domingo, 23 de marzo de 2014

SERIES 35: LOOKING

El cine queer vivió en 2013 una particular explosión de talento. La vida de Adèle triunfó en Cannes, El desconocido del lago hizo lo propio en el Festival de cine europeo de Sevilla, y el estreno en los cines españoles de films de temática homosexual como Romeos, Keep the Lights On y Weekend tuvo mucha repercusión tanto en los circuitos de la crítica cinematográfica como en determinadas esferas de público, casi todas concentradas en las grandes capitales y en los portales de visionado online. Nada que ver con la anecdótica presencia del cine queer en las carteleras de los 90 o con la reducción de la realidad homosexual en el cine de no hace tantos años a contados personajes secundarios o subtramas de poco peso. Quince años atrás, con títulos como Get Real o Beautiful Thing en plena efervescencia noventera, 'queer cinema' era una etiqueta identificable, un compartimento estanco que discurría con mayor o menor suerte entre obras de perfil generalista; ahora, 'queer cinema' es un término que encierra un universo, un cajón de sastre en el que tienen cabida autores capitales (de veteranos como Almodóvar o Haynes a Honoré u Ozon, pasando por los nuevos talentos de Dolan o Haigh) y miradas amateurs que reivindican el ser y sentir gay en cortos y largometrajes de distinta entidad, todos ellos beneficiados por la babelia de ventanas de internet.


Con todo, el cine queer, defendido en festivales especializados y webs específicas, viene arrastrando dos grandes lastres que han impedido, por un lado, su explotación por las vías de distribución habituales, y por otro el reconocimiento de determinados autores y temáticas tanto para el público de a pie como para la crítica. En primer lugar, el queer cinema ha ido unido históricamente a una necesidad de reivindicación, de visibilización y de normatización de la esfera queer: de ahí que ciertas obras de los 90 sean, a ojos del espectador del S. XXI, productos demasiado pueriles, ya que el nuevo contexto tanto cinematográfico como social ha caducado determinadas consignas y rutinas (seguramente los adolescentes homosexuales concuerdarán que las citadas Get Real o Beautiful Thing distan de ser ejemplos modernos de la temida y tan citada 'salida del armario'). Y en segundo lugar, la adopción, identificación o reutilización de determinados clichés femeninos en un contexto gay ha hecho que ciertos títulos resulten irreales, y por lo tanto poco apegados a los gustos y a la tradición audiovisual de ciertas generaciones (basta pensar en la influencia de Sexo en Nueva York y el trasvase de muchas constantes de la famosa serie a la versión norteamericana de Queer As Folk, si bien ese título permitió la realización de otros posteriores como The L Word).


Poniendo sobre la mesa todos estos antecedentes y las nuevas tendencias del cine queer, la curiosidad por saber qué nos depararía Looking, serie de la HBO, era máxima. El hecho de que la serie viniese apoyada por el canal privado más arriesgado e interesante de la televisión estadounidense prometía muchísimo. También interesaba la presencia de Andrew Haigh en los títulos de crédito (productor ejecutivo, y director y guionista de casi todos los capítulos), seguramente uno de los nombres más importantes del indie yanki. Y, por qué no, resultaba atractivo que los principales componentes de su reparto fuesen actores abiertamente gays, y por lo tanto supuestamente preocupados por contar una historia actual y real: destaca Jonathan Groff, cantante y actor visto en algunos episodios de Glee, el australiano Murray Bartlett y el inglés Russell Tovey. ¿Una nueva versión de las comedias rosa por entregas? ¿O verdaderamente una nueva mirada, una serie verdaderamente importante y renovadora? 


Looking arranca presentándonos a sus personajes desde una perspectiva que no admite errores: tres amigos se citan en una despedida de soltero y empiezan a hablar de ligues e intimidades (antes de conocer los nombres, las pulsiones y las complejidades de los protagonistas, sabemos, indefectiblemente, su condición sexual, y que esa distinción marca sus tónicas de relación e interacción). Patrick, un diseñador de videojuegos de 29 años, está desesperado por encontrar novio, y eso lo lleva a citarse con un desconocido y a enrollarse con un chico que ha conocido en el metro. San Francisco, el marco de la trama, aparece como un escenario cien por cien homosexual, y apenas la hermana de Dom, cercano a la cuarentena y el mayor del grupo, aporta una visión femenina a la historia, aunque ésta sea en todo momento condescendiente con el círculo gay imperante (imposible, vaya, no recordarse de la Avenida Liberty y del arquetipado personaje de Debbie, la madre de Queer As Folk). Además, los personajes resultan en los primeros episodios seres un tanto artificiales, un presupuesto de nueva élite homosexual y urbana con gustos sivaritas: los protagonistas escuchan electrónica de autor y canciones de activistas como John Grant y Arthur Russell, sus profesiones son de perfil artístico, quedan en parques y saunas, aceptan la Norteamérica multicultural y viven su homosexualidad sin tapujos (interesa la presencia de personajes latinos), son vegetarianos y miman su aspecto físico (aunque paradójicamente no los vemos en gimnasios y apenas van a discotecas), etc.


Afortunadamente, el cuestionable inicio de la serie da paso a capítulos finales muchísimo mejor planificados. A medida que avanza la serie, los personajes acaban encontrando sus particularidades, y a la vez consiguen un espacio dentro del mosaico de vidas paralelas que dibuja la serie. Patrick, de alguna manera el pivote central de la ficción, gana en matices, nada que ver con el joven que practica cruising a escondidas en el minuto uno de la serie. El guion tiene la pericia de hilvanar las constantes vitales de los personajes, de forma que el devenir de Patrick, Dom y Agustín se describe en un estimulante paralelismo que tiene su crescendo dramático en los últimos episodios y que deja a los tres personajes al término de la temporada en una situación (laboral, emocional e incluso sexual) muy parecida (no la más favorable, pero seguramente, esta vez sí, la más plausible). Y además, la serie humaniza a los personajes a medida que las partes menos amables de cada relación-personaje salen a la superficie: la condición homosexual, en un inicio tomada como rasgo distintivo, desaparece para explicarnos la dureza de una ruptura de pareja, la incertidumbre de un nuevo proyecto laboral y la deriva de un joven que no consigue la estabilidad sentimental que desea, cuestiones transversales a la generación que retrata la serie y que la dotan de una entidad social más sólida de la intuída en un inicio.


En este sentido, es muy recurrente definir Looking no tanto como una serie sino como una tragicomedia 'de situación': al escaso reparto y a la ausencia de subtramas se une la estructura de ocho episodios de poco más de veinte minutos cada uno. El capítulo 5 Looking for the Future, sin duda el mejor del conjunto, es una prueba de ello, ya que se sustenta únicamente sobre las conversaciones de Ritchie y Patrick, que decide tomarse el día libre y huir del San Francisco que transita todos los días al lado de su nueva conquista. En ese capítulo, la impronta de Andrew Haigh y la influencia de las mejores 'dramedias' románticas, de Woody Allen a la trilogía dialogada de Richard Linklater, se hace evidente. La posición estratégica de ese episodio en el conjunto de la serie, entre la introducción y la recta final, dista de ser casual: a la vez que suspense en el tiempo los avatares de los personajes, introduce a la audiencia a la tendencia dramática e intimista que impera en el último tramo de la ficción (el idealismo y el colegueo que se respira al principio acaba desconchándose, justamente la trayectoria que dibuja el personaje de Agustín: abandona el piso de Patrick en el segundo capítulo con la intención de afianzar su proyecto de vida con Frank, y vuelve al apartamento en la octava entrega totalmente drogado, incapaz de hacer frente a los errores cometidos).


En definitiva, contra todo pronóstico, sí puede considerarse Looking como una interesante vuelta de tuerca a la exposición de determinados 'gay ways of life', aunque la serie necesita de ciertas casualidades para tomar gas y arrancar: que el nuevo jefe de Patrick sea homosexual, que Dom encuentre a su mentor en una sauna de ambiente o que Agustín acceda a una nueva vida y casa pese a no contar con demasiados ingresos son licencias de guion que la serie supera con el paso de los capítulos (puede que colateralmente los fieles de la aparente frivolidad del inicio se sientan decepcionados con la segunda tanda de episodios, o que los que esperaban desde el primer momento una propuesta revolucionaria abandonen la serie justamente en el momento que Looking se transforma y convence). Una de las mejores aportaciones, en conclusión, de la reciente ficción para la pequeña pantalla, plenamente coherente con el universo dibujado por Andrew Haigh y en consonancia con el rumbo serio, humano y original que trazan las películas de Abdellatif Kechiche, Ira Sachs y Alain Guiraudie. Esperamos con ganas la segunda temporada, que verá la luz el primer trimestre de 2015: para entonces nos reencontraremos con Patrick, Dom y Agustín, seguramente no en el punto donde termina esta primer entrega, pero sí todavía en constante búsqueda, como todos nosotros, de la felicidad en tiempos modernos.

1 comentario:

Aide Hernández dijo...

Acabo de enterarme de que looking ha sido renovada para una segunda temporada segunda, una buena noticia, ya que espero que se motiven más a la hora de seguir la trama.