sábado, 5 de agosto de 2017

CRÍTICA | ABRACADABRA, de Pablo Berger


La España que despierta tras la hipnosis
ABRACADABRA
España, 2016. Dirección y guión: Pablo Berger Música: Pablo Berger y Alfonso de Vilallonga Fotografía: Kiko de la Rica Reparto: Maribel Verdú, Antonio de la Torre, José Mota, Josep Maria Pou, Quim Gutiérrez, Priscilla Delgado, Saturnino García, Ramón Barea, Javivi, Julián Villagrán, Rocío Calvo, Javier Antón, Janfri Topera, Fabia Castro Género: Comedia dramática. Fantasía Tráiler: Link Fecha de estreno en España: 04/08/2017
¿De qué va?: Tras ser hipnotizado durante el banquete de una boda, Carlos es poseído por un ente diabólico. Su mujer, una ama de casa sin éxito, intentará recuperar a su marido mediante mecanismos muy disparatados.


Con sólo tres películas, Pablo Berger ha construido un universo propio, con concomitancias con otros directores como Álex de la Iglesia y Enrique Urbizu. El bilbaíno recurre a lo cañí, lo choni, lo castizo y distintos elementos de la cultura popular, en su mayoría musicales y estéticos, para realizar películas libérrimas, cuyo sustrato no se olvida del oscurantismo no tan pretérito de nuestro país. El de Berger es un cine de perdedores, de supervivientes, de gente anónima cuya vida discurre entre sombras y extrarradios. Tan nuestro y, en el fondo, tan ajeno.


Abracadabra no sólo supone un paso más en su trayectoria, sino que puede entenderse como la cuadratura de un círculo, el capítulo final de una trilogía, tal vez involuntaria, pero sí coherente en cuanto a riesgo y discurso. Como sucedía con la superlativa Blancanieves, ante Abracadabra el espectador debe acatar los mil y un giros de guión, incluso de género, con la docilidad propia de quien deja y quiere ser hipnotizado: Berger es el único que controla el caos que preside su historia, y sólo a él le corresponde saltar de lo sublime a lo ridículo, del blanco al negro y del Carabanchel proletario a la Gran Vía ociosa en cuestión de segundos.


En todas sus transformaciones, Berger cae por defecto en cierta artificiosidad y bordea la caricatura, no tanto por falta de pericia, sino porque la España de los 80 y del presente es, en esencia, una comedia triste que, por surrealista, se diría ficticia. En ese contexto, Abracadabra suma distintos hallazgos (la conversión de la inofensiva El canto de los pajaritos en una melodía satánica, el uso de un homínido como metáfora de la psicosis primitiva del macho ibérico) y completa una crónica de desdicha: si el Javier Cámara de Torremolinos 73 acataba con estoicismo todo lo que se le pedía y la Macarena García de Blancanieves terminaba su periplo llorando en un féretro, consciente de su mala fortuna, la Carmen de Abracadabra no se achanta ante las adversidades y, en el último segundo, decide tomar las riendas de una historia que siempre la había descrito como "la mujer de", "la prima de" o "la madre de".  


Abracadabra, en resumen, es la confirmación de que la creatividad de Berger no tiene límites y de que sus personajes, tras recibir tantos golpes, han decidido empoderarse de una vez por todas. Un final, además, que conecta con el paseo de Gloria al término de ¿Qué he hecho yo para merecer esto! de Pedro Almodóvar, aunque con una diferencia: Carmen Maura volvía a su casa junto a su hijo, un feliz retorno que Berger niega a su Maribel Verdú, por mucho que la bañe en una lluvia que se intuye sanadora. Porque Abracadabra acaba con un interrogante, abierta a nuevas mutaciones y secundarios cazurros. Como esa España peripatética que vive en bucle, en un escenario in albis, queriendo domar sin éxito su brutalidad con una camisa de fuerza.


Para amantes de las películas valientes.
Lo mejor: Te mantiene en una "sonrisa constante", aunque sus fotogramas no siempre sean cómicos.
Lo peor: Puede despistar a una amplia mayoría.


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