martes, 29 de noviembre de 2016

CRÍTICA | MIG ÅGER INGEN (NOBODY OWN ME), de Kjell-Åke Andersson


MIG ÅGER INGEN (NOBODY OWN ME), de Kjell-Åke Andersson
Premio Guldbagge 2013 al mejor actor protagonista
Suecia, 2013. Dirección: Kjell-Åke Andersson Guión: Pia Grandvall, a partir de la novela de Åsa Linderborg Fotografía: Jonas Alarik Reparto: Mikael Persbrandt, Sandra Andreis, Ida Engvoll, Tanja Lorentzon Género: Drama Duración: 105 min. Tráiler: Link
¿De qué va?: Suecia, años 70. Incapaz de superar la ruptura con su mujer, un padre de familia se hace cargo de su hija pequeña a la vez que hace frente a su adicción al alcohol. Con el paso de los años, su salud y su posición tanto familiar como laboral lo llevarán a un pozo sin salida.


Mig äger ingen (Nobody Owns Me) es una de las películas suecas más comentadas de la pasada temporada, gracias sobre todo a la interpretación del popular Mikael Persbrandt, que ganó el premio Guldbagge por su trabajo en el film. A partir de la novela homónima de Åsa Linderborg, el director Kjell-Åke Andersson nos muestra la lucha de un hombre por superar su adicción al alcohol y por defender unos ideales comunistas que chocan con la sociedad sueca de los años 70. La película convence cuando el relato se reduce a un ámbito íntimo y casero, pero no logra reflejar de forma creíble el conflicto social y político que basa todo el drama. Andersson, además, cae en el subrayado fácil durante su tramo final: la atención del relato recae en el personaje de la hija, y el conjunto acaba mutando en un episodio nada novedoso de rebeldía adolescente. Con todo, Mig äger ingen (Nobody Owns Me) pone sobre la mesa las dificultades de la clase proletaria e insta a tener una visión crítica y solidaria con los más necesitados, un mensaje que sigue de plena actualidad. Deprimente y sensible en las dosis justas, aunque el cómputo final sea más bien discreto. Queda, como no podía ser de otra manera, la gran contribución de Mikael Persbrandt, un actor que ofrece un recital de fuerza y derrota que la película desaprovecha. 


Para abonados a la fórmula 'films con padres coraje'.
Lo mejor: Persbrandt y la imagen de ese barco infantil que nunca llega a zarpar.
Lo peor: El final cae en la manipulación sentimental.