiene el secreto del éxito, la fórmula más preciada después de la composición química de la coca-cola.

A nadie le pilla por sorpresa afirmar que Los Simpson es la versión animada e hiperbólica de la América profunda mediocre y rutinaria. Tampoco se puede discutir su valor histórico: a lo largo de sus veinte años, la serie ha vivido los avances tecnológicos de la animación (aunque se resiste a abandonar la doble dimensión), varios presidentes, otras tantas guerras y algunos iconos que Los Simpson han sabido homenajear con gracia (dentro de este apartado, cabe analizar la serie como pozo sin fondo de referencias cinematográficas a 2001, La naranja mecánica, Harry Potter, El exorcista o La guerra de las galaxias). Todo parece escrito sobre este clásico televisivo líder de audiencia con capítulos que se han emitido por lo menos diez veces. Y pese a todo, Homer continúa fichando en su central nuclear, Lisa sigue en un curso escolar perpetuo, las gamberradas de Bart siguen haciendo gracia y el pelo de Marge se niega a pisar peluquería alguna. El mundo en veinte minutos… y en amarillo.



El acierto de Los Simpson se asienta sobre una dualidad muy eficaz: la serie es rica, coherente y entretenida como mera ficción, y a la vez irónica, directa e inteligente cuando expone algún hecho equiparable a la realidad. Ello hace de Los Simpson una serie familiar, accesible a cualquier país, cultura, religión y ciudadano. Su poder de persuasión se ha demostrado una vez más cuando Homer, en un capítulo reciente, votaba a Obama (aplauso). América le debe mucho a Los Simpsons. Es su símbolo, algo equiparable a la bandera, el himno, la superbowl o los Oscar. Y como tal, Los Simpson siguen sin tener data de caducidad, lo mismo que la política absolutista y conservadora de los yanquis o ese capitalismo vacuo, cuya fuerza parece desplomarse poco a poco.



La comida basura, la contaminación medioambiental, el poder de la televisión (Rasca y Pica no dejan de ser la versión violenta de Tom y Jerry), la manipulación de los medios de comunicación, el sistema escolar o los fanatismos religiosos… todo encuentra cabida en este gran contenedor que rezuma originalidad y verdad por los cuatro costados. Todos conocemos a un Ned Flanders, un Krusty, un Apu, un Skinner o un Smithers; un microcosmos variopinto que podría pasar en cualquier Springfield del mundo. Quién no ha soñado con ser Homer Simpson, tipo orondo, vago y machista donde los haya. Ya se sabe: el encanto del patito feo.



PRÓXIMA ENTRADA: SÁBADO 8, SEXO EN NUEVA YORK