lunes, 21 de diciembre de 2015

CRÍTICA SERIES | BORGEN (Temporadas 1, 2 y 3)


La democracia es el peor sistema de gobierno, exceptuando todos los demás
BORGEN, de Adam Price (creador)
Dinamarca, 2010. 3 temporadas de 10 episodios cada una. Emitida por el canal DR1 (en España, disponible en Canal+ Series) Género: Drama político Duración: 58 min. por episodio Tráiler (1ª temporada, en inglés): Link Opening Titles (1ª y 2ª temporada): Link Reparto: Sidse Babett Knudsen, Birgitte Hjort Sørensen, Pilou Asbæk, Mikael Birkkjær, Freja Riemann, Emil Poulsen, Thomas Levin, Søren Malling, Christoph Bastrup
El dato: La serie consiguió unas audiencias estratosféricas en Dinamarca: ha conseguido a lo largo de sus tres entregas congregar una media de un millón y medio de televidentes en un país con cinco millones y medio de habitantes, convirtiéndose en uno de los espacios de producción propia más importantes de la historia del DR1, el principal canal público del país. Ha sido emitida en más de cincuenta países, y entre sus galardones destaca el Bafta a la mejor serie internacional. 


LAS REGLAS DEL JUEGO POLÍTICO (Reseña sin spoilers)

¿Puede una ficción televisiva contribuir al mundo de la política en mayor medida que la política en sí misma? La respuesta es 'sí' y tiene nombre de serie danesa: Borgen. Adam Price, un hombre ecléctico conocido como escritor y chef mediático, creó en 2010 el producto televisivo más seguido y premiado de Dinamarca. De Borgen, nombre que hace referencia al palacio de Copenhague que aglutina los tres grandes poderes (la residencia de los monarcas, el despacho presidencial y el Parlamento), se han producido tres temporadas de diez episodios, todas ellas estrenadas recientemente en nuestro país (más vale tarde que nunca) de la mano de Canal+ Series. La serie cuenta por lo tanto con casi cinco años de vida, pero resulta especialmente recurrente que no haya visto la luz hasta ahora, coincidiendo con el año más movido, electoralmente hablando, para España. Aprovechemos la coincidencia, porque de Borgen podemos aprender muchísimo. 


Borgen cuenta la llegada al poder de Birgitte Nyborg, líder del Partido Moderado que se convierte en Primera Ministra del país en un gobierno de coalición. A lo largo de los distintos episodios somos testigos de las relaciones entre la esfera política, personal y mediática: la actividad de Nyborg como cabeza visible de la política danesa se une a sus problemas familiares, a la vez que las distintas publicaciones y televisiones informan e influyen en su papel de madre, esposa y presidenta. Kasper, el asistente de prensa de Nyborg; Katrine, periodista con experiencia en prensa escrita y televisión; y Torben, editor jefe del canal TV1 que cobra especial relevancia en la tercera temporada, conforman, entre otros personajes, el universo de influencias y estrategias tanto personales como políticas de Borgen, dando como resultado una mezcla perfecta entre las ficciones políticas norteamericanas (El ala oeste de la Casablanca, principalmente) y el cine negro típicamente nórdico (el pasado de Kasper Juul parece sacado de una novela de Stieg Larsson).


La serie toma nombres de agrupaciones políticas y sucesos ficticios, si bien todo lo que acontece en pantalla se inspira tanto en eventos de la política danesa de los últimos treinta años como en la actualidad más reciente del país. Pese a ello, Borgen no insiste en formulismos ni estructuras políticas complejas: su verdadera intención es reflejar los dilemas morales que acometen a los distintos personajes en cada momento, demostrando hasta qué punto el trabajo de la Primera Ministra queda sujeto a agentes externos de distinta naturaleza. Borgen, en consonancia con esa idea, presenta la creación de tres imperios romanos (los inicios en lo alto de la cúspide política de la primera temporada, el mantenimiento en esa cima tras los primeros desencantos de la segunda entrega y la superación personal en forma de un nuevo partido 'de centro' de la tercera tanda de capítulos), si bien se incide en las renuncias y en las decisiones tomadas por parte de Nyborg y de su entorno. De ahí que su historia resulte tan reconocible y, a la postre, tan apasionante: se debate sobre cuestiones clave como la transparencia de los medios de comunicación, los límites a la hora de intentar vencer a los distintos adversarios políticos y la necesidad de combinar los intereses personales con los de toda una nación.


Borgen, en paralelo, presenta distintos atractivos para el espectador ajeno a la cultura y a la sociedad danesa. La serie refleja el poder de los partidos verdes en el gobierno y las posiciones nórdicas con respecto a cuestiones tan dispares como la cría de cerdos y la prostitución. A su vez, los guiones de Price también tienen espacio para subtramas de ámbito internacional en los que se debate, por ejemplo, sobre la idoniedad de ciertos políticos para representar al país en Bruselas y la capacidad de Dinamarca, un país pequeño en extensión, habitantes e influencia en la geopolítica mundial, para convertirse en un participante clave en la resolución de conflictos internacionales (el doble episodio de la segunda temporada que aborda la guerra entre dos países africanos no tiene nada que envidiar a las mejores líneas argumentales de Homeland o House of Cards). Borgen, en definitiva, combina su identidad danesa con referentes perfectamente reconocibles para todo tipo de públicos y nacionalidades, hasta el punto que el espectador puede hacerse a la idea de cómo funciona el sistema democrático en Dinamarca, a la vez que reflexiona sobre la esencia de la democracia en mayúsculas.


Finalmente, otro de los atractivos de Borgen reside en la calidad de sus guiones. La serie carece de un lenguaje rimbombante o técnico, por lo que sus personajes resultan veraces y humanos en todos los contextos en los que se mueven. Al mismo tiempo, la serie prescinde de cliffhangers efectistas: de la misma forma que la trama política, personal y mediática fluye con un tono armónico, el devenir de los capítulos se sucede de forma coherente, hasta el punto que cada episodio goza de cierta independencia y unidad, así como cada una de sus temporadas. El espectador, en otras palabras, no se ve obligado a seguir tramas rebuscadas que se dilatan en el tiempo: la serie es compleja, pero nunca resulta abigarrada, ya que la sucesión de acciones y datos fluye de forma natural. Por ello, Borgen podría contar perfectamente con más temporadas, aunque la intención de Price de no seguir con la serie resulta inteligente: los personajes tienen cuerda para muchos otros episodios, si bien su arco emocional se completa estratégicamente en el último episodio, pero el personaje central de Birgitte Nyborg difícilmente podría acometer la creación de un imperio diferente en el futuro, a no ser que volviera a los inicios de la primera temporada.


En resumen, Borgen es una serie que crea adicción y por la que es muy fácil sentir admiración: sus casi treinta horas de metraje hablan más y mejor sobre cómo es y cómo debe ser un país democrático que cualquier columna periodística o tertulia televisiva. Borgen es ante todo una serie de ideas: no por casualidad cada capítulo se abre con una cita de algunos de los nombres más importantes de la historia. Pablo Iglesias regaló al rey Felipe VI un cofre en blu-ray de Juego de tronos, según él con la intención de que el monarca entendiera las interioridades de la política. Para quien escribe, el líder de Podemos se equivocó al defender una serie que, ante todo, potencia una idea violenta y casi maquiavélica del trabajo de nuestros gobernantes. Borgen, en cambio, devuelve una imagen de la política más real y necesaria. Una serie que expone lo lejos que estamos de las bases de una sociedad democrática de la Europa moderna, sin edulcorantes, posicionamientos o idealismos (de hecho, en Borgen siempre son los propios daneses los que quedan mal parados). Una auténtica revelación que ya puede presumir de ser un clásico de la televisión de nuestros días.